Capítulo 9
—¿Vamos? —preguntó con voz tímida. No sabía qué otra cosa decir, por su mente pasaban muchas, aunque todas incluían una cama, el coche o el suelo de algún lugar apartado.
—Amm, sí, sí, claro. Las caves. Caves… ¿Cuevas? —preguntó buscando la confirmación de la mujer que asintió sin más—. Ok, we need…
Daniel parecía nervioso, se llevaba las manos a la cabeza de vez en cuando y colaba los dedos por el pelo. Yas no quería mirarlo más, pero no podía ni pestañear, el deseo que sentía por ella era más que evidente a pesar de la gruesa tela del vaquero. ¿Qué necesitarían?
—Tu cámara —dijo sacándola del maletero y tendiéndole la bolsa—. También esto —afirmó sacando un plástico que al principio la confundió hasta que se dio cuenta de que era un impermeable.
—No había pensado en ello.
—Y esto —afirmó a la vez que cerraba el maletero y se giraba con una bonita sonrisa, más tranquilo y un par de sudaderas negras en las manos—. Ten, hace frío ahí dentro.
—Claro, ni siquiera pensé en eso…
Daniel sonrió y se acercó de nuevo a ella, lo que hizo que el calor no se sofocase, sino que volviera a arder con intensidad.
Los ojos de Daniel ya no eran de un azul claro, nítido, eran más oscuros, como el cielo cuando se prepara para recibir nubes de tormenta.
Abrió la cremallera de una de las sudaderas y se la puso.
Enseguida la rodeó una confortable calidez.
Y no pudo más que rendirse a la evidencia, estaba loca por Daniel Evans, el maldito número diez y capitán de los All Blacks, no loca de amor, sino loca de deseo.
Un deseo que debía apagar o al final terminaría consumida por él.
—Gracias —susurró.
—Todo un placer, Yas.
¿Por qué demonios su nombre sonaba tan, pero tan bien en sus labios? Porque todo lo que saliera por esa boca iba a sonar bien, no, no bien… iba a sonar a sexo.
Daniel se colocó su sudadera, eran iguales. De color negro, en la manga derecha tenía tres rayas blancas y en el lado izquierdo, justo donde el corazón, una hoja de helecho plateado sobre el nombre del equipo: All Blacks.
Estaba impresionante con esa sudadera y Yas no pudo hacer otra cosa que morderse el carrillo interior para no jadear como una adolescente con las hormonas a mil por hora.
Daniel comenzó a caminar, pero Yas necesitó unos segundos para que su paso fuera estable, al hacerlo, unos pasos por detrás del capitán, pudo ver la trasera de la sudadera y sonrió: «Capitán Evans. All Blacks».
—Dame, yo la llevo. Parece que es pesada —ordenó a la vez que se acercaba a ella y tomaba la bolsa con la cámara de su mano y la sustituía por la suya.
Yas lo sintió extraño; que recordara nunca había caminado con nadie de la mano, pero ¿quién se podía resistir a su roce?
Llegaron a la entrada de las cuevas, en el lugar en el que recibían a los visitantes.
La vegetación era impresionante igual que la entrada al lugar; una estructura en forma de cúpula llena de arcos que la cruzaban daba la bienvenida.
Tenía el corazón a mil, aunque no podía estar segura del motivo.
Al llegar a la ventanilla, la joven que vendía las entradas alzó la vista y al ver a Daniel ahogó un grito que ocultó con su mano. Yas observó cómo lo miraba, ¿lo miraría ella de igual forma?
— Kia ora —dio los buenos días en maorí a la joven. Eso fue lo único que Yas entendió de toda la conversación, de lo demás no era capaz de comprender nada, aunque imaginaba que estaba comprando las entradas para la cueva.
Tras unos segundos, todo parecía estar arreglado y Daniel la volvió a tomar de la mano y empezó a caminar muy seguro de sus pasos, lo que hizo a Yas pensar que no era su primera vez allí.
Por un sendero repleto de helechos caminaron en silencio, el corazón de Yasnaia iba a mil, tal vez porque iba a ver esa cueva que la había dejado sin aliento, tal vez porque estaba allí con él.
—Vamos a ver la primera cueva.
—¿Primera? —preguntó sorprendida.
—Son tres. Esta es Aranui Cave —explicó justo cuando pasaban el arco de piedra de entrada—.
Lo que hace especial a esta cueva —dijo a la vez que unas luces se encendían y ante sus ojos se mostraba la belleza del lugar repleto de estalactitas y estalagmitas—, no son las formaciones calcáreas —comentó señalando el techo y el suelo—.
Lo que la hace única es su colonia de wetas.
—¿Wetas? —preguntó sin soltar su mano.
—Sí, pero, no quiero que te asustes cuando te explique qué son.
—Ya me has asustado, ¿ves como todo lo hacéis al revés?
