Capítulo 12
El juego le sentó bien, había pasado mucha tensión los últimos días y no poder dejar de pensar en ella no aliviaba la situación, sino que la empeoraba. Nunca, una mujer había ocupado tantos segundos en su día… y en sus noches.
Aroha arremetió contra él con toda su fuerza y él fingió que lo tiraba al suelo. La niña orgullosa mostró su sonrisa mellada y se alejó en busca de su madre para celebrar la victoria con un intento de haka que la hacía más adorable.
Eso era lo que deseaba, lo que nadie le preguntaba nunca, quería formar una familia como la suya. Quería hijos, jugar con ellos, transmitirles su cultura, dar la mano a su esposa por las noches y descargar los problemas del día a día…
Dejó escapar un suspiro mientras su mirada, sin permiso, se posaba en ella.
Podía verla charlar con su madre, se veían bien juntas.
Yas tenía la mirada perdida en las palabras de su madre.
Sabía que su madre era una excelente narradora, así que imaginó que la conversación versaba sobre algo referente a él.
Su primer partido, estaba seguro, su madre siempre que podía, lo contaba.
—¿Es la indicada, hijo?
La voz de su padre lo hizo reaccionar, se levantó y se colocó a su lado. Eran muy parecidos, aunque Daniel lo superaba en estatura y envergadura, no había duda de que era hijo suyo.
—No lo sé, papá. Tal vez… ¿Cómo estar seguro? —confesó en voz baja a la vez que se cruzaba de brazos.
—Tienes que sentirlo dentro, no es algo que nadie pueda decirte.
—Es la primera vez que traes a una chica a casa, eso tiene que significar algo, ¿no? —se inmiscuyó su cuñado en la conversación.
En realidad, tenían una muy buena relación casi como hermanos, por eso no se molestó por la interrupción.
—Supongo… aunque por otro lado no sé si es tan solo que es la primera que no ha mostrado interés en el número diez, parece que no le importa, que lo que quiere es al hombre que hay debajo del uniforme, de la fama, de los focos…
—Nunca olvides, hijo, dos cosas. La primera es de dónde vienes, la segunda, que el número diez en unos años dejará de existir, solo quedará la leyenda, el recuerdo, pero tú, Daniel Evans —recalcó dando con el índice golpes en la zona de su pecho justo donde estaba su corazón—, tú seguirás, sobrevivirás al número diez y eso es lo que cuenta.
—Sé que tienes razón, papá, aun así… parece que, aunque fuese ella la indicada, no es el momento adecuado. Ahora no debería distraerme con otra cosa que no sea mi carrera. Por eso, porque es algo con fecha de caducidad.
El silencio se cernió sobre los tres que no dejaban de mirar a la joven que, ajena a todo, disfrutaba de la conversación con la matriarca del clan Evans.
—Cuando conocí a tu hermana, no era el momento, sobre todo porque un protector Daniel Evans no me dejaba acercarme a ella. Pero, si está escrito, Daniel, no vas a poder hacer nada para detenerlo, porque sobre el corazón no manda nadie, ni siquiera uno mismo.
—A veces, tengo claro que es la indicada.
Me sudan las manos cuando sé que voy a verla, ¡joder!
Como si tuviera ahora dieciséis años, pero…
no puedo dejar de pensar que se tiene que ir a su país y que no está dispuesta a abandonarlo todo por mí y yo tampoco por ella.
Eso es lo que me hace dudar, si fuera ella la elegida, ¿no debería de ser una decisión fácil de tomar?
El padre de Daniel lo miraba con pesar y a la vez diversión, porque sabía el dilema al que se enfrentaba su hijo.
No en vano, él tuvo que enfrentar decisiones similares cuando se enamoró de una mujer maorí y tuvo que dejar su país natal y todo lo que conocía por ella.
Sus costumbres, su forma de ver y vivir la vida…
pero, aunque tuvo dudas, llegado el momento la decisión fue fácil.
—Las mejores cosas de la vida, las más valiosas nos hacen replantearnos todo.
No son sencillas. Aun así, estoy seguro de que, llegado el momento, todo se aclarará en esa cabeza dura que tienes.
Te diría que no juegues con ella, pero creo que la que tiene el juego ganado de antemano, es ella.
Te has encontrado con una gran rival, hijo —terminó su padre la charla golpeándolo en el hombro. Casi como si le diera el pésame.
Se despidieron de todos entre refunfuños.
Se quejaban de que no lo veían a menudo, tan solo en ocasiones especiales y, en ese momento, Yasnaia supo que se habían reunido para celebrar el cumpleaños de la hermana de Daniel.
Se sintió mal por no llevar nada para regalarle, y se prometió enviarle algo.
La vuelta al hotel en el coche la hicieron en silencio.
Parecía que los dos se habían dicho todo, pero nada más lejos de la realidad.
Lo que ocurría era que Yasnaia estaba totalmente impresionada por Daniel.
No por el capitán, sino por el hombre que respetaba y amaba a sus padres, el que jugaba con su sobrina, el que adoraba a su hermana y quería a su cuñado como a un hermano.
Ese mismo hombre que había, desde niño, sacrificado tanto para llegar donde estaba.
