Capítulo 8
El martes se despertó gris y ella estaba aún aturdida por todo lo que había sucedido en apenas un fin de semana que se había hecho eterno. ¿Cómo era posible que los días pudiesen estirarse tanto? Ni que estuviesen hechos de goma de mascar en vez de minutos y segundos…
Tenía planteado hacer una visita a un lugar que solo había visto en fotografías y que estaba deseando conocer.
Por eso no había accedido a ir a presenciar el entrenamiento de los Blacks hasta el día siguiente.
Quería ir allí, no podía esperar más para meterse en esa cueva que parecía atesorar un pedazo de cielo en su techo.
Había mirado por una aplicación de gps cuánto tardaría y decidió que lo mejor y más cómodo sería alquilar un vehículo y conducir ella misma. Serían algo más de dos horas y media, pero no le importaba, nunca le había molestado conducir, de hecho, disfrutaba de ello.
Era temprano, si se daba prisa para las ocho de la mañana podría estar en marcha.
Antes de desayunar pasaría por recepción y preguntaría si ellos podían gestionarle el alquiler de un vehículo.
Así que se dio una ducha rápida, se cepilló el pelo para hacerse una cola alta y se puso ropa cómoda.
Tendría que caminar, así que era la mejor opción.
Una vez lista, revisó que no le faltara nada.
Su cámara de fotos también estaba lista, así que no necesitaba nada más.
Tomó el ascensor y una mano invisible pellizcó su estómago, ya nunca iba a poder subir a uno sin recordar ese beso que el capitán de los All Blacks le había dado.
Había sido tan fácil provocarlo. Había sido tan fácil perderse en la llama que brillaba en el fondo de sus ojos, en su calor, en sus labios…
Cabeceó y carraspeó para deshacer el nudo que se le había formado en la garganta a causa de toda la saliva que se había acumulado en su boca y se concentró en respirar con normalidad para silenciar el rugido casi insoportable de su corazón.
Las puertas volvieron a abrirse y caminó hasta la recepción en la que pidió que le gestionaran lo del alquiler del vehículo antes de dirigirse al salón a tomar un buen desayuno.
Se sentó en la mesa, dispuesta a tomarse un café y el famoso all day breakfast que llevaba bacón, huevos revueltos, champiñones, tomate asado, unas patatas fritas ralladas y un par de tostadas. Le encantaba. Con eso podía aguantar hasta la hora de la comida sin problema alguno.
Cuando iba a llevarse un trozo de bacón a la boca, una sombra emborronó su visión y al alzar la mirada se topó con él: Daniel.
—Buenos días, Yas.
—Buenos días, capitán. Qué sorpresa. ¿Qué te trae por aquí? —preguntó tratando de sonar indiferente mientras se llevaba el trozo de comida a la boca.
—Tú, ¿qué más?
—¿Yo? ¿Por qué?
—Quería verte.
—Podías haber esperado a mañana, dije que iba a asistir al entrenamiento.
—Lo sé, pero no quería esperar. Vamos, termina. Tenemos prisa.
Yas tragó lo que tenía en la boca y lo miró sin comprender a qué se refería. Si pensaba que iba a deshacer sus planes por él, estaba equivocado. No sabía cuánto.
—¿Tenemos prisa? —inquirió levantando una ceja.
—Sí, nos queda un buen rato de viaje antes de llegar.
Yas parpadeó unos segundos, cada palabra que decía Daniel la entendía, pero a la vez no comprendía nada, lo que la hacía sentirse más y más confusa.
—¿Viaje? ¿Tú y yo? ¿Adónde? ¿De qué hablas, capitán?
—Nos vamos a Waitomo.
—Yo voy allí, tú no. Tienes entrenamiento.
—Lo he pospuesto.
—¿Por qué?
—Por ti. ¿Por quién más?
Yas lo miró unos segundos sin saber qué pensar. Sin tener claro si eso era bueno o no…
—¿Te he impresionado? —inquirió a la vez que le quitaba un trozo de bacón y lo masticaba lentamente.
—Casi —susurró sin ser consciente de sus palabras.
—Voy mejorando, casi no es un no —dijo sonriéndole a la vez que le guiñaba uno de sus ojos y ella temblaba por entero.
Yas se llevó otra pinchada a la boca sopesando lo que le había dicho.
¿Debería decirle que no le hacía falta que la acompañara?
Era así, no necesitaba a nadie, pero la idea de viajar con él…
la atraía demasiado y a eso le tenía que sumar el hecho de que había faltado al entrenamiento por ella.
¿Cuántas podrían decir lo mismo? Por lo poco que conocía a Daniel sabía que, casi con seguridad, a ninguna.
El rugby era su pasión, lo llevaba muy adentro y faltar a un entrenamiento en plena temporada no era algo que hiciera por lo general.
Estaba segura de eso aunque no se lo dijera.
