Jugamos a querernos (Jugamos 3) CAPÍTULO 5 #2
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CAPÍTULO 5 #2

Después de la efusividad inicial, vuelven a sus sillas como si nada hubiera pasado.

Por supuesto le han dejado un hueco en medio porque será la protagonista de la conversación.

Al fin y al cabo, estamos aquí por ella, para celebrar esta nueva y corta etapa.

Han tenido en consideración dejarme un sitio a su lado, cosa que les agradezco con una sonrisa sincera.

No me pasa desapercibida la silla vacía que hay justo en frente de mí, entre Eloy y Paula.

Lo cierto es que no sé a quién puede pertenecer porque no falta nadie, están los seis que forman el grupo.

Al menos siempre nos reunimos los mismos.

En un principio era un grupo de cinco, tres de ellos —aquí entra mi prima— comparten la pasión por el arte y se conocieron en la carrera.

Otros dos aparecieron en la cafetería de esa universidad y entablaron conversación, todavía no sé muy bien cómo surgió porque cada uno cuenta una versión diferente.

El último en unirse fue el novio de Eloy, es el único que tiene pareja formal desde hace tiempo y por eso ya lo consideran uno más.

Como se apuntaba a todos los planes, terminó formando parte.

Y, por supuesto, la incorporación más nueva soy yo.

Que, aunque no acuda a todas las quedadas, siempre recibo la información por mi prima.

No formo parte del grupo de WhatsApp, pero debo admitir que la culpa fue mía.

El día que se propuso me negué, tampoco me preguntéis el motivo.

Una parte de mí no quería complicar las cosas, al fin y al cabo, son las amistades de Martina, es suficiente con que me incluyan en sus planes.

Sentía que, si entraba, era invadir demasiado su vida y apropiarme de sus amigos.

—¿Esperamos a alguien nuevo? —susurro para que solo mi prima pueda oírme. Señalo con la mirada el asiento vacío, intentando encontrar una explicación.

Sus ojos se abren de golpe y al instante se muerde el labio.

Parece que la conversación que mantenían, una a la que no estaba prestando atención, pasa a un segundo plano porque se centra en mí.

Su mirada ya me está pidiendo perdón, aunque al mismo tiempo visualizo una leve sonrisa que no tengo claro cómo interpretar.

—Sí. Bueno, no es nuevo, es un antiguo amigo que también formaba parte del grupo.

¿No te he hablado de él? —Niego, no lo ha hecho, me acordaría.

No ha mencionado ninguna incorporación a la cena que no conozca.

Su cara dibuja una mueca extraña, lo que se traduce en que debería haberlo hecho y se ha olvidado—.

Pensaba que sí —dice más para ella misma que para mí—.

Alejandro, alias Alex, es entrenador de pádel profesional y ha vuelto a Barcelona después de un año en Arabia Saudí.

Se unió al grupo en una fiesta universitaria digna de recordar.

¿No lo llegaste a conocer? —Niego al momento—.

Por fechas existía la posibilidad de que sí —vuelve a hablar para ella mientras se encoge de hombros.

Tengo claro que el grupo de amigos que conozco lo forman las personas que tengo alrededor—.

Entonces, como mínimo, alguna vez he tenido que mencionar su nombre estando tú presente.

Todos lo apreciamos mucho y nos alegra que vuelva a estar por la ciudad.

—Me quiere sonar lo del amigo entrenador —admito.

Ha sido mencionar ese detalle y que las conexiones mentales se activaran.

Esa historia ya la he escuchado antes, estoy segura—.

Y ahora que lo dices, el nombre se me hace bastante familiar, pero te aseguro que no me comentaste que se unía a la cena.

Y no, creo que no he coincidido nunca con él.

—Probablemente no, porque si lo hubierais hecho, te aseguro que te acordarías.

Ahí está la sonrisa de nuevo, mucho más amplia y evidente que antes.

¿Me acaba de guiñar también un ojo? Quiero creer que no, que han sido imaginaciones mías. Aunque conociendo a mi prima, no puedo descartarlo.

—Siento llegar tarde —dice una voz a mis espaldas. Consigue que la frase que estaba a punto de decir se quede en mis pensamientos y me gire en su dirección—, aunque como diría uno de mis jugadores, ya sabéis que lo bueno se hace esperar.

El comentario consigue que la mayoría se ría. Yo, sin embargo, me quedo petrificada mirando al chico. Creo que hasta estoy con la boca ligeramente abierta.

«Lo he visto antes».

Entro en bucle ante esa afirmación. Puede que el repaso que le estoy dando sea excesivo, pero, por suerte para mí, queda en un segundo plano cuando todos se levantan a saludarlo.

