Juego Sucio (Tercer Tiempo 1) Capítulo 20
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Capítulo 20

Se miró en el espejo por última vez. Llevaba la melena oscura y espesa sobre el hombro que quedaba descubierto, el semirrecogido le quedaba perfecto y Norma había colocado, repartidos por todo el peinado, pequeños alfileres que resplandecían como piedras preciosas cuando les daba la luz.

—¿Estás nerviosa? —preguntó Norma, aunque era más una afirmación.

—Estoy temblando. Uff, no pensé que algo así me pusiera tan nerviosa.

—Sé que va a ser complicado, pero relájate y disfruta.

—Lo intentaré.

—Voy a por los complementos —informó a la vez que se dirigía al montón de cajas que habían llegado esa misma mañana desde la boutique de K.

Al abrir la caja que contenía los zapatos, se llevó una sorpresa; el pequeño bolso de mano en forma de concha iba envuelto en un papel transparente de color amarillo—.

Vaya, ese K piensa en todo. Ha enviado esto para ti —informó a Yas caminando hacia ella con el bolso en una mano y los zapatos en la otra.

—¿Qué es? —interrogó a Norma a la vez que retiraba el papel y descubría el delicado complemento—. Vaya, es… precioso. Parece una concha marina de verdad.

—Ábrelo, ¿tendrá dentro una perla?

Yasnaia, involuntariamente, sonrió.

—Qué cosas tienes, ¿cómo va a haber una perla?

A pesar de que estaba segura de que no la habría, no pudo evitar sentir un extraño hormigueo en el estómago.

Norma la ayudó, tras comprobar que no había perla dentro, a colocarse los zapatos y la joyería.

Estaba lista y era la hora. Respiró con fuerza y, con paso trémulo, se dirigió hacia la puerta donde el coche que la llevaría hasta el lugar de la celebración la esperaba.

—Suerte, jefa —le deseó Norma antes de que se fuera.

Yas se giró, le dedicó una amplia sonrisa y le dio las gracias, emocionada. Todo parecía ir bien, al fin estaba logrando, paso a paso, su sueño. Todo sería perfecto si la sombra oscura de un hombre dejara de planear sobre su cabeza.

Al llegar junto a la limusina, el chófer le abrió la puerta tras darle las buenas noches y mirarla de arriba abajo sin disimular que le agradaba lo que veía.

Entró en el vehículo complacida, quería ser el centro de atención esa noche, aunque más deseaba hacerse con uno de los galardones.

Aunque el de mejor presentadora estaría bien, la verdad es que prefería que le diesen el premio al programa por su formato ya que ella lo había ideado y se sentía muy orgullosa de haber dado algo diferente a los telespectadores.

El vehículo iba demasiado despacio, o eso le parecía a ella y entonces, descubrió por qué cuando se detuvo; la puerta se abrió y entró. Sin más. Sin avisar. Sin que lo esperara. Allí estaba, sentado justo enfrente.

—¿Qué demonios…? —interrumpió la pregunta para llevarse una mano a la sien. No podía creerlo, ¿de verdad?

—Estás preciosa, pakeha.

—Te he dicho mil veces en menos de una semana que no me llames así, ya no.

—Está bien, no quiero arruinarte la noche, Yas.

—Ya lo has hecho, ¿qué haces aquí? —increpó.

—Voy a la gala de premios.

Yasnaia miró por la ventana, ¿cómo no? Tenía que haberlo imaginado, a veces… a veces seguía siendo un poco ingenua. Se había centrado tanto en la gala que no había sopesado esa posibilidad.

—Eso no explica por qué estás aquí. En este coche, conmigo.

—Bueno, eso tendrás que preguntárselo a tu jefe, pakeh … —se interrumpió—, Yasnaia.

—Así que ha sido cosa de mi jefe…

Daniel no dijo nada más, se encogió de hombros y miró por la ventana también. Nada estaba saliendo como esperaba, al parecer había metido la pata muy muy, pero que muy hasta el fondo aquella maldita noche lluviosa en la que hizo la estupidez más grande de su vida.

El coche volvió a detenerse, pero esta vez en el sitio adecuado.

El chófer bajo, pero Daniel se adelantó, salió el primero y la esperó en la puerta.

Yas se detuvo, no podía despreciarlo en público, aunque se lo mereciera.

Los fotógrafos ya lo habían localizado y esperaban, impacientes, para ver quién saldría de la oscura limusina.

—Me las vas a pagar, Daniel —masculló entre dientes, mientras alargaba la mano que Daniel tomaba y sonreía para disimular, frente a los demás, lo molesta que estaba.

—Me encantaría que me las hicieras pagar, por siempre. Estoy dispuesto a aceptar cualquier castigo. —Y, tras esas palabras, besó su mano.

Yas sonrió y trató de mantener la compostura. Él ofreció su brazo, con galantería, y de nuevo se vio en la tesitura de no poder despreciarlo delante de tantos ojos, focos y cámaras de televisión, así que se agarró a su brazo y caminó a su lado por la larga, laaarga e interminable, alfombra roja.

Podía escuchar los gritos de las fans tras la barrera, algunas lloraban a la vez que gritaban su nombre y, Yasnaia, sin ser consciente, se pegó más al hombre. Tras el paseo por la alfombra, llegaron a la parte más peligrosa de todas; el photocall .

