Jugamos a querernos (Jugamos 3) CAPÍTULO 1
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CAPÍTULO 1

Actualidad

Me miro en el espejo de cuerpo entero de mi habitación una vez más antes de darme por satisfecha con mi reflejo.

No es que me apasione, pero al menos no me horroriza, lo que significa que he hecho un gran avance con el paso del tiempo.

No ha sido ni está siendo un proceso fácil, volver a conectar conmigo misma me está costando más de lo que imaginaba, pero aun así estoy convencida de que lo conseguiré, cada pequeño logro me permite afirmarlo con seguridad.

Cuando me miro, no solo veo ese conjunto que debo utilizar como uniforme de trabajo, ni esa sonrisa que no alcanza mis ojos, sino que voy mucho más allá y analizo la persona que soy, esa que tantas veces he ocultado tras vestidos cortos y capas de maquillaje.

Es como si pudiera ver en mi interior y, a diferencia de entonces, la oscuridad ya no es tan densa ni el negro que me envolvía tan profundo.

Tampoco diré que soy puro color, porque eso sería engañarme a mí misma.

Además, no tengo muy claro que eso sea lo que quiero.

Lanzo una última mirada a mi reflejo, el color pelirrojo del pelo ya no me sorprende, de hecho, me he acostumbrado tanto que no me visualizo de otro modo.

Mi color natural ya no es una opción. Dicen que una de las primeras cosas que hace la gente para finalizar una etapa y empezar una nueva es tocarse el pelo, ya sea cortándolo o jugando con el color.

Lo corroboro porque hice ambas cosas hace un año y medio.

Un solo cambio no bastaba para escenificar mi resurgir —sí, tengo complejo de ave fénix—.

El color rojo y la media melena ya forman parte de mí, casi podría decir que son mi sello de identidad.

Necesitaba que mi imagen no me recordara lo que dejaba atrás, de ahí que tomara esta decisión.

El sonido de Barcelona inunda el piso mientras avanzo por el pasillo, es una de las consecuencias de vivir en pleno centro de la ciudad, nunca hay silencio.

No me quejo, el ruido y el ajetreo forman parte de mi día a día, siempre ha sido así.

Es una de las cosas que más me recuerda a Madrid.

Son ciudades que nunca duermen y están llenas de vida, pero mudarme aquí era la opción más sensata, la única vía de escape de la capital.

No tengo una gran familia, es más bien diminuta, ya que desde que tengo uso de razón hemos sido mi madre y yo, al menos ese es el núcleo principal.

Jamás ha habido un referente masculino en mi vida porque mi abuelo murió antes de que naciera y no tengo padre.

La historia de mi madre es digna de explicar porque fue madre soltera por fecundación in vitro.

Tenía muy claro que quería serlo, independientemente de si encontraba el amor y un hombre la acompañaba en el proceso.

Gracias a su valentía y coraje, existo. Pues no cualquiera tiene el valor de dar ese paso sola.

Hoy en día, la única familia de sangre que nos queda es mi tía.

Nunca hemos dejado de mantener relación por mucho que estuviéramos alejadas y gracias a eso pude estrechar lazos con mi prima Martina, la única que tengo.

No solo nos veíamos en fechas señaladas, sino que acostumbrábamos a pasar el verano juntas porque venían de visita o nos pagaban unas vacaciones carísimas para que estuviéramos todos juntos, consecuencias de estar forrados.

Se mudaron a Barcelona antes de que yo naciera, ahora tienen varias propiedades aquí.

Una de ellas es de uso y disfrute de Martina, que dio saltos de alegría cuando barajé la posibilidad de venir a vivir con ella una temporada.

Pero lo que iba a ser algo con fecha de caducidad se ha convertido en mi vida y no me arrepiento lo más mínimo de haberme mudado aquí.

Ahora compartimos piso y seguirá siendo así hasta que pueda comprarme algo propio, una utopía al ritmo que voy —no pienso entrar en el debate que supone para los jóvenes la accesibilidad a la vivienda—.

Mi sueldo como dependienta en una tienda de ropa tampoco da para demasiado; por eso no barajo alquilar un piso para mí sola, la convivencia entre nosotras es maravillosa y, como hemos hablado más de una vez, sería tirar el dinero. No hay necesidad de dar ese paso.

En estos momentos tampoco contemplo la idea de volver a Madrid, aunque allí esté mi madre.

Cada una ha seguido construyendo su vida, y aunque me encantaría que estuviéramos juntas, ninguna debe hacer ese sacrificio.

