Capítulo 5
El sudor empapaba sus cuerpos, todos bailaban poseídos por la frenética música que llenaba cada espacio del lugar.
La mujer se movía libre, dejando que las notas guiasen su sinuoso cuerpo y formasen curvas en el espacio que las miradas masculinas no eran capaces de ignorar.
Abstraída en la magia de la música estaba hasta que una voz seductora la interrumpió.
—Te invito a una copa, española —dijo sonriendo un joven alto y fuerte a su lado, con un marcado acento escocés.
—No, gracias, estoy bien. Eres Buchanan, el capitán de los Highlanders , ¿verdad? —preguntó esperando la confirmación a algo que ya sabía.
—Sí, el mismo. Y tú la periodista española que pusiste en su lugar a ese engreído de Evans, ¿no?
—Culpable. —Sonrió a la vez que se encogía de hombros.
—Ha tenido que ser apoteósico, lo que hubiera dado por estar allí y presenciarlo en directo.
—Bueno, no ha sido para tanto —afirmó tratando de no reír. La verdad era que después se había arrepentido, pero ese, como bien había dicho Buchanan, engreído de Evans se lo había buscado.
—¿Puedo invitarte a una copa mientras me lo cuentas todo con pelos y señales?
—¿Interrumpo? —Retumbó una potente voz a su alrededor.
Yasnaia nunca había visto un rostro más serio que el que mostraba Evans en ese momento.
Al parecer no le gustaba Buchanan. Era evidente que, aunque se respetaran, no había simpatía entre ellos.
Dudaba de que al verse se dieran un abrazo o se tomaran algo para charlar de ese deporte que tanto amaban.
—Largo, Buchanan, está conmigo.
—No puedes estar hablando en serio.
El capitán del equipo visitante los miraba extrañado, como si de verdad le resultara increíble que ella hubiese acudido a la fiesta que se celebraba tras el partido en el que los dos equipos estaban invitados.
Al principio, al saber dónde iba, Yasnaia se había sorprendido, pero después, creyó que no era tan raro que se juntaran para cenar y divertirse un rato, al fin y al cabo, eran jóvenes.
Buchanan la seguía mirando, parecía esperar confirmación por parte de ella, así que se vio obligada a dar explicaciones.
—Para mi desgracia, lo es. Hoy estoy obligada a pasar el día con el capitán de los All Blacks, tengo que descubrir los entresijos del equipo.
—De todas formas, española, si cambias de opinión, estoy por aquí.
—Largo, Buchanan, de momento, es mía.
El joven se retiró con elegancia. Era atractivo y fuerte. Además, tenía una mirada de color verde intenso y muy cálida.
—Así que… estás aquí obligada… —escupió sin disimular que estaba ofendido.
—Es la verdad. Hoy tenía ganas de descansar, aunque no negaré que lo estoy pasando mejor de lo que creía.
—Me alegra que, aunque no sea capaz de impresionarte, esté logrando que lo pases bien. ¿Te apetece una copa?
—Sí, la verdad es que tengo la garganta seca.
Daniel puso su mano en la cintura de la joven y la escoltó hasta una zona que habían habilitado para los que no disfrutaban tanto de la música estridente y los focos de colores.
La acompañó a una mesa baja y retiró la silla para que tomara asiento. Después, él hizo lo propio. Al cabo de unos segundos, un camarero perfectamente uniformado apareció para tomar nota del pedido.
—¿Qué te apetece?
—Voy a dejar que me sorprendan. —Sonrió al camarero.
—Y usted, ¿señor Evans?
—Agua, gracias.
El joven camarero se retiró a preparar las bebidas y Yasnaia no pudo evitar notar que apenas había bebido nada y que no había cometido excesos.
—¿Agua? —inquirió levantando una de sus oscuras cejas.
—Bueno, no puedo permitirme el lujo de beber, dormir mal o no comer lo que mi cuerpo necesita. Estamos en pleno campeonato y tengo que mantener la máquina engrasada.
—Me parece bien. Y me sorprende. Pensé que en fiestas como esta… todo se desmadraba.
—He conocido a más de un jugador que ha tenido una mala temporada por pasarse de la raya. Yo no puedo. Además, tengo que dar ejemplo a mis chicos: soy el capitán.
—Bueno, al final va a ser verdad… —dijo pensativa, más para ella que para que él la escuchara.
—¿El qué? —preguntó, animándola a terminar.
—Que el capitán de los All Blacks tiene algo más que músculos.
—Claro que lo es. —Rió—. Tal vez no es tan evidente como en ti, pero también soy más.
Yas sintió cómo el rubor se adueñaba de su rostro, era increíble cómo lograba sonrojarla con tanta facilidad. Evans la miraba sonriendo, parecía notar su turbación y disfrutar de ella. Era evidente que la indiferencia no era una palabra que encajara con ellos.
Yas dio las gracias en silencio al camarero que llegó, muy oportuno, con las bebidas; tomó la copa y le dio un largo sorbo.
Cuando se hubo calmado un poco, desvió la atención hacia otro tema que no fueran ellos y la electricidad que los envolvía, casi como una burbuja que los aislaba de los demás, y se dedicaron a hablar de rugby .
Daniel disfrutaba tanto haciéndolo que no era difícil adivinar que amaba ese deporte.
Era parte de su vida, no, era su forma de vida.
No dejaba de alabar a sus compañeros y algunas jugadas de los Highlanders que habían estado magníficos, aunque les había faltado bastante para estar a la altura de los Blacks.
El tiempo pasó deprisa y el sol les sorprendió llenando de tonos rojizos la noche.
