Jugamos a querernos (Jugamos 3) CAPÍTULO 3
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CAPÍTULO 3

No hay nada como llegar a casa, ducharse y ponerse el pijama, os aseguro que es uno de los mayores placeres que experimento durante el día —sin olvidar el detalle de que te preparen el café, por supuesto—.

No entiendo a la gente que va vestida por casa.

Para mí, no son de fiar, esconden algo seguro.

Para variar, no hay ni rastro de mi prima, pero confío en que no tardará en llegar.

Suele ser la primera en irse por las mañanas y la última en llegar por las tardes, aunque esa semana yo tenga que cerrar la tienda.

Parece ajustarse a mi horario y venir cuando yo ya he llegado.

Y como si fuera capaz de invocarla al pensar en ella, escucho las llaves entrar en la cerradura y el sonido de la puerta al abrirse.

—Ya estoy aquí, rarita —suelta al instante, alzando la voz lo suficiente como para que pueda escucharla desde cualquier rincón del piso. Seguro que ha conseguido que los vecinos también se enteren de su llegada.

Frunzo el ceño en cuanto la escucho llamarme de ese modo.

Por mucho que esté acostumbrada a ello, me sale sola esta reacción.

Echo de menos cuando solo era Carlota o prima, incluso cuando decidió apodarme Carly por aquella famosa serie de nuestra infancia.

Cuando le da por algo, es bastante cansina.

Solo espero que llegue el día en el que se le ocurra otro.

Le he dado hasta varias opciones, pero nada.

Este llegó cuando empezó a ver mis pequeñas manías al compartir piso. Maldigo ese momento.

—Cuando me llamas rarita, te odio bastante —confieso todo lo seria que puedo.

Hace un gesto con la mano para quitarle importancia mientras se dirige a la nevera. Puedo ver sus movimientos desde el sofá porque el piso tiene la cocina abierta. Algo que detestaba al principio, pero que con el paso del tiempo he ido aceptando e incluso ha terminado gustándome.

Me apuesto todo lo que tengo a que se servirá una taza con Cacaolat, su mayor adicción, incluso por encima del café. Este último solo lo bebe por la mañana, como si fuera un chute de energía para despertarse.

—Sabes que te lo digo con todo el amor y cariño del mundo.

—Solo faltaría, zorra.

Sonríe ampliamente antes de llevarse el Cacaolat a los labios, no falla. A estas alturas ya no me lo ofrece porque sabe que no lo aceptaré.

—¿Cómo ha ido el día? ¿Mucha faena? —se interesa como de costumbre. Es el momento de las preguntas rutinarias. No hay día en el que nos lo saltemos cuando llega—. Es una lástima que no te hayan asignado ningún cole, pero la parte positiva es que mañana tienes una nueva oportunidad.

—No me lo recuerdes —me lamento, los números de la bolsa hoy estaban bastante bajos.

No ha habido llamada ni se ha presentado en el Zara por sorpresa—.

Si no tenemos en cuenta eso ni a las señoras de turno que parece que entran en la tienda para ponerla patas arriba, bien.

De verdad que a veces pienso que entran expresamente para cambiar las cosas de sitio y revolver todo.

—Les debe gustar ver cómo vais corriendo a doblarlo de nuevo.

—Podría ser su pasatiempo favorito, sí.

Juraría que las veo mirar de reojo mientras empiezan a buscar las tallas en el montón de ropa para luego terminar yéndose con las manos vacías.

De acuerdo, puede que yo años atrás lo hiciera, pero ahora, visto desde dentro, es para tirarles de los pelos.

A veces no somos conscientes de muchas cosas hasta que nos toca vivirlas en el otro lado.

—Como te digo cada día, recuerda que es algo temporal y llegará el momento en el que puedas dedicarte a lo que de verdad quieres. Paciencia, prima.

—No me canso de escucharlo, creo que ese discurso es mi motivación, lo que de verdad me hace seguir adelante —admito—. Pero hablemos de ti, que mi día siempre es el mismo. En mi vida solo hay rutina y monotonía.

«Lo más emocionante de hoy ha sido el golpe con ese chico por la mañana», pienso para mis adentros. Tampoco es necesario comentarle esta tontería, era solo para que os imaginéis mi nivel de vida y emociones diarias.

Martina deja el mechón castaño y rosa con el que jugaba para mirarme en cuanto me escucha decir eso último. Abre demasiado los ojos mientras niega.

—Porque tú quieres —me recuerda ese pequeño detalle, como si se me hubiera olvidado o como si la culpa fuera mía.

—Socializar ya no es mi fuerte —le recuerdo ahora yo. Siento que me estoy excusando de algo, pero no sé muy bien de qué.

Han cambiado muchas cosas. La valentía que tenía para conocer gente y entablar conversaciones ya no está, al menos no como antes. Me preocupa demasiado lo que vayan a pensar de mí, algo que no me pasaba.

