Juego Sucio (Tercer Tiempo 1) Capítulo 2
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Capítulo 2

Antes de darse cuenta, entraban sin poder quitarse las manos de encima a la habitación de Kenneth.

Sus besos eran adictivos, después de ese primer beso en la taberna no había dejado de pensar en cómo serían los siguientes ni tampoco había podido dejar de imaginar cómo sería tenerlo entre sus piernas. Y estaba a punto de saberlo.

Solo le quedaba una semana allí, y no le parecía una mala despedida pasarla con él. Al menos esa noche. Se olvidaría de todo y tan solo se dejaría llevar. Y él se lo ponía muy fácil, sus besos la hacían olvidarse hasta de ella misma.

—Adriana —rugió en voz baja y eso la hizo sentir que moría de placer.

Su aliento en su cuello, sobre sus labios, era lo más sensual que nunca había experimentado.

—Kenneth —susurró a su vez.

—¿Estás segura? Apenas nos conocemos…

—Tanto como de que el sol saldrá mañana.

Y no hizo falta nada más, la besó de nuevo con una urgencia poco propia de dos extraños, aunque no se sentía así con él. Tenía la misma sensación que había tenido siempre con ese país, la de estar dónde debía estar.

Las manos de Kenneth le arrancaron la ropa con un hambre tan intensa como la que ella sentía. Sus manos acariciaban cada centímetro de ese cuerpo esculpido a base de ejercicio y se deleitaba al sentir cada músculo, cada ondulación, cada parte de su cuerpo.

Cuando el calor parecía no poder aumentar más, Kenneth la cogió y la colocó sobre el escritorio en el que tantas horas pasaba estudiando, tras apartar todo con un fuerte gesto de su mano que provocó un sin fin de ruidos sordos: los que producían los libros al golpear el suelo, el rítmico tintineo de los lápices y los bolígrafos al rodar, el susurrar de los folios flotando hasta llegar a su destino…

Y todo eso acompañado de los jadeos, gemidos y jadeos que se formaban en sus pechos y escapaban por sus bocas incapaces de pronunciar palabra alguna. Kenneth se detuvo, ella estaba a la espera, lo acogía entre sus largas piernas y su sexo anhelaba albergarlo.

El joven apoyó la frente contra la de ella y recuperó algo del aliento que le robaba con cada beso.

Con os ojos cerrados y en esa postura, Adriana se dio cuenta de lo íntimo que era lo que iban a compartir, le estaba entregando una parte de ella que solo había compartido con otro par de chicos antes.

La diferencia era que este apenas sabía nada de ella y que esa relación tenía los días contados.

Siete, como mucho, eso si volvían a verse.

—Adriana, esto va a sonar a locura, pero…, es como si no acabara de conocerte. Siento…

—Kenneth, deja de hablar y fóllame de una vez —exigió.

Él la miró a los ojos y pudo ver cómo de intenso era su deseo por él, sonrió satisfecho y luego la tomó por la cintura, la acercó un poco más al filo del escritorio, sacó un condón de uno de sus bolsillos traseros y sin dejar de mirarla mordió el envoltorio para liberar el condón que se colocó sin dejar de agarrar su cintura con la mano disponible.

Adriana bajó la vista, ver cómo la goma se adaptaba a su sexo fue todo un espectáculo que le secó la boca. Y luego decían que el tamaño no importaba… que se lo dijeran a ella que no dejaba de babear ante la expectación de tener dentro de ella un arma de ese calibre…

Y en el momento en que su sexo penetró dentro de ella, inclinó la cabeza hacia atrás y cerró los ojos cuando el placer la atravesó de arriba abajo.

Tenerlo en su interior se sentía lo más natural del mundo.

Sus movimientos estaban acompasados y no necesitaba decirle dónde o cómo tocarla.

El placer nacía con cada roce, con cada jadeo, se intensificaba y antes de darse cuenta clavaba sus uñas en la firme espalda del hombre que tanto placer la hacía sentir.

Hasta el punto de creer que podría romperse.

