Capítulo 10
Se levantó un tanto aturdida. No había descansado bien, esa era la verdad. La presencia de Daniel no la había abandonado en toda la noche, lo que la sumió en un duermevela incómodo que ahora le pasaba factura.
Se llevó la mano a la boca, el beso que le había dado en los labios justo en la puerta del hotel, dentro del coche, mientras se despedían ya entrada la tarde, todavía estaba fresco en su memoria y caliente en su boca.
No había querido que la acompañara hasta el ascensor, era consciente de que, si lo hacía y volvía a besarla como la otra vez, no iba a salir de allí para irse, sino para llevárselo a su habitación y terminar eso que no había dejado de atormentarla en toda la noche.
Tras una ducha rápida, cogió todo su material y bajó a tomar un buen desayuno a la cafetería del hotel, aunque lo que más necesitaba era un café tamaño extragrande que le pusiera las pilas.
Al salir se encontró con el mismo chófer de la vez anterior que la saludó y la invitó a subir. Dio los buenos días con una sonrisa y no preguntó nada. Estaba claro quién había enviado el coche para recogerla.
Cuando llegaron, tuvo que pasar un control más exhaustivo que el de los aeropuertos y no le permitieron ni pasar la botella de agua que llevaba porque el tapón era peligroso.
Como si fuera posible lastimar a uno de esos mastodontes con el tapón de plástico de una botella…
La obligaron también a dejar la cámara profesional y solo le permitieron pasar el móvil, un bolígrafo y la libreta.
Iba a tener las cosas difíciles, pero era lo que esperaba. Solo se preguntaba si tan difícil como era entrar en el entrenamiento iba a ponérselo el capitán después de lo de la pasada noche…
Le indicaron dónde debía ir y le proporcionaron una acreditación para que no hubiese malentendidos.
Era consciente de que era algo único: el equipo kiwi tenía incluso seguridad para que no los grabasen durante los entrenamientos, y no podía evitar sentirse una privilegiada.
También era consciente de que todo era gracias a Daniel; debía darle las gracias más tarde.
Llegó a pie de pista. Se sentó en el banquillo en el que solían estar los suplentes y no pudo evitar que la adrenalina la recorriera de arriba abajo dibujando una sonrisa brillante en su cara.
En el campo los All Blacks ya habían empezado sus entrenamientos.
Sentados en el verde suelo estiraban y reían, quizá hablando de la paliza descomunal que le habían dado a los Lions, que regresaban con el rabo entre las piernas, o de lo que habían hecho esas horas de las que habían dispuesto para descansar.
Miraba con ansia todo a su alrededor para empaparse de todos los detalles que no quería olvidar cuando lo vio charlando y sonriendo con uno de sus compañeros.
Acto reflejo cogió el móvil y enfocó. Agradecía en el alma que ahora los móviles diesen buena calidad en las fotografías porque, aunque no era como con su cámara, era todo lo que tenía.
Como si lo hubiera adivinado, el capitán se giró hacia ella y su sonrisa dejó de ser tal y cambió. La miraba como… como si le perteneciera. No podía encontrar una mejor manera para definirlo.
Hizo algunas fotos más, no le importaba que no sonriera, la cámara lo adoraba y estaba espectacular. Ese brillo que trataba de ocultar en el fondo de la mirada, y que ella era capaz de ver, la hipnotizaba.
—Buenos días, señorita Lira. Bienvenida.
—Buenos días, entrenador —dijo casi sin aliento.
—¿Le gusta lo que ve? —inquirió el hombre con un doble sentido que no se molestó en disimular.
—Muchas gracias por la invitación, entrenador. Sí, me gusta todo lo que veo. Es impresionante. Sus chicos lo son.
—Lo son. Es verdad. No se llega a ser los mejores del mundo con jugadores mediocres.
—Tiene razón.
Antes de poder continuar la conversación, Yas se dio cuenta de que todos los jugadores se colocaban frente a ella, encerrando en el centro al capitán.
Su cuerpo supo antes que ella qué iba a suceder, lo presintió porque era algo tan primitivo que antes de asimilarlo su mente, su cuerpo se preparaba para ello.
El vello de su nuca se erizó y su piel se llenó de expectación cuando escuchó al capitán animar a su equipo para empezar la haka.
—¿Van a hacer una haka para mí?
—Daniel ha querido que se le muestre la haka que se hacía hace unos años. Es la Haka Ka Mate. Por lo general el que da las órdenes es un jugador de ascendencia maorí. La madre de Daniel lo es por eso puede dirigirlo.
Daniel comenzó diciendo palabras en maorí en voz baja, y sus hombres lo seguían con los movimientos del cuerpo. Rodillas flexionadas, manos dobladas a la altura de la cadera, golpes en las piernas…
—Daniel les dice en maorí que se preparen —explicó el entrenador a Yasnaia, incapaz de pestañear—, que se lleven las manos a las caderas y doblen las rodillas. Que golpeen con las manos los muslos y el suelo con los pies lo más fuerte que puedan.
—¿Y ellos?
—El resto del equipo le contesta: «Lo más fuerte que podamos».
—Es… No hay palabras —susurró emocionada, con apenas un hilo de voz.
—¡Ka mate! ¡Ka mate! ¡Ka ora! ¡Ka ora!
