Capítulo Veintidós
Preferiría morir mañana que vivir cien años sin conocerte.
— Pocahontas
Llevo unos buenos diez minutos parado en medio de la sala, frente a la puerta de entrada. Solo respirando. Solo intentando entender.
Conduje como un loco hasta aquí. Ignoré todas las leyes de tránsito y cualquier rastro de sentido común. Podría haber ocurrido una tragedia, pero no me importó. Solo quería llegar. Estar aquí. Verla. Esperarla. Tener la certeza de que había vuelto.
Y una parte de mí sabe que también quería asegurarme de que ese imbécil realmente la trajera a casa.
El motor de su camioneta se aleja y los pasos de ella resuenan hasta la puerta.
Entonces aparece Madison.
La pelirroja entra dando pequeños pasos para que sus tacones no hagan ruido. Mira a su alrededor y se apoya en uno de los pilares de la sala como si quisiera desaparecer.
Pero es imposible ignorar a alguien como ella.
La falda de cuero roja está todavía más corta de lo que parecía antes y moldea su cuerpo de una forma indecente. ¿Y el top? Eso no es un top. Es una invitación al pecado. Ceñido, pegado, con esos tirantes finos que parecen hilos de provocación.
Tiene el cabello desordenado, los labios ligeramente corridos y las mejillas sonrojadas. El tipo de imagen que se mete en la cabeza y nunca vuelve a salir.
Y yo sigo ahí, inmóvil, sintiendo cómo se tensa cada músculo de mi cuerpo.
Está buenísima. Sexy a un nivel que me hace perder la capacidad de pensar. Y, al mismo tiempo, me cabrea. Muchísimo.
Porque ella lo sabe. Y aun así dejó que Robbie Scott —ese idiota que se cree un galán— pusiera la boca sobre sus labios como si fueran suyos. Se rio, como si fuera gracioso. Como si no estuviera arrancándome cada pedazo de cordura con las uñas.
Esa risa. La cabeza echada hacia atrás. Sabía que yo estaba mirando.
Me provocaron. Y lo consiguieron.
Ahora estoy aquí, con el cuerpo en llamas y la cabeza hirviendo, dividido entre el deseo y la rabia.
Si no estuviera tan fuera de mí, me habría reído de la escena. De su intento fallido de quitarse los tacones para que yo no supiera que había llegado. Pero hoy no.
Hoy todo en mí es urgencia.
Enciendo la luz de la sala y su reacción no decepciona.
—¡Puta madre, Nathan! ¿Quieres matarme de un infarto? —suelta, asustada, con una mano sobre el pecho.
—Te demoraste —digo, con la voz baja y cargada.
Me mira y arquea una ceja. Esa ceja pelirroja que siempre viene acompañada de problemas.
—No recuerdo deberte explicaciones —replica con una sonrisa torcida en sus labios rojos, acomodándose los tacones en las manos y tirando de la falda, como si eso fuera a ayudar.
No ayuda. Solo lo empeora.
Es una crueldad el efecto que tiene sobre mí.
Y quizá, si todavía tuviera algún control sobre mi cuerpo, mi mente o mis emociones, fingiría que todo está bien.
Pero no lo está.
—¿No crees que ya fue suficiente con huir? —gruño, con la voz cargada de rabia contenida.
Ella se aleja.
—¡No! —grita, lanzándome esa mirada que mezcla miedo y desafío. Y, antes de que pueda reaccionar, sube corriendo las escaleras.
El instinto me hace ir detrás de ella.
Siempre huye cuando la verdad se acerca demasiado. Pero hoy no. Hoy va a escucharme.
La puerta de la habitación se abre de golpe y Troy salta sobre mí y sobre ella, feliz de ver a cualquiera que le preste atención. Madison intenta cerrar la puerta, pero la detengo con la mano. Empujo lo suficiente para pasar.
Suelta un suspiro irritado.
—Sal de aquí, Nathan. No quiero hablar contigo. —Camina de un lado a otro, como una tormenta a punto de estallar.
—¿Por qué siempre huyes cuando las cosas se vuelven reales? —Mi voz ahora es un susurro. Una súplica. Un último intento.
Doy otros tres pasos hacia ella y retrocede uno más, lo que hace que pierda el equilibrio y caiga sentada sobre la cama. Me acerco unos pasos más y ella apoya las palmas de las manos sobre mi pecho en un intento inútil de alejarme.
—Di que no sientes nada —la desafío—. Mírame a los ojos y dime que no sientes absolutamente nada, pelirroja.
Lo intenta. Juro que lo intenta. Pero su boca no obedece. No sale ninguna palabra. Solo una respiración agitada, como si luchar contra esto fuera la única defensa que le queda.
Su pecho sube y baja demasiado rápido, casi fuera de ritmo, como si intentara seguir el ritmo de lo que siente, pero no pudiera.
Y, durante un instante, solo uno, la veo desarmada.
Por segunda vez desde nuestro episodio del «casi» beso en el baño, está aquí, entera, pero sin armadura. Sin bromitas. Sin huir.
