Capítulo 17
Yasnaia estaba en su camerino. Todavía oía cómo se reía a carcajadas, unas que llenaban todos los espacios vacíos de ese lugar.
A pesar de ser suyo, de llevar ahí varios meses, seguía siendo impersonal.
No había nada de ella, a excepción de la fotografía que guardaba en el cajón, lejos de la vista de los demás.
Era la foto que le había tomado en Cathedral Cave, ese momento justo en el que pasaba por el arco de piedra que daba acceso a la imaginaria Narnia y a las playas.
Apenas se le veía el rostro, tal vez por eso le gustaba tanto.
Porque le recordaba el daño que le hizo, no le permitía olvidarlo, pero no se recreaba en su rostro.
La puerta se abrió con brusquedad. Lo esperaba. Sabía que iba a seguirla hasta allí. Lo conocía. Así que ni siquiera se sorprendió, tan solo dejó que el ciclón se colara en la habitación, preparada para hacerle frente y que los destrozos no fueran demasiado graves.
—¿Me has dejado solo? Casi no lo cuento, nunca he pasado más miedo, ni siquiera cuando estaba en el campo de juego rodeado de tipos más altos y fuertes que yo…
Yasnaia se mordió el carrillo interno de la boca para no reír, aunque era lo que quería. Cerró el cajón donde tenía guardado ese único recuerdo y no se dio la vuelta, se soltó la larga melena oscura y empezó a cepillársela como si nadie hubiese entrado en la habitación.
—Vamos, Yas, he venido desde muy lejos. ¿No me merezco ni un abrazo?
Escucharlo la hizo perder el control. Soltó el cepillo del pelo con fuerza sobre el tocador y se giró sin levantarse de la silla.
—Me has besado delante de toda España. Estoy segura de que a esta hora se habrá hecho viral. Seguro que hay memes, gifs y todo lo que te puedas imaginar. No tenías que haberlo hecho —soltó molesta.
—Lo siento —dijo encogiéndose de hombros con indiferencia—, no me he podido contener. Estoy muy contento de volver a verte.
—Pues yo no. Fin de la conversación.
—Vamos, Yas, no me digas que no te alegras de verme.
Yas cruzó los brazos y lo miró con cara de pocos amigos. Estaba guapísimo despeinado. Podía imaginar a qué se debía, las mujeres lo habían acosado a base de bien.
—¿En serio creerías que me iba a alegrar? Pues lo siento, pero no. Ahora vete, tengo mucho que hacer y estoy cansada.
—Veo que te va bien. Veo que has conseguido lo que querías. Me alegra. ¿Eres feliz?
El suspiro que dejó escapar sonó a bufido. ¿De verdad le preguntaba eso?
—¿Que si soy feliz? ¿En serio me preguntas eso? Creo que esas mujeres de fuera te han afectado más de lo que pensé.
—Vamos, pakeha …
—No me llames así. Ya no.
—Vamos, Yas —dijo ahora en un tono más calmado, casi rozando la súplica—, no seas así. Vamos a cenar, me gustaría hablar contigo, saber cómo te ha ido, contarte mis planes. He venido para quedarme y una de las razones eres tú.
—Pierdes el tiempo. No voy a cenar contigo, no me interesan tus planes y si has venido a quedarte por mí, mejor que tomes el primer vuelo directo que haya a Nueva Zelanda. Ya probé un kiwi y, la verdad, no me dejó buen sabor de boca.
Daniel se acercó a ella. Sabía que le había hecho daño, ¿cómo iba a olvidarlo si estuvo en primera fila? Pero quería disculparse, contarle toda la historia, explicarle las cosas, pedirle perdón, que supiera lo arrepentido que estaba porque había sido la peor de sus decisiones.
—Vamos, Yas. Por los viejos tiempos, no todo fue malo, ¿verdad?
Claro que no, pero lo malo fue tan doloroso que borró lo demás.
Yas estaba a punto de perder el control de la situación, él se acercaba a ella con esa mirada en su rostro.
Esa que siempre ponía cuando la observaba, esa que parecía gritar al mundo entero que ella era suya.
Que se pertenecían el uno al otro. Pero no podía dejarle acercarse de nuevo, la herida todavía supuraba, unas gotas, pero seguía abierta.
—No lo sé, no lo recuerdo. Ahora, Daniel, de verdad, sal. Necesito terminar de cambiarme e irme. Me esperan —mintió sin saber qué más decir para quitárselo de en medio.
En ese momento, como por arte de magia, su móvil sonó y en la pantalla apareció la imagen y el nombre de Kenneth.
Era la misma imagen que habían puesto en el programa, le gustaba tenerla ahí.
Había nacido una bonita amistad con el capitán de los Lions y estaba convencida de que llamaba para saber cómo estaba.
Estaba segura de que el vídeo había llegado a Escocia y Cabo Verde, pasando por el resto de países.