Y eso sucedió; estalló y su clímax la dejó exhausta y jadeante, satisfecha cuando escuchó el orgasmo del hombre abrirse paso a través de sus labios que se deformaron en un gruñido de placer.

Kenneth no daba crédito, era la primera vez que tenía una relación sexual con una  desconocida y, sin embargo, ella le había hecho sentir cosas que nunca antes había experimentado.

Sin salir de ella se aproximó más, la abrazó y la inclinó hacia su torso.

Quería…, no, necesitaba compartir el retumbar de su corazón bajo el pecho.

Quería que ella lo escuchara, que supiera cómo de loco lo había vuelto tras solo unas horas juntos.

—Ha sido… increíble —susurró con los labios sobre su cabello húmedo por el intenso ejercicio.

Adriana pasó sus manos alrededor de la cintura del hombre y disfrutó del tronar de su agitado corazón.

Ella misma estaba sin aliento y las preguntas la asaltaban con fuerza.

¿Cómo podía haberse sentido tal conexión con alguien a quien acababa de conocer?

En realidad, daba igual lo que fuera, o lo bueno que hubiera sido porque en una semana regresaría a su ciudad natal.

—Lo ha sido… —afirmó. Y era cierto. Se sentía más plena que nunca.

—Quédate a pasar lo que queda de noche —pidió, pasando sus dedos bajo la nuca para enredarlos en su larga y oscura melena.

—Yo… —dudó. ¿Debería? No es que alguien la estuviera esperando, aun así…

—Es muy tarde, Adriana —añadió.

¡Demonios! Deseaba que se quedara, quería pasar más tiempo con ella.

Todo el que pudiera: conocerla más a fondo, volver a estar dentro de ella.

Escucharla reír otra vez y mantener una buena charla.

No había llegado en el mejor momento, pero le daba igual.

Las oportunidades había que tomarlas cuando se presentaban, agarrarlas fuerte y no dejarlas escapar.

De eso se trataba la suerte, de saber ver las señales y seguirlas, fueran cuales fueran las consecuencias.

Adriana dejó escapar el aire que acumulaba. Algo había entre los dos, aunque sonara a locura. Algo fuerte, intenso. Salvaje. Como lo era ese hombre. Así que decidió que iba a dejar de plantearse todo y pasaría esa noche con él.

—Está bien, pasaré la noche contigo. Pero quiero advertirte una cosa —apuntó—, en una semana regresaré a mi país.

—Entonces tendremos que aprovechar bien esa semana que te queda, para que te lleves un buen recuerdo de Escocia.

—Ya veo. ¿Así que lo haces por mí? Qué amable de tu parte —bromeó.

—Que no se diga que no somos cálidos los escoceses.

Eso la hizo reír a carcajadas y Kenneth no evitó la sonrisa que llenó su cara al escucharla.

La tomó del escritorio entre sus brazos y la llevó a su cama.

De momento, la dejaría descansar, quería conocer más sobre esa intrigante mujer.

Más tarde, de madrugada, volvería a follársela.

Porque si tenía claro algo era que, con una sola vez, no iba a tener suficiente.

Las manos de Kenneth sobre su cuerpo la hicieron regresar del placentero sueño en el que se había sumergido, gracias a las cervezas, la charla y la calma que siguió a la tormenta que ese escocés había creado dentro de su pecho.

Las manos de Kenneth se movían a lo largo de su espalda, provocándole miles de escalofríos de placer que la hacían gemir sin parar.

Su mano apartó su larga cabellera oscura hacia un lado y su boca besó su cuello.

Notar su virilidad entre sus piernas casi la hace morir de placer y su cuerpo se arqueó para facilitarle el acceso.

—Tu espalda es preciosa…

—¿Mi espalda o lo que hay un poco más abajo? —interrogó con descaro.

—Toda tú —susurró junto a su oído a la vez que la penetraba desde atrás.

Las manos de Kenneth la rodearon, una la pasó por su cuello y la otra la colocó sobre su cadera a la que se aferró con fuerza. Notaba su pecho firme y duro en su espalda y con cada movimiento se arqueaba para notarlo más y más adentro.