Ella está comprometida con su trabajo y dándole una oportunidad al amor, mientras que yo me he acostumbrado demasiado a esto; incluso al catalán, idioma que empecé a estudiar en cuanto puse un pie en la Ciudad Condal.

Tengo acreditado el nivel C1, requisito indispensable para poder formar parte de la bolsa de docentes de Cataluña.

Solo de pensar en ello se me acelera el corazón.

Las designaciones para profesores de educación primaria han pasado a ser diarias entre semana, lo que significa que hoy es una nueva oportunidad para conseguir una sustitución en un cole y dedicarme, por fin, a lo que quiero.

Los números suben y bajan, y aunque en ocasiones han estado cerca del mío, todavía no han llegado.

Llevo inscrita desde que terminé la carrera.

Al llegar a Barcelona solo me quedaban las prácticas y el trabajo final de grado, aunque tuve que sumarle el esfuerzo que supone aprender un nuevo idioma; pero he demostrado tener lo necesario para ejercer aquí.

No os miento si os digo que fue una gran barrera y en ocasiones dudé en dejarlo todo y volver con la cabeza entre las piernas.

No lo hice, me lo tomé como un reto personal.

Era muy consciente de que, si quería trabajar de lo mío aquí, debía ser capaz de desenvolverme con soltura en catalán.

Hoy puedo decir con la cabeza bien alta que puedo hacerlo.

No hay rastro de mi prima por el piso, lo que me lleva a imaginar que está en el gimnasio, para variar.

Madrugar no es un problema para ella, más bien todo lo contrario.

En eso somos bastante opuestas porque a mí se me quedan enganchadas las sábanas cada mañana cuando suena el despertador.

Ella aprovecha cada minuto como la que más.

Tiene unas rutinas muy marcadas y el deporte encabeza su lista.

En la mía ni siquiera aparece. Lo he intentado, de verdad que sí, pero el gimnasio no me motiva lo más mínimo y por eso desisto después de un par de días.

Admiro la fuerza de voluntad y constancia de Martina.

Aunque mis ocho horas diarias de cara al público deberían considerarse ejercicio, porque os aseguro que quemo muchas calorías, en especial cuando viene alguna persona insufrible y toca lidiar con ella.

Me lleno el termo de café gracias a mi querida prima que hace la cafetera cada mañana, es lo que tiene que ella también necesite uno al levantarse.

Despertarse con el café hecho es uno de los mayores placeres de la vida, quien diga lo contrario miente.

Además, siempre lo acompaña con un post-it de color rosa, un detalle que podría ser insignificante para cualquiera, pero que a mí me alegra el día.

«Sabes que estaré pendiente del número de la bolsa. No entres en pánico ni me lo preguntes mil veces. Cruzo los dedos para que hoy sea el día. P.D.: Tengo algo importantísimo que explicarte. Te quiere, la mejor prima de este mundo».

Sonrío mientras niego, acostumbrada a su capacidad de adelantarse a los acontecimientos.

Es una costumbre que se encargue de mirar el número cuando trabajo de mañana.

Sabe que, si mi nombre aparece en esa lista, debe llamarme de inmediato.

Me aterra no aceptar a tiempo y perder la oportunidad por estar trabajando.

Y aunque mi mente no deja de pensar en ello cuando llega la hora, no puedo permitirme escabullirme cada día unos minutos para comprobarlo.

Martina se encarga. Creo que llegado el momento sería capaz de presentarse en el Zara gritando.

Respondo a su nota porque comunicarnos de este modo es muy nuestro.

«No sé si odio o me encanta que seas capaz de leerme la mente de esta manera. No puedes soltar esa bomba y pretender que no te acribille a mensajes para que me expliques eso tan importante. Conociéndote, sé que no dirás nada hasta que estemos juntas. Te quierodio».

Mi mente no solo va a darle vueltas al nombramiento, sino a lo que tiene que decirme Martina. Así una no puede irse a trabajar tranquila.

Antes de salir, me aseguro de que todas las puertas de las habitaciones están cerradas y los cojines del sofá alineados, no puedo irme si no es así, es una de las tantas manías que tengo.

Al igual que ahora, que ya he cerrado la puerta principal, necesito abrirla y cerrarla de nuevo para quedarme tranquila.

Y, por supuesto, repaso todo lo que llevo en el bolso una vez más antes de empezar a contar los diecisiete escalones que hay hasta la calle.

Martina se ha acostumbrado a convivir con esas «rarezas» como ella las llama.

