Juego Sucio (Tercer Tiempo 1) Capítulo 16
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Capítulo 16

En la actualidad. Plató de «Entrevista a…»

—Buenas noches, ante todo quería pedir disculpas, pero, como todos, soy humana y no he podido evitar sorprenderme ante la imponente presencia de nuestro invitado.

Capitán del equipo de rugby de los All Blacks, campeón mundial indiscutible y cotizado modelo publicitario por grandes marcas de perfume y ropa interior, entre otras.

Estoy segura de que todas las féminas presentes y las que nos están viendo desde detrás de la pantalla reconocen a Daniel Evans.

¡Bienvenido! —Las mujeres de plató acompañaron la presentación con un ruidoso murmullo de suspiros, jadeos y gritos.

—Muchas gracias, señorita Lira, por la cálida bienvenida. Es un placer, como siempre… —dijo con un español bastante decente, al parecer no había dejado de practicarlo.

Yasnaia observó su mirada azul, seguía siendo profunda, salvaje, indómita…

como lo había sido él. No pudo evitar tragar saliva y que su boca se entreabriese al recordar lo que había sucedido entre ellos hacía ya tanto tiempo que no sabía cuánto.

Eso era mentira, lo recordaba todo como si no hubiesen pasado más que unas horas porque él se había encargado de grabarse a fuego en su alma. ¡Maldito… fuera!

—¿Qué le trae a España? ¿Algún partido del que no estemos al tanto?

—En realidad lo que me trae aquí es algo que le voy a contar en exclusiva.

—¡Vaya! Exclusiva… no puedo esperar a saber qué es…

De repente tenía una necesidad apremiante de saber qué era lo que le había llevado hasta ella de nuevo, qué era lo que iba a contar en primicia y no podía evitar desear tenerlo tan lejos como cerca.

Las imágenes de las noches que compartieron juntos se habían rebelado contra su carcelero, vencido sin piedad y ahora andaban sueltas por todo su organismo.

Cambió la postura de las piernas, se llevó la lengua con sutileza al labio inferior y sus pupilas se dilataron por la expectación.

Daniel la conocía mejor que ningún otro hombre, entre otras cosas porque nunca había dejado a ningún otro llegar tan al fondo de su alma.

No había lugar. Ese espacio estaba ocupado por los recuerdos que este había dejado.

—En primer lugar, quería agradecer al equipo de este programa la ilusión que pusieron cuando les pedí dar aquí esta noticia. No podía haber elegido un lugar mejor.

Los aplausos lo llenaron todo, estaba claro que su encanto, su físico y esa maldita forma en la que arrastraba las erres eran una combinación explosiva.

Estaba segura de que, si decía que era «Bond, James Bond» , las mujeres del plató arderían hasta los huesos.

Yasnaia se inclinó de manera perceptible hacia delante, ansiosa por saber qué noticia bomba iba a soltar, aunque eso no le impidió advertir el dato que había dado.

Él había pedido ir al programa, así que no era cosa de su equipo, había sido cosa de él.

¿Por qué? ¿No le había jodido ya bastante la vida?

Claro que sí, le había jodido hasta el alma, y eso era incurable.

—Y en segundo lugar quería decir a todos los aficionados de este deporte que tanto amo y que tanto me ha dado, que ya ha llegado mi fecha de caducidad.

Me retiro de la competición profesional para dedicarme a entrenar a un equipo español: seré el segundo entrenador de la Selección Española de Rugby.

El silencio, casi sepulcral, que había llenado el plató quedó reemplazado por el murmullo del público que iba in crescendo.

Las preguntas, los gestos de sorpresa y las frases de alegría por un lado y de pena por otro, se sucedían en una desordenada melodía que la hacía incomprensible y, a la vez, ponía sentido a sus propios pensamientos.

Yasnaia fijó la mirada en Daniel que la observaba de esa forma en la que lo solía hacer.

Como si estuviera seguro de que ella, de alguna manera, era la indicada para él.

Pero no iba a volver a caer en sus brazos fuertes ni en su firme pecho, no lo haría.

Ya no era aquella mujer, perdida en una ciudad que no conocía y siendo el centro de atención del guapo capitán de los All Blacks.

Ahora era ella la que tenía que centrarse en su carrera, se estaba labrando un futuro prometedor sin la ayuda de nadie.

No había espacio para nada más. Ni siquiera para él.

—Vaya, menuda sorpresa —dijo sin poder evitarlo. Sabía que sus palabras apenas se escuchaban ya que eran tragadas por el ruido en plató.

—Pensé que ibas a ser la única a la que no sorprendiera mi decisión. Ha llegado el momento.

—¿De qué? ¿De retirarte? Creo que aún te queda mucho camino que recorrer. No eres tan mayor.

—No, no soy tan mayor. Es por eso mismo, porque antes de que pase más tiempo tengo que recuperar lo que perdí.

Esas palabras se clavaron como afiladas agujas en el corazón de Yasnaia.

No podía estar segura al cien por cien de que ella fuese la destinataria, pero algo en su mirada, le hacía pensar que era por ella.

