Capítulo 1
—Te ha dicho que la dejes en paz —tronó la voz masculina de un desconocido.
Adriana lo agradeció, ese chico se había puesto muy pesado con el tema de querer «conocerla mejor».
Y sabía bien a qué se refería con ese conocerla mejor.
No es que tuviera ninguna norma especial sobre las relaciones esporádicas, era solo que ese chico no le interesaba.
Aunque, si era sincera, nunca había estado con un chico una sola noche y no creía que fuera el momento adecuado justo ahora que su beca terminaba y regresaría a España en breve.
—¿Y tú quién eres para ordenarme que me vaya?
—Su novio. ¿Quieres que te lo tatúe en la cara? —bramó serio.
Adriana vio divertida como el joven se retiraba en silencio y con el rabo entre las piernas.
Era curioso porque había sido muy ruidoso hasta ese momento.
Miró al hombre que la había «rescatado» y se dio cuenta de lo atractivo que era.
Alto, fuerte, de cabello oscuro y con un par de ojos verdes profundos que le recordaron al color de las colinas de ese país del que se había enamorado aún más.
«Solo te queda una semana más aquí», se recordó.
—Gracias, aunque no era necesario, lo tenía todo controlado —dijo al desconocido.
—Kenneth —se presentó extendiendo la mano.
—Adriana —dijo a su vez, aceptándola.
Cuando se la estrechó se dio cuenta de que tenía las manos grandes y fuertes, lo que le dejaba claro que: o trabajaba con ellas o era deportista. Y estando en Edimburgo lo más probable era que, si practicaba algún deporte, fuera rugby.
—¿De dónde eres?
—¿Me delata el acento? —interrogó a su vez sin darse cuenta de que sus manos seguían unidas.
—Un poco —sonrió.
Y esa sonrisa casi la mata. Y, además, la dejaría sellada al asiento y con las bragas acartonadas.
¿Podía un chico causar tantos estragos sin saber nada de él?
Supuso que era posible, no en vano lo primero que llamaba la atención de una persona sobre otra era su físico y este tenía uno hecho para pecar durante toda una noche, o varias…
—Soy de Granada —contestó, creyendo que no sabría situarla en el mapa.
—Es una ciudad muy bonita, toda Andalucía lo es —contestó dejándola sorprendida.
—Vaya, sabes ubicarla.
—Claro que sí, las cosas hermosas me gustan y Granada lo es. Me encanta la Alhambra.
—¿Te refieres al monumento o a la cerveza? —interrogó con una media sonrisa.
—A las dos —sonrió—. Te invito a una Alhambra —ofreció y Adriana aceptó.
Kenneth se sentó en el taburete que había libre junto al de la chica. Estaba fascinado con ella. Era preciosa, el contraste entre sus ojos azules y su tez morena eran para él como la luz para las polillas: irresistible.
—¿Qué haces aquí, tan lejos?
—Estoy estudiando este año fuera gracias a una beca Erasmus.
—¿Qué estudias? —preguntó con interés.
—Ingeniería.
—Así que… ingeniera —dio a la vez que esbozaba una sonrisa.
—No lo tengo claro, también me encanta la fotografía. Así que quizás me dedique a eso en el futuro.
—Vaya, guapa, lista y con talento. Brindo por eso —afirmó levantado la botella para chocarla con la de ella.
—Gracias —murmuró dando un sorbo a su botellín tras el brindis—. Y tú, ¿a qué te dedicas? ¿Geógrafo? —bromeó.
—Sí, estoy en mi último año de universidad con una beca de deportes.
—Así que geógrafo y deportista —repitió sorprendida. Había dado en el clavo.
—Sí, rugby —confirmó sus sospechas.
De pronto el lugar parecía vacío, como si solo existieran ellos dos.
Había música de fondo, pero no escuchaba la letra, los murmullos le confirmaban que había más gente con ellos, pero era incapaz de enfocarlos.
Toda su atención estaba en él. Era mayor que ella tres años.
Era su primer año en la universidad y él estaba en el último curso.
—Vale, eso lo explica todo.
—¿Explica todo? —preguntó confuso.
—Sí, todo esto… —sonrió señalando su voluminoso cuerpo.
—Bueno… supongo que sí, aunque gran parte de culpa la tiene la genética —defendió.
—Pues tienes buenos genes. ¿Deberíamos brindar por ellos? —dijo alzando la cerveza de nuevo.
Kenneth volvió a reír, parecía que la risa entre los dos llegaba fácil.
—Los mejores, soy un Buchanan —afirmó rotundo.
—Lo dices como si fuerais reyes —rio divertida por la solemnidad con que hablaba de su apellido.
—Casi. El Clan Buchanan ha sido siempre uno de los mejores considerados a lo largo de la historia. Con grandes hombres y mujeres. Con guerreros fieros. Duros.
—Sí, me ha quedado claro. ¿Eres de esos que nunca tienen frío? —bromeó.
—Nunca. Soy un salvaje guerrero de las highlands que duerme tan solo con su kilt sobre la húmeda calidez de mi tierra y bajo el frío manto de estrellas —aclaró con tono solemne, aunque Adriana sabía que bromeaba.
