Capítulo Veinte
Tal vez lo que estuve buscando todo este tiempo... estaba justo delante de mí.
PAPÁ:
PAPÁ:
Te envío la ubicación del restaurante, queda cerca del campus.
PAPÁ:
Deja de ignorarme, tenemos que hablar, hijo.
Miro los mensajes y respiro hondo. Me pregunto si debería responder o no, pero sé que ya lo he ignorado demasiado. Le envío únicamente el clásico emoji de «ok». Sé que ya no puedo seguir huyendo de esto. Vamos a tener que hablar.
Suelto un suspiro profundo.
—¿Ni siquiera hemos empezado el entrenamiento y ya estás cansado? —La voz de mi amigo hace que me gire.
—Es mi padre... Quiere hablar y creo que ya no puedo seguir huyendo de esto —digo finalmente, guardando el celular dentro del casillero.
Chase permanece callado durante unos segundos, como si buscara las palabras adecuadas.
Sé que debería haber hablado con él sobre esto. En su cabeza, la NHL siempre fue nuestro sueño. Pero, en realidad, nunca fue el mío.
Debería haber sido sincero. Chase es mi mejor amigo, siempre ha estado a mi lado, pero, de alguna manera, nunca conseguí sacar esto de dentro. No quería decepcionar a nadie, pero mantener esta mentira estaba acabando conmigo.
—De verdad tienen que arreglar las cosas. Y sabes que puedes contar conmigo, ¿verdad? Solo quiero verte feliz, independientemente de lo que elijas para tu vida.
Asiento ligeramente.
—Pero, oye, se acabaron los secretos. ¡Sabes que puedes contarme todo, joder!
Mierda. Siento una punzada en el pecho. Porque, sin duda, si le contara que besé a su hermana el viernes, no me estaría mirando con esos ojos amables.
En realidad, me castraría. Estoy seguro.
Pero lo peor de todo es que, incluso sabiendo eso, no quiero mantenerme lejos de ella. Y eso me convierte en una persona horrible.
Pero necesito escuchar de boca de Madison si me quiere o si quiere que me mantenga lejos. Porque, si esa mujer dice que me quiere, no importa lo que tenga que hacer: va a ser mía.
Después de aquel beso, sé lo que sentimos. Y no puedo ser el único que está volviéndose loco.
Por eso hago lo que haría cualquier cobarde: sonrío con todo el descaro del mundo y respondo:
—Claro. Sin secretos.
Chase me da dos palmadas suaves en la espalda y se aleja.
Joder. Me siento como una mierda.
Respiro hondo. Necesito concentrarme. Que no quiera la NHL no significa que no ame jugar al hockey. Adoro este deporte. Simplemente no quiero vivir de él.
Pero, sin duda, ganar un Frozen Four para la universidad sería de puta madre. Por eso camino hacia la pista. Hoy vamos a cambiar algunas estrategias de juego de cara al próximo enfrentamiento, y cada victoria nos acerca más a nuestro objetivo.
Sé que en los próximos partidos vendrán varios cazatalentos y quiero ayudar a los chicos a destacar, como Sebastian y Justin, que todavía sueñan con la NHL. Y haré todo lo que pueda por ellos. Al fin y al cabo, somos un equipo.
Aunque le esté mintiendo a mi mejor amigo.
Aunque le esté ocultando que estoy completamente enamorado de su hermana.
Mierda. Estoy jodido.
—Mañana es la fiesta de cumpleaños de Robbie y dijo que tenemos que mantener la paz —dice Sebastian, dando otro trago a su cerveza.
Me acomodo mejor en el sofá, frente a él. Me arden las piernas por el entrenamiento de hoy. Corrí como si estuviera en un maratón y, cuando fui a marcarle un gol a Justin, Jasper apareció como un maldito armario de dos metros y me lanzó contra el acrílico.
Resultado: un hombro morado y un dolor del demonio.
Desgraciado.
