Capítulo 10 #2
—Tampoco que no. —Sonrió a la vez que se daba la vuelta y se quitaba la camiseta del entrenamiento con deliberada lentitud, para que ella tomara buena nota de cada centímetro de músculo bien definido.
Cuando se deshizo de ella, se la lanzó y cayó en el regazo de Yasnaia que no supo qué hacer salvo tragar un gemido y cerrar las piernas.
Una vez el capitán y el resto del equipo se habían dispersado y nadie la miraba, no pudo evitar cogerla y llevársela a la nariz para comprobar que incluso después de tanto ejercicio su sudor era sensual.
¿Olería igual tras un maratón de sexo? ¡Joder!
Solo pensarlo le había acelerado el corazón y es que deseaba comprobarlo y estaba segura de que el capitán estaba a punto de hacerla caer.
O, tal vez, fuera ella la que se lanzara en caída libre.
Al cabo de unos minutos, Daniel apareció y la pilló haciendo más fotos del campo y paseando por él. No todo el mundo podía decir que lo había pisado, otra cosa más por la que darle las gracias.
Cuando lo vio parecía otro. Llevaba unos vaqueros oscuros y una camiseta de algodón blanca.
Sin más. Pero tampoco era que le hiciera falta ningún otro adorno, ese hombre estaba arrebatador con cualquier cosa que se pusiera daba igual que se tratara de un traje sastre de Armani que de una sudadera grande y con agujeros, todo le quedaba malditamente bien.
—¿Vamos? Tengo hambre. —Sonrió cogiéndola de la mano y llevándola a toda prisa hasta el restaurante.
—Yo también me siento hambrienta —susurró. Porque era verdad, solo que su hambre era diferente a la de él. ¿O quizá no?
—Oye, Yas —soltó de repente parándose en seco en el pasillo que los llevaba al lugar donde iban a comer algo—, siento lo de la otra noche. No fue mi intención que las cosas resultaran así, es cierto que me preocupé y bueno… estás aquí sola, no tienes a nadie y…
—Nunca he tenido a nadie —lo interrumpió, sabía exactamente que se refería al incidente con Buchanan y la puerta del hotel que pensaba echar abajo—. No lo echo de menos. No me gusta que nadie se preocupe de mí, además, aprendí a cuidarme muy bien yo sola.
—¿Seguro? —interrogó levantando la ceja de esa forma que la hacía temblar.
—Seguro.
—Pues no lo parece.
—Si lo dices porque Kenneth…
—Vaya, ya hasta lo tuteas.
Yasnaia se cruzó de brazos, otra vez estaban a punto de colisionar y quería prevenir los daños.
—Si lo dices porque Kenneth me acompañaba, fue tan solo coincidencia. Se aloja en mi hotel y por casualidad nos ofrecieron la misma excursión, estuvimos en Hobbiton y al regresar se ofreció a escoltarme hasta la puerta.
—Ya…
—Sí, ya. Daniel, le dejé muy claro que no iba a haber nada entre nosotros y, de todas formas, vuelvo a repetírtelo, si lo hubiera sería cosa mía. No soy de nadie. Soy libre y puedo hacer lo que me dé la gana.
—Tienes razón. Lo siento. Vamos a comer.
Pero aunque había dicho justo las palabras que ella quería oír, no le habían sonado auténticas, al contrario. Supo que le molestaba que fuera tan independiente.
Se sentaron y pidieron, la comida pasó con tranquilidad.
Más relajados los dos después de un par de sorbos a la copa de vino tinto que llenaba sus copas, Yas aprovechó para hacerle un montón de preguntas referentes a los partidos.
A su juego, a cómo desarrollaban la estrategia en cada uno de ellos.
También preguntó cómo era que podía decidir a esa velocidad cuál de las jugadas era la más adecuada…
Evans estaba relajado y contestó cada una de sus preguntas. Algunas le hacían esbozar una sonrisa y Yas no podía dejar de disfrutar el momento. No solo era una distracción para la vista, también disfrutaba de su compañía, de su conversación.
—Yas, cena conmigo esta noche, por favor. Quiero llevarte a un lugar especial.
—Daniel, yo…
—No irás a romper nuestra apuesta, ¿verdad? ¿Qué pasa? ¿Temes que gane?
—No es eso —mintió porque no solo lo temía, es que ya la había perdido, lo que le faltaba era el valor para admitir su derrota frente a él—, es que…
—Vamos, me merezco una última oportunidad para conseguirlo.
Yasnaia se debatía. Sabía que debía poner distancia entre ellos, no hacía muchos días que se conocían, pero todo había sido tan intenso…
que la hacía dudar si solo era atracción o era algo más.
Algo como la esperanza de un futuro con él.
Y eso le daba pánico, porque él no estaba dispuesto a renunciar a ninguno de sus sueños y ella tampoco.
—Vale, está bien. Nos vemos esta noche.
—Te recogeré a las ocho.
—Tengo que ir vestida…
—No te preocupes por eso. Yo me encargo —la interrumpió sin dejarla acabar la frase.
—¿Cómo que te encargas?
Daniel no dijo nada, tan solo le dedicó una sonrisa de medio lado, se levantó y la animó a hacer lo mismo. Se marcharon de allí, sin pagar. Yas supuso que los jugadores tendrían ese privilegio, o una cuenta en la que anotar lo que consumían…
Subió al coche y la dejó en la puerta del hotel unos minutos después. Esta vez no se empecinó en acompañarla y ella se lo agradeció con un beso en la mejilla.
—Gracias por el increíble día. Y también por el increíble día de ayer.
—Parece que sí que voy por el buen camino.
—Es solo una muestra de agradecimiento, no te hagas falsas ilusiones, capitán.
Yas se lo dijo con la diversión bailando en su mirada y Daniel la observó alejarse y su corazón volvió a latir a un ritmo frenético, casi imposible, ese mismo ritmo al que latía cuando iniciaba esa haka que presagiaba el principio de una batalla y estaba seguro de que eso iba a ser esa mujer para él.
La batalla más importante de su vida. ¿Ganaría o perdería la guerra?
Eso era de lo único que no estaba seguro y no estaba acostumbrado a no estar seguro de algo en su vida y le asustaba. Como mil demonios.