Capítulo 22
Yasnaia abandonó el despacho de su jefe molesta. Y no porque fuera lunes.
No podía creerlo. ¡No podía creerlo! ¿Tenía que entrevistarlo?
¿En serio? No le apetecía en absoluto, era lo único que tenía claro, pero la habían obligado.
Después del éxito del programa por todo lo que se había formado y los intercambios de palabras más propios de amantes que de desconocidos, la cadena la había forzado a realizarle una entrevista en la que hablaría con detalle de todo su futuro profesional, de cómo había llegado a aceptar la oferta de convertirse en el segundo entrenador del equipo de la selección de un país que estaba justo al otro lado del mundo.
Yasnaia había tenido claro que el encontronazo en el programa iba a traer cola y que los comentarios, sobre si había algo entre los dos o no, habían ido en aumento después de la gala, al menos su jefe la había felicitado por ello, y también estaba segura de que la gente iba a preguntarse desde cuándo estaban relacionados y el tema del posible triángulo amoroso…
había hecho saltar las alarmas, tanto que el vídeo en el que una joven y desconocida periodista española había puesto en su sitio al guapo capitán de los All Blacks se había vuelto a hacer viral, además, habían encontrado algunas fotos de ellos muy acaramelados, lo que había alimentado esos rumores que iban tomando forma de verdad.
Así que el hecho de que unos meses antes hubieran tenido una relación copaba las portadas de todas las revistas del corazón, ya fueran online o impresas.
Cogió el teléfono y marcó su número con desgana.
Tenía que hacerlo, ¿verdad? Pues cuanto antes, mejor; esto iba a ser como depilarse, como pegar un rápido tirón de la cera caliente sobre la piel.
El teléfono dio varios tonos antes de que la voz de Daniel contestara al otro lado. Durante el tiempo que tardó en coger el teléfono, no pudo evitar sentirse inquieta. Ni tampoco pudo evitar sentir algo parecido al aleteo de mariposas en su estómago… aunque esperaba que no fuera más que hambre.
—¿Sí? —contestó al otro lado con voz ronca.
—Soy yo —escupió sin más. Estaba molesta porque la habían obligado a hacer ese trabajo a ella cuando había un montón de periodistas que hubiesen dado una mano por obtener una exclusiva así.
—Te veo en el restaurante del campo de entrenamiento en treinta minutos, ¿es suficiente?
—Sí, es suficiente.
Y colgó, estaba molesta consigo misma, la verdad.
Estaba enfadada con su poco autocontrol, con la debilidad que siempre mostraba ante él, pero cada vez tenía más claro que si Daniel se empeñaba iba a derrumbar las barreras y, si ella no ponía distancia, iba a conseguirlo.
Y eso la molestaba porque le había roto el corazón.
—Tomó un taxi y le indicó que la llevara al lugar acordado. Al llegar y entrar, el recuerdo de aquel entrenamiento que presenció en directo en el Eden Park la pilló desprevenida, dejándola sin aliento. Estaba emocionada, aquellos días, a pesar del final que tuvieron, fueron los mejores de su vida.
Caminó despacio hasta el restaurante y entró buscando una mesa en la que esperarlo, cuando se dio cuenta de que ya estaba allí.
Miraba por la gran cristalera hacia fuera, perdido en el verde brillante del campo de juego.
Tal vez echaba de menos estar en él peleando por hacerse con el triunfo.
Tal vez… de verdad tuviera una explicación decente y así ella podría perdonarlo…
Se dio la vuelta como si hubiese escuchado sus pensamientos y la miró con esa sonrisa que mostraba su hoyuelo izquierdo y que la hacía temblar siempre, de arriba abajo. Sin que ninguna parte de su cuerpo quedara libre del influjo de ese gesto.
—Llegas pronto —murmuró acercándose a ella.
—Sí, pero mejor así, ¿no? Cuanto antes empecemos, antes acabaremos.
Su frase cortante lo detuvo en seco, como si esas palabras hubiesen abierto un abismo entre ambos.
—Así que volvemos un paso atrás —masculló molesto mientras se dirigía a una de las muchas mesas vacías.
Yas lo siguió sin decir nada más, en algunas ocasiones echaba de menos esos ratos distendidos que habían pasado, charlando como buenos amigos, divirtiéndose sin más… ahora era imposible estar relajada a su lado, la mantenía en un estado de tensión permanente.
Al llegar a la mesa, retiró la silla para que se sentara y Yasnaia aceptó sin protestar por el gesto, la atmósfera se había enrarecido mucho de repente. Un camarero apareció para darles las cartas y les ofreció una copa de vino que ambos aceptaron.
