Capítulo 12 #2
Como lo estaba él. Su instinto animal se había despertado ante la caza. La deseaba desde que habían colisionado en el pasillo del estadio, y la deseó más cuando se atrevió a desafiarlo en la sala de prensa.
Con gusto había aceptado el reto y ahora, por fin, la tenía donde quería. Bajo su cuerpo. Sintiendo cómo cada centímetro de la piel femenina lo reclamaba con el mismo intenso deseo que él trataba de controlar.
Yasnaia sonrió, invitándolo a continuar y eso tuvo un extraño efecto en él. De repente, la idea de tenerla a su lado siempre, apareció como un eco lejano enredado en la turbia madeja de pensamientos que ahora miso lo llenaban; deseo, necesidad, locura, posesión…
Se aproximó despacio, como el predador que estaba a punto de alcanzar su presa, jugó un poco más con ella, acercándose despacio, rozando su nariz contra la de ella, suave, cálida… Deliciosa como sabía que sería ella.
Acercó su boca y se unieron en un beso salvaje que los hizo encloquecer, los gemidos y los jadeos flotaron a su antojo sobre ellos, llenando la habitación de anhelos y deseos que pronto serían satisfechos.
Las manos de Yasnaia recorrían el cuerpo del hombre como tantas veces había imaginado.
Como otras tantas había deseado. Lo ayudó a quitarse la camisa, desabotonando con extrema lentitud cada uno de los botones.
La verdad era que no tenía ni idea de cómo era capaz de mostrar esa sangre fría en esos momentos, cuando lo que de verdad deseaba era arrancarle la prenda y morder ese pecho duro que había contemplado, con embeleso, tantas veces.
Sacó la camisa por la espalda fuerte y Daniel la miró con diversión en los ojos. Ahora le tocaba a él jugar. La sentó en el borde de la cama y se colocó atrás. Con suavidad desabrochó el botón que cerraba el cuerpo del vestido por detrás, para proceder a bajar la cremallera.
El sonido, metálico y entrecortado, logró erizar el vello de la nuca de Yasnaia que esperaba con la boca seca el siguiente paso.
Cuando llegó al final, deslizó el vestido por la suavidad de la piel de los hombros de ella y dejó que resbalara hacia delante.
Besó cada parte de piel que se encontró en su camino hasta deshacerse de la barrera que el sostén era en esos momentos.
Al verlo caer, su polla se endureció más de lo que ya estaba y pudo sentir cómo la humedad traspasaba su bóxer.
Acarició con delicadeza el costado de la mujer hasta que sus manos, expertas, acariciaron cada pezón, que se endureció ante la suave caricia.
—Daniel… —jadeó con la voz entrecortada.
—Yasnaia, me vuelves loco. Yas, me gusta llamarte Yas… es como música.
Ella sonrió en respuesta y se dejó caer hacia atrás, quedando su espalda sobre el fuerte pecho masculino. Cerró los ojos y dejó que el hombre le regalara caricias y besos en el cuello que la hacían estremecer como nunca.
Cuando supo que no podría más se levantó y se giró, dejó que él la contemplara mientras se deshacía del resto del vestido que resbaló por sus largas piernas hasta el suelo, quedando en su cuerpo tan solo las pequeñas braguitas de encaje y los zapatos de tacón.
—Estás preciosa —murmuró desabrochándose el cinturón y dejando que los pantalones quedaran olvidados en un rincón de la habitación, lejanos. Como un objeto que era un estorbo a la vista, lo que eran en ese instante.
Solo con la ropa interior se acercó de nuevo a ella que no pudo evitar admirarlo. Era como en el anuncio de ropa interior que había visto tantas veces en el autobús y en paneles publicitarios. Y estaba frente a ella. Iba a hacerlo suyo. Después… después ya vería.
Una vez frente a frente, alzó la mano que dejó resbalar por el torso del hombre, dibujando con sus dedos cada músculo marcado, cada valle, cada hendidura, hasta que coló uno de los dedos por dentro de la goma elástica de la ropa interior y descubrió que la humedad rebosaba.
Sus ojos se abrieron por la expectación y lo miró un momento que se eternizó en el tiempo porque fue capaz de detenerlo todo cuando llevó su dedo húmedo por los flujos del hombre hasta su boca y lo lamió con reverencia.
Con placer. Con deseo. Con esas ganas de estar con él que tanto había reprimido, que tanto se había negado a ella misma.
Daniel no pudo evitar que su cuerpo reaccionara y dejara escapar un gruñido animal que anunciaba el fin de la cacería, la presa era suya y no iba a dejar nada para los leones, ni los huesos.
La cogió con brusquedad por el cuello y la cintura para llegar bien a su boca que besó a conciencia.
Las lenguas de ambos se enredaron, las manos perdieron el norte, no atendían a la razón porque estaban perdidas en la vorágine de la locura.
Esa que se experimentaba cuando había algo más que sexo entre dos personas y el darse cuenta de ello la hizo temblar.
