Juego Sucio (Tercer Tiempo 1) Capítulo 23
84%

Capítulo 23

Llamó a la puerta con desgana y algo de rabia.

La había mareado con el asunto de la entrevista hasta que se puso seria.

Justo antes de dejarla en la puerta de su casa, le prometió que sería la última vez que la obligaría a verlo.

Y eso la había molestado todo el día y toda la larga noche, porque no estaba segura de si de verdad le agradaba la idea de perderlo para siempre tanto como se repetía a sí misma.

¿Por qué había aparecido, después de tanto tiempo, de nuevo en su vida dispuesto, al parecer, a quedarse? ¿Por qué se empeñaba en hacérselo tan complicado? ¿Quería hablar? De acuerdo. Estaba dispuesta a escucharlo y después decidiría.

A los pocos segundos, la pesada puerta de madera oscura se abrió y un Daniel más relajado que el del día anterior apareció frente a ella.

Llevaba un simple pantalón de deporte gris de algodón que caía sobre sus firmes caderas y una camiseta blanca que se pegaba a ese cuerpo en el que no había espacio para nada de grasa.

Era pura fibra y músculo, y sensualidad y…

y era la tentación hecha persona. ¿Seguro que la manzana que mordió Eva no era en realidad Daniel Evans?

Debía controlarse, no podía permitirse volver a caer en lo mismo de siempre. Él la recibió con una sonrisa y se apartó de la puerta lo suficiente para que pudiera entrar en la habitación.

—Pasa, te esperaba.

—Claro que me esperabas, estoy aquí por un capricho tuyo.

—Vamos, Yasnaia —dijo con esa manera tan suya de marcar algunas palabras que no podía evitar que le recordara al terciopelo—, dame un respiro, te he prometido que sería la última vez que te molestaría.

Yasnaia levantó su mirada del color de la hierba hacia la de él, tan profunda como un inmenso océano. Era lo que más le había gustado de él, esa mirada que parecía prometerle seguridad y emociones al mismo tiempo. Transparente, tanto que se creyó sus mentiras.

—Lo siento. Es solo que no me siento cómoda.

—¿Conmigo?

La puerta se había cerrado con un suave clic que hizo que ambos se giraran para verla, era como si necesitaran esa distracción para desenganchar sus miradas.

—Con todo esto. No te quiero de vuelta.

—Hace mucho que no nos vemos, pensé que te gustaría. Yo te he echado de…

—Sí, Daniel, eso fue lo que pasó que me echaste.

Las palabras habían salido muy deprisa, como lanzadas con arco.

Habían cogido la velocidad de una flecha y se habían clavado en su corazón con la misma fuerza.

Daniel bajó la mirada, avergonzado. No podía rebatir algo que era cierto.

Podía ver en su mirada que todavía le dolía aquello, pero se asustó y…

solo pensó en él. Dejó escapar un suspiro tan pesado que llenó la amplia habitación del hotel de anhelo, de deseo, de arrepentimiento…

y de esperanza. La había sentido cerca, había notado su corazón acelerarse cuando la sostenía en brazos, había contemplado, embelesado, sus pupilas tragarse sus iris cuando le dijo que volvía por ella.

Pero tenía la guardia alta y no la iba a bajar con facilidad.

Seguía dolida. Estaba claro. No se molestaba en ocultarlo.

Era una de las cosas que más le habían gustado de ella, era un libro abierto para él.

No podía evitar demostrar todos sus sentimientos, eso no había cambiado a pesar del tiempo.

Habían pasado varios meses, toda una eternidad y, sin embargo, era como si para él, el tiempo se hubiese detenido en ese maldito momento que no podía dejar de recrear una y otra vez.

No podía evitar seguir sintiendo lo que sentía por ella.

Nunca había habido otra… algunos encuentros de una noche sin importancia, pero nadie que la igualara y ahora, estaba frente a él, tan hermosa como aquel día en el que la conoció.

Más aún, porque los rastros de la inocencia que tenía habían desaparecido por completo afinando su rostro y marcando más ese carácter arrollador que lo había enamorado.

—Bueno. —Su voz interrumpió sus pensamientos—. Empecemos. No tengo todo el día. Tengo otros compromisos…

Daniel iba a decir alguna tontería como: «rómpelos porque no te voy a dejar escapar esta vez», pero pensó que lo mejor era apretar los puños, poner esa sonrisa impostada que había memorizado para las fotos de prensa por más jodido que estuviera e indicarle el lugar en el que se haría la reunión.

—Haremos la entrevista en la terraza.

—¿En la terraza? No parece que vaya a ser un día muy apacible, huele a lluvia.

—Sí, mejor fuera. Si llueve podemos entrar dentro. Por cierto, pedí que subieran algo para desayunar, es temprano y seguro que solo has tomado ese potingue de algas verdes.

