Capítulo Doce
Preferiría morir mañana que vivir cien años sin conocerte.
— Pocahontas
—Dios, tu letra es horrible, Justin. —Sebastian se carcajea, señalando el cartel rojo que Justin sostiene. En él está escrito: «¡Vamos, Mads! Demuestra que eres la mejor».
La caligrafía torcida y temblorosa parece sacada de una película de terror.
—Cállate. La tuya debe estar peor. Déjame verla. —Justin arquea una ceja y le lanza una sonrisa desafiante.
Desenrolla el cartel con un dramatismo exagerado, y Chase y yo nos inclinamos para verlo. El cartel es blanco, está lleno de recortes con fotos de Mads y, en el centro, con letras grandes y brillantes, leo: «Demuestra lo que sabes, mueve ese lindo culo».
Chase suelta un gruñido y yo le sujeto firmemente el brazo, impidiendo que se levante.
—Ay, vamos, capitán. Es solo un cartel. Deja de ser tan posesivo. —Sebastian pone los ojos en blanco mientras se acomoda las gafas.
Tengo ganas de darle un puñetazo. Aunque Chase esté intentando dejarlo pasar, quizá porque ya conoce ese comportamiento infantil suyo, yo no puedo.
Lo que me irrita todavía más es saber que solo está provocándolo porque sabe que le molesta.
Chase conoce este juego e intenta no seguirle la corriente.
¿Pero yo? Yo no estoy hecho de hielo, especialmente después de anoche.
El recuerdo del auto invade mi mente. Los ojos castaños de Mads atravesándome, el viento revolviendo su cabello, su aroma volviéndome loco. Habría muerto allí con ella y eso no me asusta.
¿Egoísta? Tal vez. Pero, si tuviera que morir, querría hacerlo con ella a mi lado.
—Estoy jodidamente nervioso. —Justin no para de mover las piernas, sacándome de mis pensamientos.
—Tranquilo. Mads lo hará bien. —Chase se encoge de hombros y levanta su cartel. Es sencillo, con algunas fotos de los dos juntos y la frase: «Ya ganaste, hermanita».
—Te quedó bastante decente, capitán. —Justin le da una palmadita en el hombro, arrancándome una leve sonrisa.
—Soy bueno en todo lo que hago. —Chase le guiña un ojo antes de volver a enrollar el cartel.
El sonido de una música animada invade el gimnasio. Una de las animadoras, vestida con el uniforme rojo, anuncia el comienzo de las audiciones. Estamos en la primera fila, justo frente a la cancha de baloncesto, que hoy sirve de escenario.
Las juezas se sientan en el centro; entre ellas está Summer, la capitana. Cuando nuestras miradas se cruzan, me saluda con una mano y yo respondo con un gesto de cabeza.
—¿Jasper no viene? —pregunta Justin, mirando alrededor.
—Dijo que vendría con Margot —responde Chase con naturalidad.
—Ustedes dos deberían ser novios. —Sebastian me da un pequeño empujón y me doy cuenta de que sigo mirando a Summer, aunque ni siquiera sé por qué.
—Yo no tengo relaciones serias —digo, apartando los ojos de la rubia.
—¿Por qué no? —Levanta las cejas, animado.
—Mi vida amorosa no es asunto tuyo, Nerd. —Pongo los ojos en blanco.
—Qué pesado eres, Nathancito. —Le muestro el dedo medio y los chicos se ríen.
Antes de que podamos seguir provocándonos, una chica entra en la cancha y comienza su presentación.
Aunque no entiendo demasiado de danza, se nota que es buena.
Sus movimientos son limpios, las acrobacias impresionan.
Algunas animadoras aplauden, entre ellas Summer y una chica con un mechón azul en el cabello; creo que se llama Kira.
Otras candidatas se presentan una tras otra. Todas tienen talento. Empiezo a inquietarme, sobre todo cuando recuerdo que Chase nos dijo que solo quedan dos plazas.
Cuando nos contó que Mads iba a competir, movilizó a todo el equipo para que viniera. Fue idea de Sebastian hacer carteles. Una idea ridícula, pero que nos estamos tomando en serio; incluso terminó convirtiéndose en una competencia en la sala de casa.
Cuando escucho que anuncian su nombre, mi corazón da un salto.
—¡Madison Macqueen! —resuena por los altavoces.
Chase se levanta de inmediato, gritando el nombre de su hermana con los brazos en alto. Los otros chicos hacen lo mismo. Levantamos los carteles, incluido yo con el mío: «Tú puedes, pelirroja».
Ella entra.
Puta madre. Está preciosa.
Cabello suelto, un top ceñido, shorts cortos. Sus largas piernas están completamente expuestas. Siento una punzada en el estómago. ¿Celos? No puedo. No debo. Pero realmente siento que se me revuelve el estómago.
Escucho silbidos provenientes del grupo de baloncesto y me hierve la sangre. Hicieron lo mismo con todas las demás, lo sé. Pero Madison es diferente. Ella me saca de mi eje.
El ritmo de la música llena el ambiente. Es Beyoncé. Claro que sí, le encanta esa canción. Conozco esta coreografía. La he visto ensayarla miles de veces.
Empieza.
Mads se mueve con ligereza y control. Cada paso cae exactamente en el momento preciso.
Salta, gira, se desliza con una naturalidad absurda.