Las manos de Daniel cambiaron de lugar y acariciaron su cintura, sus caderas, su sexo que palpitaba ansioso bajo el suave encaje.
Notaba las manos del hombre en todos lados y en ninguno el suficiente tiempo.
La besaba, susurraba palabras en su lengua materna que iban más allá de su comprensión, pero que sabían a gloria. Como la que esperaba alcanzar con él.
—Yasnaia, Yasnaia… —susurraba una y otra vez.
—Daniel…
No era capaz de articular ninguna otra palabra que no fuera su nombre. Él la volvió a coger en brazos y la dejó de nuevo en la cama. Quitó cada uno de los zapatos y besó la cara interna del tobillo, de la pierna hasta llegar al muslo en el que se perdió.
Se zambulló entre sus piernas y saboreó lo que el encaje trataba a duras penas de ocultar.
Pasó la lengua despacio, quería grabar su sabor para siempre, aunque debía reconocer que nunca iba a olvidarla.
Eso lo había sabido desde la primera vez que se perdió en esa intensa y solitaria mirada color jade, del mismo tono que su amuleto.
Yasnaia arqueó la espalda y cerró los ojos para disfrutar más del placer que sentía y que trastocaba todos sus sentidos. Agarró el cabello de Daniel y lo ayudó a meterse más a fondo, dios, su boca se sentía tan bien entre sus piernas… podía pasar así la vida entera.
Y el pensamiento, que cobraba fuerza, la asustó, pero ese sentimiento se desvaneció tan deprisa como había aparecido en el momento en que el hombre le quitó la ropa interior y la dejó completamente desnuda ante su mirada.
Una mirada hambrienta que se relamía por lo que veía.
Sus manos acariciaron sus muslos, y sus dedos se paseaban, tranquilos, peligrosamente cerca de donde ella deseaba que la acariciara, justo en el centro de sus piernas.
En ese punto que notaba inflamado y caliente por segundos.
Abrió las piernas de forma instintiva, invitándolo a entrar.
Con un beso prolongado Daniel se colocó entre ellas y, con cuidado, la penetró.
Una vez dentro cerró los ojos, abrumado por el placer tan intenso que acababa de sentir.
Ella lo miró y sintió que se deshacía en gotas diminutas hasta desaparecer entre la piel de las manos masculinas.
La consumía esa fiebre que la hacía arder, esa que nacía en su corazón, se extendía por su estómago y recorría el resto de su cuerpo a través de las venas.
Notaba cómo burbujeaba. Sabía que debía apagarla o iba a arder hasta los huesos.
Daniel la besó con ansia, hasta casi resultar doloroso… casi. Se movía dentro de ella sin control, y ella abría más las piernas para facilitarle las embestidas que no parecían ser lo suficientemente intensas.
Y llegó el momento, sintió cómo el deseo explotaba justo en el momento en que la embestía con rapidez, con fuerza, con dureza.
—Córrete, nena, córrete para mí.
Y no pudo contener más las ganas. El orgasmo llegó como una explosión de fuegos artificiales, rompiéndola un poco por dentro y desgarrando su garganta por el intenso jadeo que escapó.
Los gemidos continuaron mientras él se movía frenético, fuera de sí al alcanzar su propio placer y, con el último jadeo de ella que se perdió en la boca masculina, llegó el de él, mezclándose, haciéndose uno.
Todavía dentro de ella, apoyó la frente sobre la de ella y la nariz, como si hicieran el saludo maorí y sus alientos se mezclaron de verdad.
No, no sus alientos, sino esos trozos de alma que acababan de dejar salir por y para el otro.
Estaban unidos, para siempre. Y de nuevo, ese sentimiento de querer pertenecer a alguien, la sacudió y la asustó.
Daniel sonreía sobre su boca y ella no pudo dejar de devolverle esa misma sonrisa.
—Ha sido…
—Único —acabó ella la frase por él.
—Único, estoy de acuerdo.
Daniel salió de ella, que disfrutó de su paseo desnudo hasta el baño, de donde volvió con una toalla húmeda para limpiarla.
—Lo siento, olvidé ponerme protección.
—No te preocupes, tomo la píldora.
—Perfecto. Además, estoy supersano. Muchos controles. —Sonrió y acompañó el gesto con un movimiento de sus brazos para mostrar sus bíceps.
Yasnaia sonrió y se arrebujó en la cama. Él regresó junto a ella, se metió y los arropó. Estaba claro que no tenía intención de irse. Estaba claro que iba a querer cobrarse las veinticuatro horas de la apuesta y que las iba a aprovechar.
—Descansa, nena, mañana no voy a dejarte ni un segundo libre.
En el rostro de Yasnaia se dibujó una enorme sonrisa, había sido, con diferencia, su mejor vez. Y no tenía fuerzas para discutir con él.
—Creo que puedes quedarte con todos mis segundos para siempre.
Lo había dicho en voz alta y enseguida se arrepintió. Pero no dijo nada más, tan solo se acomodó, cerró los ojos y dejó que el calor del hombre que la abrazaba la sumiera en un sopor que pronto se transformó en un sueño profundo.