Capítulo 14.
Las últimas semanas se habían esfumado como humo al aire. No habían descansado el uno del otro ni un solo momento. Daniel después de los entrenamientos le dedicaba todo el resto del tiempo.
Ella, cuando no estaba con él, se dedicaba a mandar las fotografías y los textos de lo que iba visitando.
También se le ocurrió la idea de hacer un canal de vídeo en el que iba colgando momentos de su estancia en la isla.
La verdad era que había tenido muy buena acogida y muchos de sus minirreportajes se habían hecho virales.
Ya no era una cara más, empezaba a ser conocida y su jefe no podía estar más contento, porque eso impulsaría el reportaje una vez completado.
No necesitaba más; tenía a Daniel y su cámara, era feliz como nunca antes y aunque todavía no se lo había dicho, lo amaba. No podía seguir ignorando ese pegajoso sentimiento que crecía cada día más.
Estaba ordenando las fotos y no dejaba de sonreír.
Tenía en sus manos una que era del Parque Nacional de Tongariro: lagos de aguas turquesas, fuentes termales, volcanes con sus cumbres cubiertas de nieve…
un espectáculo para la vista. La puso en un montón donde iba a clasificarlas, también tomó una de las muchas que había hecho en Milford Sound, un fiordo de belleza indescriptible.
No había podido quitárselo de la cabeza durante días.
Tomó otra, esa era especial y no iba a verla nadie más que ella.
Tal vez algún día se la enseñaría a Daniel.
Era una fotografía tomada en Cathedral Cave.
Era la entrada a «Narnia» y no había podido evitar hacerle la fotografía justo cuando pasaba por el arco de piedra que daba a hermosas playas de arena dorada.
Las playas de Cathedral Cave le recordaron a otras dos: Elephant Rocks, una playa llena de unas grandes piedras que daban la impresión de ser una inmensa manada de elefantes, y la playa de Koekohe que la dejó impresionada porque las rocas parecían auténticos huevos de dragón.
Cogió la tarjeta de la cámara de fotos y la metió en el portátil, observó el resto de imágenes: había nadado con focas en Kaikoura, visto pingüinos en la costa de Oamaru…
y en todos esos lugares, había estado con él.
Nueva Zelanda había resultado ser un país precioso, lleno de lugares hermosos, de volcanes, playas y vegetación exuberante.
Había visitado Hamilton, Wellington y también Queenstown, bautizado por muchos como el lugar más hermoso de todo el país. Un pequeño y hermoso pueblo entre lagos. De noche la vista era espectacular. Relucía como si las estrellas hubieran decidido bajar y habitar ese pedazo de tierra.
Y ese fin de semana, tenía una sorpresa preparada para ella.
Aunque no tenía ni idea de lo que era. Seguro que algo espectacular, como todo lo era a su lado.
Debía reconocer que le había facilitado mucho el trabajo que él fuera quien era.
Había viajado kilómetros y más kilómetros usando avionetas para moverse más rápido desde la isla Norte al resto de lugares que quería conocer.
Había contemplado islas desiertas, cataratas, lagos… y todo gracias a él.
La puerta sonó y supo que ya estaba allí. Se levantó dejando todas las imágenes que había impreso sobre la cama, formando una falsa colcha fabricada de recuerdos de ellos.
Al abrir lo encontró tan arrebatador como siempre. Se aferró a su cuello y lo besó sin pudor. Le encantaba besarlo. Podía besarlo durante horas y no cansarse ni un instante.
—Vaya, parece que me has echado de menos.
—Llevo todo el día clasificando fotos y editando textos. Tenía ganas de verte. ¿Adónde iremos?
—Es…
—¿Una sorpresa? —terminó la frase por él.
—Una sorpresa. Así vas bien. Solo toma tu cámara. No la olvides, no querrás dejar de fotografiar esto.
Yas sonrió, tomó su cámara y salió de la mano de Daniel dispuesta a descubrir qué sorpresa le depararía el resto del día.
Daniel condujo el automóvil y minutos después aparcó en una zona que Yas podía adivinar qué era. Era un helipuerto. ¿Iban a hacer un tour en helicóptero?
—¿Vamos a ir en helicóptero?
—¿Te dan miedo?
—¡No! ¡Estoy alucinando!
