Juego Sucio (Tercer Tiempo 1) Epílogo
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Epílogo

Partido de la selección española contra la selección neozelandesa.

El estadio estaba hasta la bandera. Yasnaia observaba todo desde el banquillo, junto a los suplentes, era una de las ventajas de ser la compañera del segundo entrenador.

Siempre la emocionaba estar ahí, tan cerca del campo que podía oler la sangre y, a veces, con suerte, recibir algún beso furtivo de Daniel.

Le encantaba verlo de traje y corbata, aunque sabía que en el fondo echaba de menos llevar la equipación de los All Blacks.

Era un partido especial. Había muchos sentimientos encontrados, su equipo y su entrenador, se batían en duelo contra sus chicos, esos a los que entrenaba y les enseñaba todo lo que él mismo había aprendido.

Se rumoreaba que el segundo entrenador tomaría pronto el puesto de primer entrenador, ya que este había encontrado un sustituto idóneo para poder retirarse por fin a descansar.

Yasnaia no dejaba de buscar a Daniel, aunque supuso que andaría en el vestuario de los visitantes. No en vano debía muchos abrazos y charlas. Estaba ansiosa porque terminara y poder ir con los antiguos compañeros de Daniel a cenar y pasar un buen rato juntos.

El partido llevaba retraso y Yasnaia empezó a sentirse un poco inquieta, ¿habría sucedido algo? No quería pensar en eso, pero la verdad era que no entendía por qué ni los jugadores ni los entrenadores estaban ya en el campo, esperando la señal del árbitro que daría lugar al inicio de la batalla.

De pronto, se quedó sin aliento. No era capaz de pestañear, tan solo miraba al centro del campo, sin dar crédito a lo que se mostraba frente a sus ojos.

Los espectadores enloquecieron y llenaron el estadio de gritos, silbidos y expresiones de incredulidad, eso le dejaba claro que no era cosa de su mente, que era real.

Daniel encabezaba a los dos equipos, iba ataviado con su equipación del número diez. Tras él, los dos equipos, el local y el de los visitantes que se colocaron en formación.

Y empezó. Una haka. Comandada por Daniel.

Los dos equipos lo seguían en perfecta sincronía, como si fueran uno solo, y eso, al fin y al cabo, es lo que eran, ¿verdad?

El pasado y el presente del hombre al que amaba se habían unido e interpretaban una haka que le encogió el pecho y la hizo derramar algunas lágrimas por la emoción.

Sabía lo que significaría para Daniel ese recuerdo y eso la emocionaba hasta tal punto que se olvidó de tomar fotos que era la finalidad de su presencia en el campo de juego.

Se puso de pie y se acercó lo que pudo para verlos en primera línea.

Seguían siendo impresionantes. Y su corazón bombeaba a mil por hora.

Podía ver los rostros de todos ellos, siguiendo al líder, preparándose para la batalla, hasta el viejo entrenador de Daniel se había unido a ese espectáculo que dejó a todos sumidos en el más profundo de los silencios.

Recordó la primera vez que los vio, y la vez que Daniel le dedicó una haka con su equipo solo para ella, sabía lo que las palabras significaban, no era algo vacío sino algo profundo con unas raíces tan antiguas como lo eran sus antepasados.

La haka terminó, todo seguía en silencio y Yas no se había recuperado de lo que acababa de presencia cuando se dio cuenta de que Daniel, seguido de los dos equipos se acercaban a ella. Parpadeó sin entender qué era lo que sucedía, hasta que lo supo.

Daniel se acababa de arrodillar frente a ella, en un estadio repleto de personas que los observaban sin apartar la vista de ellos. Sus equipos lo flanqueaban, todos eran impresionante, enormes y ella se sentía tan insignificante…

Cuando mostró la pequeña caja no pudo evitar llevarse las manos a la boca y las lágrimas volvieron a aparecer para bañar su rostro.

Daniel sonrió a la vez que abría la caja y mostraba el contenido. El anillo era precioso y, como todo lo era con Daniel, poco convencional. Un anillo de jade verde con la forma de una hoja de helecho. Era precioso. Era único. Como él. Como ellos. Como lo suyo.

— Pakeha… —comenzó a decir.

Pero no pudo seguir, porque se abalanzó sobre él derribándolo sobre el césped y enredado sus manos en su cuello y su boca en sus labios.

Podía escuchar las chanzas de los comentaristas, pero no le importaba, era la mujer más feliz del mundo. Lo era. Sin lugar a dudas.

—El número diez ha sido derribado sin piedad sin poder terminar de formular la pregunta —dijo uno de ellos.

—Creo que esto, amigos, va a ser otro momento viral de esta pareja que tanto juego nos ha dado —comentó el otro entre risas.

Pero no le importaba, tan solo que estaba en los brazos del hombre al que amaba.

—Por si no te ha quedado claro, capitán, es un sí —aclaró con su boca junto a la del hombre que sonrió y la apretó con fuerza contra él.

Y supo, en ese momento, que quería que la abrazara así por el resto de su vida. De que él estaba más que dispuesto a hacerlo tenía la prueba evidente de ello golpeando su vientre.

Fin