Capítulo 25
Se quedaron en silencio hasta que la tormenta tronó demasiado fuerte y el agua empezó a ser molesta sobre sus ropas y sus rostros. Ambos habían confesado muchas cosas que había guardado por un largo periodo de tiempo; tanto que se habían enquistado en sus corazones.
—Entremos —pidió agarrándola por el brazo.
Yasnaia no dejaba de mirar por la ventana, contemplaba el agua caer con fuerza, tanta como con la que lo harían sus lágrimas si las permitiera salir. Había escuchado demasiado. En ese momento recordó su grabadora, la había dejado sobre la mesa y estaba inservible.
—La grabadora… —musitó.
Daniel salió bajo la lluvia y tomó el aparato y la bandeja con un desayuno que ya nadie tomaría.
Yas no dejaba de mirar a través de la ventana, a él.
Con la camiseta mojada pegándose a su pecho, con el pelo despeinado y más oscuro por la humedad y no pudo evitar morder su labio inferior.
Las ganas de abrazarlo con fuerza, para tratar de recomponer sus pedazos, era demasiado abrumadora.
Necesitaba salir de allí. ¿Por qué demonios el tiempo había empeorado tanto de repente?
Tampoco era como si fuese algo imposible, parecía que las estaciones estaban cambiando más deprisa de lo que pudiesen pensar y las tormentas repentinas ya no eran algo tan extraño.
Las gotas de agua golpeaban el vidrio con tanta intensidad que tenía la impresión de que serían capaces de romper el duro y frío cristal.
Sintió su presencia cerca, no tenía la necesidad de verlo para notarlo.
Todo alrededor parecía desaparecer cuando él estaba cerca, incluso su fuerza de voluntad.
Se había imaginado una y otra vez arrojándose a sus brazos y perdiéndose en su pecho tatuado.
Pero, ahí seguía; firme. Aguantando como podía el vendaval que se había desatado fuera y dentro de su cuerpo.
—Parece que la tormenta va para largo.
—Para mi desgracia —musitó.
Escuchó el suspiro que dejó escapar. ¿Estaba cansado? Ella también. Había creído que estaba preparada, ya que había soñado tanto con ese momento como con el de volver a besarlo, pero todo había cambiado ahora que sabía la verdad.
Se alejó de la ventana, al hacerlo y girarse se lo encontró con la mirada perdida y las manos apoyadas en la cadera.
Por un instante deseó abrazarlo, susurrarle que nada se había roto entre ellos, que todo estaba en el mismo punto en el que lo habían dejado, pero no era cierto.
No podía olvidar aquella fría noche, cómo la despreció, cómo no respondió a su beso y cómo la lluvia fría se mezclaba con sus amargas lágrimas.
Pasó a su lado como si nada le importara, como si fuese una mujer fría y sin sentimientos, como si no estuviese temblando por dentro y negándose a sí misma el deseo que sentía de volver a perderse en su cuerpo, de avivar el sabor de su piel, de notar de nuevo ese calor que cubría su piel hasta que esta parecía estallar en llamas cuando él, y solo él, la acariciaba.
Se dirigió hasta el otro extremo de la habitación sin saber qué era lo que en realidad buscaba, supuso que tan solo necesitaba una distracción, algo que la alejara de ese aroma tan particular que no había dejado de rememorar cada maldita noche desde que lo conoció.
Caminó hasta la sala de estar y en una pequeña estantería sobre la mesa la vio; una fotografía de ambos. Sintió cómo el puño se retorcía en su corazón disfrutando del dolor del que se alimentaba.
Se acercó con cuidado y la observó con atención, fue un par de días antes de que la dejara como si nunca le hubiese importado, como si no hubiese significado para él nada, como si tan solo hubiese sido otra…
Habían terminado de cenar y paseaban riendo y en ese momento él la cogió e hizo esa foto a la vez que besaba su mejilla. El gesto inesperado se reflejaba en la mirada de esa joven cuyos ojos brillaban sin temor a demostrar que entre ellos había mucho más de lo que estaban dispuestos a admitir.
—Me encanta esa foto. Siempre la llevo conmigo.
Dejó que las palabras calaran hondo, que atravesaran la piel para rasgar la carne y colarse dentro. Una vez en su torrente sanguíneo se extendieron por todo su cuerpo hasta llegar a su mente. Allí las analizó y la rabia logró consumirlas con una rapidez asombrosa.
