Capítulo Veintiuno
Nunca pensé que alguien pudiera hacerme reír así... o entenderme tan bien.
— La princesa y el sapo
—Pensé que solo habría unas cuantas personas —comento, mirando a mi alrededor.
El apartamento de Robbie es un penthouse, algo que ya era de esperarse. Fue reclutado por la NBA y, si no me equivoco, solo le queda un año más en la universidad. Juega increíble y es un excelente capitán, siempre intentando hacer lo mejor para el equipo.
Pero realmente no esperaba encontrarme con esto: gente por todas partes, la piscina llena, un DJ poniendo una canción de Avicii e incluso una máquina de burbujas. ¡Una máquina de burbujas! ¿En serio? Esto parece más un after en Ibiza que una fiesta universitaria. Menos mal que el lugar es enorme.
En la terraza, un grupo está lanzándose al agua como si no hubiera un mañana.
No sabía que era una fiesta en bikini, pero está bien, tampoco vine mal vestida.
Llevo una falda de cuero roja ceñida al cuerpo y un top que, sinceramente, hace que mis pechos se vean increíbles.
Quizá por eso la gente me está mirando. O quizá porque estoy sudando de los nervios, aunque intente fingir que no me importa.
—Es la fiesta de Scott, nadie se pierde una. —Kira, a mi lado, me devuelve al presente. Miro su bikini azul combinado con unos shorts de mezclilla del mismo tono, dejando al descubierto sus largas piernas.
—Es tan reservado que imaginé que sería algo más... sencillo. —Me encojo de hombros mientras sigo a mi amiga, que entrelaza sus dedos con los míos.
Vinimos juntas: ella, Summer y yo. Los chicos estaban aquí desde antes ayudando, así que tomamos un auto solo para nosotras. Admito que fue extraño mirar a Summer después del beso con Nathan. Sé que no son novios, pero siento que necesito hablar con ella.
—Mira, están allí. —Kira señala al grupo junto al bar, donde están Asher y el resto del equipo.
Busco a los jugadores de hockey, pero todavía no los veo. Sé que vendrán, Robbie se aseguró de que todos prometieran dejar sus diferencias fuera.
Algo que dudo muchísimo. Solo lo creeré cuando lo vea.
—Madison, estás preciosa. —Enzo prácticamente babea mientras me mira.
—Gracias, Parker. —Le guiño un ojo.
Me cae bien, aunque los demás lo odien. Pero está jugando a eso de querer llevarme a la cama, pegándose a mí como chicle, y admito que empieza a irritarme un poco.
Me alejo y voy directamente al bar. Le pido al barman una bebida fuerte. Muy fuerte. Quiero algo que me queme la garganta y adormezca mis pensamientos. Me siento en uno de los taburetes altos y observo cómo transcurre la fiesta, como si estuviera viendo una película a cámara rápida.
—Creo que conseguí impresionar a alguien —escucho detrás de mí.
Me giro lentamente y encuentro a Robbie, con el cabello castaño claro desordenado, una camisa floreada abierta y shorts beige. El típico surfista de catálogo. Guapo, simpático, inalcanzable. Ah, y el dueño de la fiesta.
—Te superaste —digo, señalando toda la escena—. Te juro que pensé que sería algo más discreto.
—Mi cuñada Gessica ayudó. Le encantan estas cosas —se encoge de hombros, sonriendo.
—Dile que hizo un gran trabajo.
Doy otro trago a mi bebida y él deja escapar una pequeña sonrisa, pero durante un segundo mis ojos vacilan y terminan desviándose en la dirección contraria.
Entonces veo esa cabellera rubia que conozco desde que nací: Chase.
Y detrás de él, Sebastian, Justin y Nathan.
Claro, siempre cerca para poner a prueba mi cordura.
Lleva una camisa floreada con los primeros botones abiertos, mostrando parte de esa maldita mariposa tatuada en su pectoral, y un pantalón cargo marrón que, de alguna manera, combina con el tono de la camisa.
Lo hace ver elegante y sexy al mismo tiempo.
Doy un largo trago a mi bebida, intentando contener la oleada de calor que recorre mi cuerpo justo cuando una chica de cabello rizado se acerca a él y le pasa la mano por el cabello. Por su cabello .