Yasnaia cerró los ojos y se tocó el puente de la nariz, ¿cómo era posible que le molestara tanto que la conociera tan bien?

—He acertado, ¿verdad?

—No se acierta cuando uno conoce la respuesta, Evans.

—Siempre me llamabas así cuando estabas molesta, me gusta. Me hace pensar que no me has borrado por completo de tu corazón.

—No, no lo he hecho. Te tengo siempre presente para recordarme lo cabrón que puede llegar a ser un hombre. Has sido un ejemplo. Un buen aprendizaje, desde ti, ningún otro ha vuelto a joderme.

—Uff eso me ha dolido —dijo llevándose la mano a la mejilla como si las palabras lo hubiesen abofeteado y se frotó esa zona con premeditada calma.

Sabía que le encantaba, siempre le había gustado hacer eso en su rostro, acariciar su mejilla cuando comenzaba a crecer el vello, dejar que los dedos resbalaran por ella, sentir esa mezcla de sensual delicadeza y aspereza.

Todo junto. Dolor y placer. Era tan fina la línea…

—. La verdad, Yas, es que no todas las veces que te jodí lo hice tan mal.

Yasnaia abrió los ojos como platos. Era increíble la poca vergüenza que podía mostrar ese engreído de las antípodas. Desde luego había heredado el salvajismo de sus ancestros…

—Sigues siendo un maldito salvaje de las antípodas.

—Lo llevo en la sangre, soy guerrero, salvaje… no me avergüenzo. De hecho, creo que por eso hago las cosas tan bien.

—¿Quieres que ponga eso en la entrevista? ¿Que lo haces todo bien? —No pudo reprimir el gesto y su ceja se alzó involuntariamente, provocándolo. Sabía que a él ese gesto le sabría a provocación y despertaría sus ganas de salirse con la suya.

—Yasnaia, si algo tenían mis ancestros, esos salvajes de las antípodas como tú los llamas, era que todo lo hacían mejor que los hombres de ahora.

—¿Estás seguro?

—Sí, porque eran guerreros que sabían que cada minuto podía ser el último, por eso se esmeraban en hacerlo todo como si fuera la última vez. El amor, la guerra… daba igual, lo daban todo y se quedaban sin nada dentro. Cada vez…

—Entonces, Evans, permíteme que rectifique, no te pareces a ellos.

Daniel sonrió y dejó ver ese maldito hoyuelo en su mejilla izquierda. Se llevó la mano derecha al hombro izquierdo y lo frotó. Al hacerlo la manga de la camiseta se levantó y dejó a la vista, en su hombro, un pequeño tatuaje que no pasó inadvertido para ella.

Tenía el corazón a mil y el sudor volvía a hacer acto de presencia.

Era el tatuaje que se hicieron aquella lejana noche, por ella, ese koru, esa espiral basada en la hoja del helecho de plata, símbolo de los All Blacks y que simbolizaba una nueva vida, crecimiento, fuerza y paz.

Todavía lo llevaba, a pesar de las veces que se había planteado eliminarlo.

Pero era algo que ambos tenían, él en su hombro, ella en la nuca.

Parecía que de nuevo estaba sintiendo la aguja en su piel, tallándolo con tinta bajo la piel.

Los dos, de la mano. Haciendo algo que creían que iba a ser para siempre, hasta que él pisó esas ilusiones y las destruyó tan rápido como habían nacido.

Sin ser consciente, dio un paso atrás. Necesitaba alejarse de ese hombre, no lo había superado, a pesar de los años, estaba fresco en su memoria y, todavía, sus caricias ardían bajo la piel.

—¿No me parezco a ellos? Creo que sí.

Yasnaia lo conocía lo suficiente como para saber que tenía que huir. Lejos. A la de ya. Podía ver en su mirada ese azul grisáceo que anunciaba tormenta. Y ella podía sentir la electricidad que despedía recorrer todo su cuerpo. ¿Por qué había tenido que regresar y complicarle de nuevo la vida?

Le temblaban las piernas, pero no por ello cejaba en su empeño de poner espacio entre ellos, aunque estuviese desapareciendo todo a su alrededor, absorbido por el gran agujero negro que creaba a su lado.

Igual que siempre. Era capaz de lograr que todo a su alrededor desapareciera; excepto ellos dos.

Lo odiaba. Lo odiaba por todo lo que era capaz de hacer con ella con solo mirarla.

No necesitaba nada más y podía augurar sin temor a equivocarse que su cuerpo reaccionaría a sus caricias como antaño, haciéndola arder con cada roce.

De forma inconsciente se mordió el labio inferior y dio otro paso hacia atrás. ¿Lo temía? Sí, no podía negar lo evidente.

—¿Huyes? ¿Por qué? ¿Te da miedo que las cenizas vuelvan a arder? —El susurro pareció una amenaza que la hizo dudar.

