Capítulo 24
Yasnaia tomó asiento en el sillón de rafia que miraba justo al frente. Las vistas de la ciudad eran hermosas. Siempre le había gustado vivir en España, aunque había estado dispuesta a sacrificarse por él y mudarse a Nueva Zelanda, sin dudarlo. Había estado tan enamorada… tan malditamente enamorada.
¿Lo seguía estando? No podía asegurar que fuese amor real, quizá era tan solo el recuerdo de lo que habían vivido juntos, porque, aunque al final destrozara su paz y su corazón, había estado genial.
Tanto que no había sido capaz de encontrar lo mismo en ningún otro.
Tal vez ahí residía su error, que había seguido buscando en otros lo que solo podía darle él.
—¿Ese compromiso tiene nombre? —Su voz la sacó de sus pensamientos. Cabeceó y dejó que las palabras se abrieran paso entre la enredada maraña de recuerdos hasta cobrar sentido.
—Sí, tiene nombre.
—Y…
—Y a ti no te importa. No vamos a volver a lo mismo. No te importa. Dejó de importarte todo lo referente a mi vida el día que me dejaste. No voy a repetirlo. Nos centramos en el trabajo o me voy. Mi tiempo vale mucho y no me apetece malgastarlo contigo y ya me has engañado dos veces.
—Está bien, veamos… Por dónde empiezo…
—Por el principio, siempre por el principio —le interrumpió.
—Voy a retirarme de la competición por un problema de salud.
Esas pocas palabras bastaron para revolver su estómago.
¿Qué le ocurría tan grave como para obligarlo a dejar de jugar y aceptar un puesto como segundo entrenador?
Miles de preguntas y posibilidades se barajaban por su mente a velocidad pasmosa, nunca creyó ser capaz de pensar así de rápido.
Tal vez se… ¿Tal vez le quedaba poco tiempo y por eso había vuelto?
El pensamiento nubló su mente y una molesta humedad se concentró tras sus ojos. Parpadeó para volver en sí y salir del bucle en el que se había metido ella sola. Tal vez no era algo grave… tendría que esperar a que él desvelara qué sucedía y dejarse de teorías.
—Lo siento… —dijo, sin embargo—. Voy a poner la grabadora a trabajar, no estaba encendida.
—Espera, Yasnaia, por favor. Primero quiero contártelo a ti.
Dejó escapar un suspiro y posó sus manos sobre sus rodillas.
Se secó la humedad en la tela áspera del pantalón deportivo que llevaba y a ella, de repente, todo le sobraba, así que se despojó de la chaqueta a pesar de que el tiempo no dejaba de empeorar.
Se avecinaba tormenta y no solo fuera, también en su interior.
—Está bien —susurró, expectante.
—Tengo una lesión grave en una de las rodillas y mi cabeza también está tocada. Tuve un encontronazo grave en un partido. Quedé bajo un montón de tíos que pesan más de cien kilos de mala postura. Estuve hospitalizado e inconsciente varios días.
—¿Has estado en coma? —soltó sin dar crédito a lo que escuchaba.
—Sí —dijo sin más.
En ese momento llamaron a la puerta, así que se levantó a abrir y la dejó allí, pensando en lo que acababa de escuchar. Al cabo de unos minutos regresó con una bandeja con zumos, café, leche y varios dulces que dejó sobre la mesa entre ellos, aunque, en ese momento, no podría probar bocado.
—¿Cómo es posible que no se supiera? —preguntó en voz baja, casi un susurro inaudible. No daba crédito. ¿Cómo algo tan grave no había trascendido?
—Mi entrenador impidió que la gravedad del accidente se hiciera pública. Para los demás, tan solo fue una lesión que no revestía gravedad, pero para la que se necesitaba reposo. Era mentira. No sabían cómo iba a despertar tras esos días.
—Y…
—Y desperté y… me quedaron algunas secuelas, aunque no demasiado graves —aclaró al verla llevarse la mano a la boca—. La peor parte se la llevó mi rodilla. Un golpe en falso… y no me aseguran que pueda volver a andar.
El silencio se apoderó de ellos como el aire de sus pulmones. No sabía qué decir. Tenía un nudo en la garganta que no dejaba de apretarle el alma y aunque no lo deseara, le apenaba no haber estado allí para él, con él…
—No te pongas triste, ya pasó.
—Lo siento, es que no sabía nada y me ha pillado por sorpresa —balbuceó luchando por contener las lágrimas que se agolpaban bajo sus ojos.
—Lo sé. Créeme, es mejor así.
—Así que por eso ahora te vas a dedicar a entrenar.
—Sí, a eso y a usar esta cara bonita para hacer anuncios publicitarios. Para eso he quedado… —trató de bromear. Aunque sus palabras sonaron tristes, estaba claro que no era por elección propia. Se retiraba forzado por una situación que no era del agrado de nadie.
—Bueno… tampoco la tienes tan bonita —escupió tratando de quitar hierro al asunto.
La carcajada que sacudió su amplio pecho la hizo sonreír y la atmósfera se relajó de nuevo.
Yasnaia dejó que la risa iluminara sus ojos y cambiara su expresión y pudo ver en el fondo de esos ojos azules, en los que tantas veces se había perdido, a aquel joven al que conoció por un golpe del destino.
—Después de la expulsión, estuve cuatro semanas sin poder jugar.
Cuando regresé notaba algo extraño, un hormigueo en la punta de los dedos que hacía mucho no tenía.
Me sentía, en parte, responsable por todo lo que había sucedido y de alguna forma me veía en la obligación de devolver a mi equipo parte de lo que perdieron por mi culpa.
Así que salí ahí afuera dispuesto a todo.
No solo a ganar, sino a destrozarlos con mi juego.