Y entonces, en las partes más lentas, mueve las caderas.
Desliza las manos por su propio cuerpo. Es sensual, segura, intensa.
Siento que un calor me recorre, algo que no debería estar sintiendo en público.
Los chicos a mi alrededor están hipnotizados; sé que no soy el único que contiene la respiración.
Gira, y su cabello acompaña cada movimiento como si bailara con ella. Ejecuta piruetas elegantes, con un pie firmemente apoyado en el suelo y el otro dibujando espirales en el aire. La música aumenta y ella salta con una ligereza que desafía la gravedad. Cada gesto desprende control e intensidad.
Pero, aunque me dejo llevar por la perfección de sus movimientos, noto que todos a mi alrededor están completamente fascinados por ella. Ningún maldito tipo de este gimnasio aparta los ojos, como si el mundo entero se hubiera detenido solo para verla. Y sé que no puedo culparlos; está deslumbrante.
Aun así, los celos me invaden como una ola. Mis dedos aprietan el cartel con fuerza y, durante un segundo, tengo ganas de levantarme y restregárselo por la cara a cada uno de ellos, solo para recordarles que ella no pertenece a nadie... aunque tampoco sea mía .
Al final, la pelirroja aterriza con delicadeza, terminando la presentación en una pose firme: una pierna levantada, la espalda erguida, la barbilla en alto. Es más que hermosa. Es arrolladora. Segura. Y solo pensar que todos vieron esto hace que mi corazón se oprima todavía más.
Me esfuerzo por no dejar escapar un suspiro. Sin embargo, es imposible ocultar cuánto me afecta. Se me oprime el pecho. Me sudan las palmas. Estoy completamente atrapado.
La cancha estalla en aplausos. Gritos y silbidos resuenan por todas partes. Los chicos agitan sus carteles, riéndose, animándola.
Ella gira el cuerpo y nos sonríe.
Cuando ve el cartel de Sebastian, suelta una carcajada. Eso me provoca una punzada de irritación. Pero entonces sus ojos encuentran los míos. O, mejor dicho, leen mi cartel. Y, durante un segundo, incluso jadeando por la presentación, parece detenerse.
Y yo también me detengo.
El mundo a nuestro alrededor simplemente desaparece.
Es como si el ruido de las gradas se desvaneciera, las voces quedaran amortiguadas y todo lo que existiera fuéramos ella y yo.
Madison. La chica que solía bailar sola en la sala de su casa cuando creía que nadie la observaba, aunque yo siempre encontraba la manera de espiarla.
Recuerdo la vez que la vi presentarse. Había ido a buscarla a la escuela y estaba en medio del gimnasio con un uniforme de animadora, rodeada de chicas, y al final terminó torciéndose el tobillo, lo que me asustó como la mierda.
Admito que nunca fui fanático de ver a alguien lanzándola por los aires, pero cuando bailaba sola... eso era diferente. Me daba paz. Y todavía lo hace.
A veces vengo más temprano a la universidad solo para quedarme en el pasillo, observándola a través del cristal de la sala de danza. Verla entrenar es una adicción silenciosa, imposible de controlar. Mi terapia particular.
Una voz en el micrófono rompe el momento:
—¡Esa fue Madison McQueen, chicos! —anuncia una de las animadoras.
Todos aplauden. Incluso Summer sonríe, pero, antes de que diga algo, una chica de cabello rizado, la cocapitana, si no me equivoco, le arrebata el micrófono de la mano.
—Lo hiciste bien, pero no vimos muchos saltos ni piruetas. Y necesitamos más de eso en el equipo que simples movimientos sincronizados. —Su voz es fría, casi burlona.
El ambiente cambia. La emoción se transforma en silencio. Chase, a mi lado, está tenso. No le gusta ver cómo menosprecian a su hermana, pero aun así grita:
—¡Sabes hacer eso, hermanita!
—¡Eso es! —refuerzo, uniéndome a él.
Mads mueve la cabeza, como si aceptara el desafío. Sin embargo, conozco bien su lenguaje corporal. Sus hombros suben y bajan lentamente, como si estuviera luchando contra sus propias ganas de explotar. Intenta mantener la compostura, pero es evidente que aquello la afectó.
Dice algo que no alcanzo a escuchar bien y, en respuesta, la chica de cabello rizado vuelve a ocupar el centro del escenario.
—Está bien, novata. Impresiónanos. Quiero dos mortales seguidos, una pirueta con triple giro y... —hace una pausa, forzando una sonrisa falsa—. Termina con un split en el aire. ¿O prefieres hacer un bailecito de TikTok?
Dios mío, ¿por qué nadie le quita el micrófono a esa chica?
Mads esboza una sonrisa afilada, casi cruel. Y conozco esa mirada. Va a darlo todo.
La pelirroja retrocede unos pasos. El gimnasio contiene la respiración. Yo contengo la respiración. Ya vi esto antes. Y, aun así, cada vez parece la primera. Mi cuerpo se tensa, como si pudiera sentir la fuerza que está a punto de liberar.
Corre.
El primer mortal es limpio, preciso. El segundo, todavía más alto.
Después viene el triple giro, tan perfecto que arranca exclamaciones incluso de quienes no entienden nada de danza.
Y, por último, parece volar durante un segundo mientras hace el split en el aire antes de aterrizar con la ligereza de una pluma.