Si había una conexión a internet, ahí estarían ellos besándose en directo.
—Vaya, veo que el león sigue acechando la presa que no es suya.
—¿Acechar? ¿Presa? ¿Qué no es suya? Qué sabrás, capitán.
—Dime que no, dime que no es él. Dime que no estás con él.
La furia en su mirada era evidente, el azul de sus ojos brillaba con la intensidad del fuego que de nuevo ardía.
En ese momento, con las manos de Daniel en su cuello, su cuerpo tan cerca del suyo, mirándola a los ojos sin pestañear…
se dio cuenta de que había estado muerta, helada.
Ahora él llegaba y volvía a prender el fuego en su interior y la madera seca y olvidada crepitaba con intensidad, feliz por volver a consumirse.
Tenía que alejarlo, tenía que alejarse. Si no, caería de nuevo…
—Y si así fuera, ¿qué?
Y estalló. De nuevo su boca se apoderaba de la suya, pero no era un beso como el del plató, calmado, suave.
No. Era un beso desesperado, un beso que reclamaba un territorio que daba por conquistado y se negaba a perder.
Un beso que la hizo temblar, que logró que su corazón se disparara y que el fuego la abrasara.
Otra vez estaba ahí, otra vez era él el que la hacía sentirse viva. Viva de verdad.
Y ante su debilidad, perdió. Y antes de darse cuenta estaba sobre el tocador, con las piernas abiertas, la falda alzada dejando ver sus muslos y el capitán de los All Blacks besándola sin darle tiempo a respirar, sin darle tiempo a recobrar la cordura.
Su cuerpo lo anhelaba, su piel lo había echado de menos, su boca lo había extrañado tanto que no había sido capaz de volver a pronunciar su nombre.
Y disfrutó. De su boca, de su lengua acariciando la suya, del contacto de su cuerpo, de ese pecho firme, duro, masculino.
De sus manos en su cintura, en sus caderas para acercarla más a él.
Sus jadeos le sonaban extraños, lejanos, hacía mucho que no había gemido de esa forma… hacía mucho que no había estado con otro hombre, desde la última vez que hicieron el amor.
El beso se hizo más intenso y ella pensó que iba a perder la cordura. Si la volvía a besar estaba segura de que no podría detenerse. Abriría más las piernas y lo invitaría a entrar, a quedarse para siempre enterrado en ella.
Un golpeteo en la puerta los hizo separarse. Daniel apoyó su frente en la de ella y jadeó buscando un aliento que no tenía porque esa mujer se lo había robado. Le había dejado sin aliento desde la primera vez que se vieron y eso no había cambiado.
—Señorita Lira, ¿está bien? Tiene una llamada internacional.
—Sí, estoy bien, Norma. Toma el recado, ahora salgo.
Ese momento de aire le vino bien y recuperó algo de lucidez. Estaba segura de quién llamaba, sería Kenneth, tal vez preocupado por lo sucedido y porque no le había contestado el teléfono.
—¿Es él?
Yas asintió, no hacía falta más explicaciones. Los dos sabían de quién hablaban.
—Está bien, me voy, pero vuelvo a advertirte. Dale el recado, he venido a por lo que me pertenece y voy a hacer cualquier cosa por conseguirlo. Ya sabes que no me importa jugar sucio.
—No pierdas el tiempo, Daniel, ya no hay nada que hacer.
—Mientes muy mal, Yas, no voy a rendirme, no mientras me mires así.
Yas se puso en pie despacio, se colocó la falda sin tener ni idea de lo atractivo que resultaba el movimiento a los ojos del capitán, caminó un paso hacia donde estaba mirándola y preguntó:
—Y, ¿cómo te miro, capitán?
—Como si me desearas. Como si no me hubieses olvidado. Como si todavía nos quedara una oportunidad y no estoy dispuesto a desaprovecharla.
Ella deseó replicar, decir algo ingenioso, pero no pudo.
El capitán salió del camerino antes de que su mente elucubrara una respuesta coherente.
Y se quedó allí, mirando la puerta abierta y el espacio que había dejado el fornido capitán.
En su lugar quedaba el vacío y silencioso pasillo y el atronador sonido que había en su interior.
Una mezcla entre sus pensamientos, sus sentimientos y su corazón que chillaban todos en voz alta y no parecían ponerse de acuerdo.
¿Cómo iba a lograr poner orden si él se lo había robado?
Dejó escapar el aire que contenía sin ser consciente y cerró la puerta.
Tras hacerlo, dejó caer la espalda contra la superficie, necesitaba un punto de apoyo o iba a caer ya que las piernas no la sostenían.
Se llevó los dedos a los labios, calientes como el resto de su cuerpo por el beso del capitán y se dejó caer al suelo. ¿Qué demonios iba a hacer?
No tenía ni idea, pero lo que estaba claro era que debía, por todos los medios, mantenerse alejada de él.