Juego Sucio (Tercer Tiempo 1) Capítulo 6
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Capítulo 6

Cuando abrió los ojos era pasado el mediodía.

Le dolía la cabeza y el cuello. Había dado muchas vueltas en la cama, sola.

Pensando en él. Parecía que había mucho más que un físico imponente.

Al menos, se había esforzado en impresionarla, aunque no había entendido el sentido real de la palabra y había hecho un alarde innecesario de todo el dinero que tenía. Como si no lo supiera.

Se levantó con paso trémulo, como si fuera un bebé dando sus primeros pasos, y se acercó a la ventana que daba a la avenida.

La ciudad parecía un hervidero, era lógico.

Se había alojado en pleno centro y el bullicio se hacía notar, aun así, no era comparable al ajetreo y los atascos a los que estaba acostumbrada.

Entonces, lo vio; un gran autobús turístico en el que la imagen del capitán de los All Blacks, aparecía en ropa interior.

—¿En serio? ¿De verdad? ¿No podía salir con algo de ropa? —masculló sin poder quitar la vista de la imagen—. ¡Joder! Debo reconocer que es impresionante.

Yasnaia siguió pegada a la ventana, conteniéndose para no lamer el cristal, hasta que el vehículo desapareció de su vista.

Vale, no es que fuera su hombre ideal, le faltaba un abismo, pero tenía ojos.

Y, esa parte primitiva de su interior, reaccionaba de forma natural y sin permiso a un espécimen de esas características.

No podía hacer nada para evitarlo, y menos cuando hacía apenas unas horas que la había besado.

Y, aunque le fastidiara, tenía que volver a reconocer que lo hacía de vicio.

Había sido el mejor beso que le habían dado nunca.

De hecho, aguantó el tipo tanto como pudo, pero en cuanto las puertas del ascensor se cerraron, se vio obligada a apoyarse contra la fría superficie y agarrarse a la barra metálica que rodeaba el pequeño habitáculo para no caer sobre sus rodillas que temblaban como si estuviesen hechas de gelatina.

Llegó al baño y miró la amplia bañera semicircular que destacaba en el centro de la estancia.

El baño, de azulejos blancos, era espacioso y armónico.

Habían tenido el detalle de dejar un par de velas sobre el mueble del lavabo y sin pensarlo, puso el tapón en la bañera y dejó que el agua caliente saliera y cayese en cascada.

Olió un par de botes de jabón y se decidió por uno con aroma a vainilla. Regresó a la bañera, vertió una generosa cantidad del aromático líquido y se sentó al borde para contemplar cómo el agua cristalina creaba una gruesa capa de espuma blanca.

Cuando creyó que había agua suficiente, se metió dentro e inclinó la cabeza hacia atrás, cerró los ojos y dejó que el tiempo pasara. Necesitaba relajarse, tenía que confesarse que pasar tiempo con un hombre como Daniel exigía de un autocontrol permanente que había mermado sus fuerzas.

El insistente timbre del móvil fue lo que la obligó a moverse. Por ella se hubiese quedado allí dentro… para siempre. Se levantó y se colocó una toalla blanca alrededor de su esbelta figura y caminó con los pies mojados por el suelo blanco que se llenó de sus huellas.

Cogió el teléfono y vio que tenía varios mensajes de texto.

Abrió uno por uno y en todos aparecía el mismo mensaje: «Soy Emere, la jefa de prensa de los All Blacks.

Está invitada al entrenamiento de mañana lunes por la mañana.

Un coche irá a recogerla. Por favor, confirme con premura. Saludos, Emere».

¿Iba a asistir a un puto entrenamiento de los mismísimos All Blacks? Yasnaia no podía creer lo que leía. ¡Joder! Era un sueño hecho realidad. Pero, debía contener su emoción, aunque esta se desbordara por cada poro de su húmeda piel.

Con manos temblorosas contestó el mensaje de Emere, ahora ya sabía cómo se llamaba, y le explicó que debían posponerlo para el miércoles, porque ya tenía un compromiso para el lunes y estaba ocupada el martes.

Era consciente de que detrás de todo estaba Daniel, pero no iba a ponérselo fácil, aunque debía reconocer que invitarla a presenciar un entrenamiento había sido un punto muy impresionante a su favor.

Estaba emocionada, aunque no quería que él lo supiera.

Al final, le estaba cogiendo gusto al juego que se había creado entre los dos.

Era divertido y también algo diferente que la hacía estar alerta y…

y despertaba en ella unos deseos de ganar que no podía ignorar porque era una jugadora nata y lo peor de todo, era una adicta a ganar y no dudaría en emplear el juego sucio llegado el momento.

El resto del día lo pasó encerrada en el hotel, enterrada bajo las mantas de la gran cama y abusando del servicio de habitaciones.

Era consciente de que tenía que buscarse otro lugar para pasar su estancia en la isla ya que la empresa no iba a permitirle por mucho más tiempo que se alojara allí.

Así que el día siguiente lo ocuparía precisamente en buscar algún piso que poder alquilar o, mejor, alguien que tuviera una habitación en alquiler.

Pasó la tarde leyendo en su libro electrónico y viendo a ratos la televisión.

Aunque, a decir verdad, no había nada interesante, hasta que, por casualidad encontró una cadena local que retransmitía y hablaba sobre el último partido de los All Blacks.

Embobada escuchó con atención todo lo que decían sobre los héroes locales.

