Capítulo Diecinueve
Él me hace sentir... como si fuera la única chica del mundo.
— Encantada
La semana pasó volando. Fue una locura de principio a fin.
El lunes y el martes prácticamente viví en el estudio: ensayo, clase, ensayo, dolor de cuerpo, hielo en el tobillo, más ensayo.
El miércoles tuve que resolver unos asuntos pendientes de la beca con el departamento de danza y después ayudé a Margot con la presentación de un trabajo de Bioquímica sobre la reproducción equina; francamente, parecía más un trabajo de fin de carrera.
El jueves fue el día oficial de poner mi vida en orden: ropa para lavar, habitación para organizar y un intento fallido de bañar a Troy —se escapó, se metió debajo de la cama y me hizo sudar de lo lindo—.
Y el viernes... bueno, el viernes solo quería dormir todo el día, pero terminé en el centro comercial con Kira y, al final, volvimos a casa con una bolsa de cosas que definitivamente no necesitaba, pero que ahora hacen que mi armario parezca más interesante.
Intenté evitar a Nathan todo lo posible durante estos días. Nos cruzábamos por los pasillos de la casa, a veces a la hora de comer, pero siempre había gente cerca, lo que hacía más fácil disimular.
Fingí estar ocupada, cansada, hambrienta o llegar tarde.
Cualquier cosa menos estar disponible para tener una conversación seria con él.
Y lo peor es que Sebastian me lanzaba esas sonrisitas idiotas de quien dice «sé lo que hiciste el viernes por la noche», y yo tenía que controlarme para no estamparle un cojín en la cara.
La verdad es que no sé cómo voy a volver a mirar a Nathan sin recordar el beso.
Y no fue cualquier beso. Fue el beso. El más esperado, el más deseado, el más jodidamente perfecto.
Mi adolescente interior está enloqueciendo desde aquel día y, sinceramente, si Sebastian no nos hubiera interrumpido...
ni siquiera quiero pensar hasta dónde habría dejado que aquello llegara.
Pero cuanto más lo pienso, más me confundo.
Porque, al mismo tiempo que todo mi cuerpo suplica por más, mi cerebro me grita que huya.
Nathan es el mejor amigo de mi hermano. El tipo que ya me rompió el corazón una vez.
El chico de las sonrisas peligrosas y los tatuajes que ahora sé que son todavía más hermosos por lo que significan.
Porque definitivamente no estaba lo bastante borracha como para olvidarlo todo. Recuerdo todo lo que pasó. Cada contacto, cada palabra pronunciada en aquella maldita habitación que parecía diminuta.
La cuestión es que no confío en él. No de verdad. Y no quiero volver a caer.
Por eso me repito todos los días desde el sábado: solo fue un beso. Nada más. Nada más.
Pero ese mantra se va por el desagüe cuando bajo a desayunar y me encuentro con él sin camiseta, usando solo un pantalón deportivo y con los malditos tatuajes a la vista.
Mierda, mierda.
Otra vez solos.
—Buenos días, Madison —susurra con voz ronca, erizándome hasta el dedo meñique del pie.
Pero finjo ser una estatua. O mejor dicho, una estatua con los nervios a flor de piel. Porque por dentro estoy enloqueciendo, sudando y preguntándome por qué demonios tenía que estar sin camiseta precisamente hoy.
—Buenos días, Thompson. —Respondo intentando sonar casual, como si mi corazón no acabara de saltarme hasta la garganta.
Voy hasta la encimera fingiendo una seguridad que claramente no tengo y tomo mi caja favorita de cereal, agradeciendo mentalmente al cielo cuando veo que la leche también está sobre la encimera.
Es decir, no habrá ningún momento de «deja que lo alcance por ti» que me obligue a tenerlo demasiado cerca.
Vierto el cereal en el tazón transparente, intentando fingir que estoy absolutamente fascinada por el movimiento de los copos al caer, pero mi cerebro solo repite: «tatuajes, pectorales, tatuajes, pectorales».
—Me gusta tu pijama. —Su voz vuelve a sonar y, cuando miro por encima del hombro, ahí está: con los ojos clavados en mí como si yo fuera el menú completo del día.
Infierno.
Siempre me gustó este pijama. Además de ser de Troy Bolton, es cómodo, bonito, corto... bueno, quizá demasiado corto, pero nadie debería estar despierto tan temprano, especialmente sin camiseta.
—Gracias. —Lo digo sin girarme demasiado, solo lo suficiente para no parecer grosera.
Tomo mi tazón y empiezo a alejarme, fingiendo un interés absurdo por el trayecto entre la encimera y las escaleras.
—Eh, espera.
Me detengo. Mierda .
—Nosotros... ya sabes, tenemos que hablar.
Me giro ligeramente y encuentro su mirada clavada en la mía. Está serio, sin su típica sonrisita descarada. Lo cual, en cierto modo, es todavía más peligroso.
Pero, como soy una experta en destruir momentos de tensión, decido atropellarlo todo con la primera defensa que encuentra mi cerebro ansioso:
—Nathan, solo fue un beso. Estábamos borrachos y teníamos ganas. Podría haber sido cualquiera.
