Jugamos a querernos (Jugamos 3) CAPÍTULO 4
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CAPÍTULO 4

La semana pasa más rápido de lo que esperaba, algo sorprendente dado el tute diario de tren para dormir en casa de mis padres.

Después de estar un año fuera, ya no considero que sea mi hogar del todo, por mucho que mi antigua habitación siga intacta.

Bajar en coche a Barcelona no es una opción debido a los altos precios de los parkings privados.

Encontrar sitio gratis es misión imposible, me tocaría pagar y ahora mismo no estoy para derrochar dinero.

Me he acostumbrado a la rutina con facilidad, aunque estoy deseando suprimir el tiempo que paso en el transporte público, de hecho, estoy convencido de que, como eso siga así, me pasará factura.

Por suerte, he tenido tiempo suficiente para darle vueltas a la propuesta de mi amiga y he decidido aceptar, si todavía sigue en pie, claro.

Lo cierto es que ni siquiera debería estar dudando de ello porque sus mensajes constantes me lo dejan claro: quiere que le alquile la habitación.

Una opción factible y tan económica que resulta imposible de rechazar.

Una habitación en un apartamento tan céntrico como el suyo costaría un ojo de la cara, pero lo que pretende cobrarme es casi simbólico.

Está claro que no quiere hacer negocio a mi costa, sino hacerme un favor; se lo agradezco de todo corazón porque gracias a ella voy a poder ir andando hasta el trabajo, algo que os aseguro no tiene precio.

Solo con pensarlo me emociono. El tiempo es muy valioso y a veces no somos conscientes.

Soy de los que odia desperdiciarlo y gran parte de mi semana se ha destinado a ver el paisaje a través de la ventana del tren, lo que no me aporta nada, al contrario, solo hace que quitarme horas importantes de descanso.

Si todo sale según lo previsto, este fin de semana tendré tiempo para cuadrarlo todo con ella.

Pienso comunicarle mi decisión esta noche cuando la vea, así, con suerte, podré trasladarme el lunes mismo.

Por circunstancias de la vida, hace bastante tiempo que no nos vemos en persona, pero eso no ha hecho que perdiéramos el contacto, solo que nos tuviéramos que adaptar.

El poco tiempo que estuve en la universidad, aparte de darme grandes experiencias, me hizo hacer buenos amigos y tengo que decir que no todos salieron de la carrera que inicié, algunos de ellos —como Tina, alias mi futura compañera de piso— fueron fruto de la casualidad y de las noches de fiesta universitaria.

Cuando suena la alarma del móvil, sonrío por lo que significa.

Me levanto de un salto y me pongo la gorra negra que descansaba encima de la mesa, a la espera de que llegara este momento.

Acaba de terminar mi jornada como director deportivo y empieza lo que de verdad me apasiona, ser entrenador.

Salgo hacia las pistas, disfrutando del eco de las pelotas contra las palas.

Para mí esto es sinónimo de felicidad. Observo los golpes de la gente y su manera de jugar, sin evitar analizar cada uno de sus movimientos.

Las ganas de entrar y corregir ciertos aspectos son fuertes, pero me contengo.

Nadie ha pedido mi opinión. Hay gente que solo quiere disfrutar del pádel, sin escuchar hablar de técnica ni hacer clases, solo pasar un buen rato con sus amigos.

Lo cierto es que este deporte se ha convertido en algo muy social y es totalmente respetable, a mí en ocasiones también me gustaría jugar sin pensar en nada más, pero mi formación y mi manera de ser no me lo permiten.

Exigirme dar lo mejor de mí dentro de las pistas es lo único que sé hacer.

Me aseguro de que los entrenadores estén ya en las pistas asignadas.

No puedo evitar dejar de lado mi parte de director deportivo ahora que he vuelto a este puesto.

Es vital cumplir el horario para que nada se descuadre.

Veo cómo los jugadores más pequeños acaparan todas las miradas.

Pienso en el largo recorrido que les queda, en si alguno de ellos amará tanto este deporte como para darlo todo hasta el final o solo están aquí como deseo frustrado de sus padres.

