CAPÍTULO 5
Martina me agarra del brazo al salir a la calle, justo cuando empezamos a caminar por Passeig de Gracia y nos perdemos entre la multitud.
Sonrío ante el gesto, sé que lo hace para intentar calmar los nervios que me produce tener que socializar con sus amigos.
No es la primera vez que voy a cenar con ellos y, por suerte, no es un grupo demasiado grande, es más bien algo íntimo y familiar.
Cuando llegué a Barcelona, mi prima se esforzó por hacerme sentir una más y debo confesar que lo consiguió.
Gracias a ellos tuve una excusa para pasar un rato rodeada de gente, ya que llevaba demasiado tiempo encerrada en mi propio mundo.
Podría decir que se han convertido en mis amigos, aunque a veces dudo de si lo serían si mi prima no estuviera de por medio.
Supongo que ahora, en estos tres meses, lo descubriré.
Hacer amistades ahora mismo no es mi punto fuerte, me relaciono con las otras empleadas de la tienda y con algunas sí que he salido a tomar café algún día fuera del horario de trabajo, pero poco más.
Al irme de Madrid, me alejé de todo, incluso de las chicas que siempre me habían acompañado, con Clara llevaba desde el colegio, éramos la doble C.
A veces me arrepiento de esa decisión, de haber roto la relación y perdido el contacto con ella porque la echo de menos.
Hay momentos en los que me planteo escribirle, fue un pilar fundamental en mi vida, pero me aterra que ya sea demasiado tarde.
Sé que no he hecho las cosas bien y me dan miedo las consecuencias que eso haya podido tener.
No sé si estoy a tiempo de arreglar esos errores, pero os aseguro que me encantaría.
—Alegra esa cara, rarita. —Me da un pequeño empujón al andar, consiguiendo que me tenga que agarrar a ella con más fuerza para no caer por la sorpresa—. Que no parezca que te estoy obligando a venir a mi cena de despedida.
—Sabes que no quiero estar en ningún otro lugar —digo sincera. Aunque ella se ha encargado de organizarlo todo, yo misma le propuse celebrarlo cuando supe la noticia. El problema es que siempre va un paso por delante y ya lo tenía pensado; si no, me hubiera llevado el mérito de esta idea.
—Tu mirada no dice lo mismo —insiste. Solo le basta verme para saber que algo no va bien. Tiene ese superpoder, supongo que es porque somos familia y estamos conectadas de alguna forma.
Suspiro, no tiene sentido ocultarlo, además, he aprendido que lo mejor es sincerarse y no guardarse los problemas para uno mismo. Compartirlos puede hacer que veas las cosas con otra perspectiva.
—Eso es porque estoy dándole vueltas a la amistad.
Sabes que cuando me mudé aquí corté de raíz las relaciones con todo el mundo de Madrid porque creía que era lo que necesitaba.
Me acuerdo de que mi psicólogo me advirtió que esa idea probablemente no fuera la más acertada, pero que, si era lo que creía conveniente, lo hiciera, pues solo el tiempo me diría si acerté o erré.
Y cuanto más avanzo, más convencida estoy de que debería haber hecho algunas cosas de otra manera, ¿sabes? ¿Te acuerdas de Clara?
—Por supuesto, erais culo y mierda. A veces la envidiaba por poder pasar tanto tiempo contigo.
—También me alejé de ella. —Asiente, no sé si se lo había dicho de manera tan directa todavía, pero era evidente. Ni ella me ha venido a ver ni yo a ella, algo imperdonable si se supone que éramos tan amigas—. No me preguntes el motivo porque ni yo misma lo sé.
Agacho la cabeza, decepcionada conmigo misma. Me estoy enfrentando a cosas que he ido retrasando, pero ha llegado el momento de armarme de valor y dejar de posponer.
—Quieres saber de ella, ¿verdad? —Ni siquiera tengo tiempo para asentir porque sigue hablando—.
Sin embargo, al mismo tiempo te acojona que la relación, después de un año y medio, se haya roto del todo por tus acciones.
—A veces pienso que es capaz de leerme la mente, supongo que se debe a que me conoce mejor que nadie—.
Creo que cometiste un error, necesitabas gente que te quería a tu lado durante el proceso y sé que Clara estaba a la altura de las circunstancias.
Creo que, en parte, lo hiciste para castigarte; pero ese es un melón que abriremos más adelante.
No sé qué opina ella al respecto, pero si no se lo preguntas, jamás lo sabrás.
Que el miedo no te impida hacer lo que quieres, prima.
Equivocarse forma parte de la vida, igual que perdonar.
Puede que sea tarde, o puede que ella piense lo mismo que tú.
Sabes que solo hay una manera de averiguarlo, así que déjate de gilipolleces y espabila.