Me arrodillo frente a ella y tomo su mano con cuidado, sintiendo el calor de su piel contra la mía. La llevo hasta mis labios y beso cada dedo lentamente, uno por uno, como si estuviera hecha de cristal y cualquier movimiento brusco pudiera asustarla para siempre.
Después presiono su palma contra mi pecho, justo donde mi corazón late descontrolado, gritando, casi desgarrándome la piel desde dentro.
—¿Sientes esto? —Mi voz sale baja—. Cada latido... eres tú. Todos. Mi corazón aprendió tu nombre, Mads. Y ya no sabe cómo detenerse.
Cierra los ojos, aprieta la mandíbula, respira hondo y dice con voz temblorosa, intentando controlar algo que claramente se le está escapando de las manos:
—No puedo... No quiero volver a lastimarme, Nathan. No puedo permitirme sentir todo esto si va a terminar de la misma manera. No sé si puedo.
Retira su mano de mi pecho, intentando apartarme.
Trago saliva. Las ganas de envolverla entre mis brazos son absurdas. Asfixiantes. Pero me contengo. Porque esta vez sé que, si doy un paso más a la fuerza, volverá a huir.
En lugar de eso, la miro a los ojos, intentando ser lo más claro posible. Sin rodeos. Sin juegos.
—Sé que te lastimé, Madison. Sé que fui un completo imbécil.
Todo por un puto miedo estúpido que cargo desde que tengo uso de razón.
Miedo de no ser suficiente, miedo de sentir todo esto y arruinarlo todo como siempre.
Y la verdad es que tuve que perderte para darme cuenta de lo mierda que se vuelve mi vida sin ti en ella.
Siempre te vi. Siempre. Desde antes de todo. Siempre fuiste tú, joder. Siempre.
Abre mucho los ojos. No por sorpresa, sino como si mis palabras hubieran derribado una muralla. Como si cada frase arrancara una capa de protección que pasó años construyendo.
Y lo veo. Veo el momento en que la verdad la golpea. Cuando quiere creerme, pero el dolor del pasado todavía grita demasiado fuerte.
—Y estoy cansado de esconder todo lo que siento. Me cansé de fingir que me da igual. Joder.
—Estabas con otra persona hoy mismo —replica, con la voz ahogada—. ¿Cómo voy a saber que estás diciendo la verdad? ¡Eres Nathan Thompson, carajo! Y yo solo soy...
—No —la interrumpo, llevando un dedo hasta sus labios y obligándola a callarse—.
Esa chica no significa nada para mí. Nada.
Solo le estaba diciendo que ya no quería nada con ella.
Y no quiero. Solo te quiero a ti, Madison.
Joder, solo a ti. Desde el primer día. Y si decirte esto no es suficiente, entonces dímelo de una vez, porque ya no tengo nada que esconder.
Y mientras hablo, todo dentro de mí tiembla. Porque nunca le dije estas cosas a nadie. Nunca fui este tipo vulnerable. Este tipo que entrega el corazón así, en la mano. Pero ahora, mirándola, sé que ya no puedo seguir guardándolo.
Esperé demasiado.
Abre la boca para responder, pero no dice nada. Vuelve a cerrarla. Repite el movimiento una vez más. Parece que las palabras están ahí, pero no tienen fuerza suficiente para salir.
Y entonces el silencio cae como una maldición.
Me quedo aquí. Esperando algo. Un gesto. Una palabra. Una puta reacción.
Pero ella solo me mira. Los ojos clavados en los míos. La respiración corta. El corazón claramente en guerra.
Y quizá... quizá ya sea demasiado tarde.
Quizá lo haya arruinado todo una vez más.
Me levanto y doy un paso atrás. El dolor es casi físico, como si me arrancaran una parte del pecho al mismo tiempo. Respiro hondo, sintiendo el aire pesar como plomo dentro de mis pulmones.
—No volveré a invadir tu espacio. No voy a obligarte a nada —digo, con la voz baja y áspera—. Pero si me quieres, soy tuyo. Entero. Sin más excusas. Sin más miedo. Pero ahora, Madison... ahora eres tú quien tendrá que pedirme que sea tuyo.
Nada.
Ni una palabra.
Ni un movimiento.
Solo esos enormes ojos siguiéndome. Y no sé si está en shock, si está enfadada o si simplemente no sabe qué hacer con todo esto.
Y ya está. Basta.
Ya me humillé demasiado por hoy.
Me alejo despacio, cada paso doliendo más que el anterior. Su mirada me persigue y, cuando llego a la puerta, me detengo durante un segundo. Solo uno. Troy está acostado a su lado, como si hasta él hubiera sentido el peso de este momento.
—Buenas noches, Madison —digo al fin, con el pecho destrozado por dentro.
Cierro la puerta detrás de mí, dejando ahí lo que queda de mi corazón.
Y, por primera vez, entiendo exactamente lo que ella sintió cuando la dejé en aquella acera, años atrás, después del baile.
Sola. Confundida. Rota.
Ahora es ella quien tiene el poder de dejarme así. Y quizá ya lo haya hecho sin siquiera darse cuenta.