Capítulo 21
Una vez cerrada la gala, todos los asistentes se dirigieron al lugar acondicionado para la fiesta.
En ella habría algo para comer, bebidas y música.
No estaban permitidos los móviles ni ningún dispositivo como cámaras.
Querían que los asistentes no se preocuparan de la imagen que debían de mostrar frente a los demás.
Esa noche, podían dejar de representar el papel que, en mayor o menor medida, todos interpretaban y ser tan solo ellos mismos.
Si Yasnaia había pensado que iba a llegar sola a la fiesta, estaba equivocada, llegó flanqueada por los dos hombres más formados de todos los que asistían, ninguno podía compararse a ellos ni en estatura ni en fuerza…
tampoco en atractivo. Los paparazzi al verlos llegar juntos, enloquecieron y los bombardearon a preguntas sin dejar de disparar en su dirección.
—Señorita Lira, aquí, ¡aquí!
Yasnaia se giró en dirección a los gritos y se acercó al periodista. No podía ignorarlo, ella era uno de ellos.
—Veo que no ha cambiado su vestido como algunas otras invitadas.
—Bueno, la verdad es que me encanta y quería llevarlo un poco más —soltó con naturalidad sonriendo.
—¿Puede darnos el nombre del diseñador? —Escuchó que preguntaban de fondo.
—Todo es obra de un nuevo diseñador que llega pisando fuerte: K.
—¿Puede aclarar la relación que tiene con el capitán de los Lions y el antiguo capitán de los All Blacks?
—Claro, no es ningún secreto. Somos amigos. Nos conocimos en mi viaje a Nueva Zelanda.
—¿Entonces los rumores de que los dos capitanes han llevado su rivalidad más allá del campo de juego por una mujer, no se refieren a usted?
La pregunta la pilló desprevenida y, por unos instantes, se quedó en blanco.
—Déjeme contestar a eso yo —intervino Daniel—, no habría lugar para rivalidad fuera del campo de juego, porque está claro quién ganaría —dijo con una sonrisa pasando su brazo por la cintura de la mujer que no daba crédito a lo que acababa de escuchar.
—Desde luego que no habría lugar para la rivalidad —continuó ella sin perder la sonrisa—, los dos son buenos amigos, así que ninguno podría ganar.
Y, sin más, se dio la vuelta y entró a la fiesta dejando a los dos deportistas contestando preguntas sobre sus respectivos futuros profesionales.
Una vez dentro, se fue directa para el baño, no podía creer la desfachatez de Daniel; bueno, sí, sí podía.
Siempre había sido así de arrogante. Cuando hubo logrado tranquilizar sus nervios, salió y se dirigió a tomar algo.
No sabía qué, pero necesitaba algo con alcohol para soportar la larga noche.
Así que pidió un Cosmopolitan y se fue a buscar la mesa que tenía asignada.
Al llegar no le sorprendió para nada quiénes eran sus compañeros para la cena.
Además de los dos hombres de su vida, estaban los dos compañeros nominados a la misma categoría que ella como presentadores revelación con sus respectivas parejas.
Era un poco incómodo. Se dio cuenta cuando los dos se levantaron para retirar la silla para ella y las mujeres de la mesa la miraron sin tener claro qué pensar.
—Gracias a los dos —masculló con la mejor sonrisa que pudo poner.
La cena, por suerte, pasó distendida. Hablaron de todo un poco, aunque la mayor parte de la atención se la llevaron los dos hombres que la rodeaban como si fueran dos gorilas contratados para tal fin, algo que distaba mucho de la realidad.
Sin darse cuenta, bebió más de la cuenta, pero era fácil beber una copa de vino tras otra ya que mientras bebía no tenía que participar de la conversación.
Con los postres llegó la hora del baile y Kenneth la invitó a bailar, tomando la delantera a Daniel que apretó los dientes y simuló que no le importaba.
La pista de baile estaba justo en el centro del lugar, a su alrededor las mesas con los compañeros y organizadores de los premios, supo que nadie les había quitado la vista de encima desde que se habían levantado hasta que habían llegado al centro a bailar.
Era consciente de que la relación entre ellos tres traía de cabeza a más de uno y que las conjeturas no eran pocas, igual que los rumores que se extendían como la pólvora.
Pero ella tenía claro que Kenneth no era más que un buen amigo, y pensaba que él también lo sabía.
—Yas, ¿estás bien con Daniel aquí?