Se dio la vuelta y lo encontró demasiado cerca de ella. Su nariz casi rozaba la de él, que la miraba con… ¿arrepentimiento? Le daba igual, no le importaba en absoluto, había perdido su oportunidad, se había encargado a conciencia de no dejar espacio para una segunda oportunidad.
—¿Qué demonios es lo que quieres, Evans?
Su mirada se agrandó, como si acaso esa pregunta le hubiese pillado por sorpresa, como si no esperase que ella quisiera saber algo tan simple, algo tan obvio.
—A ti… creí que estaba claro.
—Déjate de gilipolleces. Te lo estoy preguntando en serio, ¿qué demonios quieres? ¿Qué pretendes? ¿Que te ayude? ¿Que te dé más fama? Es que no entiendo qué puedes querer ahora, lo tienes todo, Evans, todo.
Por un segundo, su mirada mostró una tristeza que casi le pareció real.
—Yasnaia… te lo he dicho, te quiero a ti.
—No vuelvas a decir eso, Evans, no soporto escucharlo —soltó molesta.
Jadeaba furiosa, más que con él, con ella, porque sus palabras la seguían afectando más de lo que quería reconocer.
¿Sería verdad? ¿Podía serlo? Estaban tan cerca, que sus alientos se mezclaban hasta formar uno solo, de repente todo había desaparecido, incluso el ruidoso retumbar de la tormenta que rugía fuera, solo podía escuchar su respiración tan acelerada como la suya.
—¿Por qué no puedes creer que estoy arrepentido de todo? ¿Por qué no puedes comprender que, aunque tarde, me he dado cuenta de que lo más importante eres tú?
—Porque para creerte tendrías que ser otra persona y no lo eres, Evans.
—¿No te parece real? ¡¿Dime entonces qué coño hago aquí?! Podía haberme quedado en Nueva Zelanda, sin embargo, aquí estoy…
—Estás aquí porque ya no puedes seguir jugando rugby , estás aquí, como siempre, por ti, no por mí. No quieras disfrazar tu egoísmo con verdades a medias, si no hubieses tenido esa lesión… nunca hubieses dejado lo que más amas.
—A veces eres… eres….
—¿Soy? ¿Qué soy, Evans? ¡Dilo! —gritó fuera de sí.
—¡Insoportable!
El rugido llegó acompañado de sus manos alrededor de su cuello, de su boca devorando la de la mujer que no pudo ahogar a tiempo el jadeo de deseo que había aguantado durante tanto tiempo que parecía una eternidad, de las manos de ella sobre las de él, que no hicieron intento de alejarlo, sino de atraerlo.
Antes de darse cuenta, estaban atrapados en esa espiral de sentimientos que no eran capaces de controlar por su fuerza, en el sabor del beso, de sus bocas, del veneno que era el aliento del uno para el otro…
y cuando la lengua de Yasnaia rozó la de Daniel el gemido gutural que retumbó en su pecho la hizo sentirse poderosa, como si de verdad tuviese algún efecto sobre él.
Las manos de Daniel bajaron por sus hombros, hasta sus caderas que apretó contra su cuerpo para que notara cuánto la había extrañado, quería que se diera cuenta de que había algo que no podía mentir y eso era las reacciones de su cuerpo, lo que ella provocaba en él, era único, era especial, era algo que solo ocurría cuando estaban juntos.
Y eso deseaba, volver a estar con ella, para siempre.
Ahora esa palabra no le parecía lejana ni lo asustaba, estaba preparado para cerrar su ciclo, para unirse de por vida a la mujer que amaba, ahora solo le quedaba convencerla de que lo que sentía por ella era verdad.
Las manos de Yas alejándolo fueron la conexión a la realidad.
De nuevo, había perdido la oportunidad y en los ojos de la mujer que tanto había echado de menos podía ver el dolor y el rechazo a partes iguales, quería convencerse de que, si ella todavía guardaba sentimientos por él, aunque fuese odio, había una oportunidad, no tenía claro si hubiese soportado saber que le era indiferente.
—No vuelvas a hacerlo, Daniel, ya te he dicho que no estoy sola.
—Mientes. No creo que haya nadie más —rugió sin aliento.
—¿Por qué? ¿Acaso tendría que haber aguardado tu regreso?
—No he querido decir eso, pero, aunque te empeñes en rechazarme, aunque pretendas herirme y alejarme con tus palabras, tu corazón late deprisa cuando estoy cerca, tus pupilas se agrandan cuando me pierdo en tus ojos…
—Como siempre, capitán, tan seguro de ti mismo.