Puede que la combinación de ambos nos traiga a una gran promesa del deporte.

No serían ni los primeros ni los últimos que, por culpa de la presión familiar, se esfuerzan por ser los mejores.

Espero paciente en nuestra pista a que Marc y Nil aparezcan por el club.

La gente de su edad los viernes tiene planes muy diferentes a este, pero quien algo quiere, algo le cuesta.

Como yo digo, es un sacrificio para conseguir su objetivo.

Este será el cuarto día juntos y todos somos muy conscientes de que todavía nos estamos conociendo.

Estrechar lazos es un proceso que requiere tiempo y constancia, al igual que ganarme su confianza.

Me han dejado muy claro que están implicados al máximo, quieren llegar al Premier Pádel Tour y, sinceramente, tienen potencial suficiente para conseguirlo.

No obstante, ahora empieza la verdadera prueba de fuego.

Cómo sucedan las cosas a partir de aquí será la clave para determinar su futuro, y es ahí donde entro yo.

—A por el último de la semana —comenta con alegría Nil al verme.

Nos damos un apretón de manos con fuerza para saludarnos, seguido de un par de golpes en la espalda como si fuera un abrazo, pero sin llegar a serlo.

Parece que llegar el primero se convertirá en una tradición, al menos así ha sido desde el martes.

Ya me advirtió Javier de lo disciplinado que es.

Me gusta. Llega con un margen de cinco minutos y con una sonrisa radiante, consiguiendo levantar miradas allá donde pasa.

Es un chico atractivo, pero su foco de atención está en el pádel, algo que puede marcar la diferencia.

Él mismo me dijo que este deporte no es solo una afición, sino su trabajo.

Me alegro de que tenga esa mentalidad y lo vea de ese modo porque ha llegado el punto en el que es cierto, no solo están aquí por pasión, sino para dedicarse profesionalmente.

En su mirada puedo ver la misma ilusión que transmitían mis ojos a su edad, espero no llegar a ver la decepción.

—No pienso daros tregua por mucho que sea viernes; al contrario. Necesitamos salir de aquí con un buen sabor de boca para terminar por todo lo alto la primera semana juntos. Seguiremos el nuevo horario que os pasé.

Él asiente, satisfecho por mi respuesta.

Es un jugador que se exige mucho a él mismo, algo que, como no controlemos, puede jugar en nuestra contra, ya que la autoexigencia suele derivar en frustración o incluso en ansiedad si no se cumplen los objetivos marcados por uno mismo.

No sería la primera vez que me enfrento a un jugador así; por suerte, sé cómo tratarlo, de ahí que le dé mucha importancia a las sesiones semanales con un psicólogo deportivo.

A veces serán encuentros conjuntos, otros individuales, depende de las necesidades que observemos.

Hoy nos reunimos por primera vez y me consta que nunca antes habían tenido esta preparación.

Para mí es algo primordial para poder trabajar la gestión de la presión, la comunicación en pareja, el control de la ansiedad prepartido, el miedo a fallar…

, podría seguir enumerando, pero seguro que os hacéis a la idea.

Hay entrenadores que prefieren dar ellos esa charla; en mi caso, prefiero dejarlo en manos de profesionales.

A veces es mejor que alguien externo se encargue de esa parte.

—¿Cómo has organizado la simulación del partido?

—pregunta al observar el horario en su móvil, aunque estoy convencido de que a estas alturas ya lo ha memorizado—.

Hasta ahora nos habíamos enfrentado a nuestro entrenador; a veces traía a alguien para poder hacer un partido en condiciones y en contadas ocasiones recurría a los sparrings.

Estoy al tanto de cómo han funcionado, de ahí que haya decidido cambiar cosas, porque si no se hacen pequeños ajustes, todo sigue igual y nada puede cambiar. Soy muy partidario de las parejas sparring, que tienen una función muy clara: incomodar.

