Juego Sucio (Tercer Tiempo 1) Capítulo 11 #3
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Capítulo 11 #3

La cena transcurrió entre risas y confesiones, y la familia de Daniel, no dudó en poner en el móvil, una y otra vez, el vídeo que se había hecho viral donde aparecía sin descanso la pregunta incómoda que le había hecho en la sala de prensa el primer día que se habían conocido, para desgracia de ella.

La familia de Daniel parecía disfrutar de lo lindo del apuro que había pasado y se carcajeaban y burlaban de la cara que se le había quedado al pequeño de la familia cuando la mujer había abandonado la sala de prensa.

Yasnaia sintió que su rostro se bañaba de rubor las primeras tres veces, después disfrutó de los comentarios y observando cómo aguantaba Daniel, incómodo, y cómo rodaba los ojos una y otra vez.

A la hora de los postres, Daniel no llevaba corbata y tampoco chaqueta. Solo la camisa a la que había desabrochado un par de botones que dejaban su cuello masculino a la vista y se había subido las mangas hasta el codo, por lo que parte de sus tatuajes se mostraban.

Yasnaia no pudo evitar que su mirada se perdiera de vez en cuando en el cuerpo del hombre, sobre todo cuando se levantó y se puso a jugar rugby con su cuñado, su padre, su hermana y la pequeña Aroha, que no dejaba de reír y mostrar los dientes que no tenía.

Por más que quería retirar la mirada, no era capaz. Se había quedado enganchada a esa imagen tan diferente del Daniel que conocía. Tan normal. Tan familiar… Tan impresionante.

—Quería jugar en los All Blacks desde que tenía seis años.

Lo supo pronto y no cejó en su empeño hasta que lo consiguió —comenzó a explicarle su madre, Kahori, sirviéndole otra copa de vino—.

Todavía recuerdo la primera vez que jugó —siguió con nostalgia en su voz, regresando atrás en el tiempo con añoranza—.

Había conseguido llegar a formar parte del equipo principal muy joven, pero, eran treinta y cinco jugadores y solo hay quince números como titular, por lo que cada uno de sus compañeros peleaba con uñas y dientes por ganarse un lugar, igual que Daniel.

Yasnaia no quiso interrumpirla, al contrario, le prestó toda la atención que pudo porque la mujer le contaba algo íntimo de ese hombre que ahora era un dios, pero que tenía un pasado como todos.

—Fue un partido épico. Jugaban contra los Lions.

Una marea roja llenaba el Eden Park y el ruido era ensordecedor.

Mirábamos desde las gradas cómo varios de los jugadores más expertos caían uno tras otro.

Una posible conmoción, una pierna rota… mi marido no dejaba de despotricar, al igual que el resto de espectadores, porque veíamos que el partido se nos iba de las manos.

Se olía la derrota y si hay algo que no nos gusta, es perder.

Entonces, el entrenador se acercó a los suplentes.

Los nervios llenaron nuestra fila, en la que los familiares de todos los jugadores ocupaban los asientos.

Cada uno esperando que fuese su hijo, su padre, su hermano o su marido el elegido.

Yasnaia escuchaba sin interrumpir, la mujer lo contaba con tanta intensidad que ella misma podía verse en ese momento, en el campo de juego, sintiendo esa misma tensión que tuvieron que vivir hacía ya tantos años.

—Mi marido me agarró fuerte de la mano y se puso en pie ignorando los gritos de los demás espectadores.

Lo supo. Y me lo dejó saber. Le había llegado su oportunidad: nuestro pequeño iba a cumplir por fin su sueño.

El entrenador se acercó a Daniel, lo miró a los ojos y apoyó la frente contra la de él a la vez que le susurraba algunas palabras.

—Tuvo que ser un momento maravilloso —susurró Yasnaia absorta en la historia.

—Lo fue. Salió al campo. Los Lions hicieron una jugada espectacular.

La marea roja llenó de color el estadio y el ruido era intenso.

Pude verlo mirar a su alrededor. Comprobando que no cabía ni un alma más.

Por un momento el miedo nubló su mirada azul, pero entonces salió y…

se obró la magia. Los periodistas que retransmitían el partido no podían dejar de elogiar al joven número diez.

Era rápido, inteligente, fuerte… e hizo dos entradas espectaculares.

Él solo. Los esquivó a todos. Sin ayuda. Y marcó.

»A partir de esa noche, siempre ha estado al cien por cien.

Nunca ha defraudado a los seguidores de los All Blacks, y no es bueno para su espíritu porque cada vez se exige más y va a llegar un momento en que la presión que guarda dentro va a explotar y salir con fuerza.

Igual que un géiser. Y temo que llegue ese día y no tenga a nadie que lo sostenga en su caída —terminó en un susurro, golpeando con suavidad con su mano las de Yasnaia.

Las palabras de la madre de Daniel no pretendían ocultar la súplica que también se reflejaba en su mirada, al contrario, parecía gritárselo, pedirle que ella hiciera algo, lo que no entendía esa preciosa mujer, era que ella no significaba nada para él.

Bueno, tal vez nada no era la palabra correcta, pero si sentía algo por ella, no tenía el suficiente peso como para que la tuviera en cuenta.

Tampoco era como si ella se hubiera planteado el hecho de quedarse allí, para siempre, de hecho, se había propuesto dejar de verlo esa misma noche. Y, no todo era bueno en Nueva Zelanda…