Vivir a tan solo cinco minutos del trabajo es una gran ventaja, no hay nada como estar en pleno Passeig de Gràcia, aunque eso implique salir y perderse entre la gente.

Los empujones en hora punta son algo imposible de evitar.

Acelero el paso mientras esquivo, sin mucho éxito, a los turistas que contemplan embobados la arquitectura de Barcelona.

Los entiendo, hice lo mismo la primera vez que pasé por esta calle.

Estoy acostumbrada a los golpes accidentales al pasar cerca de alguien, pero no a impactar de lleno contra otra persona.

El choque me pilla tan desprevenida y por sorpresa que caigo de culo en mitad de la acera.

La inercia con la que caminaba, sumada al muro —entendamos «muro» como chico fuerte— contra el que acabo de estrellarme, hace que termine con las palmas de las manos raspadas y frunciendo el ceño.

Solo me falta cruzarme de brazos para mostrar que estoy indignada.

Por supuesto, la gente continúa su vida a mi alrededor, sin parar, salvo el otro implicado en la ecuación, que masculla algo ininteligible mientras recupera su móvil.

Sobra decir que él no ha tenido la misma suerte que yo porque sigue de pie.

Su enfado parece crecer por momentos al ver el dispositivo, no puedo dejar de mirarlo, atónita.

«Gracias por ayudarme», pienso para mis adentros mientras me levanto toda digna, sacudiéndome las manos y la ropa.

El chico está tan cegado por su teléfono que ni siquiera repara en mi presencia.

Siempre me había sentido invisible mientras caminaba por Barcelona, pero esto roza lo surrealista.

Carraspeo, no sé por qué lo hago, supongo que me dejo llevar por el impulso y la rabia del momento.

—Estoy bien, gracias por preguntar —suelto, quizá con demasiado veneno, recordándome a la Carlota del pasado que solía tratar así a la gente. Respiro en un intento por calmarme. Ha sido un simple accidente, no montes una batalla campal por esto.

Analizo qué es exactamente lo que me ha cabreado tanto y todo apunta a lo insignificante que me he sentido al ver que me ha ignorado.

La mirada del chico pelinegro se posa por primera vez en mí y nunca unos ojos castaños me habían resultado tan magnéticos. Se supone que son los azules o verdes los que dejan sin respiración y hacen que se detenga el tiempo. Pues no, esta vez no.

—No pretendía que terminaras en el suelo.

Su mirada de arrepentimiento ayuda a calmar a la leona que amenazaba con salir.

Por lo visto sí que se había fijado en mí, ha sido consciente de que mi culo ha terminado estampado contra la acera, pero ha decidido que el iPhone era mucho más importante, no lo culpo, mi reacción hubiera sido similar.

Darme cuenta de eso hace que toda la rabia que he sentido hacia él desaparezca en un abrir y cerrar de ojos.

Da un paso en mi dirección, al hacerlo, parece inspeccionarme en busca de algún rasguño. Escondo mis manos tras mi espalda al momento.

—Eso ya suena mejor —admito esbozando una sonrisa. Me devuelve el gesto al momento y me descubro fijándome de más en el hoyuelo que se le forma en la mejilla derecha—. Si te sirve de consuelo, no quería que tu pantalla acabara hecha añicos, espero que sea el protector.

He tenido tiempo para fijarme en el estado de su móvil, al igual que en su físico.

Decir lo contrario sería engañarme a mí misma.

Cualquiera en mi lugar hubiera desviado la vista hacia esos bíceps que se marcan bajo esa camiseta de deporte.

Debe ser térmica porque, si no, no entiendo cómo aguanta el frío de noviembre.

Intento que no se note que lo estoy devorando con la mirada.

Aunque no quiera saber nada sobre el amor y los chicos, tengo ojos en la cara y hay cosas que no puedo evitar hacer. Esta es una de ellas.

—Miedo me da descubrirlo.

Soltamos una pequeña carcajada al unísono, la suya cargada de nervios. Sus ojos no pueden evitar posarse, otra vez, en la pantalla destrozada. Hago lo mismo y justo en ese instante se ilumina mostrando la hora.

—Mierda —maldigo entre dientes.

Agarro con fuerza el bolso, por puro instinto, antes de empezar a andar como alma que lleva el diablo.

Me parece escuchar su voz, pero no me detengo.

No tengo tiempo que perder, suficiente he desperdiciado en la caída y ese intercambio de frases.

Vale que doblar camisetas no sea mi mayor sueño, pero mantener ese trabajo hasta que me llamen los de la Generalitat es mi objetivo.

No puedo perder mi única fuente de ingresos.