La verdad era que estaba impresionada, mucho.
Y temía el momento en el que tuviera que reconocer que había perdido la apuesta, el problema era que no solo había perdido la apuesta, se temía que había perdido mucho más, aunque no estaba dispuesta a reconocerlo.
Daniel aparcó y esta vez Yasnaia le permitió que le abriera la puerta del coche. Caminaron juntos hasta el hotel y, una vez en la puerta metálica del ascensor, Daniel la miró sin saber muy bien a qué atenerse.
—¿Me acompañas? —preguntó con voz suave.
—Por supuesto.
La puerta se cerró en el momento en que pulsaban la planta de la habitación.
Yasnaia era consciente de que la tensión era tan espesa que podía verse entre ellos.
Llevaba sobre los hombros la chaqueta de Daniel, para protegerse del fresco de la noche y su olor la tenía embriagada, mucho más que el vino que había bebido.
Se acercó a él y puso sus manos sobre el pecho del hombre que reaccionó de inmediato. Su corazón latió más rápido y fuerte y sus ojos se oscurecieron.
—Yas… —musitó esperanzado.
—Me temo que he de reconocer, capitán, que ha ganado la apuesta —susurró y los ojos de Daniel se abrieron y una sonrisa lobuna apareció en su atractivo rostro, haciéndolo irresistible.
—Así que ahora puedo pedir lo que desee como premio, ¿verdad?
Yasnaia asintió, expectante.
—Te quiero a ti —murmuro exudando una seguridad ya conocida y haciéndola temblar a ella más si es que era posible—, quiero veinticuatro horas contigo. Solo para mí.
Y, al acabar de pronunciar esas palabras, se puso de puntillas y acercó su boca a la del hombre que la recibió con el deseo que llevaba conteniendo tanto tiempo.
Ella jadeó y abrió la boca para acoger la lengua del hombre que deseaba de una manera que no era capaz de comprender y Daniel posó sus manos en la cintura femenina y la atrajo a él con brusquedad, haciendo que la chaqueta quedara sobre el suelo, a los pies de ambos.
Las manos de Daniel se movieron ansiosas, una la dejó reposar en el punto exacto en el que terminaba la espalda de la mujer que le había quitado el sueño durante días, la otra la colocó en su nuca y dejó que su cabello suave se enredara entre sus dedos.
Yasnaia se aferró al cuello del hombre y dejó que llevara la voz cantante.
No le importaba, solo quería relajarse y dejarse llevar por las sensaciones que despertaba en ella.
El timbre metálico interrumpió el beso, que acabó de forma tan inesperada como había empezado. Los dejó sin aliento y abrazados; dentro del ascensor. Se miraban con el hambre que se había despertado entre ellos, temerosos de moverse y que desapareciera.
—¿Significa esto que he logrado impresionarte?
—Sí, capitán, y mucho.
Daniel no esperó más, la cogió y se largó con ella hasta la puerta de la habitación sin importarle que la chaqueta quedara en el suelo del espacio metálico.
Al llegar, Yasnaia apenas si era capaz de abrir la puerta que se le antojaba una barrera demasiado dura para derribar en su estado de frenesí.
Daniel le sostuvo la mano temblorosa para que pudiera lograr tal hazaña y una vez dentro, la miró con un deseo fiero.
Casi con tanta ferocidad como miraba al enemigo justo antes de lanzarse a un partido, pero no le dio miedo, todo lo contrario, hizo que un fuego como nunca antes había sentido se despertara en sus entrañas.
—Antes de que vayamos más allá, Yas, tienes que tener claro algo, en realidad es una simple regla.
—¿Cuál?
—Juego sucio.
—¿Quién te ha dicho que yo no?
—No me van los romanticismos; prefiero ir directo al grano.
—No me gusta andarme con tonterías, como habrás podido comprobar.
—Soy lo que ves, sin más adornos, Yasnaia.
—Yo veo… —murmuró mordiéndose el labio.
—¿Qué ves, Yasnaia? —preguntó acercándose a ella tanto que todo lo demás desapareció de su alrededor, como si un agujero negro lo hubiese engullido.
—Veo puro sexo.
—Es lo que esto va a ser. Es lo único que puedo ofrecer.
—Entonces, cállate la boca y fóllame de una puta vez.
Esas palabras lograron el efecto para el que habían sido pronunciadas. Daniel la cogió por la cintura y la elevó varios centímetros del suelo, los suficientes como para que ella enroscara sus piernas en la firme cintura del hombre.
Si no lo hubiese visto, con sus propios ojos, embestir a hombres más altos y fuertes que ella y lanzarlos como si fuesen plumas, habría dudado de que pudiese cargarla. Pero andaba con ella hacia la cama como si nada.
Cuando las piernas de Daniel golpearon la cama, la dejó sobre la plana superficie que se llenó de ondas.
Lo miraba con los ojos verdes oscurecidos por la expectación de lo que sucedería.
Estaba preciosa. Con el cabello oscuro extendido sobre las impolutas sábanas blancas.
A la espera. Con la boca entreabierta, con el corazón latiendo a mil y el deseo sobresaliendo por cada poro.