—Creo que es hora de volver. No sabía que era tan tarde —se excusó Yas, poniéndose en pie.
—Tienes razón. Deberíamos irnos a la cama.
Yasnaia sonrió y cabeceó. Era imposible. No dejaba escapar ninguna oportunidad, tal vez por eso era tan bueno en el campo de juego, ¿lo sería también en la cama? No podía negar que se moría de curiosidad.
—Te acompaño. Vamos.
—No hace falta, de verdad. Tomaré un taxi.
—Estamos cerca del Heritage, me vendrá bien andar un poco.
—Como quieras —claudicó, estaba claro, por su mirada intensa, que no iba a aceptar una negativa por su parte.
Caminaron en silencio bajo el cielo de una ciudad que empezaba a despertar sin prisa, igual de pausada que sus pasos. Como si no quisieran que esa corta distancia acabara nunca. Como si quisieran alargarla hasta el infinito.
—Así que tú y Buchanan… tenéis vuestra propia historia.
—Bueno, es el rival a batir.
—¿Sí? ¿Solo es por eso? Pensé que había algo más…
—A la señorita periodista no se le pasa nada por alto —afirmó sonriendo con tristeza—. Bueno… cosas de faldas —musitó.
—Así que lo que pasara fue por una mujer. —Ahora le quedaba un poco más clara la reacción que había tenido al verla con Buchanan.
—Bueno, a mi favor he de decir que no tenía ni idea de que era su novia.
—No puedo creerlo, capitán. ¿Su novia?
Él sonrió y se encogió de hombros, inocente.
—Yo no sabía quién era, pero ella sabía quién era yo. Así que no me siento culpable. Desde entonces… nuestra relación es algo tensa.
—Puedo imaginarlo… Bueno, ya hemos llegado.
—Te acompaño dentro.
—No es necesario —dijo parándose frente a la puerta, para poder mirarlo por última vez, al menos la última por el momento.
—Lo sé, pero quiero, al menos déjame acompañarte hasta la puerta del ascensor.
—Está bien. Pero solo hasta la puerta del ascensor —aclaró sonriendo.
Al entrar, el joven botones que abrió la puerta y el chico que estaba sentado tras el mostrador de recepción, se deshicieron en halagos e inclinaciones para con él. Estaba claro que, allí, era un Dios. Un Dios maorí.
—Bueno, señorita Lira —musitó muy cerca de ella, casi acorralándola contra la puerta metálica—, ¿he logrado impresionarla esta noche?
—No —soltó demasiado deprisa para que fuera creíble.
—¿No? Creo que sí.
—Estás equivocado, capitán. Me ha impresionado tu cartera, pero no tú. El trato era que tú, el hombre, me impresionara y ahí… no has sido capaz ni de aprobar así que… buenas noches.
El timbre del ascensor los avisó de su llegada y ella, se metió dentro. Daniel se apoyó en el borde impidiendo que la puerta se cerrara.
—No es justo, me has engañado.
—En ningún momento, es solo que… he sido más lista que tú.
— Touché . Se alejó un segundo y las puertas empezaron a cerrarse.
—Por cierto, capitán, un detalle que quería aclarar.
—¿Sí?
—Llevo ya un par de semanas en la isla.
—¿Y? —preguntó confuso, sin saber a qué se refería.
—Que diste por sentado que no había probado un… buen kiwi . —Sonrió con malicia. Lo había dicho a propósito, para provocarlo.
Y lo consiguió. El comentario lo sacó de sus casillas. ¿Quería decir que había estado con alguien? ¿Con quién? ¿Buchanan? No, él no era neozelandés, ¿con quién entonces?
La rabia se apoderó de él y antes de darse cuenta, se había metido en el ascensor, que de repente era demasiado pequeño para los dos, y la besaba de una forma casi animal.
Como lo hubieran hecho sus ancestros justo antes de enfrentarse a los enemigos en una batalla.
Como si no hubiese un mañana. Como si no fuese a tener otra oportunidad.
Sus manos se aferraron a su cuello y sus lenguas se unieron en una danza ancestral que, a pesar de los años y las modernidades, seguía igual que antaño. Fue… explosivo. Ella era puro fuego y él madera seca dispuesta a arder.
El beso acabó con brusquedad. Se miraron durante unos segundos y albergó la esperanza de que lo invitara a subir, sin embargo, lo empujó fuera del ascensor, cuyas puertas se habían quedado abiertas, bloqueadas por el cuerpo del hombre, y le sonrió.
—Adiós, capitán.
—Hasta mañana, pakeha .
—¿ Pakeha ? —repitió tratando de recordar dónde había escuchado esa palabra—. No te hagas ilusiones, no va a haber un hasta mañana.
Él sonrió, con suficiencia, y Yas tuvo claro que iba a volver a verlo. Las puertas se cerraron y Daniel se quedó plantado frente a ellas, cerradas, y golpeó la cabeza un par de veces contra el duro metal.
¡Joder!, lo había dejado temblando. Lo que no conseguían tipos de casi dos metros y más de cien kilos de peso, lo había conseguido ella.
Se golpeó una vez la cabeza para aclarar sus ideas.
Se debatía entre ir tras ella o esperar.
Pero pensó que mejor le daba un poco de tiempo para asimilar lo que había sucedido, esperaba que ella estuviera tan afectada como él.
Si el personal del hotel vio algo raro, fue lo suficientemente discreto e inteligente para no decir nada y Daniel se retiró a descansar… con el rabo entre las piernas. Y no precisamente entre las piernas que le habría gustado.