Capítulo 26
Y fue en ese momento, cuando él cayó de rodillas y se abrazó a ella, cuando Yas no pudo contener más el torrente de emociones que seguía dentro de ella. Ni iba a mentirse a sí misma más. Lo que había habido entre ellos seguía vivo, seguía ardiendo y no había perdido intensidad.
Colocó sus manos temblorosas, despacio, sobre su cabeza y dejó caer la suya para permitir al llanto y al dolor salir sin tapujos.
Y las manos de Daniel la apretaron con fuerza cuando la notaron rendirse.
Yas se dejó caer de rodillas a su lado y Daniel la abrazó con fuerza.
Lo necesitaban. Aunque no quisiera reconocerlo, lo necesitaban.
Esperaba que ese fuese el inicio de una nueva oportunidad.
— Kei te aroha au ki a koe —susurró que la amaba en su lengua materna sobre su cabello.
— Na au ki a koe —contestó ella. Porque era verdad, ella también lo quería.
Aunque se empeñaba en pelear contra sus propios sentimientos, no podía negar que lo amaba. Siempre había sido él, nunca había habido nadie más. Solo él; a su pesar.
—Entonces ¿me vas a dar otra oportunidad? —preguntó mirándola a los ojos y apartando algunos mechones de su cabello largo y oscuro que se habían pegado, por culpa de las lágrimas, a su hermoso rostro.
—No, Daniel, no voy a darte otra oportunidad…
—Pero… acabas de decir… —la interrumpió.
—No voy a darte una oportunidad, Daniel, voy a darnos una oportunidad. Creo que nos lo merecemos. Aunque no prometo que dure.
—Yo sí.
—No puedes prometer algo así.
—¿Nos apostamos algo?
Yas sonrió y se limpió la humedad de sus mejillas con el dorso de la mano.
—¿Siempre apuestas para todo?
—No, solo contigo… te he echado de menos, pakeha.
—¿Me vas a decir qué significa?
—Extranjera, mi extranjera.
Y la besó, y esta vez Yas no lo rechazó. Dejó que sus bocas se unieran y que el sabor de ambos se mezclara, disfrutando de todo lo que se habían perdido durante mucho tiempo, demasiado.
Las manos de Daniel bajaron el ritmo y sus caricias se convirtieron en suaves, lentas, casi como si la adorara. Su boca no dejó centímetro de su piel sin besar y cuando el calor se hizo insoportable, se levantó y la alzó entre sus fuertes brazos para llevarla hasta la cama sin dejar de besarla.
Una vez allí, la soltó y le quitó la ropa mojada por el agua que la tormenta, que seguía tronando con tanta fuerza como sus propios corazones, había dejado antes de entrar.
La desvistió y la dejó expuesta a él que se quitó la camiseta mostrándole que su torso seguía tan firme como siempre y, cuando se deshizo del pantalón, ahogó un grito al ver la cicatriz que tenía junto a la rodilla.
—Te lo he advertido, la lesión no es ninguna broma.
—Ya veo… —murmuró acariciando la cicatriz con cuidado. Dejando que sus yemas se acostumbraran al tacto más suave y delicado de esa zona.
Se acercó al filo de la cama y se colocó de pie. Daniel no podía dejar de mirarla y su visión lo dejaba sin aliento ni fuerzas.
La boca de la mujer se hizo con el control, al igual que sus manos que acariciaron con extremada lentitud su cuerpo que ardía por estar dentro de ella.
—No quiero que te lastimes, capitán, así que sé un buen chico y obedece.
Y lo empujó con suavidad sobre la cama en la que quedó expuesto.
Yas le quitó la ropa interior para que nada los separara y sonrió al verlo listo para ella.
Con su dedo índice acarició el glande y este se humedeció por la excitación que sentía.
Daniel la miraba con los ojos velados por el deseo y cuando ella se llevó el dedo a la boca y saboreó su esencia, cerró los ojos, apretó los puños y ahogó un jadeo que se atrancó en su pecho.
Yas sonrió y se colocó a horcajadas sobre él que no podía ni respirar.
Todo en su cuerpo se había paralizado por ella, para ella.
Nada le pertenecía en ese momento, era suyo.
Por completo. Su cuerpo, su mente, su corazón…
y hasta su puta alma. Estaba dispuesto a dárselo todo para que se quedara con él, para siempre.
—Yas, me estás matando.
—Pues esto, capitán, no ha hecho más que empezar…
Y se elevó para que el sexo del hombre la penetrara hasta…
hasta el alma. Tenerlo dentro era lo más jodidamente delicioso que había sentido nunca y aunque quiso disfrutar con calma de ese momento, no pudo.
Perdió el control y lo cabalgó hasta que el éxtasis los dejó sin fuerzas y unidos el uno al otro por un abrazo que esperaba, en secreto, que fuera eterno.
Igual que el momento en el que gritó su nombre, desesperado por el placer, vencido por el deseo, rendido por la pasión que solo sentían cuando estaban juntos.
Así lo recordaría, siempre recordaría ese momento que, esperaba, fuera eterno, porque si algo estaba claro, era que Daniel Evans era el único hombre que existía para ella.
La mañana los pilló por sorpresa. La tormenta había amainado, igual que la que había entre los dos. La sonrisa en la cara del capitán era evidente y Yas no podía negar que estaba más relajada cuando se miró en el espejo del baño dispuesta a darse una ducha.
—No creerás que te vas a ir, ¿verdad?
—Tengo que trabajar, Daniel… —protestó entre sonrisas.
—Sí, es verdad, todavía no hemos terminado la entrevista.
Yas dejó lo que estaba haciendo y bajó la mirada. Era cierto, porque la grabadora no había estado grabando y, además, de todas formas, se hubiera roto con el agua que le había caído.
—¡Joder! Es verdad… seguro que la grabadora está inservible.
—Vamos a tener que ir de compras y después…
—Daniel… —lo llamó acercándose a él sin nada de ropa, lo que hizo que la erección matutina cobrara dimensiones espectaculares—. Desde luego pareces un dios maorí —dijo en voz baja sin poder apartar la vista de ese hombre que era… suyo.
—Esto lo provocas tú, pakeha.
Yas le devolvió una sonrisa pícara y se sentó a su lado.
—Daniel, ¿tienes la intención de terminar la entrevista alguna vez? —preguntó rodando los ojos.
—Sí, claro… alguna vez.
Y los dos estallaron en risas.