Yas se dio la vuelta y se alejó de él y de la gran ventana, temblando.
El viento aullaba con fuerza, la misma que llevaban los latidos de su corazón.
No podía engañarse a sí misma y estaba claro que tampoco a él.
Todavía la afectaba de una forma abrumadora.
No podía ignorar ese aleteo molesto que resonaba en su estómago para recordarle que estaba en una habitación a solas con el único hombre que había amado.
El único al que había entregado su corazón, al que había abierto las puertas cerradas de su alma y se había desnudado no solo en cuerpo, sino de otra forma más profunda, mostrándole sus debilidades y sus sentimientos más ocultos, confesándole lo sola que se había sentido siempre y lo que necesitaba, aunque no le gustara reconocerlo, sentir que era amada por una vez en su vida y, ¿qué hizo él? Destrozarla sin que le importara.
—¿Sabes lo más gracioso, Daniel? —Sus palabras resonaron en una habitación en silencio que tan solo era roto cuando el viento golpeaba con fuerza contra las ventanas.
—¿Qué, Yasnaia?
—Que lo hubiera hecho —confesó girándose para quedar frente a frente, guardando la distancia suficiente para que su influjo no la distrajera.
—¿El qué?
—Si me lo hubieses pedido, lo habría hecho.
Te habría esperado. Te habría dado el tiempo y el espacio que hubieras necesitado.
Lo habría hecho, por ti. Nunca me había enamorado de nadie, fuiste el primero y te encargaste de ser el último, porque, aunque tenga otras relaciones, no voy a volver a dejar que nadie llegue tan a fondo.
Daniel escuchaba con la mirada perdida en algún punto de la calle.
Las manos las oprimía dentro de los bolsillos, era capaz de verlo a pesar de la tela gruesa del pantalón.
Su mandíbula, apretada, hacía que su hoyuelo se marcara y podía ver que trataba de asimilar lo que le confesaba, pero había llegado el momento.
Tenía que pasar página, fuera como fuese.
Tenía que cerrar ese episodio tan doloroso de su vida y seguir adelante, aunque tuviese que verlo de vez en cuando, porque si de verdad se quedaba allí, coincidirían en más de una ocasión y tenía que superarlo, porque por más que dijera que la había echado de menos…
—Yasnaia… —dijo al cabo de unos segundos de silencio abrumador—, no puedes hacerte una idea de lo difícil que fue para mí.
Decirte adiós ha sido lo más doloroso que he hecho nunca.
Me equivoqué, pensé que sin ti avanzaría, pero nada más lejos de la realidad.
No he dejado de pensar ni un minuto en aquella noche y me he recriminado mil veces el no haber salido tras de ti, haberte abrazado, llevado a casa y no haber dejado que te alejaras de mí, nunca.
—Me cuesta creerlo, capitán. Cuando traté de besarte…
—No quería, se había prometido no llorar, pero las lágrimas estaban ahí, traicioneras.
Recordaba la frialdad con la que rechazó su beso, como ella lo besó y él se quedó impasible, sin moverse, como si estuviese hecho de mármol igual que el dios maorí que parecía.
No pudo contenerlo más y sollozó en silencio, se dio la vuelta para que no la viera y caminó nerviosa hasta el final de la habitación, no podía seguir humillándose frente a él, parecía débil y no lo era. Había sobrevivido a aquella noche. Y sobreviviría a las siguientes.
Los pasos de Daniel la siguieron, lentamente, con suavidad. Como si arrastrara los pies. Podía escuchar el ruido de su jade, esa piedra que adoraba, esa misma con la que le habían confeccionado los pendientes que guardaba como su mayor tesoro.
Sus manos cayeron con suavidad sobre sus hombros y sintió su nariz apoyada en su cabello.
Aspiró su perfume, lo supo sin necesidad de verlo, y su cuerpo se inclinó hacia atrás, buscando de forma inconsciente su calor, su consuelo.
Era curioso cómo la mayoría de las veces, las personas que más dañaban eran las únicas que podían sanar.
Y ella necesitaba ese abrazo, esa caricia, ese contacto; lo necesitaba a él, aunque no le gustara.
—Lo siento, pakeha, lo siento tanto… —murmuró con la voz cargada de tristeza—. Cada noche lo he lamentado, cada noche me he disculpado en sueños, cada día he pensado en ti, pero, cuando tuve el accidente, lo tuve más claro, porque lo primero y lo último en lo que pensé en esos momentos fuiste tú.