Juego Sucio (Tercer Tiempo 1) Capítulo 19
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Capítulo 19

La mañana se presentó soleada, aunque el frío empezaba a hacer acto de presencia. El sol parecía querer gritarle que todo iba a salir bien, o tal vez eran sus ganas de que nada de lo sucedido hubiera pasado.

¿Por qué tenía que haber vuelto a su vida cuando ya pensaba que lo había olvidado?

Estaba de mal humor, no había pegado ojo en toda la maldita noche, la cama parecía un campo de guerra y cuando se miró en el espejo, le faltó llorar.

Al menos, no tenía que ir a trabajar, así que podía quedarse metida bajo el montón de sábanas todo el día. Compadeciéndose de su mala suerte.

Regresó a la cama y puso la tele. Lo primero que salió fue, como ya esperaba, su programa. Estaba en el número uno de todos los rankings , seguro que incluso habían inventado uno nuevo para lo que había sucedido en su plató. No podía creerlo, ¡no podía creerlo!

Quiso apagar el televisor, pero no pudo. Estaba hipnotizada por su imagen en brazos del guapo, fuerte y nuevo segundo entrenador de la Selección Española de Rugby . Lo miraba, se miraba, y todavía no podía creerlo. Y lo mejor eran los comentarios de los tertulianos.

Se dejó caer hacia atrás y se colocó la mano sobre los ojos, los cerró con fuerza e hizo algo que no había hecho nunca; pataleó como una niña pequeña.

—¡Te odio, Evans! ¡Te odiooo!

Después de desahogarse, trató de no pensar en nada, trató de no pensar en él, aunque le resultó una tarea imposible cuando no dejaban de llegarle imágenes de ellos dos, si hasta habían hecho un meme del momento en que la tomó entre sus brazos y la besó. Dios… era insoportable. Quería morirrr.

El teléfono sonó, era Norma. Se preguntaba qué era lo que quería.

—¿Qué pasa, Norma? —contestó de mala gana a la chica que hacía las veces de estilista y secretaria.

—¿Es que no lo has visto?

Al escucharla formular la pregunta con voz trémula supuso que se refería al revuelo que había formado su escena de la noche pasada.

—¿El qué? ¿El beso? ¿Cómo no lo voy a ver si se ha hecho viral? Además, me han enviado el meme ochenta mil veces por mensaje. Estoy a punto de que me dé un síncope, ¿es que se ha empeñado en hundirme la carrera?

—En realidad me refería a que han salido las nominaciones de los premios de televisión y tú y el programa estáis nominados a mejor presentadora revelación y mejor programa deportivo.

El teléfono se le cayó de las manos, menos mal que lo hizo sobre el mullido colchón.

—¿Jefa? ¿Estás ahí?

—Sí, sí… Norma. Estoy, o eso creo… ¿Es cierto? ¿No me gastas una broma?

—¿Broma? Ni hablar, así que prepárate que vamos a elegir modelo para los premios y la fiesta de después. Tienes que estar deslumbrante. —Terminó con una gran sonrisa que, aunque no podía verla, era evidente.

—Vale, vale… dame media hora, ¿sí?

—En media hora estoy ahí y, Yas, enhorabuena.

—Gracias, no me esperaba estar nominada con el poco tiempo que llevamos el programa y yo en antena.

—No por eso, eso lo imaginaba. Lo digo por el bombón que has cazado. Ese equivale a los cinco puntos de un buen ensayo —dijo riendo.

Yas no pudo evitar contagiarse y reír ante la comparación.

En verdad Daniel era así, era la mejor anotación que había hecho en su vida, pero no podía evitar pensar en él y recordar el dolor que sintió aquella noche bajo la lluvia cuando la apartó de su vida como si no valiera nada, como si no importara nada…

—Bueno, no es oro todo lo que reluce. Voy a la ducha, te veo ahora.

Colgó el teléfono y se metió bajo la ducha. Nada iba a quitarle el malestar que sentía, pero al menos lo maquillaría, igual que a sus ojeras y pensaba distraerse yendo de compras y eligiendo un vestido para la gala. Estaba emocionada, no podía creerlo. Todo iba sobre ruedas… o casi todo.

Norma llegó justo cuando habían pasado treinta minutos, ni más ni menos. Se subió en el coche y dejó que la llevara de compras, estaba bien de vez en cuando relajarse y ceder el control de todo a otra persona.

Norma aparcó en el aparcamiento privado de la tienda a la que iban, era de un diseñador joven que estaba ganando popularidad a pasos agigantados y que había pedido enseñarle unos vestidos a Yasnaia para que los luciera en la gala.

