Capítulo 18.
Salió del camerino todavía temblando. Aunque no tenía claro si era por la excitación que sentía o por la rabia que la llenaba al descubrir que la seguía afectando tanto.
Había llegado a creer que Daniel Evans era agua pasada, pero estaba claro que esa agua seguía moviendo su molino… a toda velocidad.
Una vez fuera respiró aire limpio, un aire que no tenía el embriagador aroma de ese hombre que la hacía volverse loca de remate. Ya lo había hecho una vez, hacía ya varios meses, y volvía a hacerlo de nuevo. ¿Era un don? ¿O ella, una tonta?
Caminó hasta el coche cansada, tenía que haberse puesto unas zapatillas planas, esos zapatos la estaban matando. Sentada en el coche suspiró, aliviada. No podía más. Sabía que no debía, pero iba a conducir descalza. No entendía por qué le dolían tanto los pies esa noche.
Arrancó el coche y activó el manos libres; devolvería la llamada a Kenneth, seguro que estaba preocupado. Seguro que había visto todo. Todo.
El teléfono solo dio un par de señales cuando la voz de Kenneth apareció al otro lado.
—¿Yas? ¿Estás bien? Lo he visto todo…
—Buenas noches, Kenneth. Sí, estoy bien. O algo así. Ha sido… inesperado.
— Surpriseeee… —bromeó con voz fantasmal.
—Y menuda sorpresa —masculló a la vez que se recostaba contra el reposacabezas. Colocó las manos en el volante, pero no iba a conducir, no todavía. No podía mantener el pulso firme ni la cabeza centrada en la carretera.
—¿Ha venido por ti? —Aunque lo formuló como una pregunta, ella sabía que era una confirmación.
A pesar de la rivalidad entre ambos, se conocían bien el uno al otro. No solo se llegaba a conocer a los amigos; a los enemigos, quizá, se los conocía mejor, de una forma más analítica.
—Dice que ha venido para ser el segundo entrenador de la selección, pero también me ha dicho que viene dispuesto a recuperarme.
—Vaya… directo al grano. No ha perdido el tiempo.
—No, siempre ha sido así. ¿Por qué iba a cambiar? De hecho, me ha dado un mensaje para el hombre con el que compartiera mi vida: tú. Porque lo ha dado por supuesto.
—¿Un mensaje para mí?
—Ajá —dijo sonriendo. La verdad era que, a su forma, era hasta romántico.
—Bueno, pues acepto el mensaje —dijo sonriendo.
—Ha dicho, y cito textualmente: «Dile que he venido dispuesto a recuperar lo que es mío».
Yasnaia puso voz ronca, tratando de imitarlo. Kenneth al otro lado no dejó de reír. Podía imaginárselo, con el gesto serio y seguro de que al final la haría suya.
—Puedo coger un avión mañana a primera hora. Así podrá medirse conmigo de nuevo. Además, le tengo ganas. Todavía le guardo rencor por lo de aquel partido.
—Sí… todavía al recordarlo se me ponen los pelos de punta. Pensé que no lo contarías…
—Todavía me pregunto qué fue lo que le sucedió. No parecía él en ese partido, después revisioné una y otra vez las imágenes y no lograba reconocerlo. Me dio duro. Es verdad que es un capullo, pero nunca había jugado tan sucio en el campo de juego.
—La verdad es que fue horrible. Creo que pocas veces he sentido tanto miedo como aquella noche.
El silencio se instaló entre ellos. Habían continuado su amistad, aunque Yas tenía claro que Kenneth seguía teniendo sentimientos por ella, aunque pretendiera lo contrario.
Estaba segura de que si le pedía que tomara un avión, se plantaría allí enseguida.
No lo dudaba. Pero no iba a pedirle eso, no necesitaba ni confundirlo a él ni a ella misma.
¿Sentía algo por Kenneth? Amistad, eso lo tenía claro, ¿pero algo más?
No podía estar segura; de lo que no le cabía la menor duda era de que con él no tenía ese sentimiento que solo aparecía cuando estaba cerca del capitán de los All Blacks.
—Gracias, Kenneth.
—¿Por qué, Yasnaia?
—Por todo. No es necesario que vengas, creo que podré manejarlo por mí misma.
—Como desees. De todas formas, ten cuidado. No me apetece volver a aguantarte hablar de lo cabrón que es Daniel Evans de nuevo. Y, además, si te vuelve a romper el corazón, no estoy seguro de poder contenerme esta vez…
Yas sonrió y golpeó con la cabeza el reposa cabezas un par de veces, cerró los ojos y se preguntó por qué no se podía haber enamorado del highlander en vez de enamorarse de ese dios maorí al que no podía olvidar. Era como si se lo hubiese tatuado, en vez de en su piel, en su alma.
