Juego Sucio (Tercer Tiempo 1) Capítulo 7
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Capítulo 7

El lunes amaneció gris y Yasnaia, después de la ducha de rigor, bajó a la cafetería del hotel para tomar un buen desayuno.

Tenía ganas de conocer un poco de la ciudad, aunque la noche anterior había sido su intención, la verdad era que Kenneth Buchanan había resultado una compañía muy interesante y no se movieron del restaurante giratorio del Sky Tower en toda la noche.

Perdió la cuenta de las vueltas que dio el local después de la segunda.

Había sido muy interesante charlar con un hombre que no se pasaba el tiempo queriendo conseguir algo de ella. O a ella. Como si no fuera más que otro de sus trofeos. Así que habían tenido conversaciones muy interesantes sobre jugadas, métodos de entrenamiento, reglas, respeto…

Había reído distendidamente y también, debía de reconocerlo, había disfrutado cuando había alabado su profesionalidad. No pudo evitar echar algunas fotos a las vistas desde allí, como tampoco pudo evitar fotografiarlo a él un par de veces.

Era un joven seguro de sí mismo, sin ser arrogante, que tenía muy claro lo que quería y que no podía disimular el orgullo que sentía por su patria y por su equipo.

Tampoco dudó en halagar a los All Blacks y reconocer todo lo que habían hecho para hacer que se supiera algo más del rugby .

Incluso dejó claro que lo mejor de jugar contra ellos era ver en primera fila a todos esos guerreros interpretando la haka.

De ahí que Yasnaia descubriera que no solo se usaba para intimidar al enemigo y prepararse para entrar en batalla, sino que la haka también se hacía para dar la bienvenida.

Sonrió como una tonta y pensó en lo diferentes que eran ambos y a la vez lo parecidos.

La verdad era que si Daniel tuviera ese toque de humildad que estaba tan presente en Kenneth, sería el hombre perfecto; y supo que era peligroso el juego en el que se había metido cuando se descubrió a sí misma pensando que podría pasar por alto ese pequeño detalle, llamado humildad, al capitán de los Blacks.

Tras el desayuno salió y paseó por la ciudad, le apetecía mezclarse con la gente de a pie.

Observarlos desde detrás del objetivo de su cámara que, al fin y al cabo, era el objetivo de su mirada y esperando algo que no tenía claro qué era, llegó el autobús turístico con la imagen en ropa interior de Evans.

Rodó los ojos, miró al cielo y pensó que tenía que ser una señal de los dioses, así que, sin dudarlo, pagó el billete y se subió.

Cuando bajó del autobús, tras la vuelta a la ciudad en la que le habían enseñado lo más representativo muy bien explicado por el guía que los acompañaba, comenzaron la excursión con un breve paseo por el puente del puerto hasta la orilla norte, en la que descubrió unas magníficas vistas panorámicas de la ciudad de Auckland.

Después, volvieron al centro de la ciudad y pasaron por la famosa Queen Street, que destacaba por la hermosa arquitectura de sus edificios hasta llegar al pintoresco puerto Viaduct.

Más tarde visitaron el famoso parque Domain, el más antiguo de la ciudad y que tenía la particularidad de estar asentado sobre un antiguo volcán.

Durante todo el trayecto no dejó de tomar preciosas fotografías.

El sol había salido y reflejaba un color azul brillante, dejando atrás el gris de la mañana.

La siguiente parada fue en el pintoresco pueblo de Parnell, en el que se sentó en una pequeña cafetería a tomar un delicioso café mientras no dejaba de hacer más y más fotografías.

Parecía increíble que el agujero de la capa de ozono estuviera tan cerca y no se dejase notar en el cielo, aunque sí en la fuerza con la que el sol dañaba la piel.

Mientras se agotaba el tiempo de descanso, se dio una vuelta por el lugar y admiró los edificios históricos, muchos de los cuales habían sido transformados en exclusivas tiendas de moda o de antigüedades.

Después de algo más de tres horas, el paseo por la ciudad finalizaba con un recorrido por la bahía de Tamaki Drive hasta el Michael Joseph Memorial Park en Mission Bay.

Yasnaia quedó enamorada de ese parque que ofrecía vistas espectaculares a Whenua Tangatira y el puerto de Waitemata.

Su cámara iba a terminar en llamas, pulsaba el botón a toda velocidad, pero es que no podía controlar la necesidad de inmortalizar tanta belleza.

Al terminar el recorrido, caminó de vuelta al hotel.

Paró en un sitio de comida rápida y después tenía la intención de ir a su habitación a descansar el resto de la tarde.

Al final el lunes había resultado agotador y necesitaba reponer fuerzas, ya que, temía, el día siguiente iba a estar lleno de… todo.