Bajaron y entraron en la tienda donde las esperaba una chica joven con mirada sonriente y un leve rubor en las mejillas. Yas le sonrió y la siguió hasta el lugar en el que le indicaron que esperara.

Norma y ella tomaron asiento y aguardaron como les habían pedido. Al cabo de un rato, el joven diseñador, que se hacía llamar K, apareció y las saludó con efusividad.

—Muchas gracias por venir —dijo con un deje en su tono de voz que le trajo viejos recuerdos—. No se imagina el honor que sería para mí si vistiera alguno de mis modelos para la gala.

—Seguro que podemos llegar a un entendimiento —contestó Norma por ella.

El joven esbozó una amplia sonrisa y llevó a ambas mujeres a otra habitación más pequeña de la que colgaban varias prendas. Yas supuso que eran vestidos de los que solo hacían una unidad, exclusivos, y el peso de la importancia de la gala cayó sobre ella de pronto, hasta casi hacerse insostenible.

K la miró y tras unos segundos descolgó un modelo que Yas supo que quería.

No necesitaba ver más. Era de gasa, largo y vaporoso, ceñido en la cintura con un frunce muy bonito lleno de cristales de un tono de verde más oscuro y en la parte del pecho, con cristales verdes de todas las tonalidades, tres estrellas de mar.

Era perfecto. Era el vestido más bonito que había visto nunca y, para qué mentir, le recordaba a esa tierra tan lejana donde se había enamorado por primera y única vez.

—Creo que está hecho para usted —afirmó el diseñador al ver su expresión.

—Desde luego, me encanta. ¿Puedo probármelo? —preguntó en voz baja llevando los dedos a la delicada tela de la que estaba hecho.

—Por supuesto, mientras voy a buscar algo que creo que será lo que dé el toque final.

—Está bien, Norma, ¿me ayudas?

—Vamos allá, veo que no vamos a tener que dar muchas vueltas para encontrar qué ponerte.

Yas sonrió y entró en una gran sala que era el probador, seguida de Norma que la ayudó a colocarse el vestido. Al darse la vuelta y contemplarse se quedó sin aliento. Era precioso colgado de la percha, pero puesto… era increíble.

—Vaya, estás preciosa. Desde luego tiene buen ojo el tal K, te queda como anillo al dedo.

—Señoras, ¿están listas?

Las dos salieron y el hombre la miró satisfecho.

—Y con esto, el conjunto estará terminado.

Y le colocó un colgante en forma de estrella dentro de un círculo del mismo material plateado que la cadena y le puso al lado de las orejas los pendientes a juego.

—Me encanta, es precioso. Todo lo es.

—Bueno, pues está claro que nos lo quedamos —dijo Norma por ella.

—Perfecto, me alegra que lo vaya a usar en la gala.

—Por favor, tutéame.

El diseñador asintió y esbozó una sonrisa más amplia. La tomó de la mano y la hizo dar una vuelta completa para ver el efecto.

—Creo que un recogido trenzado sería ideal para este modelo, ¿no crees? —comentó Norma al hombre decidiendo qué peinado iba a llevar a la entrega de premios.

—Creo que es una decisión muy acertada, ahora solo faltan los zapatos. Voy a buscar unos que creo que serán ideales, ¿un treinta y nueve?

—Sí —confirmó Norma.

Yasnaia estaba sorprendida por cómo lo había adivinado solo con mirarla. Una vez a solas con su estilista, se volvió a mirar en el espejo y se recogió el pelo con la mano. La verdad era que el efecto era espectacular.

—Estás preciosa. Vas a causar sensación, seguro que tu foto sale en todas las listas de mejor vestidas.

—No sé si quiero salir en otra lista, la verdad, bastante he tenido de momento.

—Sí, debe de ser una tortura tener a un hombre como Daniel Evans persiguiéndote. Total, no es atractivo ni tiene un cuerpo esculpido por algún dios ni tampoco…

—Sé que es todo eso y más —la interrumpió tapándole la boca con la mano—. Y, aunque parezca que todo podría ser perfecto, no lo es. Nosotros tenemos una historia… complicada.

Norma se quedó en silencio, nunca habían hablado del tema, en realidad intentaban evitar cualquier tema personal, pero sabía que ella y Daniel tenían una historia juntos, en el pasado.

El enfrentamiento entre la joven periodista española con uno de los deportistas más famosos a nivel mundial no pasó desapercibido para nadie, como tampoco los rumores de que habían tenido algo mucho más profundo que algunas palabras, pero nunca había preguntado.

—No voy a darte consejos, mucho menos voy a compadecerme de ti por tener a un hombre como Evans en tu vida, solo te diré que, a veces, no es que no sea la persona perfecta, lo que no es adecuado es el momento.