Martina es como mi Pepito Grillo particular, me dice las cosas de manera directa y realista, no lo que quiero escuchar, sino la verdad para hacerme reflexionar.
En el fondo era muy consciente de lo que me diría y creo que justamente por eso se lo he dicho, para escuchar lo que necesitaba y dar ese paso, aun estando cagada de miedo.
—No sé qué voy a hacer tres meses sin ti y sin tus consejos —admito. Las conversaciones y reflexiones con ella me suman años de vida—. A veces le doy demasiadas vueltas a las cosas y me freno por puro miedo.
Esa frase podría resumir a la perfección mi vida. Y está claro que solo yo puedo cambiarlo.
—Por lo menos lo admites, eso es un gran paso.
Y para cerrar el tema de la amistad, solo te diré que la vida rodeada de amigos es mucho más bonita, algo que sabes muy bien porque lo has podido comprobar de primera mano.
Permítete conocer gente, pero sobre todo permite que te conozcan: a la verdadera Carlota, esa que, aún a día de hoy, intentas esconder por miedo a ser herida de nuevo.
Muéstrale al mundo cómo eres y te aseguro que se enamorarán de ti, te lo dice alguien que te conoce muy bien y a quien has conseguido cautivar.
Las lágrimas se acumulan en mis ojos, a la espera de ser liberadas, pero me contengo, o al menos lo intento, porque ya noto una lágrima solitaria caer por mi mejilla.
La atrapo al momento con un rápido gesto.
Todo es culpa suya. Nadie habla tan bien como Martina, como se nota que el arte corre por sus venas.
—Tú no cuentas, que para eso eres mi prima.
—Ambas soltamos una carcajada por el comentario, pero somos muy conscientes de que no todos los familiares tienen esta relación—.
Cuando te pones así de intensa, consigues que me emocione.
Gracias por todo, en especial por tenderme la mano cuando más lo necesitaba y hacerme ver que no estaba sola, aunque yo creía que sí.
—No es la primera vez que se lo digo, pero necesitaba repetirlo justo ahora.
Nos agarramos con más fuerza, sin dejar de andar—.
Sé que solo van a ser tres meses, pero te voy a echar mucho de menos.
Me he acostumbrado a ti y a vivir mi vida a tu lado.
—Ha llegado el momento de que te acostumbres a ti, de que te quieras y le des otra oportunidad a la vida, las amistades y el amor.
Por supuesto, tenía que dejar esta pullita sobre el amor; si no, no es ella. ¿Lo de ser una romántica empedernida debe tener alguna relación con su vena artística? A veces pienso que sí.
—Tampoco te vengas tan arriba, paso a paso. No sería capaz de abarcar con todo al mismo tiempo.
—No te subestimes, rarita. —Frunzo el ceño ante el apodo, sé que lo ha dicho para que dejemos de ponernos «dramáticas», como ella diría, y así ahorrarnos entrar en el restaurante con los ojos rojos—.
¿Preparada para socializar en la cena y después salir a tomarte unas copas al mejor pub de Barcelona?
Sonríe con ilusión al pensar en la noche que nos espera. Por supuesto, es totalmente su ambiente; si no, no lo hubiera organizado así.
—Por partes. Me sorprende que todavía se siga utilizando la palabra pub y, por favor, los objetivos a corto plazo, de uno en uno. Primero a por la cena, no quiero agobiarme antes de tiempo.
Miento, ya lo estoy solo de pensar en lo que viene después.
El alcohol y yo rompimos nuestra amistad hace tiempo, concretamente desde la última borrachera en aquella discoteca donde hice el ridículo ante Lucas y Natalia.
Me avergüenzo solo con recordarlo. Sé que salir no implica tener que beber, pero el ambiente tampoco me apasiona ya, o eso creo.
—Hemos activado el modo drama queen.
Dejo que sea la primera en entrar al restaurante, así aprovecho para pasar algo más desapercibida tras ella.
La sigo bien de cerca, tengo que acelerar el ritmo para no quedarme atrás.
Me sorprende la velocidad a la que es capaz de andar con esos tacones.
Yo antes también pertenecía a ese club, cuando te acostumbras a ellos, eres capaz de todo, pero desde que volví a la comodidad de los zapatos planos, no me he planteado volver a usarlos.
Vale, en ocasiones especiales sí, pero ya me entendéis.
Los saludos no tardan en llegar cuando nos paramos frente a la mesa de nuestros amigos.
Todos se levantan para abrazar y felicitar a Martina.
Sonrío al ver tantas muestras de afecto hacia mi prima, se nota que se aprecian mucho unos a otros.
Los abrazos y besos van y vienen, por supuesto, yo también los recibo como bienvenida.
No puedo evitar pensar que son un buen grupo de amigos y que me alegro de poder compartir días así con ellos.
Aunque me cueste arrancar y salir de casa, luego agradezco haberlo hecho.