CAPÍTULO 7
Me encantan los domingos porque es el único día de la semana que no trabajo. Agradezco a Amancio Ortega que no abra la tienda aun estando en pleno Passeig de Gràcia y sabiendo lo concurrido que está Barcelona los fines de semana, la Ciudad Condal nunca descansa.
También os digo que nos lo merecemos. Los días de fiesta son necesarios para la salud mental de cualquier persona, en especial de los que están de cara al público —cada uno barre para su casa, faltaría más—.
Tratar con el público es algo que no está pagado, debería cobrar un plus por tener que esbozar mi mejor sonrisa constantemente, aunque por dentro los esté maldiciendo en todos los idiomas que domino.
Os aseguro que el esfuerzo es agotador. Por supuesto, hay gente que se merece mi mejor cara, pero a otras les vendría bien un escupitajo en un ojo, como poco.
Es un pensamiento intrusivo recurrente que debo descartar y no llevar a cabo si quiero mantener el puesto.
No canto victoria muy alto al celebrar los domingos festivos porque tenemos a la vuelta de la esquina el black friday, las Navidades y las rebajas, lo que es sinónimo de muerte inminente y horas extras.
Solo de pensar en ello me agobio y me entran ganas de dimitir, pero recuerdo que necesito trabajar de algo para poder vivir y se me pasa, más o menos.
Está claro que no es mi trabajo soñado, respeto y admiro a la gente que disfruta haciéndolo, pero no es mi caso.
A mí me duelen los dedos de la fuerza con la que los cruzo para que me llamen de un cole antes de diciembre.
Así, con suerte, me ahorro las Navidades en la tienda.
No obstante, ya me estoy haciendo a la idea de que no será hasta enero porque seguro que muchos profesores aguantan hasta el último segundo para no perderse la cesta de Navidad, en especial los tutores, que son los que más detalles reciben por parte de las familias.
Los especialistas son los eternos olvidados, todo el mundo lo sabe.
Acabo de dar el primer sorbo al café —no me juzguéis porque sean las once de la mañana; en mi defensa diré que es domingo, tengo fiesta y debo recuperar las horas de sueño del viernes porque no estoy acostumbrada a irme tarde a dormir—, cuando la puerta se abre y aparece mi prima.
—Admiro tu fuerza de voluntad para madrugar los domingos e ir al gimnasio. Soy tu fan. —Levanto la taza, como si estuviera brindando con ella antes de llevármela de nuevo a los labios.
Me veo incapaz de levantarme pronto para hacer ejercicio. Mira que Martina ha insistido y lo ha intentado varias veces, pero no ha conseguido que me enganche al gimnasio. Ya, si eso, lo pongo en la lista de propósitos para el año que viene. Siempre metemos algo que sabemos que no se hará realidad.
—Demuéstramelo invitándome a un Cacaolat.
Alzo una ceja, retándola, ella se limita a sonreír a modo de respuesta.
—No te acostumbres, solo lo hago como agradecimiento a las cafeteras que has preparado cada día desde que vivimos juntas.
—A partir de mañana nadie lo hará, será cosa tuya prepararte el café.
—No me lo recuerdes. —Gruño mientras vierto lo que queda de Cacaolat en la taza favorita de mi prima.
Se queja de que tengo muchas manías, pero lo cierto es que ella no se queda corta.
No puede bebérselo en un vaso—. Se acabó levantarme con ese olor inundando mis fosas nasales.
Uno de los mayores placeres de mi día y de mi vida desaparecerá contigo.
Creo que me he ganado con creces el apodo de drama queen.
—Sabía que te estaba malacostumbrando. —Niega, convencida de lo que acaba de decir.
—Las tenías que hacer igual —le recuerdo, quejándome. Ella se encoge de hombros—. Tú tampoco puedes empezar el día sin café corriendo por tus venas.
—Puede que esto sea una señal para que empieces a preparar tú las cafeteras y yo deje la cafeína. Debería volverme cacaoladicta.
—Ya lo eres.
Me río, no solo por su comentario, sino por cómo se relame los labios mientras abre los ojos de manera exagerada. Se le había quedado un bigote por culpa de la bebida, tal y como le pasaría a una niña pequeña.
—Pues todavía más. Nunca es suficiente. ¿Crees que tendrán en Australia? —La preocupación en su voz es evidente. Algo me dice que no se lo había planteado hasta este momento.
—Vas a tener que conformarte con batidos de chocolate de marcas australianas y, si tienes suerte, igual hay alguna tienda especializada en comida española cerca.
—Echaré de menos España. Sus croquetas, su tortilla de patatas, las bravas, el pan con tomate…
Typical Spanish, sí, señora.
—Me ha quedado claro que solo te preocupa la comida —interrumpo antes de que recite la carta entera de un restaurante. Le faltaba poco para ponerse a babear solo de pensarlo.
—Es uno de los mayores placeres de esta vida —sentencia, levantando la cabeza, orgullosa y convencida.