—Lo tendré en cuenta, león. Buenas noches, descansa.
—Buenas noches. Recuerda, cualquier cosa, llámame. Aquí estoy, siempre.
—Lo sé. Descansa.
Y colgó, porque la situación se había vuelto tensa.
¿Acaso iba a volver a la carga? Tal vez…
había visto la oportunidad que no tuvieron en el pasado porque estaba Evans, pero ahora…
tampoco era el momento, no cuando no había podido quitarse, ni un momento, a Daniel de la cabeza ni había perdido el calor que su beso había despertado en su boca.
Salió del coche, abrumada. Descalza caminó por el jardín cercano. Dejó que el césped amortiguara su caminar. Si lo tuviera cerca… si lo tuviera enfrente le diría un par de cosas bien dichas. ¡Lo odiaba!
—¡Te odio, maldito Daniel Evans! ¿Me oyes? ¡Te odio! —gritó a la vacía noche.
—Te oigo, pakeha, alto y claro.
Yasnaia no podía creerlo, se giró y se encontró con el hombre que la observaba con las manos en los bolsillos y la mirada baja. Casi como si se avergonzara de la reprimenda que había escuchado sin querer.
—¿De verdad, Daniel? ¿Ni siquiera voy a poder maldecirte tranquila? ¡Dios! ¿Por qué, Dios? ¿Por qué me odias tanto? —exclamó de nuevo al firmamento.
Y, en ese momento, como si de verdad una divinidad le contestara, los aspersores del césped por el que caminaba, empezaron a funcionar, cayendo sobre ella como lluvia que naciera de la tierra en vez del cielo.
Así, descalza, molesta y mojada, era una imagen digna de ver. Estaba preciosa bajo el agua y Daniel no pudo evitar sonreír, acercarse hasta donde estaba y tomarla sobre su hombro como hacía ya mucho tiempo hizo una vez, esa en la que intentó fugarse de su propia habitación de hotel.
—¿Qué… qué demonios haces? ¡Bájame, Daniel! Bájame.
—No voy a dejar que te sigas mojando. ¿Acaso eres una flor para quedarte ahí en mitad del césped? Si necesitas que te rieguen la flor… ya sabes que yo siempre estoy disponible.
—Eres un… un… —Yas quería decirle todo lo que se le ocurría en ese momento, pero no podía decirle gilipollas, ¿verdad? —Eres un maldito engreído. ¡Bájame de una puta vez! —gritó sin dejar de patalear.
No podía verle la cara, pero sabía que Daniel estaba disfrutando como un enano. Iba a protestar de nuevo, cuando su centro de gravedad volvió a cambiar y ya no estaba sobre el hombro del hombre, estaba sentada… sobre el capó de su coche.
—Estás muy húmeda —dijo mirándola con sorna. Sí, lo estaba disfrutando, y mucho.
Yasnaia intentó echarse hacia atrás, más como un acto reflejo que como una posibilidad real.
Estaba sobre el capó, mojada. Notaba cómo la ropa se pegaba a su cuerpo, como una segunda piel.
Daniel se acercó un poco y colocó las manos sobre el capó, una a cada lado de ella que, en un acto reflejo, abrió un poco las piernas, para acogerlo.
Cerró los ojos y maldijo en voz baja, no quería, aunque supuso que las viejas costumbres eran difíciles de perder.
—Estás preciosa, Yas, estos meses te han sentado muy bien.
Y, con una de sus manos, colocó algunos mechones de su larga melena hacia atrás, apartándolos de su cara donde permanecían pegados por la humedad de la repentina lluvia del riego.
—A ti… —«A ti también», quiso decir, sin embargo, eso no fue lo que salió disparado por su boca—. A ti no.
Daniel la miró a los ojos y sonrió. Maldito fuera. El hoyuelo que se formaba en la mejilla izquierda había aparecido. ¿No podía, al menos, haber perdido eso?
—Te he echado tanto de menos… sobre todo esto —murmuró.
Yas sabía a lo que se refería, echaba de menos sus enfrentamientos.
Echaba de menos que lo desafiara, siempre le había gustado cazar y ella era una presa que se resistía y eso la hacía irresistible para él.
Era su juego, el cazador que pensaba que conseguía el trofeo y era la presa la que se llevaba el premio.
Siempre había sido así entre ellos y, a decir verdad, ella también lo había extrañado, tanto que aún dolía.