En verdad para los kiwis, como se hacían llamar los locales, eran dioses maorís que llenaban de gloria y orgullo a sus antepasados. Era una forma de verlo.

No dejaron de mostrar imágenes del número diez, era increíblemente sexi.

Era más que evidente y todavía más con la ropa de juego.

Aunque sin ella tampoco es que estuviera muy mal.

Observó con detenimiento cada uno de sus movimientos en las jugadas que mostraban y de las que diseccionaban hasta el alma.

No dejaban nada sin comentar y pocas veces salía mal parado.

Era fuerte, ágil, rápido y muy inteligente.

En realidad, sí que sabía por qué le habían dado ese número.

Se lo había ganado a pulso y, de repente, su rostro se vio en pantalla.

—¿Qué coño? ¿Soy yo? —exclamó sin poder evitarlo.

No podía dar crédito, su cara, mientras lanzaba la pulla a Daniel, aparecía en grande en mitad de la pantalla de la televisión y notó cómo el calor bañaba su rostro y quemaba en sus orejas.

Los comentaristas no dejaban de reír recordando la «ingeniosa forma de poner al capitán del equipo en su lugar» y, tras el impacto inicial, descubrió qué había pasado en la rueda de prensa cuando ella la había abandonado.

Los demás compañeros del medio no dejaban de reír y de hacer comentarios mordaces de cómo la periodista extranjera había puesto en su lugar a Evans y cómo una guapa mujer había sido capaz de plantarle cara cuando algunos de sus adversarios, hombres de considerable envergadura, se acobardaban en su presencia.

Daniel se lo había tomado todo a broma y no había dejado de reír y de alabar a la desconocida extranjera que había sabido dar justo en la diana y decir las palabras que más podían molestarlo.

Y, en el momento en que dijo: «Además de preciosa está claro que es muy inteligente», el corazón de Yasnaia latió desbocado y el rubor bajó de su rostro hasta colarse entre sus piernas.

Subió el volumen para poder entender algo entre el tumulto de voces que se habían formado comentado su frase y entre ellas pudo distinguir a algunas que le decían que tal vez había encontrado a la horma de su zapato.

Con el corazón a máxima velocidad, esperó escuchar la respuesta del capitán, no entendía por qué le sudaban las manos y se sentía tan… esperanzada.

—Bueno, a pesar de que la señorita Lira tiene un atractivo indudable, no es momento, chicos. Lo primero es lo primero y es llevar a mi equipo a la final y hacernos, una vez más, con el trofeo.

La desilusión llegó a Yasnaia igual que un jarro de agua fría. De repente estaba molesta, resoplaba y había apagado la televisión.

—¿Y si no es el momento, capitán, por qué ese empeño en forzar que nos encontremos? —farfulló descontenta.

Se levantó y se puso unos vaqueros y una camiseta.

Después de atarse los cordones de las zapatillas bajó.

La verdad era que le apetecía cenar fuera, pasear por la ciudad y probar algo de comida a pie de calle.

Tenía que salir de esa habitación que, de repente, se hacía más pequeña, dejándola sin aire.

No sabía el motivo de su mal humor repentino, aunque lo sospechaba y por eso prefería no pensar en él. Y, mientras debatía con ella misma tratando de deshacer el lío que tenía en su interior, se topó con alguien que no esperaba ver en la recepción del hotel.

—Señorita Lira… ¡Qué sorpresa!

—Buchanan, desde luego. ¿Qué haces aquí?

—Bueno, el equipo se aloja en este hotel. Hoy los chicos tienen el día libre y la mayoría se ha ido a pasarlo fuera y conocer algo de la isla con sus parejas.

—¿Y tú?

—He preferido descansar, pero ahora me apetecía darme una vuelta por la ciudad y salir un rato de la habitación. ¿Y tú? ¿No está por aquí tu particular guardaespaldas? —preguntó mirando en todas las direcciones.

Yasnaia no tuvo que adivinar a quién se refería y la manera en la que lo había hecho le sacó una sonrisa que amainó un poco la tormenta que rugía por dentro.

—La verdad es que estoy sola. Aunque parezca mentira, sé cuidarme, llevo haciéndolo desde hace mucho.

La sonrisa de Buchanan era franca. Sincera, y le llenó la mirada de un brillo especial. Era atractivo, no podía negarlo, aunque carecía de lo que más la atraía de Evans, esa aura de misterio que tanto anhelaba descubrir.

—Doy fe —afirmó con su amplia sonrisa.

—Yo también iba a dar un paseo por la ciudad, me apetecía comer algo que pudiera comprar en la calle y de paso conocer un poco más del ambiente que se vive tras un partido.

—¿Te molestaría que me uniera a tus pesquisas?

Yasnaia lo miró en silencio, en realidad no se esperaba que se ofreciera a acompañarla, aunque no tenía nada que perder, ¿verdad?

—Está bien, siempre que quede claro que no es nada más que un paseo entre dos conocidos.

Buchanan rio de nuevo y Yasnaia no pudo evitar unirse a la risa.

Era muy contagiosa. Y se dejó llevar. El hombre afirmó con la cabeza y así, juntos, abandonaron el Heritage para adentrarse en la noche de Auckland.

Una ciudad llena de misterios que ella ansiaba descubrir y el más grande de todos ellos tenía los ojos tan azules como un pedazo de cielo.