¿En serio?
Imbécil. Idiota. Inútil. Guapísimo.
Me termino el resto del vaso de una sola vez.
—Guau, alguien tiene mucha sed. ¿Quieres otro? —Robbie sigue aquí, mirándome con una sonrisita perspicaz.
Perfecto. Lo vio. Y yo definitivamente puse los ojos en blanco. Qué deliciosa exposición.
—Por favor. Que tenga bastante vodka —pido, intentando no parecer afectada.
—Nathan Thompson, ¿eh? Eso daría para un excelente drama universitario —me provoca, bebiendo de su propia botella de agua.
—¿¡Qué!? —casi grito—. ¡Claro que no! Él... él solo es un idiota. ¡Y el mejor amigo de mi hermano! ¡Y besa a todo el mundo! Sería raro, ¿no? ¡No tendría ningún sentido! —Las palabras salen atropelladas. Puedo escuchar el desastre en mi propia voz.
Robbie se ríe a carcajadas.
—Tranquila, Mads. Solo era una broma.
Mierda.
Antes de que pueda hundirme todavía más, empieza a sonar Don’t Cha y Kira aparece como un torbellino rosa, arrastrándome hasta la pista.
—¡Vamos, esta es nuestra! —grita.
Me termino el vaso de una sola vez y me despido de Robbie con una sonrisa forzada.
La música entra en mi cuerpo como electricidad. Bailo, me paso una mano por el cabello, cierro los ojos. Pero cuando vuelvo a abrirlos, está mirándome. Nathan. Sentado en una tumbona, con los ojos directamente sobre mí. La chica sigue a su lado, pero él solo me mira a mí.
Deslizo las manos por mi cuerpo y acomodo el tirante del top con una lentitud calculada. Se muerde el labio. Y siento, literalmente, cómo se me humedecen las bragas.
Increíble. Otra prenda íntima mojada que voy a tener que lavar en cuanto llegue a casa. Motivo: Nathan Thompson.
Giro, muevo las caderas, dejo que mi cuerpo siga el ritmo. Cuando vuelvo a mirarlo, parece acomodarse algo en el pantalón. Perfecto. Al menos todavía tengo cierto poder.
—Guau, está a punto de babear —comenta Kira, alternando la mirada entre él y yo.
—¿Eh? Claro que no. Hasta está acompañado —intento disimular, acomodándome el cabello como si eso cambiara algo.
—Sus ojos están puestos en ti. Ve a hablar con él —me empuja.
Pero me quedo paralizada. Me detengo en medio de la pista, como si mis pies hubieran echado raíces en el suelo.
—No puedo. Está Summer... y Chase... y... —murmuro, confundida incluso conmigo misma.
Me toma el rostro con delicadeza y lo gira hacia la izquierda. Mis ojos encuentran a Summer con la lengua metida en la garganta de un tipo cualquiera. Me quedo con la boca abierta.
—Solo se acostaban. Nada serio. —Kira se encoge de hombros—. Así que la pregunta es: ¿él vale todo esto?
Vuelvo a mirar y recibo un balde de agua fría.
Me equivoqué al creer que yo provocaba algo en él.
Nathan ya sostiene la mano de la chica mientras le susurra algo al oído y ella se ríe.
Parecen muy... conectados. Se me revuelve ligeramente el estómago.
¿Cómo pude ser tan tonta? Solo disfrutó del desafío de demostrarle a la nueva Madison que todavía podía hacerla sentir algo por él.
Puro ego.
Entonces la respuesta aparece clara como un letrero de neón: no. No lo vale.
Ya me arriesgué por él una vez. Ya terminé lastimada. Y aunque vivo repitiéndome que no puedo dejarme caer otra vez... es exactamente lo que he estado haciendo.
Porque él parece estar siguiendo adelante. ¿Y yo? Yo solo observo.
Me besó, dijo cosas bonitas, ¿pero qué importa? Todos los hombres hablan. Todos besan. Todos prometen.
Y, al final, todos solo quieren llevarte a la cama.
Salgo de la pista y regreso al bar. Necesito otra bebida.
Quizá dos.
Me gustaría decir que estoy muy borracha, pero no. La verdad es más amarga que el tequila caliente.