—Vaya, pareces sacado de una novela de romance histórico. ¿No me irás ahora a decir que eres un highlander hechizado que ha viajo en el tiempo hasta nuestra época solo para conocerme?
Kenneth la miró serio, tratando de hacerle creer que su teoría era acertada, y ella estalló en una carcajada tan limpia y bonita que su corazón latió algo más deprisa.
—Has dado en el clavo, sassenach —rio a su vez.
—¿Sassenach? —interrogó porque no conocía el término.
—Es una palabra gaélica que significa extranjera.
—Sassenach —repitió dándole la misma entonación que él.
—En realidad se usaba de forma despectiva para referirse a los ingleses —aclaró.
—Bueno, pues soy medio inglesa, así que has dado de lleno —aclaró para sorpresa de Kenneth.
—Entonces, ¿por qué Escocia? —interrogó interesado.
Adriana lo miró, la verdad era que nadie le había preguntado sobre su elección. Y, tampoco, quería contarle nada de su vida personal, prefería dejarlo todo más en la superficie que rascar más adentro. El problema era que ese chico la hacía sentirse cómoda y podría dejarse llevar con facilidad.
—Siempre me ha gustado. Desde niña. No sé por qué.
¿Nunca has tenido esa sensación de enamoramiento con algún país aun sin verlo ni conocerlo?
¿Sin haber estado allí? ¿Esa certeza de que te va a gustar, de que vas a encontrarte bien en un sitio en el que nunca has estado y al que nada te ata?
Pues eso sentía yo con Escocia. Por eso, cuando me planteé ir a estudiar un año fuera, no dudé y elegí Edimburgo.
—¿Y… te gusta lo que ves? —interrogó acercándose a ella.
El gesto no era agresivo, quizás por eso se puso nerviosa y su estómago dio un vuelco.
De repente se puso en guardia, ¿se refería a la ciudad o a él?
Era un chico muy guapo, además, tenía ese tipo de personalidad que resultaba tan atractiva, no parecía peligroso, todo lo contrario, aún así había algo de misterio en él.
Algo que te abría las ganas de seguir indagando.
¿Sería esa pregunta una invitación? Nunca había tenido un polvo de una noche, pero no lo descartaba. Era joven, soltera y sin compromiso y hacía tanto que no estaba con nadie… que no le parecía muy mala idea terminar la noche o empezar la mañana en su cama.
—Me gusta lo que veo. Mucho —confesó para su propia sorpresa.
Sus palabras quedaron flotando en el aire. Él la observó con los ojos oscurecidos. Sabía que no le era indiferente. Podía verlo con claridad. Igual que, estaba segura, él era capaz de ver que ella no le iba a cerrar la puerta.
—Adriana, no nos conocemos apenas, pero si sigues mirándome así —murmuró tomándola por la barbilla para poder mirarla a esos ojos en los que se podía perder con demasiada facilidad—, no puedo prometerte que siga comportándome como es correcto.
—¿Y qué se supone que es lo correcto? —lo tentó con esa voz suave como el terciopelo.
—Pues como un caballero.
—Nunca he dicho que me gusten los caballeros, creo que me gustan más los salvajes highlanders que duermen bajo el frío manto de estrellas…
Y su frase quedó en el aire. Las manos del joven se apoderaron de su delicado cuello y colocaron su rostro hacía él. Su boca se estrelló en la de ella. Sin delicadeza. Sin pedir permiso. Era un guerrero dispuesto a ganar la batalla y no iba a perder ni la más mínima oportunidad.
Su lengua sabía a la cerveza que estaba bebiendo y a libertad. Y, por un momento, cuando sus jadeos se volvieron uno solo, Adriana creyó sentir el sabor de la noche húmeda y ver el brillo de las estrellas que salpicaban esa fría noche bajo la que él le había dicho que dormía.
Era libertad. Era deseo. Era fuego. Sus manos bajaron por sus hombros y se quedaron en la estrecha cintura que apretó contra su cuerpo y, maldita fuera, creyó que iba a arder.
Nunca antes le había pasado eso. Sentir tanto con un solo beso.
Era algo que nunca creyó posible, era una leyenda urbana que contaban para justificar un arrebato, pero por todos los santos que sentía su cuerpo sin voluntad.
Todo había desaparecido y lo único que había quedado eran ellos dos.
El calor. El deseo. La necesidad de llevar ese beso un poco más allá.
Tras acabar el beso, ambos se miraron con el anhelo palpitando entre ellos, en sus venas, en la base del cuello.
No hacía falta decirse nada. No iba a quedar la cosa ahí.
El joven puso un billete sobre la barra y la agarró de la mano.
No preguntó, no dijo nada, tan solo dejó que la guiara.
Una vez en la calle, con el frío manteniendo a raya el calor, él habló:
—Adriana, estás a tiempo. Hace frío, pídeme que te acompañe a casa.
—Llévame a tú casa —soltó sin dudar.
No era lo que esperaba oír. Era lo que deseaba oír. Y le encantó escucharlo de su boca. Podía acostumbrarse. Maldita fuera, no era lo que necesitaba, no ahora. Pero no iba a poder dejarla ir. Estaba seguro.
—Me lo estás poniendo difícil, sassenach.
—Bueno, supongo que me gusta jugar duro —sonrió.