—¿Paz? Creo que esa fue la palabra que escuché antes de que empezara nuestra fiesta. Al final, todos terminaron dándose puñetazos —Justin se acerca y se deja caer a mi lado con dos cervezas long neck en las manos.
Tomo una de las botellas y la abro con los dientes, haciendo que Chase aplauda.
—Mierda, yo nunca voy a conseguir hacer eso.
—Es que tus dientes de niño rico son demasiado frágiles para eso. Mejor ni lo intentes. —Me río y Chase me muestra el dedo medio.
—Tú también eres un niño rico, cabrón.
Levanto mi cerveza y brindo con él, confirmando la acusación.
Estamos disfrutando de la noche como debe ser: cerveza fría, bromas, los chicos juntos, hablando de cualquier cosa. Esta es la parte que sé que voy a extrañar.
El próximo año será mi último año de carrera antes de empezar Derecho. Algunos de los chicos más jóvenes, como Seb y Justin, todavía seguirán aquí durante más tiempo. Voy a extrañar estar con ellos todos los días. Vivir esto.
Sobre todo cuando cada uno siga su camino. Jugadores famosos, casados, hijos... vida de adulto. Solo quiero disfrutar cada segundo mientras pueda, porque sé que algún día miraré atrás y pensaré: «Joder, aquello sí que era bueno».
—Pero ¿de verdad creen que sea una buena idea? O sea, puede que la fiesta sea más tranquila, ¿no? Es en casa de Robbie —comenta Jasper, acomodándose en el sofá. Lleva un pijama ridículo con la cara de su novia estampada en el pecho.
Jesucristo. Eso debería estar prohibido.
¿Es que no se mira al espejo? Yo jamás usaría algo así. Quiero decir... Mierda, si ella me lo pidiera, quizá hasta lo usaría. Al fin y al cabo, tengo tatuada una cereza, su fruta favorita... justo en mi...
—¡Madisita, cuánto te extrañé! —La voz de Sebastian me saca del trance.
Me sobresalto cuando Troy aparece detrás de ella y salta al sofá. Aunque es pequeño, consigue ocupar suficiente espacio como para adueñarse de la mitad del lugar a mi lado.
Y entonces ella se sienta junto a Sebastian.
Perfecto.
Mi ataque de celos empieza en ese mismo instante, pero intento disimularlo todo lo que puedo.
Madison lleva el mismo pijama que usaba el otro día en la cocina: shorts diminutos con corazones y una camiseta sin mangas corta con la cara de Troy Bolton estampada.
Estira las piernas sobre el sofá y casi las apoya en el regazo de Sebastian.
Y, puta madre... juro que siento el comienzo de un infarto.
—¿De qué están hablando, chicos? —pregunta, y Jasper ya le tiende una cerveza, que ella sostiene con la mano derecha, mostrando las uñas rojas.
¿Por qué carajos estoy imaginando esa mano agarrando mi polla? Esto está completamente mal. Mucho más teniendo a su hermano a mi lado.
—De la fiesta de Robbie —responde Jasper.
Forma una «O» perfecta con la boca y después se coloca un mechón suelto detrás de la oreja.
—No sé ustedes, pero yo voy. Ahora formo parte de su equipo y, si no voy, según Kira es una «traición» —hace comillas con los dedos.
—Entonces nosotros también iremos —digo con firmeza, y Chase está de acuerdo conmigo.
—No vamos a dejarte sola con esos idiotas.
Todos los chicos asienten. Pero yo trago saliva y evito mirar a Sebastian, porque sé que ese maldito nerd se está riendo por dentro.
—Está bien, señores protectores —dice con una sonrisa.
—¿Tú y Kira se han hecho muy amigas? —pregunta Chase, arqueando una ceja, y sé perfectamente adónde quiere llegar.
—Creo que sí, ¿por qué?
—Ah, no sé. Quizá podrías hablarle un poco más de tu hermano sexy y encantador...