El capitán sonrió y Yas pensó que no había un hombre más atractivo sobre la faz de la tierra y que tenía la gran suerte de estar con él en ese momento, en una cueva con una historia impresionante. Solos los dos. ¿Y el guía?
—Daniel… ¿por qué no tenemos guía?
—Sí, tienes un guía. Yo. Para ti sola.
Yas sonrió y miró hacia el techo, del que acababa de llegarle un susurro que llamó su atención, al levantar la mirada se encontró con un bicho. Un bicho gigante con patas largas, ¿era una araña gigante?
—¿Qué coño es eso? —gritó a la vez que se refugiaba en Daniel.
—Eso es una weta —dijo riendo.
—¿Son… arañas gigantes?
—Son insectos prehistóricos, se parecen más a un grillo gigante, ¿no?
Yasnaia no quería mirar, pero a la vez no podía dejar de observarlas. Eran insectos que habían convivido con los dinosaurios…
—¿Cómo…?
—Son únicas de Nueva Zelanda, han sobrevivido gracias al microclima de la cueva—. Su pregunta quedó interrumpida por la explicación de Daniel.
—Vaya… —murmuró sacando su cámara y tomando algunas fotos.
Terminaron el paseo entre foto y foto y después desandaron el camino hasta que la luz cegadora del sol los deslumbró.
—¿Lista para la siguiente visita guiada?
—¿Cómo es posible que nos dejen estar aquí sin guía?
—Te he dicho que el guía soy yo.
—Supongo que al ser una leyenda te dejan hacer lo que quieras.
—Bueno… en realidad es que trabajé aquí un tiempo.
—Vaya, capitán Evans, eres toda una caja de sorpresas.
—Me alegra que te des cuenta.
—¿De qué?
De nuevo el aire entre ellos se calentaba con la misma fuerza con la que brillaba el sol sobre sus cabezas.
—De que vas a perder la apuesta —afirmó con convicción.
—Puede, pero eso no significa que la victoria vaya a resultar fácil.
—Y eso, pakeha , es lo que más me gusta de esta apuesta.
Daniel volvió a tomarla de la mano y la llevó por el sendero natural hasta la entrada de la segunda cueva: Ruakuri Cave.
La cueva era hermosa, el recorrido a pie permitía disfrutar del río subterráneo y contemplar las corrientes.
El objetivo de Yas no dejaba de encontrar puntos que deseaba inmortalizar y no dejó de hacer fotografías sin parar.
Daniel no podía evitar sentir una extraña emoción en el pecho cada vez que ella esbozaba una de esas sonrisas.
Era una mujer impresionante a la que era difícil impresionar y eso había despertado en él un deseo abrumador de tenerla.
Al dejar Ruakuri, Yas estaba emocionada, por fin iba a ver la cueva por la que de verdad estaba allí y no podía evitar ese hormigueo de expectación en la punta de sus dedos.
—Y lo mejor, para el final —dijo sonriendo.
—Estoy deseando.
Llegaron a la entrada de la Glowworm Cave, tuvieron que ir un largo tramo con cuidado. Sobre todo Evans, que parecía demasiado grande para estar ahí y tenía que ir agachado para no dar con la cabeza en el techo.
Al cabo de unos minutos, estaban de pie en una zona de la cueva de techos altos, oscura, tan solo iluminada por los brillos del techo. Evans tomó una barca, se subió y tendió su mano para que Yas accediera al bote.
—¿Vas a remar?
—Qué poca fe tienes en mí, mujer —dijo mirando hacia arriba con los ojos cerrados, lo que provocó una carcajada en Yasnaia.
—Vale, vale, te concedo que estoy a punto de rendirme y caer impresionada.
—¿Lista? Aquí no se pueden hacer fotografías, pero como estamos solos…
Daniel no dijo nada más, tan solo comenzó a remar por el río subterráneo cuyo encanto residía en los brillos que desde el techo se desdibujaban en sus aguas oscuras y tranquilas.
Yas miró hacia el pequeño trozo de cielo que se había quedado atrapado bajo la superficie de la tierra y que dejaba sin aliento a cualquiera.
Los brillos azulados eran hipnotizantes y la quietud y la paz que se respiraban hacía que todo a su alrededor dejara de seguir su ritmo normal y latiera a uno más lento.
—Es precioso —musitó tomando algunas fotos después de quitar el flash .
—Son larvas de gusano, de la familia de las luciérnagas.
Dicen que la luz es para atraer alimento y espantar a los depredadores —explicó en voz baja—.
Datan su edad en dos millones de años. Parece increíble cómo algo puede perdurar tanto, cómo algo puede dejar una huella tan profunda en los que lo contemplan.
—Como tú —murmuró más para ella que para los oídos de él.
La barca se detuvo justo en el centro y Yas no pudo dejar de disparar su cámara.
Todo era precioso y, tras el objetivo, era como si cobrara vida eterna.
De repente el calor que solo se iniciaba con la cercanía de ese hombre la envolvió.