—¿Y ahora?
—Muero. Muero. Vivo. Vivo. Es el hombre valiente que fue a buscar el sol y lo hizo brillar de nuevo. Un paso hacia arriba, otro paso más, el sol brilla…
Yasnaia estaba sin aliento. Tenía a todo el equipo al completo de los All Blacks haciéndole una demostración de la haka, a ella.
Solo a ella. Y en el centro de todos, el que hacía que el sol brillara para ella, por más que le fastidiara, por más que no quisiera reconocerlo…
ahí estaba; deslumbrando. Y ella… sin palabras.
Al final el oscuro capitán iba a ganar la apuesta, porque ahora mismo estaba muy, pero que muy impresionada y no por el dinero que tenía ni por lo que podía comprar, sino por el guerrero maorí que la había llevado siglos atrás, justo antes de una contienda.
¿Le estaría advirtiendo de que estaba dispuesto a luchar para salirse con la suya?
Yasnaia se levantó con el corazón encogido y las lágrimas tratando de desbordarse por los ojos. Sonrió y Daniel le devolvió la sonrisa. Pero no dijo nada. Se dio la vuelta y esperó a que su entrenador rompiera la magia.
—Se acabó el show . ¡Cuatro vueltas al campo! —gritó dando instrucciones a los jóvenes.
Daniel fue el primero en comenzar a calentar. Tras las vueltas ensayaron pasos, tiros… a Yasnaia le parecía todo increíble, pero el entrenador no dejaba de dar órdenes y de gritarles como si fueran niñas de colegio.
—¿Eso es un pase, Evans? —preguntó burlándose del capitán—. Cincuenta flexiones, ¿te ha sentado mal tener un día libre? —recalcó a la vez que la miraba serio.
Yasnaia miraba a Daniel, obedecía cada orden de su entrenador sin rechistar, no parecía el mismo hombre. Se comportaba de manera dócil, humilde, nada que ver con el descarado y seguro de sí mismo Daniel Evans que ella conocía.
—Vamos, capitán… ¿eso es todo lo que puedes hacer? Yo creo que no. ¿O es que quieres que te sustituya y te envíe al banquillo? —gritó de nuevo, no le daba tregua.
—¡No, entrenador!
—¡Cien flexiones!
—¿Cien? —masculló.
—Tendrás que lucirte delante de tu invitada, ¿no?
Ella miraba todo con asombro y vio cómo el duro entrenamiento no acababa con el ánimo de los guerreros.
El entrenador le habló de la diferencia de esa haka con la nueva, una que habían hecho para los partidos una vez que se hizo viral gracias a las nuevas tecnologías.
Así que habían creado la suya propia en la que gritaban: «Escuchen con sus oídos, los All Blacks somos uno con esta tierra.
Haremos vibrar esta tierra. Es nuestra hora, es nuestro momento.
Eso nos define como los All Blacks. Es nuestra hora.
Es nuestro momento. Somos los All Blacks.
Nuestra supremacía triunfará y nos llevará a lo más alto.
Helecho plateado. ¡All Blacks, vivir o morir! ¡Todo o nada!».
—Guau… es…
—Algunos equipos contrarios no están de acuerdo —prosiguió antes de que ella pudiera acabar lo que no era capaz de expresar—, piensan que están en desventaja tras la haka y llevan varios años intentando que nos prohíban hacerla antes de los partidos.
—¿Y es cierto? ¿Están en desventaja?
El hombre miró a sus jugadores. Yasnaia podía ver en él los restos del joven fuerte que fue.
Tenía rasgos maoríes que se acentuaban cuando esbozaba una pequeña sonrisa de medio lado que aparecía junto al orgullo al mirar a sus chicos.
Estaba claro que no era consciente de ese acto, pero ahí estaba.
Su cabello oscuro antaño, ahora era gris y su mirada, profunda, oscura como una noche sin estrellas.
—Es cierto, porque es una demostración feroz del orgullo, la fuerza y la unidad de una tribu, de un equipo. Y eso los hace más fuertes, llena su espíritu de deseo de triunfo y no hay nada más poderoso que el anhelo de poseer algo en un hombre. Y los maorís no lo hemos olvidado.
Yasnaia supo en ese momento que eso era con exactitud una definición bastante exacta del capitán del equipo.
Y, perdida en el entrenamiento, no dejó de pensar en él.
Fue duro, aunque distendido y ella aprovechaba cada descuido para fotografiarlos a todos cuando más relajados estaban, pero, sobre todo, lo fotografiaba a él.
La rutina terminó tarde y sintió cómo su estómago protestaba; estaba hambrienta y deseosa de comer algo, meterse en su habitación de hotel y hacer una crónica detallada de todo lo que había vivido, de todo lo que la había impresionado, pero su guerrero maorí se acercó a ella con una sonrisa deslumbrante.
—Creo que lo has pasado bien —dijo junto a ella.
—Gracias. Por todo. Ha sido impresionante.
—¿Así que voy por el buen camino, señorita Lira?
—Aunque me fastidie reconocerlo, así es.
—Vale, te invito a comer.
—Es que…
—Algo rápido, aquí en la cafetería del estadio, solo dame unos minutos para que me duche.
Y se dio la vuelta sin esperar confirmación camino de los vestuarios.
—No he dicho que sí —gritó.