Era zona de arenas movedizas porque sabía que entre el espectáculo días antes en el programa, con beso incluido, y esa llegada juntos y del brazo, era una declaración en toda regla de que había entre ellos algo más que una amistad.

—¡Capitán! ¡Capitán! —no dejaban de gritar—. ¿Significa esta entrada triunfal que hay algo entre la señorita Lira y usted?

—Eso debería contestarlo ella, yo soy un caballero.

¿Qué era un caballero? ¡Una mierda! No podía hacer otra cosa que poner cara de circunstancia y sonreír, aunque lo que de verdad le apeteciera fuera agarrarlo por el cuello y apretar con fuerza hasta que sus bonitos ojos azules se le salieran de su sitio.

Después, tal vez, pondría lejía en las cuencas vacías para que le escociera más.

—El señor Evans y yo, somos amigos. Viejos conocidos, nada más.

—Yasnaia, estás preciosa. —La interrupción los pilló desprevenidos a todos.

Yasnaia se giró hacia la fuente de la voz y lo vio. Había venido a rescatarla justo a tiempo.

—Kenneth, ¡qué sorpresa! —exclamó aliviada y feliz de ver a su amigo.

A Daniel no le hizo la misma gracia, la verdad era que no estaba nada feliz, menos cuando ella se soltó de su brazo y se alejó para besar al capitán de los Lions en la mejilla.

—Estás preciosa.

—Y tú muy elegante. ¿Qué haces aquí?

—No podía dejar a mi amiga sola en un día tan especial.

—No está sola, Buchanan.

La voz de Daniel sonó cortante y firme, a pesar del bullicio, a pesar del ruido que las cámaras fotográficas emitían cada vez que disparaban a toda velocidad, era como estar en mitad de una contienda, entre disparos de metralletas.

—¡Señorita Lira! ¡Mire hacia aquí! ¡Una sonrisa, por favor! —gritaban los fotógrafos.

—¡Entrenador Evans! ¡Capitán Buchanan! ¡Una foto de los tres!

Yasnaia sonrió tratando de mantener el tipo, estaba nerviosa, sin saber por qué se sentía atrapada entre ambos hombres y eso le hacía sentir incómoda.

Los dos se posicionaron cada uno al lado de la mujer y Kenneth, más rápido, pasó su brazo alrededor de la cintura de Yas, atrayéndola hacia sí. Daniel apretó las manos en dos fuertes puños y trató de poner su mejor sonrisa, una que no era real, pero que quedaba muy bien en las fotografías.

Se acercó a ellos y se pegó tanto como pudo a Yasnaia, que de nuevo tuvo la sensación de ser un juguete por el que dos niños discutían. Solo les faltaba medírsela en público para dejar claro quién la tenía más grande.

Las fotos no cesaban y la joven empezó a estar cansada de la situación incómoda en la que se había visto envuelta y todo empeoró cuando uno de los reporteros de uno de los programas más punteros del corazón, hizo una conexión en directo para entrevistarlos.

—Buenas noches, señorita Lira, ¿está nerviosa por la doble nominación?

Yas no supo por qué, pero la pregunta le pareció tener doble sentido, no solo por los premios, sino que también se refería a sus dos acompañantes.

—Por supuesto que lo estoy, también estoy muy feliz y la verdad es que ya me siento ganadora tan solo por las nominaciones, porque eso significa que estoy haciendo un buen trabajo.

—Terminó la contestación con una gran sonrisa y se alejó todo lo que pudo de los dos hombres al escuchar que la llamaban desde el otro lado de la barrera de seguridad.

Los dos se quedaron mirando a la mujer que los dejaba plantados con mucha elegancia en la alfombra roja.

—Capitán Buchanan, entrenador Evans, ¿es cierto que su rivalidad va más allá del terreno de juego?

La pregunta los dejó fuera de juego a ambos, que no supieron qué decir; sin embargo, se miraron el uno al otro, midiéndose con la mirada y esperando cuál de los dos decía algo primero.

—Ahora que no soy jugador, la rivalidad ha terminado. Tan solo somos dos hombres que amamos lo mismo.

La respuesta de Daniel obtuvo la aprobación de Kenneth que asintió con la cabeza, ellos sabían que ese amor no se refería solo al rugby , que iba más allá. Unos pasos más lejos, en realidad, se refería a una mujer de la que era complicado no enamorarse.

—Bueno, ahora también habrá enfrentamientos, porque la Selección Española y la Selección Escocesa se batirán en duelo en más de una ocasión, ¿no?

—Bueno —intervino Kenneth—, la rivalidad siempre existirá, pero no de la misma manera, no hay que extrapolar las diferencias del campo a fuera y viceversa.

Daniel sonrió y con elegancia caminó alejándose de las cámaras y se detuvo al lado de Yasnaia que no dejaba de posar sonriente frente a ellas.

Ella, al verlo llegar, no pudo evitar mirarlo con deseo.

Estaba muy atractivo vestido de traje y recordó aquella vez que le hizo el nudo de la corbata, lo que la obligó a tragar saliva porque también recordó lo que escondía bajo la ropa.

Él, galante, le ofreció el brazo, pero se encontró en la tesitura de elegir, porque Kenneth estaba flanqueándola por el otro lado y también le ofrecía el suyo. Fue incómodo, los periodistas esperaban ver a quién elegía y ella se sintió incapaz de despreciar a ninguno.

—Parece que es mi noche de suerte, ¿no creen? —dijo dirigiéndose a la prensa mientras se agarraba a los dos.