Como un cálido abrazo. Se había movido y acercado a ella, de pronto todo bajo su cuerpo temblaba y no era la barca ni el agua bajo ellos, era su propio cuerpo.
—¿Sabes que me gustas mucho, pakeha?
—¿Cómo no voy a saberlo? Lo de disimular no es tu fuerte.
—Cuando quiero algo, al final, tarde o temprano, lo consigo.
—Bueno, alguna vez tiene que ser la primera en que eso no sea así.
Daniel sonrió y apartó un mechón de cabello de su cara, para colocarlo tras su oreja. Fue algo tan íntimo para Yasnaia, que se vio obligada a bajar la mirada hacia su cámara y carraspear.
—Eso es lo que más me atrae de ti, que no te dejas impresionar por el número diez, que quieres que te impresione el hombre.
—Para ser honestos, he de aceptar que el número diez te lo mereces.
—Me lo he ganado a pulso. Aunque… lo de ser o no atractivo no es mérito mío, lo demás sí. He trabajado mucho para llegar adonde estoy, para ser quien soy. Por eso quiero que quede claro que nada ni nadie me va a distraer de mi objetivo.
—Me parece genial. A mí tampoco.
Y Daniel colocó la mano en el cuello de Yasnaia y la atrajo hacia sí, besándola de nuevo.
Era como si no pudiera evitar sentir esa hambre de ella, esa necesidad de sentirla, de tocarla, de hacerla suya.
Aunque estaba convencido de que, cuando por fin la tuviera, cuando por fin venciera la partida, perdería todo el interés que esa pakeha solitaria despertaba en él.
Salieron de la cueva y bajaron de la barca para terminar el recorrido de la misma forma en que lo habían hecho; a pie.
Al pasar por el centro de visitantes, Daniel se acercó a dar las gracias a los empleados, estrechar manos y hacerse unas cuantas fotos con las chicas jóvenes que no dejaban de observarlo con mirada soñadora, como si no pudieran creer que fuera él de verdad.
Caminaron en silencio hacia el coche, pero Daniel le impidió montarse en él, agarrándola por la muñeca. Con la mano libre, abrió el maletero, soltó la bolsa con la cámara de fotos y cogió una mochila que se colgó a la espalda.
—Antes de irnos, me gustaría enseñarte otro lugar. Uno que no aparece en internet.
Yas parpadeó confusa y asintió, de todas formas, no le apetecía nada que su día junto al capitán acabara tan pronto. Tenía tantos sentimientos diferentes bullendo en su interior que no tenía claro qué significaban.
Caminaron algo más de quince minutos en silencio, de la mano.
Sin que el silencio que reinaba fuera incómodo.
Como si fuera lo más normal en ellos. El paisaje era tan rico que Yas no podía quitarle la vista de encima a nada…
ni a nadie. Era un sendero sinuoso y resbaladizo gracias al musgo que se pegaba a las piedras, iban con cuidado, despacio, aunque Yas sabía que si tropezaba él no la iba a dejar caer.
Cuando el camino se convirtió, de repente, en una alfombra de piedra, levantó la mirada las vio. Se había imaginado que iban a un rio, por la vegetación y por el ruido que se escuchaba constantemente de agua corriendo en libertad, pero no se esperaba encontrar cataratas.
—Bienvenida a Marokopa Falls.
Daniel tuvo que gritar para que ella lo escuchara por encima del ruido que el agua al caer desde esa distancia emitía.
Era impresionante, y el viento que provocaban también.
Se acercó, con cuidado a la barandilla de piedra y se asomó.
En ese momento las manos del hombre rodearon su cintura.
Ella giró la cara y lo miró. Estaba, de nuevo, tan cerca que podían quemarse.
—No me gustaría perder la apuesta porque el contrincante se ha caído —gritó sonriendo.
Yas sacó el móvil, molesta por haber dejado la cámara en el coche, y tomó varias fotografías, después se alejaron hasta que Daniel encontró un sitio para descansar.
—Vamos a comer algo. Quítate la sudadera, está mojada.
Yasnaia se quitó la sudadera que Daniel le había dado y, al hacerlo, vio la parte trasera. Cuando leyó lo que ponía no supo si reír o… o caer rendida ante él.
—¿En serio me has dado una sudadera que pone: «I love N 10»?
—Es la verdad, ¿no? Soy tu jugador favorito.
—La palabra jugador, refiriéndose a ti, tiene más de un significado.
Daniel sonrió y sacó de la mochila algo para comer. Se sentaron y entre bromas y risas charlaron mientras tomaban lo que el hotel había preparado para ellos. Debía reconocer que había pensado en todo y que había pasado un día estupendo y lleno de sensaciones gracias a él.
Además… había podido tomar fotografías que de otra manera hubiera resultado imposible, esperaba que eso no le causara complicaciones. Aunque estando a su lado, todo era complicado.