Juego Sucio (Tercer Tiempo 1) Capítulo 11
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Capítulo 11

El golpe a la puerta llegó de forma inesperada, estaba absorta seleccionando las imágenes que iba a mandar a su jefe y colocando los textos en el orden en el que debían ir.

Era cierto que no podía contar nada del entrenamiento, pero las imágenes de la haka y algunas más de los integrantes del equipo en pleno entrenamiento… eran espectaculares.

Sobre todo, las del capitán. Daniel tenía algo que hacía que la cámara no dejara de enfocarlo.

No le extrañaba que fuera más conocido por sus trabajos como modelo para marcas de hombre muy famosas, que como jugador de rugby .

Al menos no en los países en los que el deporte que acaparaba todos los focos era el fútbol o, en su defecto, el baloncesto.

Sin embargo, estaba segura de que no había fémina sobre la faz de la tierra que no reconociera el rostro de Daniel, más después de haber sido la cara de un conocido perfume.

Dios, era tan, pero tan malditamente atractivo… que llegaba a molestarla. Se levantó y abrió la puerta para encontrarse con un mensajero que portaba un paquete para ella. Al verlo, supo de inmediato que se habían equivocado, ella no esperaba nada.

—Creo que se ha equivocado —explicó al joven mensajero.

—¿No es usted la señorita Lira? ¿Yasnaia Lira?

—Sí, soy yo.

—Entonces no hay duda. No me he equivocado. Firme aquí.

Atónita, y sin poder quitarle la vista de encima al sonriente joven que esperaba la rúbrica, puso su nombre sobre el dispositivo y recogió el paquete perfectamente envuelto.

Dio un paso atrás, cerró la puerta y lo colocó sobre la mesa de café que había en mitad de la habitación. Al soltarlo se dio cuenta de la nota que había enganchada al lazo que adornaba el obsequio.

«No te enfades. Solo quería que fueras vestida para la ocasión. Póntelo, por favor, no es una orden. A las ocho nos vemos, Daniel».

—¿Que no es una orden? Será cara dura… —farfulló.

Al abrir la tapa de la caja rectangular, se encontró con el hermoso vestido.

Era un vestido de color verde. De gasa. Lo sacó con cuidado, porque supuso, nada más verlo, que debía de costar como poco todo lo que ganaba ella en un mes.

Lo dejó sobre la cama y contempló lo bonito que era.

La parte de arriba era lisa, con el cuello redondeado, la falda se abría desde la cintura con pliegues que la hacían parecer más vaporosa.

No quería aceptar el regalo, aunque, por otro lado, debía reconocer que no tenía nada que ponerse. Al menos los zapatos color nude iban con todo y no tendría que preocuparse por qué calzado usar con esa maravilla.

Dejó el vestido sobre la cama y regresó la vista al paquete, le iba a colocar la tapa encima cuando vio otro paquete más. Uno más pequeño. Sin duda alguna joya, en esa caja pequeña y elegante no podía haber otra cosa.

El par de pendientes la dejó sin aliento.

¿Qué clase de piedra era? ¿Un jade? Los pendientes eran sencillos, y a la vez lo más hermoso que había tenido nunca entre sus manos.

Tenían la forma del helecho plateado que era el símbolo de los All Blacks, una especie de helecho que era única en la isla.

Los pendientes tenían la forma de la hoja del helecho y por la trasera eran del color plateado de la planta, pero por delante estaban cubiertos por una capa de piedra verde. Un verde intenso que la dejó sin habla.

Los sacó con sumo cuidado de la caja y se acercó hasta el espejo del baño, se los puso por encima y un nudo apretó su garganta, no podía.

No podía dejarlo entrar, no podía aceptar sus regalos, no solo los materiales, sino los que le regalaba sin darse cuenta.

La haka, su sonrisa, el tiempo que compartía con ella…

sabía que corría peligro, él era un cúmulo de todo de lo que huía y por eso, esa noche, pondría fin a lo que fuera que estaba naciendo entre ellos desde que se conocieran días atrás.

Estaba segura de que nada de lo que hiciera iba a impresionarla si no iba a acompañado del clink metálico de la tarjeta de crédito, pero se había equivocado en su presunción.

Y, antes de que su corazón estuviese más en peligro, le pondría punto y final a esa…

relación extraña que estaba naciendo entre ellos.

Se dio una ducha y se puso el vestido verde, se hizo un semirrecogido para que los pendientes estuvieran a la vista y se maquilló muy discretamente.

No le gustaba llevar demasiado. Era como si coloreara la máscara para que se viera menos, para disimular más todavía lo que sentía y lo peor, para que lo que no era capaz de sentir quedase más enterrado.

Se estaba dando una última mirada al espejo cuando alguien golpeó la puerta. Se aliso el vestido, cogió el bolso y abrió la puerta esperando encontrarse de frente con el chófer, que empezaba a ser algo parecido a un amigo allí en la isla, así que verlo a él en persona la sorprendió.

Estaba impecable. Llevaba un traje sastre negro que se pegaba a su varonil figura haciéndolo todavía más masculino.

La chaqueta estaba sin abotonar y la camisa blanca llevaba el último botón desabrochado.

Yasnaia no pudo evitar desviar la mirada justo a esa parte de su cuello que quedaba a la vista y que era tan sugerente.

Se imaginó pasando la lengua justo por la zona y tuvo que tragarse un jadeo.