Estoy lo bastante sobria para saber que estoy celosa de un tipo sexy que no es mío. Y eso me irrita. Mucho.
Estoy en una fiesta en la que todo el mundo parece estar divirtiéndose menos yo.
Mis amigas ya están ocupadas besando a alguien mientras yo sigo aquí, parada, sintiéndome invisible e incómoda en mi propia piel. Me duelen los pies, mi paciencia se fue junto con mi dignidad y lo único que quiero es mi cama y a Troy acurrucado contra mi pecho.
—¿Vas a algún lado, Mads? —Enzo aparece de la nada y rodea mi cintura con esa muralla que tiene por brazos.
Es guapo. O sea... muy guapo. Y, sinceramente, podría poner fin a casi un mes de sequía sexual.
Apoya los labios en mi mejilla en un beso que dura demasiado y aprieta la mano contra mi cintura, casi como si quisiera pegarme a él.
Juro que lo intento.
Lo intento muchísimo.
Pero, por alguna razón estúpida, mis ojos encuentran los suyos. Castaños, intensos, mirándome como si el mundo a nuestro alrededor hubiera desaparecido. Nathan sostiene su cerveza, se la lleva a la boca, pero ni siquiera intenta disimular. Está analizando. Juzgando.
Se acabó. Ya no puedo más.
—Parker, perdóname... necesito irme a casa. No me siento bien —improviso rápidamente, apartándome todo lo posible de sus brazos.
Frunce el ceño, examinándome con una mirada escéptica.
—Pareces estar demasiado bien para alguien que no se siente bien. —Perfecto, ahora resulta que tengo que dar explicaciones.
—Cosas de mujeres. Cólicos. Necesito una ducha y mi cama. —Bueno, esa última parte sí es verdad. Sobre todo lo de la ducha.
—¿Quieres que te lleve?
Su sonrisa tiene tanta malicia que no necesita subtítulos. Y el destino definitivamente no sería mi casa.
—No, yo la llevo. —Y CLARO que aparece justo ahora.
Nathan parece un perro marcando territorio. Se pasó toda la noche fingiendo que yo era solo parte del decorado y ¿ahora decide reclamarme? Que se vaya a la mierda.
Estoy agotada.
Me doy media vuelta y dejo a los dos hablando solos. Tomo otro vaso de bebida del bar.
—Hermanita, ¿está todo bien? —Chase aparece preocupado y me corta el paso.
—Solo estoy cansada —refunfuño, sin energía.
Mira alrededor buscando una solución.
—Le pediré a Sebastian que te lleve. Hoy le toca conducir, está sobrio.
Sigo la mirada de mi hermano hasta el sofá, donde Sebastian está con tres chicas. Sí. Tres. Beso triple, demasiadas manos para contarlas, un desastre hormonal que hace que aparte la vista de inmediato.
—No, gracias. Prefiero ir caminando —murmuro rápidamente, como si estuviera huyendo de un trauma.
—Mierda... —maldice Chase en voz baja, pero antes de que encuentre otra solución, Nathan vuelve a aparecer, como si lo hubieran invocado por telepatía.
—Eh, yo llevo a Mads. Solo bebí una cerveza y fue hace bastante. Estoy bien. —Lo dice con tanta naturalidad.
Miro fijamente a mi hermano. Es obvio que confía en su mejor amigo. Solo que ni siquiera le doy tiempo para decidir.
—No. No quiero ir con él —digo más alto de lo necesario.
—¿Qué? ¿Por qué? —Chase me mira confundido.
—Yo... es que... no quiero arruinarles la noche. Nathan también está ocupado. —Finjo mirar con naturalidad, pero ya siento que me hierve la sangre cuando veo acercarse a esa chica de cabello rizado.
Le pone una mano sobre el hombro con sus uñas moradas perfectamente arregladas y todavía tiene el descaro de lanzarme una sonrisita engreída, como si hubiera ganado una competencia que yo ni siquiera sabía que estaba jugando.
Resoplo con fuerza.
Me doy la vuelta antes de ver cualquier otra cosa que me haga perder el poco control que me queda.
—Madison, deja de hacer eso. Yo te llevo.
