Capítulo 11 #2
—Es parte de mi plan para impresionarte. ¿Lo he conseguido ya?
—La verdad es que me ha impresionado el capitán de los All Blacks, sobre todo cuando me ha deleitado con esa haka tan especial.
No voy a negarlo. Pero todavía estoy esperando a que me impresione el hombre que hay debajo, ese hombre que solo es Daniel, ese que queda cuando se quita el uniforme y no tiene una tarjeta de crédito.
—Espero conseguirlo, porque el tiempo se me acaba y, la verdad, hacía mucho que no me apetecía tanto ganar una apuesta.
La carcajada de Yasnaia la sorprendió hasta a ella.
Se estaba divirtiendo de lo lindo, él parecía aceptar el juego y, de momento, no había usado juego sucio para ganar, al contrario, respetaba las normas.
Aunque sabía que se le acababa el tiempo y estaba ansiosa por saber qué era lo que había preparado esa noche para impresionarla por sí mismo.
Al cabo de unos minutos, que pasaron tan rápido cómo iban, llegaron a una casa.
Era una casa normal. No se parecía en nada a lo que esperaba.
No veía una alfombra roja, ni a nadie esperando por ellos, tan solo era una casa de madera de dos plantas.
Una casa en la que podía vivir cualquier persona normal, no la mansión de un deportista y modelo famoso.
Bajaron del coche, esta vez Yasnaia no le permitió que le abriese la puerta a pesar de que había pretendido ser más rápido que ella, y le ofreció el brazo que tampoco aceptó.
Se agarró a su pequeño bolso y caminó a su lado.
—¿Dónde estamos? ¿Esta es tu casa?
—Algo así… sonrió con malicia. ¿Me lo vas a poner muy difícil, Yasnaia?
—Igual de complicado que desde el principio.
—No estás dispuesta a dejarme ganar, ¿verdad?
—En realidad, si no logras dejarme con la boca abierta con lo que sea que tienes preparado, será la última vez que ceda a tus deseos de encontrarnos.
Las palabras la hirieron en cuanto salieron de su boca, ¿de verdad no quería volver a verlo? ¿Estaba segura de lo que acababa de decir? Él tampoco parecía feliz con lo que escuchaba, pero así debía ser.
—Entonces, tendré que esforzarme todavía un poco más.
Yasnaia no pudo decir nada, habían llegado a la puerta. Daniel llamó y enseguida una niña preciosa con melena rubia y rizada, coronada con una diadema de flores naturales, acudió a abrirles la puerta.
—¡Daniel! —chilló al verlo emocionada, abrazando sus rodillas.
—Aroha… ¡Estás preciosa!
—Es verdad, tío Daniel, tienes razón.
—Como siempre, pequeña. —Sonrió a su vez guiñándole un ojo.
—¿Quién eres? —preguntó en inglés dirigiéndose a ella—. Eres muy guapa. Me gusta tu vestido. Soy Aroha.
La niña soltó la parrafada sin respirar y, de inmediato, se cogió el vestido e hizo una reverencia. Yasnaia no pudo evitar sonreírle con cariño. Era adorable y se parecía mucho a su tío. El mismo tono de pelo, el mismo color de ojos…
Yasnaia se agachó para quedar a su altura y se presentó.
—Me llamo Yasnaia. Encantada, Aroha, me gusta mucho tu nombre.
—Significa amor y misericordia. Mi tío dice que es justo el nombre que va conmigo porque soy todo amor y tengo un corazón así de grande… —explicó trazando un amplio círculo con las manos.
—No me cabe la menor duda, estoy segura de que es el nombre adecuado para ti.
La chica sonrió y mostró una dentadura llena de huecos y se abrazó al cuello de Yasnaia, para acabar dándole un beso en la mejilla.
—¡Mamá, mamá…! —gritó de nuevo—. ¡El tío Daniel ha venido con una princesa vestida de verde! ¡Parece Ana de Frozen !
—Creo que le has gustado.
—A mí ella también —afirmó mientras reía sin parar. ¿Ana de Frozen ?
