Capítulo Uno #2
Siempre hemos sido muy cercanas. A veces, incluso más de lo que lo somos mi madre y yo.
No es que no quiera a mamá, pero... la tía Vic siempre estuvo presente cuando más la necesité.
Como aquel día en que me encerraron en el armario de la escuela, sabiendo el pánico que le tengo a la oscuridad, y estuve allí durante horas. Nadie me oyó. Nadie me buscó.
Cuando conseguí salir, fui directamente a casa de la tía Vic.
Corrí, literalmente. Lloré en su regazo hasta entrada la noche mientras ella me preparaba té de manzanilla y me acariciaba el cabello.
Siempre supo qué decir o cuándo limitarse a guardar silencio.
A diferencia de mis padres, siempre demasiado ocupados con sus apretadas agendas.
Victoria trabaja como abogada y tiene uno de los bufetes más prestigiosos de la ciudad, pero, después de su traumático posoperatorio, decidió cambiar el ritmo de su vida.
Redujo sus visitas al despacho, montó una oficina increíble aquí, en su casa, y empezó a trabajar más a distancia.
Dijo que, después de la cirugía, comprendió que nada era más valioso que la paz y la familia.
Y quizá sea precisamente por eso por lo que siempre está presente. Mientras mi madre vive saltando de evento en evento, de ensayo en ensayo, de campaña en campaña... la tía Vic está aquí.
Se acerca a Chase, que ahora está de pie, y, en lugar de darle un abrazo cariñoso, le aprieta las mejillas con fuerza.
—¿Es cosa mía o creciste unos centímetros más? —pregunta, divertida.
—Crecí dos. El entrenador me midió ayer —responde, intentando disimular la molestia.
—Pero sigo siendo más alto que tú, no lo olvides —lo provoca Nathan, dándole una palmada en el hombro, a lo que él responde poniendo los ojos en blanco.
La tía Vic besa a su hijo en la mejilla y se sienta a la mesa, sirviéndose jugo de naranja.
—¿Hoy tienes partido, Madis? Estás preciosa con ese uniforme, como siempre. —Asiento con una sonrisa tímida.
Busco por la mesa mi taza favorita, esa roja, con mi nombre y detalles de High School Musical , mi película de consuelo. Pero... no está aquí.
Cuando me la regalaron, no quise llevármela; dije que solo la usaría aquí. Por eso, desde entonces, cada vez que vengo a casa de la tía Vic y el tío Oliver tomo el té en ella, pero esta vez no la encuentro sobre la mesa.
—Mi taza... ¿será que está en el armario de la sala? —Me levanto mientras ya me dirijo hacia allí.
—Creo que Janete se olvidó de ponerla en la mesa hoy. Deja que te la traiga —dice la tía Vic mientras también se pone de pie.
—¡Yo voy! —me adelanto, dedicándole una pequeña sonrisa antes de salir.
La sala está oscura, con las cortinas todavía cerradas. Abro el armario azul y busco, pero nada. Solo cuando alcanzo a mirar el estante superior veo mi taza roja brillando entre varias de vidrio.
Me pongo de puntillas, estiro el brazo... y nada. Lo intento de nuevo, como si estuviera en un ensayo de ballet. Aun así, no llego.
—¿Necesitas ayuda? —oigo la voz de Nathan resonar en la habitación.
—No, puedo hacerlo —respondo rápidamente, intentándolo una vez más, ahora solo por pura terquedad.
—Ajá, claro que sí —dice mientras se acerca. De repente, está detrás de mí, lo bastante pegado como para que pueda sentir el calor de su cuerpo. Sin esfuerzo, toma la taza y me la entrega.
Lo miro. Él me devuelve la mirada. Y, durante un instante, el tiempo parece contener la respiración conmigo.
Sus ojos tienen pequeños puntos oscuros entre el castaño. Nunca había notado cuánto lo embellecen.
Desvío la mirada en cuanto escucho un estrépito procedente de la cocina.
—¡Perdón, chicos! —grita la tía Vic—. ¡Acabo de despertarme y ya estoy tirándolo todo!
Miro de reojo y la veo agacharse para recoger una cuchara del suelo. Suelto una risita. Cuando vuelvo a buscar a Nathan... ya no está aquí.
Desapareció tan rápido como apareció.
Suelto el aire y regreso a la cocina. Está sentado al lado de Chase, riéndose de algún chiste.
Ni siquiera me mira.
Tomo otra cereza y la mastico con fuerza, como si fuera la culpable de mi confusión interna.
—Y entonces, mi animadora, ¿estás emocionada por el partido de hoy? —pregunta la tía Vic justo cuando estiro la mano y tomo un pan de la cesta que tengo delante.
—¡Muchísimo! Los Eagles llegaron a la final, tía. De verdad espero que ganemos —respondo con los ojos brillantes.
—Lo dudo mucho. Fue un milagro que llegaran hasta allí —replica Chase con sarcasmo mientras da un sorbo al café. Nathan, por supuesto, no desaprovecha la oportunidad y empieza a reírse.
—Los dos son patéticos. Al menos llegamos a la final. ¿Y su equipito de hockey? —contraataco, poniendo los ojos en blanco con ganas.
—Golpe bajo, enana —gruñe Nathan con su voz ronca.
—¿Tan mal están, chicos? —pregunta Victoria mientras se limpia los dedos manchados de mermelada con un paño de cocina floreado.
