Jugamos a querernos (Jugamos 3)
© inepub.com
PRÓLOGO
Un año y medio atrás
¿Alguna vez has querido tanto a alguien que se ha vuelto una obsesión?
Soy consciente de que la palabra querer en ese contexto no es la más adecuada, ahora lo veo con claridad.
Me ha costado llegar aquí porque creía firmemente estar enamorada de Lucas, pero a aquello no podíamos llamarlo amor.
A decir verdad, ni siquiera sé cómo llamar a lo que sentía por él.
¿Acaso importa? Era evidente que lo nuestro no iba a llegar a ninguna parte, ahora soy consciente y tengo claro el motivo: yo.
Me arrepiento de mi comportamiento, de esa Carlota que mostré ante él y que llevo años enseñando al mundo.
No me representa, no es la persona que quiero ser el resto de mi vida.
Por suerte, estoy a tiempo de rectificar, nunca es tarde para dar un giro de ciento ochenta grados y empezar a construir mi verdadero yo.
Algo que me aterra y me hace temblar de pies a cabeza porque en este preciso instante de mi vida no tengo claro quién soy y dudo que algún día logre averiguarlo.
Por el contrario, sé todo lo que me gustaría ser: alguien que merezca la pena conocer y querer, no alguien con el alma podrida, dependiente, con miedo a la soledad y que ni siquiera se quiere a sí misma.
Porque sí, otra de las tantas cosas que he descubierto acudiendo al psicólogo es que el amor propio lo tengo por los suelos, por mucho que me empeñara en transmitir todo lo contrario.
Esa falsa seguridad ha sido mi escudo. Deshacerse de él no será sencillo.
Reconozco que no actué bien, aunque en el momento creí que sí y que todo era válido para estar con él.
Esas ganas de aferrarme a toda costa solo eran el reflejo de lo mucho que me aterra estar sola, por eso saltar de chico en chico era mi única opción real.
He permitido que me usaran como a un clínex, pensando que eso era justo lo que quería, lo que me hacía feliz, porque prefería tener eso a no tener nada.
Puede que no me entendáis, tampoco pretendo que lo hagáis. Solo espero que comprendáis que toda historia tiene más de una versión y todas merecen ser escuchadas. Incluso la de alguien como yo.
Con las manos algo temblorosas por lo que significa dar este paso, selecciono el texto que he escrito en una de las notas del móvil, ese que tantos quebraderos de cabeza me ha costado, y lo pego en su chat, con la convicción de que será la última vez que me dirija a él.
Hola, Lucas.
Soy Carlota, ¿quién si no te escribiría desde un número desconocido?
Cierro los ojos mientras niego ante esta pregunta, he perdido la cuenta de cuántas veces le he escrito así, a través de un número que no conoce porque el mío lo bloqueó hace mucho.
Me he prometido a mí misma no cambiarlo más, este nuevo me acompañará el resto de la vida si la compañía telefónica me lo permite.
Mis intenciones cuando le escribía no eran las mismas que tengo hoy, lo que significa que estoy avanzando en el proceso.
Recuerdo vagamente la conversación que mantuvimos en la discoteca, parece que hace siglos de aquello. Recuerdo tu «dame un toque cuando estés sobria» y cómo malinterpreté aquellas palabras.
Una de mis especialidades siempre ha sido tergiversar lo que decía o, más concretamente, entender lo que me daba la gana.
Él decía una cosa y mi mente le daba un significado distinto, con la esperanza de que un nosotros fuese posible.
Ahora que lo miro con perspectiva, casi me avergüenza lo ridículo de la situación porque él me dijo todo de manera cristalina, pero ahí estaba yo, insistiendo pese a sus negativas.
Aferrándome a alguien que no me quería, ¿por qué?
Si buscáis la definición de arrastrarse y patetismo, probablemente aparezca mi foto.
Te escribo hoy, meses después de todo, porque no he podido hacerlo antes, no me lo he permitido hasta este momento. Decidí darte ese toque cuando estuviera bien, y hasta ahora no lo he estado.
No estaba preparada para ponerme en contacto con él. Hoy, en cambio, sí lo estoy, o al menos así lo siento. Ahora que voy a empezar de cero, necesito dejar atrás ciertas cosas y Lucas González debe quedarse en el pasado, no puedo permitirme arrastrar su sombra a mi presente.
Admitir que no estaba bien no fue fácil; incluso hoy, las palabras se me atascan en la garganta, sin querer salir. Mostrarse frágil y vulnerable nunca había sido una opción para mí, pedir ayuda, mucho menos.
Tampoco pondría la mano en el fuego al afirmar que «estoy bien», porque ¿qué es estarlo? Sé que me siento mejor conmigo misma, pero no sé si eso es suficiente para pronunciar esas dos palabras.
Necesitaba esto, poner distancia entre nosotros y alejarme para darme cuenta de todo. Tal y como me dijo Natalia, sí, tu Natalia —por lo que he visto en redes sociales, seguís siendo pareja, me alegro por vosotros, de corazón.