Viéndola, os preguntaréis dónde guarda todo lo que come.
Lo cierto es que, aunque come bastante porque disfruta haciéndolo, las recetas que prepara entre semana son saludables.
Luego llega el finde y vive la buena vida, ir a tapear es uno de sus mejores planes y no se priva de hacerlo por mucho que cuide su alimentación.
Por supuesto, su rutina diaria en el gimnasio ayuda a mantener ese cuerpazo.
—Debería estar ofendida porque no me has mencionado.
—No es necesario comentar lo evidente, rarita.
—Te quierodio, pesada.
—No tanto como yo a ti. —Se levanta del taburete lo justo para llegar a mí y darme un sonoro beso en la mejilla—. Recuerda esto que nos acabamos de decir después de que te cuente una cosa.
Frunzo el ceño al no estar entendiendo nada. Su cara de circunstancia junto a esa leve sonrisa no me gusta lo más mínimo, consigue que mis cinco sentidos se pongan alerta.
—No me asustes, Martina.
Lo cierto es que ya lo estoy, por cómo lo ha dicho. La última vez que tenía algo que explicarme fue a principios de esta semana y terminó diciéndome que se iba a Australia tres meses, ¿por dónde saldrá ahora? Me espero cualquier cosa.
—Es una buena noticia, depende de cómo lo mires, claro —añade eso último bajando la voz. Eso solo hace que me ponga más nerviosa.
—Miedo me das.
—A ver cómo te lo digo sin que pongas el grito en el cielo antes de tiempo. —Parece pensar cómo continuar porque levanta la mirada hacia el techo. A los pocos segundos añade—: Escucha todo antes de juzgar, Carlota.
—Lo intentaré, pero no prometo nada.
—He alquilado mi habitación —suelta cogiendo carrerilla, casi se ha solapado con mi frase.
Me quedo de piedra, asimilando las cuatro palabras que acaba de decir.
¿En qué momento? ¿Cómo? ¿Por qué? ¿A quién?
Noto que se me van a salir los ojos de las órbitas, los he abierto demasiado debido a la sorpresa.
De todas las cosas que había barajado, esta no entraba entre mis opciones.
Como siempre, Martina me sorprende y me deja sin saber qué decir.
Las preguntas siguen acumulándose en mi mente, pero las controlo para que no salgan, a la espera de saber más porque me niego a creer que solo va a decir esa simple frase.
—¿No piensas decir nada? —pregunta con la voz más aguda de lo normal. Incluso se inclina sobre la mesa, como si estuviera sorprendida.
—Estoy esperando a que termines de darme toda la información antes de bombardearte a preguntas, como me has pedido. Además, estoy intentando digerir la información.
—Bueno, por ahora tu reacción es mejor de lo que imaginaba. —Sonríe con suficiencia.
—No cantes victoria todavía —le advierto.
En el momento en el que lo ha dicho, he sido consciente de que, me guste o no, es la decisión de Martina.
Esta es su casa y tiene derecho a hacer lo que quiera.
Solo tengo dos opciones: aceptarlo o irme.
Y la segunda ni tan solo me la planteo, aunque no conozca todavía quién vendrá a vivir aquí, tengo muy claro que quiero quedarme. Barcelona ahora es mi ciudad.
—No lo hago para obtener dinero y mucho menos para putearte, es más bien un favor a un amigo.
—La palabra amigo consigue captar toda mi atención—.
El nuevo trabajo de Alex está cerca de aquí.
Me comentó que estaba buscando piso para no tener que ir y venir a diario en tren, porque ya sabemos muchas veces cómo funciona y lo que supone hacer un trayecto de más de una hora a diario.
En un principio tiene un contrato de unos pocos meses, pero estoy convencida de que se lo alargarán porque es muy bueno en lo suyo y no van a querer deshacerse de él.
Así que pensé que, como yo no iba a estar durante tres meses y mi habitación se iba a quedar libre, podía ayudarlo.
Creo que todos ganamos. Él se ahorra lo que supone un alquiler en pleno centro de Barcelona porque le voy a hacer pagar una miseria.
Si fuera por mí, ni le cogería el dinero, pero se ha empeñado en pagarme y hemos llegado a un acuerdo.
Y tú te relacionas con alguien nuevo, obligándote así a salir de tu zona de confort.
Sé que ahora mismo me odias, es normal, pero sé que él lo hubiera hecho por mí.
¿Qué se supone que debería decir a continuación? Intento asimilar todo como puedo, pero mi mente está a punto de cortocircuitar. Creo que no siento nada en absoluto, lo típico de «si me pinchas, no sangro». Me he quedado estupefacta.
—¿Alex? ¿Alejandro? ¿El chico de la pantalla rota? ¿El entrenador de pádel? —termino preguntando, porque al escuchar su nombre unos ojos marrones se han colado en mi mente; me ha costado eliminar la imagen y continuar escuchando el discurso de mi prima.