—Nuestro equipo sí tiene algunos tipos buenos... —empieza mi hermano, aunque su tono ya lo delata—, pero Nathan y yo no hacemos milagros, tía. Probablemente nos despediremos del campeonato. Ya lo acepté —termina, un poco cabizbajo.
Siento un ligero peso en el pecho. La verdad es que juegan muy bien. Nathan y Chase entrenan desde pequeños, siempre determinados. Se ganaron sus plazas en Yale por méritos propios, no solo por el apellido que llevan.
La verdad es que, en nuestra escuela, el hockey nunca ha recibido tanto apoyo como el baloncesto. Y, por eso, no pueden esperar para pisar el campus universitario y que por fin los tomen en serio.
—Pero no importa —Nathan alza la barbilla, animado—. Pronto estaremos siendo reconocidos por la NCAA y con el equipo de Yale vamos a ganar la Frozen Four . Apúntalo. —Extiende la mano y Chase la choca con fuerza. Un high five lleno de confianza.
Vuelvo a poner los ojos en blanco sin darme cuenta. Pero, como siempre, mi hermano sí se da cuenta.
—Nada de burlas, Mads. Tú también quieres ir a Yale y entrar en el grupo de danza. Solo para hacer spagats y esas piruetas tontas... —dice con esa sonrisita irritante.
Nathan se lleva una mano a la boca para contener la risa. Me quedo boquiabierta.
—¡Eres un completo imbécil! Se pasan la vida riéndose, pero ninguno de los dos sabe hacer una pirueta decente, y mucho menos un spagat —replico, indignada.
—Claro, porque tenemos cosas más serias que hacer —provoca Nathan.
—Ah, ¿como qué? ¿Estampar a otros chicos contra las paredes de la pista? ¿Repartir puñetazos sobre el hielo? Con mucha suerte, llegarán a los veinte con todos los dientes en la boca —disparo, con los brazos cruzados y las cejas arqueadas.
Los dos me miran con los ojos muy abiertos. No esperaban eso.
La verdad es que la danza es mi mundo. Es donde puedo ser yo misma sin necesidad de esconder mis sentimientos. Cada golpe de música se convierte en movimiento, y cada movimiento es una parte de mí. Por eso me enamoré de la danza contemporánea.
Hace dos años, participé en el National High School Dance Championship , una de las mayores competiciones escolares de danza de Estados Unidos. Lo recuerdo como si hubiera sido ayer. Sentía que el corazón iba a salírseme por la boca mientras subía al escenario para presentar mi solo.
Allí, en el preciso instante en que los aplausos resonaron por el gimnasio y las luces se apagaron al final de mi coreografía, lo supe: era eso.
Eso lo era todo. Fue aquella noche cuando entendí que mi futuro estaba en la danza, no solo como pasatiempo, sino como vocación.
Desde entonces, mi sueño es convertirme en una bailarina reconocida. De verdad. Prestigiosa.
Por eso, cuando alguien se burla de eso... duele. Porque no es solo un pasatiempo. Es lo que me mueve. Es quien soy.
Sé que Chase siente lo mismo por el hockey. Él también respira esto. Pero si se burló de lo que yo amo, me dio vía libre para hacer lo mismo con lo que él ama.
El silencio que sigue solo es interrumpido por la risa repentina de la tía Vic... que enseguida se atraganta con el café.
—Ay, mamá —Nathan corre a darle unas palmadas en la espalda. Ella se recupera, todavía riéndose y secándose los ojos húmedos.
Después de eso, nadie habla. La cocina queda en silencio.
Tensa. Solo se escucha un pájaro cantando afuera.
Y entonces llega la mirada. La famosa mirada de la tía Vic. Se avecina un sermón.
Ella y mi madre siempre han sido más estrictas con nosotros. Pero, por algún motivo, cuando es la tía Vic quien habla, escuchamos. Porque, con ella, los regaños vienen envueltos en cariño.
—Antes de irse, van a pedir disculpas —empieza con firmeza, mirándonos a los tres—. Chase, Nathan... ¿tienen idea de cuánto se arriesga Madison con esas acrobacias? Eso requiere entrenamiento, disciplina, fuerza. Y valentía. ¿Piensan en eso?
Chase abre la boca para hablar, pero ella levanta una mano para impedírselo porque todavía no ha terminado.
—Y tú, Madison —me mira con dulzura, aunque su tono es firme—, sé que ellos parecen unos brutos en la pista y, lo confieso, yo misma cerraba los ojos cuando veía a Oliver recibir golpes. Pero ellos también se arriesgan. También sienten miedo. Y aman lo que hacen.
Nos quedamos callados. Solo escuchando.
—Los tres tienen que aprender a respetar las elecciones de los demás. Así que, a la cuenta de tres, todos van a disculparse.
—Por Dios, mamá... parece que otra vez tenemos cinco años —murmura Nathan en voz baja.
—Nathan James Thompson. —El nombre completo. Mierda—. No me obligues a levantarme y hacer que se abracen.
Nos miramos. Nadie está lo bastante loco como para decir ni una palabra.
—Uno, dos, tres…
—Perdón —decimos juntos, en un susurro colectivo. Casi como una canción.
Pongo los ojos en blanco hacia Chase. Él hace lo mismo.
—Lo vi —advierte Vic con tono cortante.
—Está bien, está bien... —Chase levanta las manos, rendido—. Perdón, hermanita. Sé que esto de entrar al grupo de danza es importante para ti. Sobre todo en Yale, que tiene Pulse Movement, uno de los grupos universitarios de danza más importantes, y sé que lo vas a hacer genial.