—No entiendo por qué.
—¿Qué no entiendes?
—Por qué has echado de menos algo que tú mismo dijiste que no deseabas. ¿Cómo se extraña algo que nunca se ha querido?
Daniel abrió los ojos y en ellos pudo ver algo que se asemejaba al arrepentimiento, tal vez tristeza… pero no lo había dicho para herirlo, lo había dicho porque era la verdad, el que la dejó fue él. No ella. Ella había estado dispuesta a todo por él.
—Vamos, Yas, cena conmigo. Deja que te explique todo, por favor.
—Lo siento, Daniel, no me interesa. Además, te he dicho que hay otro —mintió.
—¿Crees que me da miedo pelear? ¿Crees que temo enfrentarme a un rival?
Si piensas que eso va a hacer que me retire del juego, estás equivocada.
No se llega a ser el capitán de los All Blacks asustándose de los rivales.
Al revés, cuanto más sobresaliente sea, mejor.
Más interesante será la batalla y mejor sabrá la victoria.
—A eso se resume todo para ti: a un juego más. Lo único que cambia es el campo de juego o el contrincante, pero todo es lo mismo.
—Supongo que es parte de mi encanto.
—Lo es, aunque ese encanto ya no me afecta. Ahora, por favor, déjame. Tengo que volver a casa. Necesito quitarme esta ropa mojada y…
Y no pudo decir nada más. Daniel había hecho un rápido movimiento y sus manos ya no estaban en el capó.
Una la agarraba por el cuello, la otra rodeaba su cintura y la había atraído hacia él con una velocidad y fuerza inesperadas.
Cuando iba a decir algo, su boca se hizo con la de ella y la besó con un hambre palpable, con un deseo que no se había apagado ni con el tiempo ni a pesar de la distancia.
¿Acaso no había habido nadie más? No podía creer que la hubiese echado tanto de menos como para eso, al fin y al cabo, él fue el que puso fin a lo suyo, así que eso no tendría sentido.
Su lengua se coló en la boca de ella que gimió sin poder controlarlo. Quería alejarse, empujarlo, mandarlo lejos y huir. Pero no pudo. Sus manos en vez de poner distancia entre ellos, se enredaron en su cuello y se deslizaron por su espalda, disfrutando de la fuerza de ese hombre.
El beso terminó de repente, igual que se había iniciado y Daniel la miraba agitado, sin poder respirar con normalidad, igual que ella.
Al cabo de unos minutos, ambos estaban más tranquilos. Y Yas se movió, dispuesta a irse antes de que Daniel la hiciera perder la poca razón que le quedaba y lo metiera en la parte trasera de su coche para follárselo hasta dejarlo sin fuerzas, hasta quedarse sin fuerzas.
—Tengo que irme… —murmuró. Apenas tenía voz.
—Yas…
—Daniel, lo siento, estoy confundida. Apareces de repente con una noticia bomba y me dices que uno de los motivos por los que has venido soy yo… pero lo nuestro hace mucho que terminó. Y yo… ahora… ahora necesito irme a casa y poner orden al caos que has despertado en mi interior.
—Está bien, descansa. Piensa en todo y, por favor, almuerza mañana conmigo.
Yas quiso decir algo, pero no encontró ni la voluntad ni las palabras, así que bajó del capó para meterse en el coche. Al sentarse se dio cuenta de que estaba descalza y tomó los zapatos y, cuando se los iba a poner, habían desaparecido.
Daniel los sostenía en su mano, la giró para que sus pies quedaran fuera del coche y se arrodilló frente a ella.
La noche era oscura y la luz de la luna lo coloreaba todo de magia plateada, esa misma que daba a sus ojos un color único.
Casi como el acero. ¿Qué pretendía? No tuvo que esperar para averiguarlo, limpió con su mano la planta de los pies de Yas y le colocó uno de los zapatos, después hizo lo mismo con el otro, al terminar se incorporó, se acercó a ella y la besó en la frente.
Se alejó unos pasos para que pudiera cerrar la puerta del vehículo y no dijo nada más. Tan solo la miraba, sin pestañear.
—Yo… supongo que me voy —musitó sin saber qué más decir. Se había quedado perpleja.
—Conduce con cuidado y, Yas, por favor, piensa en lo que te he dicho.
Yasnaia asintió con la cabeza y arrancó el coche. Condujo hasta su casa sin tener claro nada de lo que había pasado, porque todo parecía irreal, ¿se había vuelto loca? Tal vez… siempre le sucedía cuando estaba cerca de Daniel Evans.