Mentira descarada. Pero es eso o admitir que llevo enloqueciendo desde el viernes.
Frunce el ceño, visiblemente confundido.
—¿Qué? ¡No! —Da un paso hacia delante y mi corazón da un salto—. No fue solo un beso. Y definitivamente no habría sido con cualquiera, cuando yo solo quería a una persona.
Ay, no. Ay, no.
—Mira, no tienes que venir con ese discurso, ¿de acuerdo? Si no hubiera sido yo, habría sido otra. Así que... bájale, Nathan. Solo olvídalo. —Vuelvo a girarme, intentando disimular el temblor de mis manos mientras camino hacia las escaleras.
Pero, por supuesto, viene detrás de mí. Por supuesto.
Solo que, antes de que la cosa empeore:
—¡MADISON! —Mi nombre explota en la cocina—. ¡Ese maldito perro tuyo se meó justo delante de la puerta de mi habitación! ¡Fui a abrirla y lo pisé, con los calcetines puestos! ¡En el pis!
Me atraganto con la risa. Chase tiene las mejillas rojas y el cabello hecho un desastre que lo delata: ni siquiera ha terminado de despertarse y ya empezó el día siendo humillado por un mini golden.
Se quita los calcetines con tanta fuerza que casi pierde el equilibrio, resoplando como un toro. Su ataque atrae la atención de Jasper y Margot, que aparecen por la sala todavía medio dormidos.
—¿Todo bien? —pregunta Jasper, y es imposible no notar los arañazos en su abdomen.
Margot, por supuesto, pone esa sonrisita maliciosa y me susurra solo a mí:
—Culpable.
Se me cae la mandíbula. Ah, así que era eso.
—¡Ese cachorro de Satán se meó justo en mi puerta! ¡De todas las opciones que tenía en esta casa, eligió la mía! —refunfuña Chase.
Y, como si supiera que estaban hablando de él, Troy aparece corriendo escaleras abajo con su conejito de peluche en la boca y moviendo la cola como si quisiera jugar.
—Ay, no hables así de él. ¡Mira qué lindo es! ¿Verdad que sí, bebé? —Margot se agacha para acariciarlo y Troy recibe los mimos como si fuera un rey.
No me doy cuenta, pero estoy riéndome. Riéndome de verdad.
Porque, en el fondo, mi hermano siempre ha tenido algo contra los perros, pero los perros lo adoran. Quizá porque es de esos difíciles de conquistar y a los animales les gustan los desafíos.
Pero sí, admito que Troy últimamente se está pasando. El mismo sábado, cuando regresé con él del hotel, vio abierta la puerta de la habitación de Chase y corrió directo hacia su almohada. En menos de tres minutos, solo quedó la funda.
Y, por supuesto, el príncipe del drama no aceptó cualquier sustituto. Tuve que comprar una almohada de satén egipcio bordada a mano, con plumas de ganso húngaro, idéntica a la que tenía.
Porque, claro, siempre hay un hermano más mimado. Y, a juzgar por la almohada... ni siquiera necesito decir cuál es.
—Una vez leí que, cuando hay dos perros en el mismo territorio, empiezan a marcarlo así. —Sebastian aparece en las escaleras con cara de saber perfectamente lo que está haciendo.
—Pero no tenemos dos perros aquí, solo... —Chase se queda paralizado, con los ojos abiertos de par en par—. Hijo de puta. ¡Vete a la mierda, nerd!
Agarra su taza y se aleja indignado mientras Sebastian baja los últimos escalones con expresión victoriosa.
—Sería bueno que pensaras en un adiestrador. A esa edad son unos pequeños demonios —dice Margot mientras intenta quitarle el conejo de la boca a Troy, que responde con un gruñidito dramático.
—Si conoces a alguno bueno, ¿me lo recomiendas después? —pregunto, tomando al golden en brazos.
—Claro, te mandaré algunos contactos —responde sonriendo.
Salgo de la cocina porque necesito cambiarme antes de llegar tarde. Subo las escaleras con Troy debajo del brazo, todavía aferrado a su conejo, con las orejas medio torcidas y la lengua afuera.
En cuanto entro en la habitación, el aroma de Nathan me golpea como un puñetazo. Su sudadera sigue aquí. Grande, suave y cómoda.
Dormí como un bebé con ella puesta. Y no, nadie necesita saberlo.
Pero ahora su aroma me irrita porque es como si él me estuviera dando migajas. Como si yo estuviera aferrándome a un pedazo de algo que no me pertenece.
Respiro hondo, tomo a Troy en brazos y me siento con él sobre la cama.
—Tú tampoco soportas este olor, ¿verdad? —bromeo, acariciándole las orejas.
Me mira y suelta un ladrido agudo.
—Mañana iremos a la lavandería para acabar con esto y devolvérsela a su verdadero dueño.
Otro ladrido. No sé si estuvo de acuerdo o protestó, pero da igual. Se acabó.
O al menos... eso es lo que quiero creer.