Juego Sucio (Tercer Tiempo 1) Capítulo 15 #2
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Capítulo 15 #2

—¿Qué tengo que ver yo con todo esto? —inquirió confusa y herida, a la vez que se alejaba unos pasos de él.

Como si la distancia le fuese a servir de escudo, como si la distancia fuese a evitar el daño que le causaban sus palabras.

Su desprecio. El tono de su voz era tembloroso y la delataba.

Se sentía vulnerable y no le gustaba. No quería sentirse como aquella niña que fue.

—Todo. No puedo distraerme. No puedo permitirme que esto suceda de nuevo.

Tengo una gran responsabilidad que está por encima de todo; soy el capitán de los All Blacks y…

no puedo permitirme el lujo de jugar a que me enamoro y tengo una vida feliz contigo.

No puedo permitirme el lujo de perder el tiempo de esa manera.

Ya no más. Ha sido suficiente —escupió con voz seria, dura, fría…

igual que lo estaba en ese momento su interior.

—¿Perder… el tiempo? —De nuevo las palabras salieron con miedo, el mismo que se retorcía de placer en su estómago, disfrutando de su sufrimiento.

—Sí, ya he perdido suficiente tiempo contigo, pakeha.

Ahora tengo que volver a centrarme en lo que de verdad importa.

Lo que ha sucedido no puede volver a repetirse.

No puedo jugarme tantos años de dedicación, esfuerzo y sacrificio por…

nadie. —Terminó la frase, aunque lo que de verdad quería decir era por ella, porque era la única que lo había hecho tambalearse en toda su vida.

La única, y eso era lo que más miedo le daba.

Yasnaia lo miraba con los ojos a punto de desbordar todo el daño que estaba sintiendo en ese momento.

Había acudido allí, dispuesta a decirle que lo amaba, que lo dejaría todo por él.

Por estar a su lado. Que nunca había sentido nada parecido por nadie, que creyó volverse loca en esos días que no había contestado sus llamadas ni sus mensajes.

Y, sin embargo, él la empujaba fuera de su vida.

Le pedía que se alejara. Le decía que lo suyo, fuera lo que fuese, se había terminado.

La culpaba de lo sucedido, le decía que se iba a centrar en lo que de verdad importaba, como si ella no estuviese a la altura…

y no podía evitar sentir que su corazón se partía en trozos pequeños.

Igual de pequeña que se sentía en esos momentos.

Igual de insignificante.

—Daniel… —musitó y su tono estaba cargado de súplicas.

—Por favor, no me hagas repetirlo. Sé que eres una mujer inteligente, así que… vete. Además, dijiste que estarías a mi lado mientras quisiera, pues ya no es algo que desee.

Esa frase fue su estocada mortal. Caló dentro de ella, tanto que la dejó sin aliento durante unos interminables segundos. Si ya no la quería a su lado… ¿Qué más podría hacer? Nada, tan solo admitir la derrota y marcharse.

—Está bien —susurró vencida.

Sin demorarse, ya que no podía seguir mirando esos ojos fríos como el acero, se dio la vuelta dispuesta a marcharse y, entonces, desde algún lugar muy profundo, brotó el frío y se dio la vuelta. No iba a irse sin que antes la escuchara. Al menos, se debía eso a sí misma.

—¿Sabes? —comenzó con un hilo de voz que no parecía que fuese suyo—.

Venía dispuesta a confesarte que te quiero, que no sé cómo ha sucedido, cómo ha llegado ese sentimiento a instalarse en mi corazón, pero está aquí —musitó a la vez que se golpeaba el pecho, justo el lugar bajo el que latía su corazón acelerado—.

Te quiero, Daniel, y pensé que tal vez tú sentías…

algo parecido. Aunque me ha quedado claro que no.

—¿Me quieres? —balbuceó. De repente todo se desmoronaba en su interior.

Al escucharla pronunciar esas palabras con la voz trémula, la melena oscura salpicada por las gotas de agua que caían y el rostro bañado por algunas lágrimas que trataba de disimular, sintió que se rompía por dentro.

No iba a poder decirle nunca que también la quería, que era lo más difícil que se estaba obligando a hacer en la vida.

Lo más doloroso. Incluso era más sacrificio que cuando entrenaba sin descanso para alcanzar su meta.

Por eso, ahora, no podía echarlo todo a perder por ella. Quizá, en otro momento…

—Eso, como has dejado claro, no importa.

Tienes que centrarte en tu prioridad, pero antes de desaparecer de tu vida, quiero saber una sola cosa: ¿por qué?

¡Dime! —gritó y notó en ese instante el desespero apoderarse de su voz y la rabia haciéndose con el control de su cuerpo hasta hacerla temblar—.

¿Por qué? —preguntó de nuevo, esta vez con la voz más sosegada—.

Yo no quería nada de esto, lo sabes. Te lo dejé claro desde el primer momento, sin embargo, tú insististe hasta tenerme, ¿y ahora…

? —No fue capaz de terminar la pregunta, notaba cómo su alma se retorcía de dolor y le llenaba los ojos de tristeza.

Esperaba con el corazón en pausa a que dijese algo, pero esas palabras que podían haberlo arreglarlo todo en un instante, no llegaron.

—Supongo que todo se reduce a ganar, ¿no?

Necesitabas anotarte otra victoria y ahora que la has conseguido, carezco de interés…

—Dejó escapar una falsa sonrisa que no se correspondía con lo que sus ojos gritaban—.

Solo te diré una cosa más, capitán. Has cumplido con tu promesa, me llevaste al cielo, también al infierno y ahora me has arrojado al fin del mundo. Adiós, Daniel.

Daniel, sin ser capaz de decir nada, dejó que se alejara caminando despacio bajo la lluvia que caía silenciosa entre ellos.

La misma que mojaba su larga melena oscura y resbalaba por esa piel que ya no iba a volver a acariciar.

El dolor lo golpeó con fuerza en las pelotas y notó cómo su pecho se aceleraba.

Y, aunque no pudo asegurarlo, juraría que escuchó cómo su alma se quebraba a la vez que el primer sollozo sacudía el cuerpo de esa mujer que amaba, y a la que había hecho tanto daño, en la lejanía.