—Vaya, estás preciosa —musitó junto con un silbido—. Sabía que lo estarías, pero verlo… es otra historia.

—¿Cómo no? Parece que el gran Daniel Evans lo sabe todo.

—Ahora en serio, gracias por aceptar el regalo y gracias por ponerte los pendientes.

Al hacer alusión a ellos, se llevó la mano a la oreja y tocó la hoja de helecho cubierta de jade que tanto le había impresionado.

—Gracias, la verdad es que no era necesario. Cuando acabe la recepción a la que sea que me lleves para impresionarme pagando miles de dólares por cubierto, te los devolveré.

—La verdad, señorita Lira, es que me gustaría más que aceptaras la ofrenda de paz.

—Creo que te falta la corbata, ¿no?

—Bueno, de eso quería hablarte.

—¿Qué sucede?

—No sé hacer el nudo. Me he desesperado después de intentarlo unas cien veces, así que tengo la remota esperanza de que te apiades de mí y me ayudes.

—¿Qué te hace suponer que sé hacer el nudo a una corbata?

—Nada, solo espero y rezo porque así sea.

—Ven, anda. Entra.

Se echó a un lado y cerró la puerta. No le parecía apropiado seguir en mitad del pasillo. Una vez dentro, Daniel se quitó la chaqueta y sacó la corbata, bien doblada, del bolsillo delantero.

—Gracias. —Sonrió Yasnaia tomándola de entre sus manos.

La verdad era que no le daba las gracias por la corbata, sino por el espectáculo que le ofrecía sin darse cuenta. No había nada más sensual para ella que un hombre con la camisa sin abrochar.

Cuando los dedos de ambos se tocaron, Yasnaia sintió la descarga eléctrica recorrer sus manos y ya no le quedó la menor duda de que tenía que dejar de verlo porque solo podía pensar en la cama tan grande que estaban desperdiciando.

Se acercó a él, pasó la corbata alrededor del cuello masculino y abrochó el último botón con extremada lentitud. Estar tan cerca de ese hombre le secaba la garganta y le humedecía otra zona que guardaba entre las piernas. ¿Pero qué mujer podía resistirse a alguien como él?

Su mirada azul no perdía detalle de la cercanía y las manos femeninas, y Yasnaia intentó que sus manos no temblaran al pasar uno de los lados de la corbata por delante del otro.

No podía dejar que supiera que la afectaba tanto.

Si por cualquier motivo él la besaba en ese momento, no podía asegurar que salieran de la habitación en… dos o tres días.

Estaba a punto de pasar el extremo de la corbata por el nudo para ajustarlo, cuando la mano de Daniel se acercó a su cabello y lo retiró un poco hacia atrás.

De repente, entre sus dedos sostenía el pendiente, rozando el lóbulo de la oreja. Y ella no pudo dejar de tragar de forma ruidosa y temblar. La piel de su cuello se erizó tan solo por la expectación que nacía al tenerlo tan cerca.

—Te quedan muy bonitos, tienes unas orejas preciosas.

—Gracias. Ya casi acabo —logró decir sin que su voz delatara todo el deseo que la recorría en ese momento.

—En realidad, no tengo ninguna prisa. Tómate todo el tiempo que quieras.

—Ya está, mírate —ordenó poniendo distancia entre ellos. Necesitaba volver a respirar y tranquilizarse.

—Gracias, ha quedado perfecto.

—Bueno, es lo que tiene trabajar con muchos hombres. Alguna que otra vez me toca hacerles… los nudos de las corbatas.

Yasnaia no podría asegurarlo, pero creyó, por un instante, que la mirada azul del hombre se había oscurecido, como si fuera un cielo que anunciaba tormenta.

—¿Nos vamos? Al final llegaremos tarde —soltó hosco.

—¿No dicen que eso es elegante?

—Llegar unos minutos tarde, sí. Llegar muy tarde, no.

—Vale, estoy algo nerviosa. ¿Estoy bien? ¿Seguro? ¿Adónde vamos?

—Muchas preguntas.

—Deformación profesional.

Él sonrió, le ofreció el brazo que aceptó a pesar de sus reservas y bajaron juntos hasta la puerta del hotel en el que los esperaba un flamante deportivo.

—Vaya.

—Sí, vaya —afirmó pagado de sí mismo abriéndole la puerta.

—Gracias, pero puedo abrirme la puerta yo sola. No hace falta.

—Si algo me ha quedado claro, Yasnaia —dijo marcando cada letra de su nombre—, es que no me necesitas para nada, que eres muy capaz, pero, déjame, de vez en cuando, que muestre un poco de buena educación.

Yasnaia sonrió, se metió en el vehículo y permitió que Daniel cerrara la puerta. Una vez dentro tuvo que reconocer que ese coche era una pasada. Ella ni en sueños iba a poder, nunca, costearse uno así.

Daniel entró, le dedicó una sonrisa y arrancó. El coche salió a tal velocidad, que el cuerpo de la mujer se pegó contra el suave asiento de cuero.

—¿No me vas a decir adónde vamos?

—No, es una sorpresa.

—Está bien. No preguntaré más.

—Puedes preguntarme lo que quieras, excepto adónde vamos.

—Está bien. ¿Por qué me has invitado al entrenamiento? Estoy al tanto de que disponéis de seguridad para que no se filtre nada con respecto a los entrenamientos