—Imaginé que te gustaría. Este es Pet —dijo señalando al hombre maduro que sería el piloto—. Pet, ella es Yasnaia.
—Un placer. Espero que disfrute del vuelo.
Tras subir y prepararse para despegar, iniciaron el vuelo. El aire y el ruido que hizo el aparato al despegar la sorprendieron, siempre había pensado que exageraban en las películas, pero nada más lejos de la realidad.
Contempló la ciudad de Auckland que tan bien había llegado a conocer y de la que guardaba recuerdos y momentos especiales y al momento estaban en mar abierto.
—¿Vamos a una isla? —preguntó sin poder contener más la curiosidad.
Daniel sonrió y apretó una de sus manos. Podía sentir que él también estaba excitado, fuera adonde fuera, pensaba que ella lo iba a disfrutar.
—¡Vamos! ¡No seas así, dime adónde vamos!
—Te lo diré… a cambio de un beso.
—¡Hecho!
Y, tras el beso, llegó. Observó los ojos de Daniel que brillaban con malicia y al volver la vista hacia donde él la dirigía lo vio: ¿era un volcán?
—Bienvenidos a White Island —informó el piloto.
—¿Es un puto volcán? —interrogó sin poder creerlo.
Le temblaban las manos por la prisa que tenía en sacar su cámara.
—Sí, ¡sorpresa!
—Y tanto que sí —susurró.
—Estamos en la bahía de Plenty —intervino de nuevo el piloto—, eso es el pico de la montaña.
El resto, un setenta por ciento, está sumergido bajo el agua.
Esa fumarola está activa desde hace unos ciento cincuenta mil años.
Es el cráter más joven de los tres. El helicóptero hizo un giro y se colocó en posición, iban a pasar por encima de ese espectáculo vivo de la naturaleza.
La isla tenía forma de herradura y estaba rodeada de aguas turquesas, sobre estas, una especie de río de tonos amarillentos que ella supuso que sería por los gases tóxicos que se desprenderían del humo o tal vez las cenizas, como fuera, las fotos iban a quedar espectaculares.
No podía dejar de fotografiar desde varios ángulos y, cuando se dio cuenta de que el helicóptero parecía perder altitud para aterrizar en la isla, se quedó sin aire.
—¿Vamos a aterrizar?
—Sí, te voy a llevar de paseo, nena.
—Estás loco…
—Bueno… ya te llevé al cielo cuando fuimos a Waitomo, ahora toca llevarte de paseo al infierno. Solo me queda llevarte al fin del mundo —bromeó.
—También te seguiría hasta allí —susurró.
Yas no podía estar segura de si Daniel la habría escuchado, pero no preguntaría. Lo había dicho de verdad, le había mostrado el cielo, ahora el infierno y solo faltaba que ese hombre la llevara al fin del mundo, aunque no necesariamente, eso tenía que ser bueno.
El helicóptero aterrizó con suavidad y bajaron. Al hacerlo, las piernas de Yas temblaron un poco, estaba emocionada. Pisaba tierra volcánica y el calor y el aire eran diferentes. Pasearon por la zona habilitada para ello y terminaron sentados frente al mar.
El sol empezaba a perder brillo y coloreaba el horizonte de tonos rojizos, naranjas y violáceos. Daniel extendió la mano y señaló un punto en el océano que los rodeaba. Al principio no tenía claro qué era, hasta que los vio.
Eran delfines. Saltaban entre las aguas turquesas; uno tras otro.
Como si fueran niños jugando. Eran preciosos.
Preparó la cámara y volvió a perderse en ese mundo tan suyo, donde solo había cabida para su objetivo y para Daniel.
Por inercia, siempre terminaba sacándole alguna foto cuando menos lo esperaba.
Le gustaba verlo relajado, siendo solo Daniel y no el capitán de los All Blacks.
Le gustaba Daniel, lo amaba. Había logrado que deseara echar raíces y, por primera vez en su vida, estaba dispuesta a dejarlo todo por alguien. Por él.
Regresaron en el helicóptero cuando apenas quedaba luz del sol. El paseo desde el helipuerto al hotel fue relajado y demasiado corto. Daniel la acompañó a cenar y después a su habitación. Cada vez le costaba más separarse de él, cada vez le costaba más pasar la noche sin él.
