Capítulo 13
Se despertó temprano, confusa al notar un peso a su alrededor. Se movió con cuidado y se lo encontró aferrándola como si fuera una trampa para osos y ella la víctima.
Su primer anhelo fue acariciar su rostro que mostraba el dorado vello que peleaba por hacerse paso entre la piel del rostro.
Era tan atractivo que no parecía real. Se vio a sí misma en el futuro, a su lado, compartiendo una vida con él y se asustó.
Sabía que había metido la pata… hasta el fondo y más allá.
Se levantó con sigilo y se puso la ropa interior y el vestido que había llevado la noche anterior, cogió los zapatos y salió con ellos en la mano a hurtadillas de su propia habitación, como una vulgar ladrona.
No podía quedarse, tenía que irse de allí.
No sería capaz de mirarlo a los ojos, se lo iba a notar.
¿Que iba a ser solo sexo? ¡Una mierda! No se lo creía ni ella.
Había sido mucho más, al menos para ella.
Tal vez para él había sido una de tantas noches: guapo, famoso, rico, deportista de élite y, además, se lo rifaban las agencias de modelos…
¿Cómo coño había llegado a suceder eso? Ella no era nadie…
solo una periodista novata que se mataba a trabajar para abrirse paso en un mundo gobernado por hombres.
Echó un último vistazo a la cama para ver a ese dios maorí que lucía tatuajes tribales. Eran cálidos y a la vez gritaban que era un guerrero al que no le asustaban las batallas, todo lo contrario, les hacía frente con arrojo.
Y ella, no era nada más que una mujer sin familia ni raíces que prefería viajar por el mundo ligera de equipaje y sin paradas largas.
Entre otras cosas porque no quería encontrar ningún sitio en el que le apeteciera echar raíces, porque al final nada perduraba, y cuando llegaba el fin se llevaba un trozo de alma y ella ya había perdido bastantes.
Por eso no se veía con fuerzas para enfrentarlo, porque si lo miraba a los ojos iba a saber que para ella esa noche había significado algo más de lo que quería reconocer y no era ese el acuerdo al que habían llegado.
No era justo; no solo él era el que debería poder jugar sucio, ella también, pero no había resultado así; tenerlo dentro había resultado muy… íntimo.
Y, aunque lo deseara, no podía decirse más mentiras.
Tal vez otras personas pudieran hacerlo e incluso llegar a creerse sus propias farsas, pero en su caso, no era así, tenía la extraña manía de vivir con ella, y dentro de ella, un asco cuando el interior de una estaba vacío a excepción de la más absoluta soledad.
Así, que escapó de su propia habitación.
De camino al ascensor no dejó de recordar los momentos pasados con él y no pudo evitar sonreír y esa expresión en su cara se agrandó cuando al abrirse la puerta del elevador, vio en el suelo de este la chaqueta del traje de Daniel, tal y como la habían dejado en sus prisas por hacerse uno.
Entró a toda prisa y pulsó el botón de la planta baja, tenía que refugiarse en la cafetería y aclarar sus ideas o al menos tomar algo de cafeína que la hiciera verlo todo de forma más clara.
Más impersonal.
En el momento en que pensó que estaba a salvo, las puertas del ascensor se detuvieron para abrirse y se lo encontró con solo la ropa interior y el cabello despeinado. Observándola, con los brazos cruzados sobre el pecho y una mirada reprobadora que le hizo sentir vergüenza.
—¿Pensabas huir? —increpó, hosco, mientras colocaba las manos a ambos lados de la puerta.
La voz, masculina y algo soñolienta, ocupó todo a su alrededor, era increíble cómo algo etéreo podía cobrar forma y ocupar espacio.
Un escalofrío la recorrió. Y una sonrisa irreverente se formó en su rostro al observarlo bien, el bóxer tenía una mancha que sabía muy bien a qué se debía porque ella era la culpable.
Ese hecho la hizo morderse el labio inferior y cerrar las piernas, porque de nuevo estaba ansiosa por tenerlo dentro de ella.
Daniel la miraba entre molesto y divertido. Molesto porque la había pillado en plena huida y divertido porque podía leer en sus ojos con toda claridad en qué pensaba. ¿Acaso creía que podía escapar sin que se diera cuenta?
—Buenos días —soltó sin saber qué más decir—, no huía, es que no quería despertarte.
«Ni que escucharas el atronador sonido de mi corazón».
—Mientes. Has salido huyendo como una cobarde. No me esperaba eso de ti.