Esas palabras le hicieron pensar en que tal vez tenía razón, y la verdad era que no podía dejar de pensar en él. Y mucho menos podía mentir y decir que entre ellos ya no quedaba nada, porque el fuego se había despertado y la abrumaba por su intensidad.

K apareció llevando en la mano un par de zapatos de los que ambas se enamoraron enseguida.

Eran unas sandalias con pulsera al tobillo.

La parte trasera era del mismo tono verde que el vestido y la puntera parecía estar hecha de pequeños diamantes blancos y esmeraldas verdes.

La mezcla de colores era explosiva y el adorno justo en la hebilla de la correa, en forma de koru, esas espirales únicas que solo se encontraban en Nueva Zelanda, los hacía perfectos para el conjunto.

—Bueno, pues ya tengo todo. Ha sido más rápido de lo que pensé.

—Todo no. Falta el vestido para después.

—No voy a llevar otro vestido. No pienso quitármelo en toda la noche. Además, no quiero parecer frívola llevando dos vestidos para el mismo evento.

—Las demás se cambiarán de modelito, solo te lo recuerdo —insistió Norma.

—Lo imagino, pero… no soy como las demás —afirmó encogiendo sus hombros.

—Bueno, pues todo solucionado. Voy a hacerle un pequeño arreglo para que se ajuste más a tu cintura y lo enviaré a tu casa. Deja la dirección en recepción.

—Perfecto. ¿El pago lo efectúo allí también?

—No hay nada que pagar. La publicidad que me voy a llevar a cambio vale mucho más.

—¿Cómo…? No, no puede ser… —empezó a protestar.

—Gracias por todo, K —la interrumpió Norma—. Gracias por el vestido, la joyería y los zapatos. Cuando la fiesta haya terminado me aseguraré de que todo se devuelva.

—No es necesario, de verdad. Es un regalo de parte de… la casa —soltó sonriendo—. En cuanto tenga todo listo, lo enviaré. Buena suerte en los premios, espero que ganes.

Yas dio las gracias y se metió en el vestidor con Norma a la que riñó entre dientes.

—No está bien. No debería llevármelo sin pagar. No me gustan esas cosas.

—Acostúmbrate. A partir de ahora esto va a ser lo más normal. No hagas un mundo de ello. La publicidad que le vas a dar al modelito vale mucho más que todo lo que nos llevamos.

—Aun así…

—Sigo pensando que deberías llevar otro vestido para cambiarte.

—Mírame —pidió a Norma sacando un poco la pierna por la abertura del vestido que llegaba un poco por encima de la rodilla—, es fabuloso. Es como estar de vuelta allí… —susurró con la voz llena de nostalgia.

—Vale, como quieras —claudicó la estilista desabrochando el vestido y ayudándola a quitárselo.

Al cabo de unos minutos, estaban fuera del probador con el vestido, los zapatos y la joyería en las manos de camino a la recepción de la tienda.

Daniel la vio alejarse, no podía estar más feliz.

Sabía que ese vestido le iba a sentar bien y había estado seguro de que le iba a gustar tanto como a él.

Gracias a su amigo K había podido hacerle un regalo sin que lo supiera.

—Vaya, vaya, Daniel… ha de ser importante para ti si te estás planteando dejar para siempre Nueva Zelanda. Es preciosa, no voy a discutirlo contigo y el vestido ha sido un acierto.

—Lo es, no solo por fuera, Kolet, también lo es por dentro.

—¿Por qué no has querido decirle que estabas aquí? ¿Ni que era un regalo tuyo?

—Tengo mis razones.

—No estará el gran Daniel Evans asustado de que una chica le dé la patada, ¿no?

—Asustado se queda corto, estoy acojonado. Ya me la ha dado varias veces…

K se echó a reír sin creer lo que su amigo le decía. Había sido toda una sorpresa su visita, pero se alegraba. Aunque llevaba muchos años fuera de la isla seguía echando de menos su tierra y ver a alguien de su infancia le había hecho feliz.

Se despidió de Daniel con la promesa de verse en otra ocasión y dio las órdenes pertinentes para el arreglo del vestido y se dio cuenta de que faltaba un detalle muy importante.

Se acercó hasta la vitrina de complementos y escogió un pequeño bolso de mano en forma de cocha.

Era ideal para el conjunto y ese detalle, sí que iba a ser regalo de la casa.

Estaba deseando verlo la noche de la gala, es más, estaba deseando verla a ella junto a Daniel.

Harían una pareja perfecta. No podía esperar a verlos juntos brillando sobre la alfombra roja.