Capítulo 15
Estaba nervioso. No tenía clara la razón. Miraba hacia el estadio, tan iluminado como si estuvieran dentro de una gran estrella. El ruido era casi insoportable. Murmullos que se habían transformado, poco a poco, en un ruido ensordecedor.
La buscó con la mirada, con desespero, y no tardó en encontrarla.
Le asustaba lo que sentía con esa mujer, le asustaba ponerle nombre a eso que aceleraba su pulso y hacía que su corazón se convirtiese en un tambor.
Estaba preciosa en la zona de prensa. No tenía claro qué tenía esa mujer irreverente que se había colado bajo su piel de esa forma. Aunque le molestara admitirlo, era así.
Iba a acercarse a ella para que le deseara suerte, cuando el rastrero de Buchanan se le adelantó.
—Bastardo —increpó entre dientes.
Esperó a ver qué sucedía. En el fondo deseaba que lo rechazara y que lo buscara con la mirada, igual que él a ella, pero no sucedió.
En su lugar, sonrió al escocés y la sangre de Daniel hirvió con la misma intensidad que la lava de los volcanes que habían formado su amada tierra y que, de alguna manera, formaban parte de él.
Comenzó a llover, el cielo reflejaba los colores luminosos de los focos. Era curioso, fuera la negrura se lo tragaba todo, dentro era como estar en el centro de un sol radiante.
Salieron al campo, Daniel estaba nervioso.
No podía controlar ese fuego que lo distraía y lo obligaba a no pensar en el partido.
El árbitro dio inicio a la batalla. Los All Blacks se sumieron en su mundo interior, preparándose para la lucha que se avecinaba alentados por los antepasados a los que llamaban a través de la haka y a los que se conectaban gracias a la tierra donde descansaban.
Daniel empezó su cántico maorí y se perdió en las tinieblas, dejando que algún guerrero tomara el control de su cuerpo.
No era él. Lo notaba. Lo sentía. Había cambiado algo en su interior.
El sentimiento oscuro se había acrecentado.
Había ganado fuerza y lo tenía en un estado de frenesí que no acostumbraba a sentir; como si no fuera dueño de sus actos.
El juego empezó y la cosa empeoró con el gran juego que el equipo escocés empezó a hacer.
Luchaban por algo más que una victoria, los Lions deseaban hacerse con la victoria y arrebatar a los All Blacks su reinado.
Solo habían perdido un partido contra los All Blacks y habían regresado fuertes, convencidos de que iban a vencer.
Hicieron un par de jugadas que los colocaron por delante de los kiwis y Daniel sintió que le faltaba el aire. En un par de ocasiones se encaró con Buchanan, lo odiaba. Era irracional, lo tenía claro, pero no podía evitar sentir que quería robarle algo que era suyo…
La lluvia se intensificó, igual que el juego sucio.
Hasta que llegó el momento que cambiaría todo para ellos.
Entró demasiado fuerte al capitán de los Lions.
Le golpeó con el hombro en la cabeza, con demasiada fuerza.
Tanta que cayó desplomado al suelo. Lo sacaron más ido que cuerdo entre gritos y preocupación.
El estadio, de repente, dejó de clamar para que el silencio se colara en su mente.
Solo quedó un vacío tan pesado que no se sostenía en pie.
Miró hacia donde debería de estar ella, pero no quedaba ni su reflejo…
ni su triste sombra. ¿Habría ido a ver cómo estaba el escocés…
? Escuchaba a los árbitros decidir el castigo, su imagen ida golpeando a Buchanan fue repetida una y otra vez durante varios minutos.
¿Era él? Apenas si se reconocía, aunque era su rostro… no parecía él.
Al final el árbitro se acercó y se disculpó por lo que iba a hacer. Sacó la tarjeta roja y echó al capitán de los All Blacks por la entrada.
—Lo siento, capitán —se disculpó con Daniel el juez—, he de proteger a los jugadores. Has entrado con fuerza y directo a la cabeza. Tengo que sacarte la tarjeta roja.
Daniel asintió llevándose las manos a la cabeza con desespero. No podía hacer otra cosa, no podía regresar el tiempo atrás.
—Evans —continuó el árbitro—, te conozco desde que eras un niño, así que voy a darte un consejo. Lo que sea que tienes contra el león, déjalo fuera del estadio. Este no es lugar para arreglar vuestras desavenencias.
Daniel asintió de nuevo, incapaz de decir nada mientras caminaba hacia el banquillo.
Era inaudito, no había sucedido algo así en, al menos, cincuenta años.
Pero ahí estaba. Lo habían expulsado por su mala acción y por su culpa, su equipo jugaría en desventaja.
Serían catorce hombres frente a los quince que tenían ganas de bajar del trono a los All Blacks.
Por un instante, la vergüenza se apoderó de él.
¿Qué pensaría su familia? ¿Qué demonios le había pasado?
Y, tras mirar al cielo y dejar que la lluvia golpease su rostro, decidió que no iba a ocultarse como un cobarde.
No, se quedaría en el banquillo y contemplaría cómo su equipo peleaba con uñas y dientes para, minutos después, caer frente a los Lions.