Antes de darse cuenta, jadeaba sin control y se apoyaba sobre sus manos para elevarse un poco en esa posición en la que estaba.

La mano que Kenneth tenía en su cuello bajó hasta su cintura, ahora tenía mejor acceso y la apretó con fuerza mientras sus movimientos se aceleraban al ritmo de sus gemidos.

—¡Dios! No pares…, no pares… —balbuceó casi sin aliento.

—Nunca —rugió tan poseído por la excitación como lo estaba ella.

Y sucedió, el orgasmo fue tan intenso que temió romperse en miles de pedazos y al suyo siguió el de él, cuando todavía disfrutaba de los últimos espasmos del suyo, y eso los intensificó.

Agotada y con manos temblorosas por el esfuerzo de aguantar la postura, se dejó caer de nuevo sobre el colchón. Sobre él, que siguió en su interior y la abrazó hasta que el sueño los venció.

La mañana los sorprendió enredados entre las sábanas y no fue hasta pasado el mediodía que decidieron abandonarlas para ir a comer algo.

Paseaban por el centro de esa ciudad tan hermosa, cuando sus manos se rozaron y Adriana sintió que su estómago se agitaba.

Y lo hizo con más fuerza cuando los dedos de Kenneth se entrelazaron entre los suyos.

Y deseó, en ese momento, no soltar su mano jamás.

Aunque todo era una quimera, una ilusión que se desvanecería en breve porque su lugar no estaba ahí junto a él sino a un mar de distancia. En otro país. En otro lugar.

Había escuchado a veces eso de que no es que no fuera la persona adecuada, sino el momento y eso pensaba en ese instante de Kenneth. No era el momento, aunque, tal vez, era la persona.

Lo siguientes días fueron… mágicos. Lo fueron.

No había palabra más acertada para describirlos.

Kenneth la hizo perderse en su cuerpo, en sus manos, en su piel.

Y también en esa ciudad de cuento de hadas como bien avisaban los carteles.

Recorrió sus calles con una visión diferente, disfrutó de la vista de la misma desde las alturas, recorrió en los museos parte de su historia como pueblo, se deleitó tratando de encontrar a Nessy y grabó todo con fuego, que esperaba fuera eterno, en su mente.

Y a él. Él se metió bajo su piel tan profundo que supo que nunca olvidaría su última semana en Edimburgo. Nunca.

Y como todas las cosas inesperadas de la vida, su encuentro solo estaba destinado a ser un parpadeo fugaz en sus vidas. Solo un instante que perduraría en sus recuerdos. Y el día en el que debía dejar la ciudad y regresar a su realidad había llegado.

Frente a la puerta de la habitación de Kenneth dudó, un solo instante, de si debía tratar de mantener alguna relación con él o dejarlo estar.

Pero tras meditarlo supo que lo suyo no tenía sentido.

Él no iba a dejar su vida y su futura carrera por ella, y ella no estaba preparada para dejarlo todo por un polvo de una noche que se había alargado algunas más.

Era bonito pensar que, tal vez, en otro momento hubieran tenido la oportunidad de conocerse más, pero no había sido ese momento.

Llamó a la puerta y le abrió sin camiseta, tan solo con un pantalón de deporte que dejaba al aire ese torso en el que se había recreado durante toda una semana. Siete noches que no olvidaría jamás.

—Vengo a despedirme, Kenneth. Salgo para el aeropuerto.

—Así que ha llegado el día —susurró llevándose la mano a la nuca.

—Sí, tal vez nos volvamos a ver cuando vengas a España a jugar alguno de tus partidos.

—Tal vez, me gustaría.

Adriana notó la tensión entre ambos, era un momento incómodo y difícil, como si no correspondiera con el momento y aun así no pudieran esquivarlo.

—Cuídate —pidió dándole un abrazo, notando su aroma masculino por última vez.

—Tú también, sassenach, ha sido un placer —musitó en su oído.

—Lo ha sido —afirmó.

Y es que follar con Kenneth Buchanan había sido lo mejor de su estancia en Escocia.