Los gritos de pura emoción y sorpresa no tardan en llegar.

Al parecer, no era la única que no sabía que aparecería esta noche.

Martina se lo ha callado, pero bien. Escucho que dice que quería que fuera una sorpresa, pero mi mente hace rato que no está conectada del todo con la conversación que mantienen.

Solo puedo pensar en el chico moreno que tengo delante —que ahora que me he levantado me doy cuenta de que me saca un palmo de altura— y en intentar averiguar dónde hemos coincidido.

Justo cuando se gira hacia mí para hacer las presentaciones oportunas y quedamos cara a cara, lo veo: unos ojos marrones impactando con los míos.

Sonrío. Acabo de recordar el momento exacto en el que me topé con este chico y más concretamente con esa mirada.

—Y, por último, pero puede que la más importante, mi prima.

—Saludo por puro instinto, aunque sigo sin ser capaz de quitarle la vista de encima.

Quiero creer que el motivo es sencillo: me ha gustado su forma de vestir.

Unos tejanos negros junto a una camiseta gris y una chaqueta de cuadros.

Por si os lo estáis preguntando, no, esta vez no se marcan sus bíceps y, a diferencia de entonces, la barba es más notable—.

Pensaba que habíais coincidido antes porque justo se mudó a Barcelona antes de que te fueras a Arabia, pero…

—¿Tú eres Alejandro? —pregunto, interrumpiendo el discurso de mi prima.

Al hacerlo, levanta demasiado ambas cejas sin dejar de mirarme, incrédula.

Creo que la emoción por haber recordado esos ojos marrones ha hecho que me precipite al hablar.

Y puede que también lo haya hecho para apartar de una vez mis ojos de él.

Igual no era necesario; analizándome, creo que he sonado algo desesperada.

El chico me regala una sonrisa, al hacerlo un hoyuelo aparece en su mejilla derecha.

—Alex —me corrige al instante—. ¿Y tú eres…?

—Carlota —se apresura a contestar mi prima.

La miro frunciendo el ceño, podría haber respondido yo—.

Y según ella no te conocía, pero creo que hay información nueva que no tengo en mi poder.

—Algo en mí ha hecho que todas sus alertas salten.

Me niego a que una simple pregunta haya hecho que sepa que hemos coincidido antes, aunque ella es capaz de leer entre líneas mejor que nadie—.

Me gustaría saber por qué no sé nada —insiste al ver que no respondo.

Se cruza de brazos, en un intento por hacer ver que está enfadada —ambas sabemos que no es así, que está sonriendo en su interior— y me mira con atención, esperando que diga algo. Adopto su misma actitud porque a esto sabemos jugar ambas.

—¿Quién es la drama queen ahora? —me cachondeo.

Noto la atenta mirada de Alex sobre mí. «¿Él me habrá reconocido?

». Vamos a descubrirlo—. No lo conozco, al menos formalmente.

Lo único que sabía de este chico hasta hace cinco minutos es que debería mirar por donde camina para no terminar con la pantalla del móvil rota.

¿Nadie le recordó la cantidad de gente que se mueve por Barcelona en hora punta?

Mi mirada no se ha separado de él, por eso he podido ver el momento exacto en el que sus facciones han cambiado.

Las pequeñas arrugas que se formaban encima de sus cejas por no estar entendiendo nada han dado paso a una sonrisa al comprenderlo todo.

No negaré que siento cierto alivio al saber que me ha reconocido.

Supongo que una parte de mí no quería haber pasado desapercibida.

—Ya decía yo que tu cara me resultaba familiar.

Para tu información, mis temores se hicieron realidad: no se había roto el protector, sino la pantalla entera.

Hay que tener mala suerte. Aunque en un primer día de trabajo siempre tiene que salir algo mal; por suerte, fue algo que tenía arreglo.

—Se encoge de hombros sin dejar de sonreír.

—No fuiste el único perjudicado; si no, que se lo pregunten al moratón que llevo en el culo.

Me arrepiento al instante de haber soltado eso.

¿Desde cuándo digo lo primero que se me pasa por la cabeza?

Eso es muy Martina. Aunque por la pequeña carcajada que suelta no parece tan disparatado, sigo pensando que no había necesidad de mencionar a mi trasero, mucho menos en la primera toma de contacto.

Noto demasiados pares de ojos puestos en nosotros. No me preguntéis el motivo.

—Sigue faltándome información y después de ese comentario necesito saberlo todo —insiste mi prima, que parece que se le ha desencajado la mandíbula y los ojos se le van a salir de las órbitas.

—No solo tú, querida. Ahora todos tenemos curiosidad —la apoya Eloy.

—Veo que hay cosas que nunca cambian, seguís llevando en la sangre lo de ser unos cotillas —interviene Alex, negando al tiempo que sonríe.