«No estaba enamorada de ti, sino obsesionada». Dio en el clavo. No pudo tener más razón, pero en ese momento no pude verlo. Más bien, no quise hacerlo porque había señales más que evidentes, pero estaba completamente ciega.
No os hacéis una idea de lo que me costó escribir esas frases, no solamente por admitir la obsesión —odio cómo suena esta palabra— y que tenía razón, sino por aceptar la relación que había surgido entre ellos.
En su momento quise hacer lo posible por impedirlo, pero ahora sé que nada hubiera sido suficiente para romper lo que empezaban a construir.
No ha sido fácil, ¿sabes?
El admitir que tenía un problema y querer solucionarlo.
Es aquí donde consigo expulsar todo el aire que retenía en los pulmones.
Soy capaz de transportarme a ese momento exacto, en el que toqué fondo y tuve claro que debía hacer algo, tomar las riendas de mi vida o me hundiría.
Cuando estás en lo más hondo y todo es negro a tu alrededor, solo se puede ir a mejor.
Al menos es lo que me dijo el psicólogo en la primera sesión.
A veces no somos conscientes de lo importante que es la salud mental, yo era la primera en cachondearme de eso. Pero mírame, he necesitado pedir ayuda a un profesional para poder «curarme» —no me termina de gustar esa palabra—.
Frunzo el ceño por la mera mención a ese término. En mi defensa diré que no he encontrado otro para referirme a lo que quería, por muchas vueltas que le he dado.
La primera vez que pisé la consulta de mi psicólogo me dijo: «Pedir ayuda es de valientes». Así me siento ahora.
No solo porque me atreví a dar ese paso, sino por lo que estoy a punto de hacer hoy: dejar todo atrás para empezar de nuevo en otra ciudad, alejándome de todo, incluso de la Carlota que siempre he conocido.
Llevo desde entonces acudiendo a sus consultas.
Sí, recibí tu mensaje, ese en el que me aconsejaste visitar a un profesional. Me negué cuando me lo propusiste. «¿Un psicólogo? ¿Yo? Ni que estuviera loca». Error. Loca estaba al pensar tal gilipollez porque no es falta de cordura, sino el intento desesperado de recuperarla.
Me sorprende y me enorgullece el cambio de mentalidad que he hecho, pero por algo se empieza. Son estas pequeñas cosas las que harán que construya una nueva yo, aunque soy consciente de que arrastraré otras tantas de por vida.
Ese pensamiento estúpido y esa idea preconcebida que tenía de los psicólogos la tiene mucha gente porque no somos conscientes de la falta que hacen en muchas vidas, por no decir en todas.
A mí me ha cambiado la vida por completo.
Hablar, desahogarse, sentirse escuchado… puede cambiarlo todo. Y si alguien no lo cree, solo hace falta mirarme a mí. Estaré encantada de explicarles mi experiencia.
Sonrío, satisfecha, porque sé que tomé la decisión correcta.
Así que, gracias, por darme ese empujón que no sabía que necesitaba, pero que me ha ayudado mucho.
No lo hice por él, sino por mí. No pretendía volver a su lado.
Tampoco acudí a la consulta con la esperanza de tener una nueva oportunidad con él.
No. Y ahí está la diferencia, llevaba demasiado tiempo haciendo cosas solo para intentar satisfacer a los demás, en este caso a Lucas, pero por primera vez me ponía a mí por delante del resto.
Te escribo para dejarte ir, para poner punto final a lo nuestro, a una historia que fue bonita al principio, pero se puso fea al final.
Las lágrimas se acumulan en mis ojos. Las cosas podrían haber sido diferentes, pero no lo fueron.
Quería más y él, en cambio, solo podía ofrecerme cuatro polvos porque su corazón estaba ocupado.
No lo culpo, al menos ya no, porque he hecho un duro trabajo para perdonarlo.
Puedo decir con la cabeza bien alta que me es indiferente, por mucho que en ocasiones revise sus historias.
Supongo que hay costumbres de las que cuesta deshacerse.
No te propongo que seamos amigos, y no lo hago por ti, sino por mí. No te necesito en mi vida. Ahora me quiero y sé lo que merezco.
Rectifico: «estoy en proceso de hacerlo», pero tampoco necesita saberlo.
Con cariño,
Carlota
Releo por enésima vez el mensaje antes de enviarlo.
Siento que me quito un peso de encima en cuanto los dos tics aparecen en la pantalla.
Esto era la última cosa de la lista que me quedaba por tachar antes de emprender esta nueva aventura.
Sin esperar respuesta alguna por su parte, pongo el móvil en modo avión, no solo porque quiero que no me molesten y desconectar, sino porque así lo indican las señales.
Aquí y ahora empieza mi nueva vida, una alejada de todo lo que conozco y he sido.
No será fácil, pero nadie dijo que volver a conocerse lo fuera.
Con el corazón en un puño y la mente revolucionada, me repito una frase que dijo mi psicólogo a modo de mantra: «soltar no es olvidar, es elegirte». Y eso es justo lo que estoy haciendo.