Al llegar a la puerta de la habitación, Daniel la besó en la frente y se despidió con un «buenas noches» que a ella le supo a poco. Así que se alzó de puntillas y llevó su boca a la del hombre que la recibió con una sonrisa que hablaba por sí misma.
—Mañana tengo entrenamiento. Muy temprano, provocadora.
—Todavía es pronto. Solo uno, lo prometo.
—¿Solo uno? —Se carcajeó entrado dentro.
Y la tomó entre sus brazos y la besó de nuevo con el ruido de fondo de la puerta al cerrarse.
Camino a la cama, fue quitándole la ropa y Yasnaia lo imitó.
Sacó la camiseta por su cabeza y al hacerlo se mordió el labio tratando de contener el deseo que despertaba ese hombre en ella.
No importaba que no fuera la primera vez que lo veía sin ropa, todas las veces le causaba ese efecto.
La dejaba sin palabras, era como si se hubiera escapado del cartel de publicidad de las paradas de autobuses.
—¿Te gusta lo que ves? —preguntó con la voz ronca, una anticipación de lo que iba a suceder.
—Me encanta lo que veo, podría mirarlo durante horas y horas sin pestañear.
Daniel rió de buena gana por sus palabras. Siempre sonreía cuando estaba con ella, y le encantaba.
—A mí también me gusta mucho lo que veo, pakeha.
—Pues… míralo todo el tiempo que quieras —murmuró terminando de quitarse la ropa. Estaba desnuda, frente a él.
Daniel apretó la mandíbula y las manos en un puño, esa mujer lo llevaba al límite, lo provocaba sin descanso, hasta cuando sabía que iba a perder seguía peleando y eso lo excitaba más que ver lo hermoso que era su cuerpo bañado por la luz de la luna que entraba por la gran cristalera de la terraza.
—Lo haré porque me encantan las vistas —y sin más la cogió y la llevó hasta la terraza de paredes altas.
Yas al darse cuenta de dónde estaban, quiso regresar dentro y cubrirse, pero él se lo impidió besándola con rudeza y logrando distraerla de cualquier otro pensamiento que no fueran ellos.
—Nadie puede vernos. Disfruta, solo disfruta de las vistas.
La colocó cerca de la baranda para que observara las luces de la ciudad, el ambiente animado de las calles, el cielo nocturno lleno de estrellas y la penetró con cuidado, desde atrás.
Yas no podía apartar la vista del panorama ni ignorar la boca de Daniel que la besaba en la clavícula, la lamía y le daba suaves mordiscos que erizaban su piel.
El ritmo era lento, las manos del hombre la rodeaban y su pecho rozaba su espalda.
Inclinó la cabeza hacia atrás y la dejó descansar sobre el pecho masculino.
Se relajó y disfrutó de cada suave envite.
Los jadeos de ambos flotaban en la noche y se alejaban para confundirse con las escasas nubes que empañaban el cielo.
El ritmo empezó a ser más apremiante y Yas se inclinó hacia delante, curvando la espalda para darle mejor acceso.
—¡Joder! Me vas a matar, pakeha , me vas a matar…
Y con cada empuje ella gemía y él gruñía perdidos en ese calor que siempre nacía cuando estaban juntos. Uno diferente. Uno único; solo de ellos. Algo que no volverían a sentir con nadie más, porque les pertenecía.
Cuando estaban a punto de ser arrasados por el placer, Daniel la cogió de las caderas con fiereza y aumentó el ritmo hasta que Yas gritó su nombre seguido de un gemido profundo que la dejó sin aliento, que la llevó lejos… junto a las estrellas que la arropaban.
—Quédate —murmuró junto a su oído.
Yas sabía a qué se refería sin necesidad de más explicaciones.
—Hasta que decidas lo contrario —fue su respuesta y era cierto, mientras la quisiera a su lado, estaría ahí. Él afianzó su abrazo.
—¿Vendrás a verme jugar el sábado?
—Claro. ¿Contra quién jugáis?
—Contra los Lions de nuevo.
—Allí estaré, animándote.
De nuevo apretó con fuerza el cuerpo de la mujer contra el suyo y después se relajó. Pasaron la noche tranquilos, arrastrados a las profundidades del sueño, abrazados y siendo conscientes de que no solo era sexo.
Hacía tiempo que no lo era.