Se terminó el desayuno a toda prisa y se levantó sin decirle nada, aunque no hacía falta, la sombra del capitán era oscura y grande, ocupaba casi todo a su alrededor, llenaba todo su espacio vital como un manto que la protegía y tenía que volver a reconocer que la reconfortaba.
—No vas a irte, ¿verdad?
—No, además me viene bien practicar mi español.
—Ya, claro… Está bien, vamos, he pedido un coche de alquiler.
—Lo sé, lo he anulado. Iremos en el mío.
Esas palabras hicieron que se girara para encararlo, ¿en serio? ¿Es que no entendía que eso era precisamente lo que no le gustaba de él?
—No hagas eso. Nunca más. No es una petición, es una orden —dijo seria con los brazos cruzados sobre el pecho.
Daniel la miraba con fijeza, sabía que estaba molesta, era difícil no darse cuenta cuando sus ojos brillaban con esa ira que la hacía todavía más atractiva.
—Vale, vale… —asintió con las manos en alto, como si se rindiera—. Aunque para ser justos diré que es complicado no hacerte enfadar cuando resulta que furiosa estás preciosa. Así que, si lo analizamos bien, la culpa es tuya.
—¡Ja! ¿Será posible…? —masculló sin saber qué más decir.
—Vamos, tengo el coche esperando —dijo a la vez que la agarraba por la muñeca y tiraba de ella hacia afuera.
Al llegar al sitio, Daniel frenó de forma brusca la marcha, lo que provocó que la bolsa en la que llevaba la cámara golpeara al hombre. Este se giró y la miró.
—No he sido yo, has sido tú —dijo sonriendo y encogiéndose de hombros.
—Vale… ¿quieres conducir? —preguntó abriendo la puerta del coche.
Yas observó el vehículo, era un Porsche Cayenne negro. Miró a Daniel, luego al todoterreno oscuro y sonrió. Era el coche ideal para él.
—¿De qué te ríes?
—De nada… es solo que parece hecho para ti —dijo metiéndose dentro del coche, en el sitio del copiloto.
Daniel dio la vuelta por detrás, para poder dejar la bolsa con la cámara de Yas, y se montó en el auto
—Pensé que ibas a conducir hasta Waitomo…
—Sí, con un coche de alquiler con seguro a todo riesgo… no quisiera dañar el tuyo. No estoy acostumbrada a conducir por el otro lado, pero es que tenéis la misma manía que los ingleses de hacerlo todo al revés… —explicó mirando hacia el techo.
—¿Lo hacemos todo del revés? —inquirió sonriendo.
Yas sintió que su corazón se detenía por un instante o tal vez para siempre, ¿por qué tenía que tener ese efecto sobre ella? Ese que lograba que su cuerpo se sacudiera como arrastrado por una ola y que sus piernas temblaran como gelatina.
Quiso decir algo, pero no pudo, tan solo se abrochó el cinturón de seguridad esperando que el gesto fuese suficiente para que él lo comprendiera. Y lo fue. Daniel arrancó y puso marcha a Waitomo.
La primera media hora, no hablaron, iba muy entretenida con el paisaje que se sucedía ante sus ojos a una velocidad de vértigo, cuando él rompió el silencio con esa voz ronca y profunda que poseía.
Con esa misma voz que hacía que su vello se erizara y su cuerpo se calentara por el deseo que despertaba en ella.
—Yasnaia parece un nombre poco común, ¿o me lo parece porque soy pakeha para ti?
—¿ Pakeha ? —preguntó con curiosidad porque de repente recordó que la había llamado así aquella noche después de besarla. En el maldito ascensor.
—Extranjero —contestó al cabo de unos segundos.
—¿Así que yo soy pakeha ?
Daniel sonrió, Yas no pudo evitar contagiarse del gesto, seguro que su pronunciación había sido horrible. La miró con la risa aún bailando en la mirada y asintió antes de regresar su mirada a la carretera.
—No es porque seas extranjero, es un nombre poco común para los españoles también.
En realidad, es ruso. Era la finca de León Tolstoi y el nombre completo es Yasnaia Poliana que significa Claro en el bosque .
Mi madre estaba leyendo Ana Karenina cuando supo que estaba embarazada de mí y dijo que si era un niño se llamaría León y si era una chica, Yasnaia.
—León también te hubiera quedado bien —susurró Daniel, aunque se arrepintió de inmediato porque no pudo evitar recordar que así mismo se llamaba al equipo de Buchanan y la imagen de ella besándolo en la mejilla lo golpeó con fuerza, tanta que no pudo evitar agarrar el volante con todas sus fuerzas y apretar la mandíbula.
Yas lo escuchó, pero no sonrió. Esa historia le traía recuerdos tristes y no le gustaba compartirla con nadie. No tenía claro por qué se lo había contado a él.