—No quieras adelantarte, Nil, te daré todos los detalles cuando Marc aparezca. Hablando de él… —Señalo en su dirección con un movimiento de cabeza, haciendo que su compañero se gire para mirarlo.

Camina hacia nosotros con tranquilidad, parece muy pendiente de los partidos que se juegan a su alrededor porque la mirada va de un lado a otro con rapidez. Incluso se frena al ver algún punto interesante.

—Ya sabéis que lo bueno siempre se hace esperar —suelta a modo de saludo.

Nil pone los ojos en blanco y, tras saludarlo, se centra en su bolsa.

Saca las cosas una a una y las ordena de una manera muy concreta en el banco.

He estado observando y lo hace siempre en el mismo orden; debe de ser alguna manía o superstición.

Muchos jugadores tienen sus propios rituales antes de un partido importante.

Marc hace todo lo contrario: deja la mochila y saca las cosas sin ton ni son, creando una montaña justo a su lado.

Me sorprende lo diferentes que son como persona y cómo se entienden dentro de la pista.

Tengo entendido que también son buenos amigos, pero hasta el momento no los he visto llegar ni irse juntos.

—Por suerte para ti no has llegado tarde. Sabes que la puntualidad es importante.

Lo dije el primer día y lo repito ahora, a modo de recordatorio. Es más, comenté que la impuntualidad se traduce en falta de profesionalidad y eso hace que tenga consecuencias, aunque todavía no he tenido que aplicarlas.

—Para ti todo es importante, Alex. —Enarco una ceja—. No te juzgo ni me parece mal, al contrario. Creo que tu manera de ser, tan estricta, nos beneficiará, ¿verdad, bro?

—Has repetido lo que te dije yo tras finalizar el primer entreno.

—Sabía que estarías de acuerdo conmigo. —Sonríe triunfal mientras su compañero niega, dejándolo por imposible.

Es en momentos como este, al escuchar ciertas conversaciones, cuando me doy cuenta de mi edad y del tiempo que hace que dejé atrás la adolescencia.

—Basta de cháchara, a la pista —ordeno dando un par de palmadas al aire—. Hoy jugaréis contra Dani y Óscar.

Los escucho resoplar por mucho que hayan intentado disimularlo. Se conocen, pero no tienen una relación estrecha, me he asegurado antes de enfrentarlos.

—No son mejores que nosotros —interviene Nil con el ceño fruncido, incapaz de morderse la lengua. Es un comentario que no me sorprende, es más, esperaba que ocurriera.

—No juzgues las decisiones de nuestro entrenador.

—Sé que sois mejores, pero ese es precisamente el problema.

Cuando jugáis con alguien mejor, os activáis.

Cuando jugáis con alguien igual, competís.

Pero cuando jugáis con alguien inferior, os relajáis.

Al menos eso es lo que le pasa a la mayoría de jugadores, quiero ver cómo reaccionáis vosotros.

Además, los usaremos como sparring. Están aquí para exigiros.

Intercambian miradas. Parece que mantienen una conversación en silencio hasta que Nil termina asintiendo.

Mi papel hoy puede parecer sencillo, ya que permaneceré al margen, observando y apuntando, pero esto es tan importante como cualquier otra cosa.

En momentos puntuales puedo pedirles cosas concretas: jugar más agresivo, cargar contra uno de los jugadores, forzar globos, buscar puntos largos…

, y ver cómo responden a mis órdenes. Gracias a este partido voy a poder ver cómo se comunican dentro de la pista, qué sucede cuando algo no sale, quién lidera de los dos, quién es más probable que sufra un bloqueo ante la presión…

Observar es imprescindible para recopilar información y poder trazar un plan que nos lleve a lo más alto.

—Vamos a demostrarte lo que somos capaces de hacer —contesta Nil con convicción.

De primeras parece que es quien lleva la voz cantante, pero no olvido el momento miradas de hace unos segundos, en el que parecía que Marc dominaba la situación.

—Eso espero.

Me quedo de pie fuera de la pista mientras empiezan a calentar. Para mí el partido ya ha empezado, aunque todavía nadie haya sacado.