No tenía sentido, ¿verdad? Él fue quién la dejó por lo que más amaba, el rugby , además siempre le dejó claro que un futuro juntos no era viable.

¿Sería posible que lo hubiese dejado todo por ella?

¿Que el recuerdo de sus días juntos persistiera en él como en ella?

Cabeceó para centrarse, era increíble cómo toda esa fachada de mujer implacable y fría se desmoronaba bajo la atenta mirada del hombre que lo fue todo para ella.

No dejaba de mirarlo, era él. El mismo hombre que, hacía lo que parecía una eternidad, había formado parte de su vida, se había colado en ella.

Sus ojos azules tenían la misma intensidad, aunque su cuerpo había cambiado un poco, ahora parecía más ancho.

Más hombre, si eso era posible. Y, para colmo, ese engreimiento del que siempre había presumido, había mutado a una seguridad en sí mismo que solo unos pocos privilegiados eran capaces de llegar a dominar.

—Yasnaia —murmuró para que solo ella pudiera escucharle.

—¿Sí, Daniel? —preguntó sin ser consciente de lo que de verdad sucedía.

—Yo…

El plató quedó en silencio y todo debía volver a la realidad.

Sabía que el público esperaba su entrevista, sus preguntas mordaces, la atmósfera distendida y divertida que solía crear con todos sus invitados a pesar de las preguntas comprometidas…

pero no podía. Temblaba. Todo, hasta su voz, parecía haberse hecho más pequeña, ¿qué demonios le podía preguntar a él?

—Bueno, capitán, está claro que esa noticia ha alegrado a la mayoría de los asistentes al programa, supongo que a ellos por una causa y a ellas por otra. ¿Vamos a ver al equipo de la selección interpretando una haka?

De nuevo el griterío femenino y las risas masculinas se sucedieron. Parecía que iba a ser el peor programa de la historia. Quizá el fin de su carrera. Otra vez llegaba y lo ponía todo patas arriba.

—Supongo que sí, no me avergüenzo ni de mis costumbres ni de mis raíces. Además, me han dicho alguna que otra vez que soy tan impresionante como un dios maorí, cuando interpreto una haka.

El público estalló en llamas en el momento en el que se levantó del asiento y empezó a hacer algunos gestos como los que hacían antes de cada partido.

Yas no tenía claro si reír o llorar. Tal vez, lo mejor era disculparse, poner alguna excusa como que el capitán le había ocasionado dolor de estómago y dejar el programa inconcluso.

O tal vez… podría… sí. Esa iba a ser la mejor solución.

—Bueno, supongo que, aunque seas ya mayor para jugar, todavía puedes ganarte la vida haciendo anuncios, algo más adecuado a…

Antes de darse cuenta, estaba en volandas.

Se había dado la vuelta como un ciclón y la había cogido como si fuera uno de esos sacos llenos de arena que usaban en los entrenamientos.

No podía creerlo, la falda se le había subido, el pelo lo tenía despeinado y trataba de no caerse a la vez que intentaba alejarse de él, haciendo equilibrios entre uno y otro.

—Si te sigues moviendo, pakeha, vas a caerte.

Sus palabras, que retumbaron en sus oídos con tanta familiaridad, le hicieron bajar la guardia.

Tenía muchas emociones encontradas. No podía hacerse con un control que no tenía.

Debía de hacer algo para poder llevar el programa de nuevo a su cauce.

Estaba segura de que su trasero iba a salir en todos los programas de zapping de todas las cadenas habidas y por haber durante los próximos días.

—Vale, vale… me rindo. Sigues estando en forma —soltó entre risas y alzando las manos a modo de rendición.

Él dejó escapar una sonora carcajada y la bajó, no sin aprovechar que el cuerpo femenino que tanto había añorado resbalara por el de él.

Yasnaia pudo sentir su fuerza, cómo la abrumaba, no en vano medía más de un metro noventa y debía rondar los cien kilos de puro músculo.

Todo un guerrero. Sin duda alguna. Ella bien lo sabía.

Yasnaia trató de sonreír, disimular que no le afectaba su cercanía, pero su respiración agitada la traicionaba y él la conocía lo suficiente como para saber que no le era indiferente.

—Espero, señorita Lira, que no haya ningún otro en su vida, porque de ser así me veo en la obligación de darle un recado para él —susurró con ella todavía pegada a su pecho.

—¿Un recado? —murmuró desconcertada. Iba a estar así por días, ¿qué demonios sucedía? ¿Era real?

—Dile que he venido dispuesto a recuperar lo que es mío.

—¿Lo que es tuyo? —escupió la pregunta con ironía—. Perdiste ese derecho hace ya mucho, Daniel.

—Pues estoy dispuesto a recuperarlo de nuevo.

Y, en ese momento, sucedió lo que Yasnaia menos esperaba. Sin pudor, sin previo aviso, de la misma forma inesperada que lo conoció, llevó sus grandes manos a su cuello y la besó.

Al darse cuenta de que la estaba besando en público y que poco o nada podía hacer, dejó de resistirse, se quedó quieta y esperó que él desistiera en su empeño.