Ha dicho ese nombre, ¿verdad? No han sido imaginaciones mías, pero necesito asegurarme.
Al fin y al cabo, si es así, será mi nuevo compañero de piso.
Madre mía, eso suena demasiado fuerte. Compartir espacio con Martina es una cosa, pero con un completo desconocido es otra muy diferente.
¿Dónde me estoy metiendo? Rectifico: ¿Dónde me estás metiendo, prima?
—El mismo. ¿Solo te interesa Alex de todo lo que he dicho? —pregunta risueña. Cualquiera diría que está disfrutando—. ¿No estás enfadada? ¿No quieres tirarme de los pelos por haberlo hecho a traición?
—No me des ideas —suelto, logrando arrancarle una carcajada—. Era evidente que me interesaría saber a quién metías en casa y, por supuesto, si es ese Alex o no mi nuevo compañero de piso; para, al menos, poder ponerle cara.
—¿Y bien? ¿Qué opinas al respecto?
Junta sus manos y apoya su barbilla sobre ellas, incluso se inclina hacia delante sobre la isla para prestarme más atención.
—¿Qué puedo decir? —pregunto al aire, suspirando, sin esperar respuesta alguna—.
Es tu piso. Si has tomado esa decisión, solo me queda respetarla y acostumbrarme a tener un compañero de piso.
Te adelanto que no será fácil, sabes cómo soy con la convivencia y con mis cosas, o, como a ti te gusta llamarlas, manías.
No me hace ninguna gracia que un chico ande por aquí y se entrometa en mi vida, pero es tu amigo y, lo más importante, es algo temporal.
¿Preferiría vivir sola estos tres meses?
Por supuesto, ya lo había asimilado. Ahora me toca asumir el cambio.
—Pues no tardes mucho porque mañana a primera hora se instala.
—¿¡Mañana!?
Un nuevo giro dramático de los acontecimientos en mi vida, di que sí. No me había preparado para un domingo de tantas emociones. Qué ilusa al pensar que iba a ser tranquilo por tener fiesta. Lo que estoy experimentando no pasa ni subiéndote a la mejor montaña rusa de un parque de atracciones.
—Nueva semana, nueva vida. —Se encoge de hombros, sin dejar de sonreír, dejándome claro que está disfrutando al verme entrar en pánico.
—No voy a poder disfrutar de mi soledad ni una mísera noche, estupendo.
Me cruzo de brazos, indignada. Parece que esta nueva información me ha afectado más que saber que voy a compartir piso. Creo que es porque mi cuerpo ha decidido soltar las emociones que retenía.
—Alex es encantador, seguro que no te da problema alguno.
Es más, me atrevo a decir que no te vas a enterar ni de que está.
—Tuerzo el gesto, poniendo en duda sus palabras.
No se lo cree ni ella, no ha sonado convencida—.
Madruga para ir al gimnasio, como yo, y se pasa el día trabajando en el club de pádel.
Lo de hacer horas extras es su pasión. Vive por y para el pádel y ahora que tiene el objetivo de llevar a esos dos chavales al Premier Pádel Tour, todavía más.
Por suerte, ya os conocisteis el otro día, no necesitáis que esté aquí para las presentaciones.
Tampoco podría porque me voy a Australia, así que, mejor para todos que sea mañana.
—La fulmino con la mirada—. Recuerda que me quieres y que soy tu prima favorita.
Me da un abrazo, que no le devuelvo, y deposita un beso en mi cabeza.
—Me lo he pensado mejor, debería matarte por haber tomado esta decisión. Tengo menos de un día para hacerme a la idea.
Estoy entrando en pánico. Mi mente está imaginando cómo puede ser la convivencia con Alex, y evidentemente, se está poniendo en lo peor.
Martina me conoce, sabe cómo soy y me entiende.
Se ha acostumbrado a mí y a mis pequeñas manías, como cerrar todas las puertas para que cuando vuelva me las encuentre como me gusta, colocar los cojines del sofá de una manera concreta, tener doble ración de las cosas que más nos gustan…
Podría seguir, pero no acabaríamos nunca.
Ella cambió ciertos aspectos cuando llegué, digamos que la he ayudado a ser más organizada y menos desastre.
Pero ¿cómo es Alex? Es todo un misterio que no sé si quiero descubrir.
Me aterra hacerlo porque puede ser un desastre y eso pondría mi vida patas arriba. Gracias, pero paso.
—Tranquila, no eres la única. Alex tampoco tiene ni idea de que va a compartir piso contigo. —Se me debe de haber desencajado la mandíbula—. Creo que ha llegado el momento de trasladarle la noticia. Nos vemos luego, rarita.
Se pone en pie y sale por la puerta como alma que lleva el diablo, sin darme tiempo a replicar.
Me deja con la palabra en la boca y de nuevo asimilando la nueva información.
Al parecer, no soy la última en enterarse.
¿Por qué él tampoco sabe nada? Martina ha jugado con ambos, está claro que lo ha hecho a traición, pero no entiendo el motivo.