Ninguno le lleva la contraria, es más, hay quien asiente—.

Ahora deberíamos dejaros con la intriga, pero conociéndoos, si no os damos una respuesta, empezaríais a hacer conjeturas y no tengo ganas de que nos emparejéis por un simple encuentro fortuito.

Miro a mi prima por inercia, la veo muy capaz de hacer eso y, por supuesto, quiero evitarlo a toda costa. Lo último que necesito es una historia de amor.

—Tienes toda la razón —apoyo. Necesitan bien poco para montarse sus propias películas, no sería la primera vez—.

Para apagar vuestras mentes creativas y que no haya lugar a dudas, os diremos que el lunes nos chocamos a primera hora en pleno Passeig de Gràcia.

Íbamos caminando cuando terminé en el suelo y él con su móvil perjudicado. Fin.

Veo cómo la ilusión en los rostros de mis amigos va desapareciendo. Probablemente esperaban algo mucho más jugoso. Lo siento, esas cosas solo pasan en los libros, películas y series. Lo nuestro podría resumirse como un primer encuentro «de mierda».

—Me gustaba más la historia que me estaba imaginando —admite Martina.

—Sabía que teníamos que aclararlo.

Después de alguna pregunta más en la que intentan pillarnos, se dan por vencidos. Lo agradezco, siento que ahora sí que vuelvo a respirar con normalidad. Lo de estar en el punto de mira y acaparar todas las miradas ya no me hace especial ilusión. Antes lo buscaba a toda costa, ahora hasta rehúyo.

Las conversaciones fluyen y se solapan entre ellas.

Es inevitable que en algunos momentos se creen pequeños grupos, aunque mi prima lo intenta reconducir para que termine siendo una conversación conjunta.

Como era de esperar, la interrogan sobre Australia, a lo que ella responde con soltura.

Permanezco atenta, aunque conozca la mayoría de las respuestas.

Verla tan entusiasmada e ilusionada hace que me contagie de esa energía.

Tengo el corazón dividido entre querer que se vaya ya y al mismo tiempo que siga permaneciendo a mi lado, porque sé que eso conlleva tener que enfrentarme a la soledad de verdad y me aterra.

Algo en mi interior me dice que estoy preparada, espero no equivocarme.

Luego le llega el turno a Alex, después de tanto tiempo sin aparecer por Barcelona, sus amigos le hacen un interrogatorio en toda regla.

No se olvidan de preguntar sobre ningún detalle personal y profesional.

Termino sabiendo que no tiene pareja, que lo más probable es que se mude a Barcelona —al parecer vive en Calafell, primera noticia— y que tiene un reto en el trabajo que le motiva demasiado, de hecho, fue eso mismo lo que le llevó a aceptar el puesto.

Por supuesto, a la que me despisto, cuadran sus agendas y cierran una partida de pádel.

Aunque al parecer ninguno está a su nivel —no me sorprende porque es entrenador—, Alex se muestra ilusionado por volver a jugar con ellos.

Según dice mi prima, es un deporte muy social y debería probarlo.

No descarto la idea, pero tampoco lo apunto como prioridad.

Antes de que nos saquen los postres, Martina y Alex se levantan con la excusa de ir a fumar.

Lo hacen solos porque ninguno del grupo comparte ese vicio tan dañino para la salud.

Miro a mi prima alzando una ceja, ¿de verdad no puede esperar a que terminemos de cenar?

Solo son unos pocos minutos más. Nunca lo entenderé.

Se encoge de hombros a modo de respuesta antes de agarrarse del brazo de su amigo.

La doy por imposible. La guerra constante sobre el tabaco parece no llevarnos a ninguna parte.

Mira que lo intento, pero es como darse de cabezazos contra una pared.

No me han pasado desapercibidas las miradas y señales que se han dedicado Martina y Alex durante gran parte de la noche, así que no me sorprende que hayan buscado un motivo para tener una conversación más privada.

Se notaba que lo deseaban hacer desde que se han visto, solo hacía falta fijarse un poco para descubrirlo.

Desde donde estoy, gracias a la enorme cristalera, puedo verlos a la perfección, hablan animados sin dejar de sonreír.

Me gustaría escucharlos, solo por pura curiosidad.

Todos tenemos una vena cotilla en nuestro interior, quien diga lo contrario, miente.

Veo cómo se abrazan en un momento dado para luego seguir hablando.

Parecen incluso más felices que hace unos segundos.

Descifrar lo que dicen es misión imposible, todavía no soy una experta en leer los labios a los demás, aunque en ocasiones como esta me gustaría.

Supongo que me voy a tener que conformar con la información que me traslade mi prima.