Lo conseguimos. Cincuenta y un minutos de partido y cincuenta y cuatro ensayos.
Íbamos muy por encima y los australianos no se lo tomaron bien.
»Recuerdo que me acerqué al capitán del otro equipo y le sonreí. Disfrutaba como nunca. Me encantaba verlos desmoralizados. Me encantaba ver que sufrían, aunque solo fuera una centésima parte de lo que sufría yo.
—¿Tú? —lo interrumpió.
—Sí, aunque no lo creas, lo pasé fatal con tu partida.
La verdad es que me arrepiento de haberte dejado marchar cada segundo desde aquella maldita noche —confesó dejándola sin palabras—.
El partido acabó —continuó como si no hubiese dicho lo que ella había querido escuchar desde hacía tanto tiempo—, y los australianos se fueron avergonzados, tristes y enfadados conmigo.
Me había recreado en su dolor y no era propio de mí.
Así que, unas semanas después, en el siguiente encuentro, fueron a por mí.
»Cuando caí lo escuché. El ruido que hizo la rodilla al romperse.
Fue como un latigazo, rápido, doloroso y caliente, como si una bala me hubiese atravesado.
Y me quedé tendido en el suelo, inmóvil, sabía que, si hacía algún otro movimiento en falso, podría empeorar la lesión.
Así que agarré como pude la pierna y esperé a que me sacaran de encima a todos esos tipos que no dejaban de lastimarme más y más con sus movimientos.
Me sacaron del campo como pudieron, la verdad es que no recuerdo mucho de aquello, estaba como ido, de nuevo mi mente se había refugiado en algún lugar oscuro que no supe que tenía hasta aquella noche en la que te vi sonreír a Buchanan.
—¿Qué? ¿De qué hablas? —preguntó, de pronto, sin entender a qué se refería.
—De la noche del partido en el que me expulsaron.
Te busqué con la mirada, te vi, esperaba que me devolvieras la sonrisa, sin embargo, se la regalabas a Buchanan.
Él se acercó a ti y te dijo algo y entonces le sonreíste de una forma especial.
Una que debería haberme pertenecido a mí.
Y fue en ese momento que algo se apoderó de mí y dejé de ser yo.
Yasnaia hizo memoria a una velocidad brutal para regresar a aquella noche y recordar ese momento al que él hacía referencia.
—No sé qué me pasó, pero no tenía control sobre mí mismo y metí la pata.
Estabas allí, así que sabes a qué me refiero, aquella entrada a Buchanan…
la visioné mil veces y no era capaz de reconocerme.
Me gané la expulsión del partido a pulso y también me merecía no poder jugar hasta que el comité dictaminara sentencia.
Me disculpé con él, a pesar de que no lo deseaba.
Seguía pensando que él tenía la culpa. De todo.
»Pasé días perdido en mis propios pensamientos, en tratar de ponerle un nombre a eso que sentía, pero no me atrevía a darle un nombre. Tan solo… te culpé, porque era lo más fácil. Igual que era lo más sencillo ignorar tus llamadas, tus mensajes.
Mi equipo, que estaba invicto, empezó a perder un partido tras otro desde que yo, el capitán que debía comandar a sus guerreros, caí preso de los celos. Porque, con el tiempo, entendí que ese sentimiento no podía ser otra cosa.
»Sentí celos de cómo mirabas a Buchanan, de la sonrisa que le dedicaste y comprendí lo peligrosa que eras para mí. Por eso no dije nada. Por eso te dejé marchar. Y, aunque no lo sepas, aunque no me creas, fue lo más doloroso y estúpido que he hecho nunca.
—¿Más que dejar de jugar? —murmuró sin creer lo que le decía.
Yasnaia tenía el corazón a mil, no podía dejar de pensar en sus palabras, incluso era capaz de entender su punto de vista, su razonamiento.
—Mucho más que eso.
Se había acercado y le susurraba de esa forma en la que él sabía. Esa manera que la hacía sentir que no era de carne y hueso, sino de gelatina.
—Nunca debió pasar nada de eso, si tan solo supieras… —susurró cabeceando. Todo había sido un simple malentendido.
—¿Qué? ¿Qué tenía que saber? —interrogó cada vez más cerca.
Se habían ido acercando y ahora hablaban muy cerca el uno de la otra, como única barrera la pequeña mesa con el desayuno.
Nada más parecía existir a su alrededor, ni la tormenta que empezaba a tronar con fuerza a lo lejos, partiendo el cielo con sus brillos.
—Esa sonrisa de la que hablas, esas palabras que crees que le dediqué a otro, no eran tales. Kenneth vino a decirme que se rendía. Que no iba a intentarlo más, que le había quedado claro que no podía ganarte ni dentro ni fuera del campo —confesó con tristeza en su voz.
—¿Qué? —dijo en un tono de voz más alto, confuso. Yas podía ver cómo muchas preguntas pasaban por sus ojos azules a toda prisa, oscureciéndolos hasta ser del mismo color que el cielo gris que los cobijaba en ese momento.
—Sí, de eso hablábamos. Pero, cuando fui a verte, a hablar contigo, solo encontré rechazo y, después, durante días me ignoraste.
No respondiste a mis llamadas ni pude ponerme en contacto contigo…
creí que iba a volverme loca. Y, la noche que me presenté en tu casa, iba dispuesta a confesarte que, si querías, aceptaría un trabajo fijo en nueva Zelanda, en el periódico local, no me importaba dejar de lado mi carrera, por ti, por nosotros.
Sin embargo, me encontré con un mazo de rechazo que me golpeó el corazón hasta no dejar de él nada.
Tus palabras convirtieron mi corazón en cenizas que las gotas de lluvia arrastraron hasta hacerlas desaparecer.