—Eh, ¿qué pasa? ¿Te ha molestado? —interrogó al ver el cambio de actitud en ella.
—Nada, es solo que es uno de los pocos recuerdos que tengo de mi madre, solo eso.
—¿Falleció?
—No, me dejó a las puertas de un orfanato —soltó como si fuera lo más natural del mundo.
Daniel no dijo nada, pero ella pudo sentir cómo el coche perdía fuerza y cómo sus manos apretaban el volante con fuerza.
La verdad era que no podía culparlo, él no sabía nada de ella, tan solo eran dos extraños que se habían encontrado por casualidad y que parecían estar predestinados a encontrarse una y otra vez, como si fuera cosa del destino.
Aunque no se conocían apenas. Lo único que los unía de momento era una atracción que no podían ignorar y una apuesta que pronto se decidiría.
—Vamos, no puedo creer que el capitán de los All Blacks esté afectado.
—Es que no lo sabía. Lo siento, no quería incomodarte —musitó a modo de disculpa.
—No tienes que sentirlo, claro que no lo sabías, apenas nos conocemos. De todas formas, ya lo he superado, fue hace mucho tiempo.
—Supongo que tuvo una razón de peso para hacerlo, no puedo imaginar nada más importante que la familia.
—Eso quiero pensar yo también —murmuró.
No quería decirlo en voz alta, pero necesitaba poner voz a ese pensamiento para convencerse a sí misma de que así había sido.
El resto del camino lo pasaron charlando de cosas triviales, como de su trabajo como periodista, del paisaje, de algunas palabras y costumbres maoríes… hasta que por fin Daniel aparcó y ella pudo leer el cartel que daba la bienvenida: «Waitomo. Cueva de luciérnagas. Centro de visitantes».
—Pues ya hemos llegado —afirmó Daniel bajando del coche.
Una vez fuera, levantó los brazos para estirar los músculos y su camiseta se alzó lo justo para dejarle ver algo de su torso.
Tragó saliva porque era real, no era que en el anuncio le hubiesen puesto Photoshop, no, es que era así.
Resultaba que había hombres así. Al menos uno, y lo tenía justo enfrente.
Y, como él decía, habían llegado, pero si seguía enseñando su cuerpo, ella iba a irse…
—Sí, ya hemos llegado —dijo en voz baja acercándose hasta él y tirando de la camiseta hacia abajo.
Él la miró sonriendo y ella encogió sus hombros, eso hizo que su sonrisa se extendiera por su atractivo rostro y aprovechó la cercanía para bajar los brazos y rodear la cintura de esa mujer que tanta curiosidad despertaba en él.
—Vaya… no me esperaba que te arrojaras a mis brazos tan de repente —dijo pegando su boca a la oreja de Yasnaia.
La cercanía, el contacto, sentir sus brazos a su alrededor… la hizo quedarse sin habla. Al final sí que iba a ser merecido ese número diez, aunque no se lo confesaría. Bastante pagado de sí mismo estaba ya.
—No he podido evitarlo —murmuró alejándose unos centímetros para poder mirarlo a los ojos.
Despacio, llevó sus manos hasta su cuello y las fijó allí.
Las pupilas del hombre se agrandaron y oscurecieron y el calor entre ambos fue casi insoportable—, me estabas provocando.
Además, no quería que las mujeres de aquí sufrieran un infarto.
Yo estoy acostumbrada a ver hombres como tú, ayer, sin ir más lejos estuve con…
No pudo seguir hablando, otra vez la boca de Daniel la acallaba de esa forma que la dejaba no solo sin palabras, también sin sentido.
La besaba con una ferocidad que debería asustarla, pero no era así.
Ella le devolvió el beso con la misma fuerza, con esa ansia que solo él había despertado en ella.
Como si dentro llevase una fiera que hasta el momento había estado en letargo.
Las manos de Yasnaia se colaron por debajo de la camiseta que momentos antes había bajado y Daniel gruñó y apretó el abrazo, atrayéndola más hacia sí. La lengua de ambos se había enredado en un juego que pretendían ganar, un juego que no iba a ser limpio, sino sucio y eso la hizo jadear.
El beso se hizo más intenso justo en el momento en el que el ruido sordo de una puerta al cerrarse los hizo regresar a la realidad, esa en la que estaban a plena luz del día en un aparcamiento de coches.
Ella no tenía ningún problema, era adulta y no tenía que rendir cuentas a nadie, pero él…
Él era muy conocido en la isla, una leyenda.
Jadeando para recuperar el aliento, se alejaron.
Yas no podía quitarle los ojos de encima.
Tenía la respiración tan agitada que hacía que su pecho se contrajera, los ojos nublados por el mismo deseo que sentía ella y la boca entreabierta, ansiosa por más.
Y fue en ese preciso momento que lo supo.
Sin dudas. Al final él iba a ganar la apuesta.