—Claro, ¿por qué no iba a estarlo? Lo que hubo entre nosotros, bien lo sabes, terminó hace mucho.
La música suave sonaba de fondo, apenas se movían, tan solo eran mecidos por las notas musicales, como si fueran algas en el mar.
Podía verlo, era lo único que veía con claridad; a él.
Estaba sentado sin quitarles la mirada de encima mientras bebía de una copa lo que supuso que era algún vino tinto.
Apenas bebía, ella lo sabía bien, siempre cuidaba mucho su alimentación y apenas se permitía una copa de vino de vez en cuando.
—¿Todavía lo miras así, Yasnaia? Después de lo que te hizo, ¿todavía lo miras así?
—¿Cómo lo miro, Kenneth? —interrogó molesta, pero no con él sino con ella, porque era consciente de cómo lo miraba.
—De esa manera en que cualquier hombre querría que lo mirara la mujer de la que está enamorado.
Yasnaia lo miró a los ojos y lo vio. No había desaparecido del todo el sentimiento por ella, ese que iba un paso más allá de la barrera de la amistad y que mantenía a raya.
Dejó escapar un suspiro porque no le gustaba ver ese anhelo en él.
Como si hubiese alguna esperanza para ellos.
Eran amigos, solo eso. ¡Maldita fuera! Le hubiera gustado, en algunos momentos, haberse enamorado de él.
Sabía que su relación hubiese sido más tranquila, más estable, menos dolorosa…
pero no era capaz de hacerle entender a su corazón que Daniel Evans no era el indicado.
—Supongo que no puedo evitarlo…
—Creí que lo habías superado.
—Yo también —soltó sin pensarlo. Con sinceridad.
—A veces no entiendo a las mujeres, ¿por qué no sois capaces de ver lo que es mejor para vosotras?
Yasnaia volvió a mirarlo a los ojos, esta vez interrumpiendo el leve balanceo, seguía entre sus brazos, pero no se movía, tan solo lo miraba con fijeza y pudo ver todo lo que pasaba por su cabeza a través de su cristalina mirada.
Por un instante abrazó la idea de intentarlo, pero luego se dio cuenta de que, a pesar de estar entre sus brazos, no sentía nada más que cariño por un amigo, al contrario que le sucedía cada vez que tenía a Daniel cerca que era capaz de poner todo su organismo en estado de alerta inminente.
—Kenneth, te voy a pedir que elijas. ¿Te vas a comportar como un amigo o como un hombre?
—¿Qué sucedería si eligiera comportarme como un hombre, Yasnaia?
Pensó la respuesta, no era sencillo, porque de verdad apreciaba a Kenneth… como amigo, no como algo más.
—Que perdería a un buen amigo —susurró.
—A pesar de todo, lo sigues eligiendo a él.
—Nunca he tenido que hacer una elección, siempre ha sido él. Incluso si no es él, sigue siendo la primera opción.
Kenneth asintió, herido, pero solo duró un instante. Nunca se habían engañado y él sabía, desde siempre, que su corazón pertenecía al capitán de los All Blacks. Terminaron el baile y Kenneth se despidió, dejándola sola en mitad de la pista, para dedicarle su atención a una admiradora.
Cerró los ojos, se sentía un poco mareada, tal vez porque todo lo que había bebido estaba subiéndosele a la cabeza. Además, estaba molesta. ¿Por qué tenía que pasarle todo a ella? ¡Maldita fuera su suerte!
De pronto, otra canción empezó a sonar y otros brazos ocuparon el lugar de Kenneth, y sin mirar supo quién era porque su cuerpo siempre reaccionaba a él. A su cercanía. A su contacto. A sus roces… A él. Y contra eso, ¿cómo iba a luchar?
—¿Me concedes este baile, Yas ?
Asintió sin decir nada, estaba agotada. Todos sus días habían sido agotadores desde que regresó a su vida y no podía más.
Se relajó y se apoyó en su pecho para dejarse mecer por la música que había cambiado.
Claro, no podían haber puesto una más adecuada.
Lady Gaga sonaba de fondo con una de las canciones que más le gustaban y que le recordaban a esa parte de su vida que había pasado con Daniel: I always remember us this way .
Así que disfrutó, relajada entre sus brazos, de la canción sin protestar, sin luchar contra sí misma, algo que resultaba agotador.
El baile acabó y en silencio se alejaron de la pista. Se empezó a sentir incómoda porque todos los miraban y podían adivinar los cuchicheos; desde luego el trío había sido la comidilla de todo el evento.