Cierto, como una cobarde con el rabo entre las piernas, aunque el rabo en el que pensaba era el de él que, por cierto, parecía darle también los buenos días.
—Vamos, vuelve a la cama.
—¿Perdón?
—Que vuelvas a la cama —ordenó.
—No, tengo que irme. Necesito café.
—Yasnaia, te advertí que jugaba sucio y aceptaste, así que vuelve a la cama, todavía no he terminado contigo.
—Yo creo que sí.
—No, nena, no he hecho más que empezar. Anula todas las citas que tengas para hoy —advirtió a la vez que la levantaba como si no pesara y la echaba sobre su musculoso hombro.
Yasnaia pataleó, aunque en realidad no quería irse. Quería volver a enredarse entre las sábanas con… con ese puto dios del sexo que había sido capaz de hacerla oír a los ángeles y a la vez saborear el azufre del infierno cuando llegó al orgasmo… por eso debía huir.
—Me alegra saber que te ha gustado tanto como para repetir, pero… —empezó a decir.
—¿Qué me ha gustado tanto? Si apenas me enteré —soltó entre risas.
Y en ese momento, Yasnaia escuchó el sonido de la rabia burbujeando en sus venas y sintió cómo su rostro iba enrojeciendo por segundos.
—¿Qué no te enteraste? —replicó molesta todavía sobre su hombro. ¿Es que le daba igual que alguien los viera así por el pasillo del hotel? —¿Entonces no eras tú el que aullaba? Vaya, se ve que me tiré a otro…
De repente dejó de estar sobre su hombro para estar sobre el duro y frío suelo, descalza, en ese momento se percató de que había dejado los zapatos olvidados en el maldito ascensor, junto a la chaqueta.
Tenía el pelo revuelto sobre los hombros, no se había puesto ni el sujetador, por las prisas de escapar de su habitación… desde luego era un crack .
—No vuelvas a decir eso, nunca —bufó molesto.
—¿El qué? —interrogó sin tener claro a qué se refería.
—Mientras estás conmigo, estás conmigo.
—No he dicho nada, has sido tú, además, ¿a qué viene este numerito de celos? No hay nada entre nosotros, quizá un buen revolcón… Ah, espera, no. Que ni siquiera estás seguro de eso porque apenas te enteraste.
—No son celos, tan solo es que lo mío no lo toca nadie.
—Me parece estupendo que lo tuyo no lo toque nadie. Pero no te olvides; no soy tuya. No pertenezco a nadie.
—Hasta que termine el plazo de veinticuatro horas, que fue lo que acordamos, lo eres. Después… ya veremos.
Antes de tener oportunidad a replicar, de nuevo la llevaba en brazos, pero esta vez, tras cerrar la puerta de la habitación, la dejó sobre la cama.
Se acercó hasta ella con una mirada decidida, le quitó el vestido por los brazos sin delicadeza y pegó un tirón a su ropa interior, que quedó destrozada sobre el suelo de la habitación.
Quería protestar, pero él adivinó sus intenciones que se vieron silenciadas por un profundo beso que desdibujó la atmósfera y todo se desvaneció entre capas de sudor, jadeos, gemidos y pasión.
Con delicadeza besó su cuello y sus pechos que, segundos antes, habían estado cubiertos por la sutil tela del vestido. Miró al suelo, el vestido era solo un borrón sobre él y le hizo sonreír. Le estaba empezando a tentar la idea de quitarle la ropa cada día.
Estaba preciosa. Sentada en la cama, desnuda, con los labios inflamados por el beso que acababa de darle, el pecho agitado por la falta de aire, el rostro cubierto por un delicioso rubor y el cabello despeinado.
La quería ver así cada noche y al despertar. Y lo supo. No iba a poder dejarla cuando acabara el plazo de veinticuatro horas que él mismo había impuesto. No tenía claro adónde los llevaría aquello, pero lo que sabía con seguridad era que no iba a desaparecer de su vida al llegar la madrugada.
—Lo siento, Yas, he cambiado de idea.
Su mirada cambió, por un instante desapareció el deseo y sus hermosos ojos verdes se llenaron de confusión, de interrogantes.
—¿Qué… sucede? —balbuceó.
—No te quiero solo por veinticuatro horas. He decidido que vas a ser mía.
Yasnaia parpadeó, si estaba confusa minutos antes, ahora su interior bullía desconcertado. Pero no pudo decir nada, ese hombre imponente acababa de ponerse de rodillas sobre el suelo de la habitación, para abrir sus piernas.