—Parece que el único que no es capaz de impresionarte, soy yo —farfulló, molesto.
Yas soltó una carcajada y pasó siguiendo la indicación de Daniel.
—Ven, vamos, nos esperarán.
Yasnaia se fijó en la bonita casa. La cocina tenía una gran isla con asientos y desde allí se veía el comedor, que albergaba una amplia mesa de madera.
Continuaron caminando hasta la parte trasera de la edificación.
Al llegar a la puerta que daba al exterior, Daniel le cedió el paso y Yasnaia se encontró con la niña que agarraba de la mano a su madre; no había la menor duda de que lo era. Esta sonreía a la niña sin cesar.
—No es verdad, el tío Daniel nunca trae a nadie. Sabes que no está bien mentir, Aroha —explicaba la madre a su hija.
Y, en ese momento, se cruzaron sus miradas y la joven se quedó sin habla. Al igual que el resto de personas que estaban allí.
—Vaya… quiero decir, bienvenida. Daniel, no nos avisaste de que vendrías acompañado.
—Lo siento, lo olvidé. Es Yasnaia.
—Sí, sé quién es.
—¿Sabes quién es?
—Claro, todo el mundo habla de la guapa periodista que te puso en su sitio —explicó sonriendo con malicia—. Encantada, mi nombre es Moana. Ella es mi pequeña, Aroha.
—El placer es mío. —Sonrió Yasnaia un poco avergonzada. Estaba claro que eran los familiares de Daniel y que habían presenciado la escena que habían protagonizado en la sala de prensa. ¿Había algo más vergonzoso ahora mismo? ¿Había alguien en la isla que no hubiese visto ese momento?
—Soy Kahori, la madre de Daniel. Es un auténtico placer tenerte aquí, Yasnaia.
—Gracias. También lo es para mí.
—Yo soy Tane, el cuñado de Daniel. Y, me alegra conocerte, ya era hora de que alguien le bajara los humos a esta princesa —comentó sonriendo a la vez que daba un par de codazos a su cuñado en las costillas.
Todos rieron en armonía y Yasnaia supo que eran una familia que se amaba. No tenía con qué comparar, pero estaba segura de que lo eran. Se respiraba en el ambiente.
—¿Y papá? —preguntó Daniel mirando a su hermana.
—Ahora viene, ha ido a por una botella de vino, aunque creo que va a tener que ir a por otra cuando vea a la invitada —contestó su madre.
—Oh, por mí no se moleste —dijo la aludida avergonzada. ¿Tenía pinta de beber mucho?
—No es por ti, hija, es por mí. No me puedo creer que Daniel, por fin, haya traído a casa a una mujer.
—Bueno, la verdad es que…
—¡Papá! —la interrumpió la voz de Daniel.
Yasnaia se giró para encontrarse con un hombre que era la copia exacta de Daniel con veinticinco años más.
Era casi igual de alto y de complexión parecida, tenía el mismo color de ojos y la misma sonrisa.
Era un hombre muy atractivo y opuesto a su mujer.
Kahori tenía la piel oscura, al igual que su cabello largo y rizado, y los ojos rasgados del color del chocolate.
Daniel se había fundido en un largo abrazo con su padre y Yasnaia no pudo evitar emocionarse.
—Papá, ella es Yasnaia. Yas, él es mi padre, Jack.
—Encantada, señor Evans —murmuró sin poder ignorar la mirada de incredulidad que le dedicaba el hombre.
Y, cuando fue a darle la mano, el padre de Daniel la saludó al estilo maorí y posó su frente madura sobre la de ella. El hombre cerró los ojos y pronunció en voz baja unas palabras que interpretó como la bienvenida.
Tras el saludo del hombre, los demás miembros de la casa hicieron lo propio, así fue recibida en la casa de Daniel.
Tomaron asiento y el capitán le sirvió de forma distraída una copa de vino. Yasnaia, por educación, decidió que sería mejor no decir nada sobre el trato que le dispensaba Daniel, al fin y al cabo, le había dejado claro que solo pretendía ser amable con ella.