Ya en los vestuarios, los compañeros lo abrazaron; estaba destrozado, había dejado que ella se colara demasiado adentro y eso había afectado a su juego.
Y no podía consentirlo. Así que tenía que ponerle fin a lo que había entre ellos.
Por más que le doliera no podía echar todo por la borda ahora que estaba tan cerca de conseguir lo que siempre había soñado.
El saco no dejaba de vibrar, lo golpeaba sin descanso, sin piedad.
Y, aun así, no era suficiente. Habían pasado varios días en los que no había contestado sus mensajes ni sus llamadas.
No podía hablar con ella, todavía no era el momento.
Se debatía entre lo que sentía por esa mujer y el peso que llevaba sobre su espalda, autoimpuesto, era cierto, pero ¿cómo poner en segundo lugar tantos años de sufrimiento y dedicación?
Eso era lo que lo mataba, porque no quería perderla, estaba seguro de que era la indicada, su corazón se rompía en pedazos cada vez que se imaginaba un futuro sin ella, aunque también lo hacía al pensar que iba a dejar de lado su meta.
En unas horas debía presentarse ante la comisión que se haría cargo de su caso y estaba asustado. El teléfono lo hizo separar la frente, perlada en sudor, del desgastado saco en el que se había apoyado para recuperar el aliento que perdía cada vez que se veía envuelto en ese bucle de indecisiones.
Se acercó a él para ver que era ella, de nuevo.
Cerró los ojos y dudó, por unos interminables segundos, aunque al final, se decidió por no contestar, esta vez tampoco.
No se veía con fuerzas para hacerlo sin culparla por lo sucedido y prefería callar a decir cosas que ni el tiempo pudiese borrar.
Así que, de momento, la dejaría en un segundo lugar y se ocuparía solo de lo más inmediato: el futuro de su carrera profesional.
Al llegar al lugar en el que se llevaría a cabo la evaluación de su jugada, su cuerpo tembló. Se lo iba a jugar todo en unos minutos y los periodistas lo esperaban con el ansia dibujada en sus rostros. Hambrientos de noticias, fueran cuales fueran.
Tomó una gran bocanada de aire, se ajustó la corbata y salió con el rictus serio que requería la situación, sorteando como pudo a los reporteros.
Una vez dentro del edificio, se presentó frente a los miembros de la comisión que ya habían tomado una decisión con respecto al capitán de los All Blacks.
A pesar de que estaban de acuerdo en que había sido una entrada imprudente y peligrosa, también dictaminaron que no había habido intencionalidad.
Escucharlo devolvió el latido a su corazón, que se retorció segundos después cuando le obligaron a disculparse con el escocés que no pudo disimular la sonrisa de triunfo que llenó su cara.
Tal vez era la forma en la que el destino le hacía pagar por su pasado. Fuera como fuese, no aguantaba más en presencia de este y se largó de allí en cuanto le dejaron.
En la calle la prensa lo esperaba, observó con detenimiento las caras, buscando una conocida, pero entre los periodistas no estaba ella.
Así que, con resignación, decidió que lo mejor sería dejar las cosas como estaban sin un adiós, sin ninguna explicación.
Era lo mejor. Si algo tenía claro era que no estaba dispuesto a perder todo lo que había conseguido; ni por ella ni por nadie.
Menos por alguien que no se presentaba en uno de los peores días de su vida.
Cuando llegó a su casa, se encontró con la sorpresa de que tenía visita. Sentada en los escalones de entrada, lo esperaba.
Su melena oscura iba a juego con la noche. Las flores blancas que adornaban el jardín parecían gritar que le colocara una en el cabello. Seguro que se vería preciosa. Pero no podía seguir con eso.
—¿Qué haces aquí? —preguntó hosco. Más brusco de lo que pretendía.
—También me alegro de verte. ¿Estás bien? ¿Qué ha pasado? —preguntó sin importarle su tono serio.
Creía que se iba a volver loca por no poder verlo, pero ahora lo tenía frente a ella y sabía que la necesitaba. Así que ignorando todo, se acercó y lo besó. El contacto de sus labios con la boca masculina fue frío, tan cortante como el hielo en invierno.
Insistió, pasó sus brazos alrededor de su cuello y volvió a besarlo. Pero él no le devolvió el beso y sus manos no aferraron su cuerpo, sino que apartaron las suyas de su cuello, rompiendo el contacto entre ambos.
—Vete, Yasnaia, vete. No quiero verte —ordenó.
—¿Perdón? —preguntó confusa, pestañeando con rapidez, como si eso la ayudara a comprender lo que acababa de escuchar.
—Lo siento, vete. No puedo permitir que esto vuelva a suceder —murmuró apretando los dientes y los puños. ¿Estaba seguro? ¿De verdad?
Por un segundo, todo quedó en el aire. El eco de esa frase y el significado que, poco a poco, se abría paso en el interior de Yasnaia eran como un bisturí que cortara la carne con delicadeza, pero a la vez con precisión, y le abriera paso a lo que parecía querer decir.