Sentir la lengua húmeda mezclarse con su propia humedad la hizo inclinar la cabeza hacia el techo, perdida en el éxtasis que le provocaba su roce. Notaba la lengua moverse sobre los labios de su sexo y la expectación por saber cómo sería sentirlo dentro, la dejó sin aliento.
Las manos de Daniel se habían anclado a sus caderas y sus besos y caricias no cesaban, arrancándole jadeos desesperados, haciendo que perdiera la razón, que no pensara en otra cosa que estar así para siempre.
Y supo que él también sentía lo mismo, por eso le había dicho que el tiempo establecido no era bastante, porque no lo era.
¿Cómo iban a apagar ese fuego que no dejaba de crecer entre ellos en tan corto periodo de tiempo?
Era imposible, incluso para ese dios maorí. Era imposible. ¿Se apagaría algún día?
Las caricias de Daniel se volvieron urgentes y la distrajeron de todo lo que fuera el placer que le regalaba.
Su boca no dejaba de saborearla. Sintió las manos desgarrar la delicada barrera que había alzado con tanto esfuerzo, despojándola de todo.
No había nada que la protegiera. Estaba perdida desde aquel primer encontronazo y ahora se daba cuenta.
—Sabes tan bien… eres perfecta, Yas.
Escucharlo gruñir esas palabras la hicieron aferrar las sábanas con fuerza, se inclinó más y abrió las piernas. Estaba expuesta, no solo su cuerpo, acababa de relajarse y mostraba ante él todo lo que era, lo que la hacía sentir.
Daniel abandonó su sexo y su boca recorrió el resto de su cuerpo, dejando una línea invisible de calor y deseo por cada centímetro de piel por el que pasaba.
Antes de darse cuenta, la había colocado sobre él.
Estaba sentada a horcajadas sobre él, que la miraba como quien contempla algo que no puede creer.
Se acercó y lo besó esperando que ese gesto bastara para que comprendiera lo que la hacía sentir.
Se movió y se colocó hasta que notó el sexo inflamado y listo del hombre para ella, se elevó y dejó que entrara en ella.
Cerró los ojos para disfrutarlo y se obligó a ir despacio, centímetro a centímetro, hasta que fue suyo por completo. ¡Se sentía malditamente bien!
Daniel gruñó y ella jadeó, pero volvió a repetir el movimiento.
Con suavidad se levantó hasta que el miembro masculino estuvo fuera y volvió a dejarlo entrar despacio.
Notaba cómo la rozaba por completo. Era increíble, era casi como si tocara su alma.
Estaban unidos de una manera especial. Había bajado las barreras y le permitía tenerla por completo.
—Si haces eso una vez más, me matarás, nena.
—¿Acaso sería una mala forma de morir?
—¿Enterrado entre tus piernas? No imagino otra mejor.
Yas sonrió y eso le hizo perder el control.
Estaba preciosa, se incorporó y la agarró por la cintura, la besaba mientras se movían despacio, mientras se conocían de verdad, sin prisa, sin descanso, ansiosos por apagar el fuego unos instantes para, más tarde, volver a hacerlo arder hasta que no pudieran controlarlo y acabaran consumidos como la leña de una hoguera.
Eso eran, la madera que alimentaba el fuego del otro, no había mejor manera de explicarlo.
Los besos eran tiernos, suaves, profundos y con cada uno de ellos se escapaba un jadeo, un gruñido, una mirada intensa que gritaba lo que sus bocas nos estaban dispuestas a confesar.
El ritmo se aceleró igual que sus corazones.
No podían dejar de mirarse. Daniel estaba perdido en la mirada nublada de ella, en esa expresión casi deformada que no era otra cosa que la constatación del placer que sentía con él.
Y se dejó llevar, apretó sus fuertes brazos alrededor de la cintura de la mujer, apoyó su rostro en el hueco del cuello femenino y lo besó y mordió hasta que el clímax los pilló por sorpresa a ambos que gritaron al unísono.
Una exhalación profunda que, de momento, apagaba el calor, aunque no lo extinguiría.
Todavía sin aliento, volvieron a fundirse en un beso profundo que hizo que Yas lo supiera con certeza gracias a su corazón que palpitaba al unísono del cántico que sus cuerpos creaban con cada roce, con cada caricia…
¿Cómo no se había dado cuenta de lo peligroso que era para ella?
Debía alejarse o, si no, estaba segura de que iba a perderse y tal vez no lograra encontrarse jamás.