—Ya dije que no, Thompson. —Mi voz sale firme, incluso con el nudo en la garganta.
Empiezo a caminar hacia la salida. El sonido de mis tacones resuena sobre el suelo de porcelanato como si fuera una banda sonora dramática. Bajo el borde de mi falda —que, por supuesto, se subió en plena huida— y sigo recto.
—Eh, yo la llevo. Puedes confiar en mí. —Una voz conocida hace que me detenga.
Robbie.
Le dedica una sonrisa amable a mi hermano y, por la forma en que Nathan pone los ojos en blanco... bueno, es bastante evidente cuánto le gustó la idea. O mejor dicho: cuánto la odió.
—Robbie, si le pones un dedo encima, te juro por Dios... —empieza Chase.
—Tranquilo, Macqueen. Solo es llevar a una amiga que lo necesita. —Robbie pasa un brazo sobre mis hombros como si fuéramos mejores amigos desde el jardín de infancia.
—Perfecto. Me voy con Robbie —digo, intentando no sonreír demasiado.
—Yo cuidaré de ella. —Le guiña un ojo a Nathan, que deja escapar un sonido bajo, casi un gruñido, y eso... Dios, eso me hace sonreír DE VERDAD.
Me despido de Chase con la mano y salgo con Robbie guiándome hasta su camioneta, estacionada justo frente al edificio. Abre la puerta del copiloto con un gesto caballeroso y le agradezco con una inclinación de cabeza casi irónica.
Me acomodo en el asiento de cuero, sintiendo el incómodo silencio dentro del auto detenido junto a la acera.
Giro la cabeza hacia la ventana cerrada y es imposible no ver su silueta.
Nathan sigue allí, en la entrada de la casa, inmóvil, sus anchos hombros recortados contra la tenue luz que viene del interior.
No se mueve, no habla, solo observa, y siento cada segundo de esa mirada quemándome a través del vidrio.
Lo veo. Sé que está ahí. Pero finjo que no.
Robbie entra al auto y se acomoda en el asiento del conductor.
—Creo que lo pusimos celoso —comenta, dedicándome esa sonrisa traviesa.
Aparto la mirada de la ventana y observo al rubio que está a mi lado.
—Creo que no. Al fin y al cabo, es solo llevarme a casa, Robbie.
Pero antes de que termine la frase, lo veo inclinarse, acercándose a mí, y no retrocedo. Todo lo contrario, permanezco allí, dejando que reduzca la distancia hasta que, finalmente, sus labios encuentran los míos.
Simplemente me besa.
Un beso breve. Rápido. Preciso. Justo lo necesario para revolverme la cabeza.
Parpadeo. Una vez, dos veces. La tercera ya es un efecto secundario de mi corazón latiendo más rápido.
Miro los ojos azules cristalinos de Robbie, que en realidad están observando algo detrás de mí.
—Ahora sí. Se está pasando la mano por el cabello. Y, si conozco esa mirada, vendrá detrás de nosotros en tres... dos...
Y entonces el rubio pisa a fondo el acelerador.
No puedo evitarlo. Suelto una carcajada.
—¿Te gusta la adrenalina, pequeña Mads? —pregunta, entrecerrando los ojos, casi desafiándome.
—Mucho, Scott —respondo.
—Entonces ponte el cinturón. Vamos a huir de un supuesto novio celoso.
Vuelvo a mirar por la ventana, pero Nathan ya no está allí, parado en la entrada de la casa.
Ahora lo veo por el retrovisor caminando hacia su Skyline, estacionado unos metros detrás del auto de Robbie.
La forma en que sostiene la llave, la rigidez de sus hombros, todo en él parece contener algo a punto de explotar.
—No es mi novio. —Es lo único que digo.
Enciende la música del auto y empieza a sonar Toxic , de Britney. Vuelvo a reírme, una de esas risas que salen desde el fondo del alma, y seguimos por la carretera con el viento entrando por la ventana y la tensión quedándose atrás.
Menos de treinta minutos después, me deja frente a casa.
Pero, en cuanto bajo y miro hacia delante... el corazón se me desploma.
Todas las luces de la casa están apagadas.
¿Pero el auto estacionado justo frente a la puerta?
Es el suyo.
MIERDA.