Yasnaia tenía claro que no iba a beber mucho, aún tenía un poco de dolor de cabeza por la resaca de la fiesta de la gala y no quería intensificarla.
—He pedido que nos preparen una paella, espero que no te importe, pero es que no la he probado nunca y tenía ganas de hacerlo, contigo.
—Está bien, tampoco es que haya venido a disfrutar de la comida —dijo cortante sacando la grabadora del bolsillo.
—Vamos, Yas… dame tregua.
—No estamos en guerra, Daniel.
—Entonces, ¿por qué me lo parece?
—Tal vez ese sea el problema, que te parece que nada ha cambiado, que te parece que me conoces, que te parece que puedes llegar aquí y que todo sea como antes, que te parece …
—Sé que metí la pata, también sé que te hice daño, pero es que no dejas que te explique…
—Estoy aquí para hacerte una entrevista, tú has pedido que sea yo la encargada de hacer el reportaje, me han obligado, no creas que he aceptado encantada esta reunión, así que, por favor, empecemos. —Y sin más, pulsó el botón de grabación del aparato.
—Aroha te manda saludos y muchos besos, mi madre y mi hermana… en realidad toda la familia me ha pedido que te haga llegar sus saludos.
Yasnaia al escucharlo tomó un sorbo de vino para deshacer el nudo que los sentimientos acababan de provocarle. Quería preguntarle por Aroha, la encantadora niña que tanto se parecía a él y también verla en alguna fotografía, había pasado mucho tiempo y seguro que estaba muy cambiada.
—Mira, está preciosa, ¿verdad? —inquirió a la vez que le mostraba a la niña, en el móvil.
Y, ¿cómo se iba a resistir a mirar? Y al verla, ¿cómo iba a evitar esa sonrisa que afloró a sus labios? En la fotografía la niña sonreía feliz a su tío, con menos huecos en su boca que cuando la conoció. Estaba preciosa, él estaba guapísimo y eso la fastidió un poco más.
—Sí que lo está. Siempre lo ha sido.
—Te ha echado de menos… en realidad todos.
—No es como si hubiera tenido otra opción —masculló molesta.
El camarero llegó con la comida y sirvió a ambos, apenas hablaron después. Otra vez había vuelto la tensión a hacer su aparición estelar entre ellos.
—Y, aparte del programa, ¿qué ha sido de tu vida?
—Poco más, la verdad es que ocupa la mayor parte de mi tiempo.
—Ya veo…
—¿Cuándo vamos a hablar de ti?
—¿Hasta cuándo me lo vas a poner tan difícil? Puedo entender que no me des una oportunidad como hombre, ¿pero ni siquiera podemos pasar un rato tranquilos, como amigos?
Yasnaia se quedó pensativa, ¿podía? ¿Era capaz de verlo solo como a un amigo? No, eso era lo único que tenía claro.
—No, Daniel, entre tú y yo no hay término medio. No podemos ser amigos, lo siento.
—Pero sí puedes ser amiga del león.
—Son cosas diferentes. Con él no me siento como contigo, nunca…
Yasnaia se dio cuenta de que había hablado de más cuando vio la sonrisa de Daniel y se calló de golpe. Otra vez se había descubierto.
—Vale, vale, poco a poco. Lo he captado. No podemos ser amigos, ¿qué hay de hacer una apuesta?
—¿Crees que voy a volver a caer? Lo siento, pero no. Como veo que no va a haber entrevista hoy, me marcho. Tengo otros compromisos.
—¿Qué tienes que hacer? ¿Te acompaño?
Yasnaia se levantó de la mesa sin quitarle ojo. Apenas había comido nada, pero es que no era capaz de meter nada en su estómago, entre otras cosas porque nada le pasaba por la garganta.
—¿Me acompañarías?
—Tengo la tarde libre.
—No, gracias.
—Mañana te recogeré para la cena. Hablaremos entonces.
—Debes estar bromeando.
—No he hablado más en serio en toda mi vida.
Yasnaia se marchó molesta, no había conseguido nada de la entrevista y tendría que verlo otra vez, cenando. Y lo peor era que su jefe no iba a ceder, iba a tener que aguantarlo hasta que le diera la exclusiva.
Caminó hasta fuera del estadio, y una vez lejos de él, gritó de nuevo al cielo.
La sacaba de quicio, no podía evitarlo. Se marchó a casa y se sumergió en su ordenador buscando algo con lo que entretenerse, cuando se dio cuenta de que estaba visionando aquellas fotos que se juró no volver a mirar jamás.