—Chase, tiene novio. Sabes eso, ¿verdad? —Madison pone los ojos en blanco.
—Eso nunca fue una barrera para el capitán —suelta Justin en voz alta, haciéndonos carcajearnos.
Madison da otro trago a su cerveza y me mira. No es una mirada cualquiera. Me clava esos ojos castaños y siento un escalofrío recorrerme la espalda.
—Mmm... ¿y qué sería una barrera para ustedes, chicos? Empezando por ti... —dice, y durante un segundo creo que se refiere a mí, pero sus ojos se deslizan hacia Sebastian.
Me está poniendo a prueba. ¿Quiere demostrar que tiene el control?
Está bien. Juguemos.
—Nada. No existen barreras para mí —Sebastian cruza los brazos, completamente convencido.
—¿Ah, sí? Entonces, ¿te acostarías con la madre de Nathan? —pregunta Jasper con toda naturalidad.
Abro los ojos de par en par al instante.
—Yo... —Sebastian se lo piensa. Hijo de puta.
—Ni abras la boca, Sebastian —gruño.
—Vamos, Nate, es broma. ¡Jamás! Pero que doña Victoria está buenísima, no podemos negarlo.
Me muevo en el sofá, dispuesto a estrangular al nerd, pero Chase me sujeta antes de que me lance sobre él. La sala estalla en carcajadas. Hasta Madison se está riendo.
Doy un largo trago a mi cerveza, casi terminándomela. Miro fijamente al idiota de las gafas y él junta las manos como si estuviera rezando en silencio para pedirme perdón.
Imbécil.
—¿Alguien más? —Madison vuelve al ataque, y sé exactamente lo que quiere escuchar.
—Alguien que tenga pareja. Sin duda, no nací para ser el amante —dice Justin, mirando a Chase, que pone los ojos en blanco.
—Ah, a mí no me importaría en absoluto —mi mejor amigo se encoge de hombros, despreocupado.
—Amigo, además de tener novio, es hija de Harry. Literalmente lleva «PELIGRO» escrito en la frente —comento, terminándome la cerveza.
Chase simplemente hace un puchero, fingiendo estar ofendido.
—¿Y tú, señor correcto? ¿Cuál es tu barrera? —pregunta, dándome una palmada en el hombro.
Todos me miran.
Incluida ella.
Madison. Ojos castaños como el chocolate. Esperando mi respuesta.
—Creo que... —Mierda, no sé qué decir.
—Y ni se te ocurra salir con eso de «la hermana de mi mejor amigo», porque ya sabemos que eso está prohibido —Justin pone los ojos en blanco y señala con la barbilla hacia Chase, que se limita a cruzar los brazos y asentir con seriedad.
Mierda. Es como recibir un puñetazo directo en el estómago.
Sebastian, el desgraciado, tiene esa sonrisita descarada en los labios, la misma que pone cuando descubre el final de una serie antes que todos los demás y simplemente se queda observando cómo se desata el caos.
Lo sabe. Nos sorprendió a Madison y a mí.
No le conté nada más después de aquello, claro.
En cuanto entró en mi habitación, prácticamente lo arrastré hacia fuera.
No le dije que aquel beso fue el más increíble de mi vida ni que mi corazón casi se me salió por la boca.
Dejé que pensara que solo había sido el alcohol. Solo un impulso.
Pero no lo fue.
Y ahora, con todos mirándome, especialmente ella, no sé qué decir. Madison está ahí, sentada al otro lado del sofá, mirándome con una ceja arqueada. Me está poniendo a prueba. Quiere saber si tengo valor.
Y yo... no lo tengo.
Por lo menos no aquí. No ahora. No delante de su hermano y de otros tres idiotas que harían bromas sobre esto durante el resto de nuestras vidas.
Tomo la botella casi vacía y doy el último trago. Solo para hacer algo, solo para ganar un segundo más.