El joven de la recepción le abrió las puertas de la entrada y la saludó con una bonita sonrisa.

—¿Buen día, señorita? —preguntó por cortesía.

—Sí, gracias. He pasado toda la mañana haciendo turismo.

—¿Ha visitado ya Hobbiton?

—No, todavía no —contestó confusa.

—Hay un autobús que viene a recoger en media hora a algunos huéspedes. Si le apetece unirse, solo dígalo y gestionamos todo desde recepción.

Miró el gran reloj que colgaba sobre la recepción y decidió que era demasiado temprano para encerrarse en la habitación y no hacer nada más que pensar en el capitán, así que le agradeció la gestión y subió a su habitación a comer algo y refrescarse un poco mientras llegaba la hora de coger el autobús que la llevaría a la mítica aldea.

El teléfono sonó en su habitación e imaginó que sería desde recepción para avisarla de la llegada del autobús.

Se levantó de la gran cama, en la que se había tendido un rato a descansar mientras pasaba el tiempo, cogió su mochila y la bolsa con la cámara y bajó hasta la planta baja en la que un grupo de turistas, charlaban emocionados con camisetas de El Señor de los Anillos .

Subió al gran autobús. Todo el mundo iba acompañado o en grupo, la única que iba sola era ella. Aunque no le importaba porque siempre había sido «el bicho raro» y se fue hacia el final para tener un poco de intimidad.

El conductor encendió el motor del autobús y cerró la puerta, dispuesto a emprender la marcha, cuando unos golpes en el cristal de la misma la hicieron abrirse de nuevo. Entonces, para asombro de todos, un grupo de fornidos jóvenes subieron entre risas y escandalosos movimientos.

Eran los Highlanders. ¡Menuda sorpresa! Y entre ellos, su capitán, Buchanan, que al verla sonrió y continuó hasta el final su camino.

—Vaya, ¡qué sorpresa! No me esperaba encontrarte aquí.

—Sí, una gran sorpresa —afirmó entre risas mientras señalaba al alto y fornido joven—. Bueno, el botones me comentó lo de la excursión y decidí que era mejor y más divertido que encerrarme en el hotel el resto de la tarde.

—A mí me parece estupendo. De repente no me parece tan mala idea esto de la excursión. —Sonrió.

—¿Antes sí? —preguntó siguiéndole la conversación.

—Bueno, no soy tan friki como los demás. La verdad es que creo que soy uno de los pocos que no es fanático de los libros o de las películas. Aunque lo cierto es que ver el pueblo de los hobbits en la realidad me llama bastante la atención.

—Pues nada. Aquí estamos. A ver si es tan espectacular sin los efectos especiales del cine.

—Creo que lo va a ser aún más —afirmó sentándose a su lado sin apartar la mirada de ella.

Yasnaia se sintió un poco incómoda, no porque fuera un hombre grande y fuerte que la dejara sin espacio, no.

A eso estaba acostumbrada gracias a esa profesión que había elegido y que era casi un mundo exclusivo de hombres, era porque se sentía una presa a punto de ser devorada por un león y ella, a pesar de parecer una gacela, no lo era.

Tras algo más de una hora de viaje, en la que los chicos del equipo de los Lions amenizaron a los demás turistas con canciones de su hogar, llegaron a la ciudad que tan famosa había hecho la película.

La verdad era que Yasnaia tuvo que reconocer que el paisaje que se extendía ante sus ojos era impresionante.

El verde que lo cubría todo era luminoso, juraría que de un tono de verde especial y único y el azul del cielo era tan azul…

que parecía imposible estar tan cerca del agujero de la capa de ozono.

Las casas eran de ensueño, algunas incrustadas en las paredes de la colina en la que estaban asentadas.

Los colores brillantes de las puertas, las flores que adornaban todo, el azul del lago…

era como si de repente estuviese en mitad del rodaje de El Señor de los Anillos y fuese a ver a alguno de los personajes caminando por cualquiera de los senderos que lo rodeaban todo.

El guía les explicó muchos detalles que sucedieron durante el rodaje, como que durante un par de semanas había personas que tendían la ropa cada día o paseaban por el lugar para que se vieran las huellas propias de un pueblo habitado por hobbits.

Yas no dejó de hacer una fotografía tras otra.

El pueblo era realmente precioso. No había sitio al que mirara que no la inspirara para capturar su belleza.

Todo era perfecto, menos el tamaño. No pudo evitar hacer varias fotos al capitán de los Lions junto a las pequeñas casas y bromear con él acerca de su tamaño en comparación con las construcciones.

Cuando el autocar los dejó en la puerta del hotel, horas después, llegaban agotados, pero felices, porque había sido una experiencia inolvidable de la que se traía muchísimos recuerdos grabados para siempre gracias al objetivo de su cámara.