—No huyo, Daniel —musitó a su vez—. No te des tanta importancia.

—Si eso es cierto —dijo en voz baja acercándose a ella con ese paso decidido y seguro que había perfeccionado con el tiempo—, ¿cómo es que estás cada vez más lejos de mí?

Yasnaia cabeceó y sonrió. No podía dejarle ganar de nuevo, estaba acostumbrado a eso, a ganar cada partido, aunque tuviese que hacer juego sucio.

Era un depredador. Le gustaba ronronear cerca de su presa, hasta que le daba esa dentellada mortal que la inmovilizaba sin dejarle ninguna posibilidad para escapar.

Era especialista en dejar que el veneno se instalara con lentitud en el cuerpo de su víctima y la envenenaba de él. Haciendo que la necesidad de estar a su lado se volviera casi enfermiza. ¿Por qué tenía que ser tan… tan… él? ¿Tan malditamente perfecto para ella?

Se detuvo cuando su espalda topó con algo duro y frío.

Él sonrió de esa forma canalla que le hacía ser una muñeca sin voluntad y sintió cómo todo su cuerpo se quedaba sin fuerzas.

Era un diablo. Eso era. Uno creado en el infierno especialmente para ella.

No podía evitar sentirse así, aunque lo intentara.

—Te conozco lo suficiente para saber que me has extrañado. Estoy seguro de que no me has olvidado del todo.

Sus dedos acariciaron el cabello largo y oscuro de la mujer que cerró los ojos al notar el embriagador aliento cálido de ese hombre que la volvía loca, tan cerca de ella.

Era su debilidad, siempre lo había sido.

Desde aquel maldito día en el que lo había conocido y todo en su vida había cambiado.

No pudo separarse de él. Ni siquiera pudo odiarlo cuando la dejó sola, triste y desamparada bajo la lluvia con el corazón desolado y las lágrimas calientes mezclándose con la lluvia sobre su ropa. Tenía que haberlo odiado. Pero no pudo.

Su dedo acarició su mejilla y el jadeo que escapó de su boca entreabierta fue tan jodidamente sensual que la molestó. No quería que él supiera cómo la hacía sentir, pero al parecer a su cuerpo eso le importaba bien poco.

—No sabes cuánto te he echado de menos. No he dejado de pensar en ti ni un solo día. Pero, ahora, he vuelto. Déjame entrar.

—No, aléjate de mí. Ya no soy aquella idiota sin cerebro. He venido a hacer mi trabajo, lo haré y me iré, Daniel. Déjate de juego sucio conmigo, conozco cada uno de tus trucos.

— Pakeha…

—Te he pedido que no me llames así. Ya no soy aquella…

—Yo creo que sigues siendo la misma.

—No, Daniel, aquella a la que llamabas pakeha murió aquella noche bajo la lluvia. En ese triste y frío lugar en el que la abandonaste para perseguir tus sueños, unos donde no había espacio para ella. Si quieres recuperarla, tendrás que volver allí, porque aquí no la vas a encontrar.

Las palabras fueron claras, duras y frías y, por primera vez, Daniel pareció darse cuenta de que no era igual. De que ella no era igual. ¿Pero cómo serlo después de tanto tiempo? ¿De verdad había albergado la esperanza de que todo se hubiese quedado justo donde lo dejaron?

Por un momento, pensó que iba a disculparse. Su mandíbula se había tensado, sus puños se habían cerrado y había cerrado los ojos, tal vez para trasladarse a aquel preciso momento.

—Está bien, Yas… ¿O tampoco puedo llamarte así? Vamos a por esa maldita entrevista.

Yasnaia cerró los ojos y suspiró. ¿Cómo iba el gran Daniel Evans a dar su brazo a torcer y a pedir disculpas?

Aunque claro, ¿por qué iba a disculparse?

Con toda seguridad, en su mente, no había hecho nada por lo que pedir perdón.

Si tenía alguna esperanza de que hubiese cambiado, acababa de tirarla por la borda.

Tocada y hundida. Todo en un intervalo de tiempo tan corto que parecía imposible.

—Sí, terminemos cuanto antes. Tengo más compromisos hoy —respondió con la misma frialdad que él.

Yasnaia siguió su paso suave; él estaba descalzo y ella lo acompañaba con el sonido de sus tacones.

Al llegar a la terraza, abrió la puerta de cristal y se apartó para darle paso.

Ella entró mostrando una frialdad y una seguridad que estaba muy lejos de sentir y, al hacerlo, creyó que él había rozado su mano, pero se negó a mirarlo.

Sabía que, si lo hacía, iba a terminar perdida en su mirada y el pequeño muro que había conseguido levantar a su alrededor iba a desmoronarse como los castillos de arena barridos por una ola en el mar.