—Creo que mi barrera sería... —me paso una mano por la nuca, forzando una sonrisa idiota— alguien que sea fan de los Bruins.
La sala estalla en abucheos y silbidos, cada uno fingiendo sentirse más ofendido que el anterior.
—Guau, ¡eso sí sería una barrera enorme! —grita Jasper con una mano sobre el corazón.
—Dios me libre. —Justin me señala con la botella—. ¡Te echarían del equipo!
—Te echarían de la casa —añade Chase, y Madison... bueno, Madison se limita a mirarme.
Sus ojos siguen clavados en los míos, pero ahora hay una sonrisa oculta en sus labios. Pequeña. Cómplice. Como si supiera que evité decir el verdadero motivo.
Y fue por poco. Por muy poco.
Así es, pelirroja. Casi hiciste que lo dijera delante de todos.
Como si el cielo hubiera escuchado mi petición de auxilio, Troy salta del sofá y se agacha justo en medio de la alfombra de la sala, poniendo una expresión extraña. Esa clásica cara de alguien que está concentrado... demasiado.
Todas las miradas se vuelven hacia él en el mismo instante.
—¡No, no, joder! Madison, carajo, ¿va a cagar? —grita Chase, abriendo mucho los ojos.
—Shh, deja al perro. ¿A ti te gustaría que te interrumpieran en tu momento de gloria? Estoy segura de que no. Yo lo limpiaré, imbécil —responde ella, completamente tranquila.
—¡Pues claro que lo vas a hacer! ¡Al fin y al cabo, el perro es tuyo! —replica indignado.
Troy hace lo suyo, algo bastante pequeño, pero suficiente para generar una distracción general. Madison se levanta y va a buscar papel higiénico y algún producto de limpieza.
Chase sigue murmurando insultos en voz baja, lo que me hace reír. Está claro que no es fanático del perro, y Troy lo sabe.
Y, como si quisiera provocarlo aún más, Troy corre hasta él, se agarra a su pierna como si fuera su pareja y empieza a restregarse con entusiasmo.
—¡MADISON! —grita Chase, debatiéndose, y todos nos echamos a reír—. Son unos idiotas. Los odio a todos. —Se libra del perro y se levanta de un salto—. Voy a salir. Ya no quiero verles la cara. Voy a comerme un coño para desestresarme.
—Dios, qué asco. —Madison reaparece con papel higiénico y un rociador.
—Soy un cazador, hermanita. —Se encoge de hombros mientras ya abre la puerta.
—No sé yo... hace dos minutos tú eras la presa de Troy —replica con una sonrisa traviesa.
Contengo la risa, pero cuando Jasper explota, ya no consigo aguantarme tampoco.
Chase nos muestra el dedo medio antes de salir y arrancar con su Porsche azul, haciendo que el rugido del motor resuene afuera. Madison murmura un «mimadito» y volvemos a reírnos.
—¿Qué vamos a ver? —pregunta Jasper, estirándose a mi lado.
La sonrisa diabólica que Madison esboza ya me provoca escalofríos. Tiene el control de la televisión en las manos y abre Disney+ .
—No deberían haber preguntado eso...
—Les presento al hombre más guapo del mundo —dice con orgullo.
Y listo. Pasamos más de tres horas viendo esa película de la que ya me sé de memoria hasta los diálogos y las canciones. Sobre todo una... la que tengo tatuada en la espalda: «You are the music in me».
La tengo porque me gusta la frase. No porque sea su canción favorita.
Mentira.
Obviamente me la tatué por ella. Otro de mis tatuajes que gritan el nombre de Madison Macqueen sin necesidad de letras.
En realidad... todo en mí le pertenece. Mi corazón. Mis tatuajes. Mis pensamientos.
Y desde que regresó, no consigo desear a nadie más. Mucho menos después de haber sentido su boca sobre la mía.
El problema es que no basta con que yo la quiera, necesito saber si ella también me quiere.