Incluso Buchanan había sido objeto de deseo de su aparato en más de una ocasión.

—Te acompaño a tu habitación.

Yas se detuvo y lo observó, no hacía mucho que otro capitán había pronunciado esas mismas palabras. Y no le convencía la idea. No necesitaba que se creara un concepto equivocado de lo suyo.

—No es necesario —afirmó sonriendo.

—Lo sé, pero me apetece —comentó encogiéndose de hombros, como si el acto en sí no tuviese significado alguno.

—Vale, Buchanan, pero que quede claro que solo me vas a acompañar.

El joven sonrió y lo siguió haciendo hasta que las puertas del ascensor se abrieron en la planta en la que se encontraba hospedada y, al hacerlo, descubrieron, para su sorpresa, al fondo del pasillo justo frente a la puerta de la habitación, al capitán de los All Blacks acompañado de dos gorilas que parecían dispuestos a derribar la puerta a la menor provocación.

El ruido metálico que hicieron las puertas al cerrarse atrajo la atención de los hombres y Yas pudo ver cómo la mirada de Daniel se oscurecía al verlos. No dudó, en ningún momento, que se debía a la animadversión que sentía por Buchanan y que ninguno de los dos trataba de disimular.

Suspiró y se volvió hacia el jugador de los Lions para despedirse de él.

—Creo que es mejor que desde aquí siga sola.

Gracias por la tarde, lo he pasado genial.

—Y, sin importarle el fuego que se había despertado en la mirada de Daniel, lo besó en la mejilla provocando la sonrisa en Kenneth que no pudo disimular el brillo que se reflejaba en sus ojos, como señal de triunfo.

—¿Estás segura, española?

—Estaré bien, no te preocupes. Que tengas un buen vuelo de regreso a casa.

—Estoy pensando en quedarme unos días más… —bromeó acariciándose la mandíbula y esbozando una sonrisa pícara.

Ella le devolvió la sonrisa y se despidió de él mientras se encaminaba con paso decidido hasta la puerta de la habitación, con gesto serio y duro. El capitán de los Blacks no era el único capaz de expresar con tanta claridad lo que sentía con los ojos.

—Buenas noches, capitán. ¿A qué debo el honor de tu visita?

—Estaba a punto de tirar la puerta abajo —contestó, sin embargo, serio.

—Eso parece, sí —afirmó mientras miraba a los acompañantes que se retiraron unos pasos hacia atrás—. ¿Por qué? ¿Hay fuego?

—Porque no abrías la puerta…

—Lógico, no estaba dentro —lo interrumpió cruzándose de brazos. También quería mostrar lo molesta que estaba.

—No has contestado el teléfono y…

—Y nada —volvió a interrumpirlo—. Que te quede clara una cosa, Daniel; no eres mi padre, no somos amigos ni mucho menos eres mi pareja.

Puedo hacer lo que me dé la gana con quien me dé la gana, y parece que se te olvida muy a menudo que estoy aquí por trabajo, no he venido para hacerte de niñera ni tengo por qué estar disponible para ti las veinticuatro horas del día siete días a la semana. No soy de esas.

—Ya, pero… —intentó excusarse, sin éxito.

—Pero nada —lo cortó de nuevo—. El miércoles nos veremos en el entrenamiento. Adiós.

Y cerró la puerta de la habitación con tanta fuerza que ella misma se sorprendió, ¿qué demonios se había creído?

Era presuntuoso y demasiado intenso. Ella no estaba acostumbrada a eso de que alguien se preocupara de ella ni a que…

ni a nada. Estaba allí por trabajo y tal vez se había excedido con el capitán y se había acercado demasiado.

Tal vez, después de asistir al entrenamiento era el momento adecuado para poner tierra de por medio.

Daniel miraba, perplejo, la puerta y no pudo evitar sonreír.

Estaba fastidiado porque el león Buchanan no dejaba de rondarla, pero debía reconocer que la periodista tenía los huevos bien puestos y que no le faltaba coraje para plantarle cara.

Era como si en vez de sangre, la misma lava que había formado su amada tierra burbujeara bajo su suave piel.

—Vaya, jefe, parece maorí —musitó uno de sus acompañantes.

—Sí, tiene algo, ¿verdad? —preguntó, aunque Daniel no esperaba una respuesta.

—Tiene un todo —dijo el otro más joven e imprudente.

Daniel se giró y lo enfrentó con su mirada fría, esa que, como tantos otros rasgos, había heredado de su padre.

—Si quieres conservar el puesto de trabajo, mejor no vuelvas a hacer un comentario así.

Los dos jóvenes se miraron y bajaron la cabeza. Sería mejor no volver a decir nada de la periodista extranjera que parecía tener más importancia para el capitán de lo que en un primer momento habían pensado.