Se despertó pronto, el sol entraba por la ventana a raudales. Se había olvidado de bajarla, en algún momento de la noche, el sueño ganó la partida y se había quedado dormida con la ropa puesta y el ordenador abierto sobre la cama. Lo puso a cargar y se levantó para darse una ducha.
Se marcharía a la redacción y trabajaría un rato. Siempre le gustaba involucrarse todo lo que podía en el programa y escribir algunas posibles preguntas comprometidas en el caso de tener la oportunidad de usarlas.
Mientras tomaba su café, llamaron a la puerta y al abrirla se encontró con un repartidor que tenía en sus manos una urna de cristal con una rosa de todos los colores del arco iris dentro.
La miró con sorpresa y luego miró al joven que solo sonrió y le dio la tableta para que firmara.
—¿Es para mí?
—¿Es usted Yasnaia Lira?
Ella asintió con la cabeza y el joven sonrió y le dio el lápiz electrónico para que estampara su firma.
—No debería parecer tan sorprendida, debe tener muchos admiradores —dijo sonriendo justo cuando se iba.
Yasnaia entró y cerró la puerta sin quitarle la vista de encima a la urna. Era como la rosa de La Bella y la Bestia , ¿significaría que debía encontrar el amor antes de que cayera el último pétalo?
Aunque se imaginaba quién se la enviaba, tomó la nota y la abrió: «Para que lo nuestro se convierta en eterno, deberás perdonarme antes de que caiga el último pétalo… ¿Lo harás? Apuesto a que sí».
—¿Se puede tener más cara y menos vergüenza? —masculló, aunque debía reconocer que estaba encantada.
Bajó al cabo de un rato y lo encontró en la puerta, apoyado en un deportivo que no le era familiar.
—Buenos días, Yasnaia.
—¿Qué quieres? Estoy ocupada, tengo que ir a trabajar.
—¿Te ha gustado la rosa?
—No, y la nota menos.
—Sube —dijo divertido.
—Te he dicho que tengo que ir a trabajar.
—Sí, tienes que venir conmigo, se ha adelantado la entrevista. No te preocupes, tu jefe está al tanto.
Y abrió la puerta para que pasara. Ella lo hizo a regañadientes, pero si tenía algo claro de Daniel Evans era que nunca mentía y si le había dicho que su jefe lo sabía, era verdad.
Daniel condujo hasta fuera de la ciudad durante un largo tiempo en el que apenas hablaron, no sabía tampoco qué podía decir, la situación seguía siendo incómoda, al menos para ella.
Aparcó cerca de una casa impresionante. Se bajó y caminó por el terreno cubierto de césped hasta que este dio paso a un suelo de madera que rodeaba una piscina espectacular. Igual que las vistas.
La casa era de piedra blanca y cristal, abierta para poder disfrutar de las vistas. Era preciosa, era un sitio perfecto. Era un sitio como Daniel. ¿Era de él? ¿Por eso la había llevado? ¿Para enseñársela?
—Es mía, la he comprado. No puedo estar siempre en un hotel. La vi y me recordó a ti, por eso me he hecho con ella sin dudarlo.
—¿Esta casa te ha recordado a mí? —preguntó sorprendida.
—Sí, es confortable, sincera, sin dobleces ni paredes gruesas tras las que ocultar secretos, transparente y está rodeada de verdes de todos los tonos que me recuerdan a tus ojos.
Yasnaia tragó saliva y supo que, si no quería volver a entregarse a él, debía huir. Tenía que hacer esa entrevista y alejarse de Daniel Evans, aunque no estaba segura de que hubiese un lugar en la Tierra que pudiera ponerla a salvo de su influjo.
—Daniel, se acabaron los juegos. Mañana iré a tu hotel temprano, haremos la entrevista y todo se acabará. Esta situación no es sostenible, no puedo más. No me quedan fuerzas —confesó, desesperada.
—Pues ríndete, Yasnaia, porque mis fuerzas están intactas —aseveró.
—Por favor, llévame a casa —susurró conteniendo todo lo que bullía dentro de ella.
Conocía a Daniel lo suficiente para saber que, si había comprado un hogar, no una casa, un hogar porque eso era ese lugar, significaba que iba en serio.
Y se asustó. No de él, sino de sus propios sentimientos, de esas ganas que todavía vivían en ella, de ese fuego que ansiaba volver a arder con la fuerza de un volcán en erupción.
Tenía miedo de esa voz, que no podía acallar, que le gritaba que él era el único para ella, que lo había sido y que siempre lo sería. Aunque no estuviese dispuesta a reconocerlo, aunque quisiera rebelarse contra su destino.