—Ni salir de fiesta, ni los chicos, ni el sexo, ni… ¿sigo con la larga lista o te haces a la idea?

La sonrisa triunfal que me dedica consigue que la fulmine con la mirada.

Lo peor de todo es que tiene razón y soy muy consciente, pero no pienso entrar en ese debate ahora, me niego. Son cosas que dejé atrás por diferentes motivos, algunas por miedo, otras porque no me aportaban nada.

—Te quierodio —termino por decir, enfadada, pero solo consigo que suelte una sonora carcajada.

No sé cuándo empecé a utilizar esa palabra, solo sé que fue con ella y que ahora la utilizo a diario. Mi madre tampoco se acuerda del momento exacto, pero a estas alturas ya es parte de mi vocabulario.

—Solo digo que podrías retomar ciertas cosas que te gustaban y que no por hacerlo volverás a ser aquella Carlota, algo estúpida, si me permites añadir.

Sé que está bromeando, el tono que ha utilizado me lo deja claro, pero al mismo tiempo sé que podía tener esa opinión de mí. Hasta yo misma he llegado a pensarlo, así que no debería sorprenderme que la gente también lo hiciera.

—Oye —me quejo. Intento que suene bromista, pero sé que no lo consigo del todo.

Le doy un codazo aprovechando que ahora la tengo a mi lado. Ella parece no inmutarse.

—No es la primera vez que te lo digo.

Se encoge de hombros, despreocupada.

—Duele igual —termino por susurrar, muy sincera, en un hilo de voz. Admitirlo en alto no es nada fácil, pero es liberador.

Me abraza, al momento, arrepentida por su comentario, lo veo en su mirada y en la fuerza con la que me aprieta.

Martina es impulsiva y muchas veces no mide sus palabras, suelta lo primero que se le pasa por la cabeza, qué le vamos a hacer, así es ella, desde bien pequeña.

Pero también es la primera que sabe pedir perdón y admitir sus errores.

Soy muy consciente de que hice muchas cosas mal y que no era la mejor persona, tampoco lo soy ahora ni quiero serlo, pero que me lo recuerden sigue doliendo.

Me duele ver la imagen que transmitía al mundo.

Suficiente me machaco yo misma con el tema.

Sé que no debería hacerlo porque ha pasado mucho tiempo y forma parte del pasado, pero a veces es inevitable.

—Podrías retomar algunas cosas que dejaste atrás para volver a sentirte viva o experimentar con algo nuevo que te haga salir de la monotonía y de tu zona de confort —propone con ilusión en la voz.

Le doy un par de vueltas a su comentario. Como siempre, lo dice con la mejor intención, ayudarme.

Mi lugar seguro ya no es el mismo que años atrás, ambas lo sabemos.

—No sé, Martina. Hay cosas que ni siquiera sé si las hacía porque me gustaban o porque sentía que debía hacerlas para ser más guay.

—Entonces descúbrelo.

—Haces que parezca fácil.

—Porque lo es, rarita.

Suelto una pequeña carcajada. Hablar con ella siempre es reconfortante y una montaña rusa de emociones, pero es que así es mi prima en estado puro.

Sé que insistirá tarde o temprano, es un tema recurrente entre nosotras y de verdad me gustaría que fuera tan sencillo como me hace creer. No obstante, me he cansado de ser el centro de atención. Suficiente tengo con lo que hemos hablado hasta ahora para reflexionar más tarde.

—Ahora sí que ha llegado tu turno. Por lo visto tienes algo muy importante que decirme y estás alargando el momento —le recuerdo, aunque por la sonrisa que hay en su rostro es imposible que lo haya olvidado.

Lleva impregnada en su rostro desde que ha llegado—.

¿Sabes que no he podido dejar de pensar en lo que decía ese maldito post-it?

Suéltalo de una vez y acaba con esta agonía que siento.

—Drama queen es una opción que empiezo a valorar.

—Acepto.

Ambas nos reímos por mi respuesta tan precipitada, no lo he dudado ni un segundo. Cualquiera es mejor que el actual.

—Déjame darle vueltas. Y respecto a la noticia, ¡vas a flipar! —Da un bote en el sofá, consiguiendo que me asuste—. ¿Te acuerdas de que hace un tiempo te comenté la posibilidad de irme de au pair?

Intento recordar el momento exacto en el que me comentó esa idea, como tiene tantas, ha podido pasar desapercibida o que yo no le prestara demasiada atención, no descarto esto último.

Pero en mi defensa diré que Martina acostumbra a tener una propuesta semanal diferente relacionada con trabajo o viajes.

A veces es imposible seguirle el ritmo. Aunque ahora que lo dice, me quiere sonar muy vagamente.

—Una de las tantas ideas que tienes para conseguir inspiración, ¿verdad? —Pruebo suerte, la mayoría están relacionadas con eso.

Asiente, consiguiendo que esboce una sonrisa triunfal por haber acertado.

—Sabes que la mente de una artista nunca descansa y que necesito hacer cosas para seguir produciendo.