—¿Te apetece dar un paseo? —preguntó en voz baja para que nadie más los escuchara.
—Sí, por favor, necesito salir de aquí.
Daniel asintió y la tomó por el brazo para salir a pasear.
La zona exterior del lugar, un restaurante de lujo cercano al teatro en el que se había celebrado la gala, era preciosa.
La piscina en el centro del lugar le daba un toque romántico a esas horas de la noche y reflejaba en el agua los brillos del cielo, los desdibujaba hasta que se confundían con el agua, haciéndolos uno solo.
—¿Sabes que te odio, verdad, Daniel? —se quejó en un susurro apagado.
—No has dejado de repetirlo una y otra vez desde que he regresado. No es el recibimiento que esperaba.
Eso la hizo reír a carcajadas, casi histéricas. Estaba demasiado bebida para contenerse o disimular. Además, estaba harta de siempre estar comedida.
—¿Qué esperabas? ¿Qué te recibiera con los brazos abiertos y con pancartas de bienvenida llenas de corazones de purpurina? ¿Se te ha olvidado que fuiste tú el que me dejaste? Porque a mí no, Daniel… A mí, no.
—Lo sé, Yasnaia, pero no me das la oportunidad de explicarme.
—¿Qué hay que explicar? Me dejaste claro que no era importante en tu vida, que no había sido nada más que una apuesta que ganar. Y yo…
Se interrumpió y se echó a reír sin parar. Parecía fuera de sí caminando por el borde de la piscina y riendo sin parar.
—Creo que debemos tener esta conversación en otro momento, Yasnaia, en uno en el que estés lúcida y no tan bebida —espetó, serio.
—¿Yo? ¿Insinúas que estoy borracha? ¿Quieres que te demuestre que no lo estoy? —presumió entre risas mientras caminaba por el borde de la piscina… hasta que cayó dentro.
Daniel se cruzó de brazos esperando que el remojón la hiciera volver en sí y se le pasara un poco el efecto de la bebida, pero tras unos segundos se preocupó porque no hacía el intento de salir, solo estaba en el agua, flotando boca abajo y eso lo asustó como mil demonios, tanto que sin esperar a nadie se lanzó al agua con la ropa puesta a por ella.
Una vez a su lado, le dio la vuelta y la sacudió para cerciorarse de si estaba bien o no. Y Yas… se echó a reír al abrir los ojos y ver su expresión.
—Vaya, Evans, pareces asustado —se burló.
—Claro que lo estoy, pakeha. Pensé que estabas herida… —Y sin más la colocó sobre su pecho y la abrazó. Yasnaia no pudo evitarlo y sus brazos se enredaron alrededor de su cuello y sus piernas a su cintura. Era una postura familiar para ellos y su cuerpo no la había olvidado.
Daniel empezó a caminar con ella en esa posición con paso lento hasta llegar al borde de la piscina. Caminaba despacio, sin soltarla. La apretaba contra su pecho que seguía alterado por el miedo que había pasado, o tal vez por lo que esa mujer le hacía sentir. Tantas cosas como con ninguna otra.
Al llegar al bordillo la sentó sobre él, pero ella no lo soltó. Sus brazos y sus piernas seguían rodeándolo y los brazos de Daniel seguían alrededor de su cintura.
—Yasnaia, sé que esta noche no es el momento, porque quiero hablar contigo cuando estés sobria.
Quiero que escuches lo que tengo que decirte con la mente despejada.
Y sé que no me lo vas a poner fácil, pero voy a contártelo todo y hacer que vuelvas a mí.
Porque, si tengo clara una cosa, es que no voy a ser para ti tan solo un recuerdo.
Y sucedió. La boca de Daniel, exigente, se hizo con la de ella que dejó escapar un profundo jadeo que resonó dentro de su pecho y vibró en su garganta antes de acariciar sus labios para perderse en la boca de Daniel.
Siempre había sido así entre ellos, tan salvaje, tan repentino, tan incontrolable… como lo era la vida misma.
Después del beso, Daniel salió del agua, empapado. La ayudó a levantarse y la llevó a su casa. Los dos tiritaban dentro del coche, estaban mojados y fríos por fuera y húmedos y calientes por dentro.
Cuando la hubo dejado en casa con la ropa cambiada y en la cama, se marchó a la suya. Durante el viaje no dejó de pensar en la manera de poder pasar con ella algo de tiempo para que se diera cuenta de que había cambiado, de que sabía lo que quería y que eso que quería era ella.