Juego Sucio (Tercer Tiempo 1) Capítulo 4
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Capítulo 4

El camarero apareció de la nada en cuanto se incorporaron para abandonar el lugar.

Era increíble lo sigiloso que había sido, lo que la llevó a pensar en cuánto le habría costado reservar todo el restaurante solo para ellos.

Estaba claro que todo lo que fuera a base de tarjeta de crédito no suponía ningún esfuerzo para alguien que debía tener a rebosar la cuenta bancaria.

—¿Me vas a decir adónde vamos ya, capitán?

—Veo que la paciencia no es una de tus virtudes.

—Las virtudes están sobrevaloradas.

La risa del hombre resonó en el solitario y silencioso pasillo por el que caminaban.

Al llegar a su destino, Evans se detuvo y abrió una puerta de cristal que daba a un mirador desde el que se podía contemplar toda la ciudad.

Las vistas eran tan impresionantes que, por unos segundos, se quedó sin aliento.

En la plataforma, un joven los esperaba.

—Señor —saludó formalmente.

—¿Todo listo? —preguntó tras devolverle el saludo.

—Sí.

—Está bien, Yasnaia…

—Yas, puedes llamarme Yas —lo interrumpió.

—Está bien, Yas —dijo casi en un susurro. Parecía que le había gustado; era como si se hubieran acercado, como si hubieran ganado intimidad—. Estamos a ciento noventa y dos metros de altura, ¿quieres saltar?

—¿Saltar? ¿En serio? —interrogó emocionada. Como si fuera una niña a la que acaban de regalarle su juguete favorito.

Tan solo la posibilidad la excitaba. Ese hombre parecía haber encontrado su punto G , que no era otro que cualquier actividad que la hiciera valorar la vida.

Nunca le había tenido mucha estima, tal vez por lo sola que había estado siempre y el ser consciente de que, si algo le sucedía, nadie lloraría su pérdida ni la extrañaría.

Sentir cómo la vida podía terminar en segundos y desear seguir viva un día más, era lo mejor que había experimentado nunca y, desde ese momento, se hizo adicta a esa sensación. A la adrenalina.

—Solo si quieres. Comprendo que te pueda dar miedo.

—¿Miedo? Lo único que me da miedo, capitán, es no sentirme viva.

Y, sin más, dejó que le colocaran los arneses en los que terminaban los extremos de las dos cuerdas que la sujetarían en su precipitada caída hasta el suelo.

—¿Lista? —preguntó con una bonita sonrisa dibujada en su rostro.

—Siempre. ¿Y tú, capitán? —lo provocó.

—No es que no me apetezca, es solo que no puedo.

—Ya veo… así que le dan miedo las alturas. —Volvió a desafiarlo de nuevo.

—Nada más lejos de la realidad, lo que pasa es que, por lo general, los deportistas de élite tenemos cláusulas en los contratos en las que se nos prohíbe hacer cualquier cosa que pueda ocasionarnos una lesión.

—Señorita, a la de tres. Uno, dos… —Continuó su trabajo el joven, ajeno a la conversación que mantenían.

—Es una pena, capitán —dijo interrumpiendo la cuenta atrás—, su vida sexual tiene que ser, ahora mismo, muy aburrida —soltó acompañando las palabras con una sonrisa pícara.

—¡Tres! —gritó el monitor a la vez que la empujaba.

Y cayó. Y sintió que volaba. Estaba cayendo a una velocidad asombrosa, bajo el cielo oscuro de Auckland, cuya única luz provenía de los focos que iluminaban la zona en la que aterrizaría.

Soltó las manos de las cuerdas, abrió los brazos y cerró los ojos.

La sensación era placentera. Esa mezcla de peligro mezclada con la seguridad de que nada iba a pasar.

El viento en la cara desordenaba su cabello, se colaba por cada poro de su piel…

cuando llegó al objetivo, el aterrizaje fue suave.

No brusco como había imaginado. Un par de chicos la esperaban y los miró sonriendo de verdad.

Podía escuchar la adrenalina burbujear en su interior.

Había sido una experiencia… liberadora. Se sentía capaz de cualquier cosa.

De todo. Miró hacia arriba, levantó las manos y gritó a la noche la excitación que la recorría.

Su corazón latía a mil y sus manos tenían un ligero cosquilleo que la hacía desear más.

Mucho más. A veces, era como si el mundo no fuera suficiente, como si todo se le quedara pequeño demasiado pronto.

Al cabo de unos minutos, estaba libre de los arneses de seguridad y del traje especial, con el que estaba segura de que parecía una morcilla, que le habían puesto para la caída y no podía casi contener las emociones que tenía en ese momento.

—¿Qué tal?

La voz de Daniel irrumpió en la noche y se coló por su piel, abriendo una pequeña grieta. Pudo escucharla, en el silencio que los rodeaba, rasgarse y penetrar. Algo que no le gustó. Era peligroso y ella no necesitaba ese tipo de peligro en su vida.

—Bueno, no ha estado nada mal —mintió. Porque había estado genial no, lo siguiente.

Él la miró con detenimiento y se llevó la mano a la cara frotándose la barba de forma inconsciente y en ese momento su corazón latió tan aprisa como cuando caía a ochenta kilómetros por hora.

De todo lo que había hecho para llevársela a la cama, ese gesto distraído y desprovisto de esa intención, era el que más le había provocado tenerlo entre sus piernas.

—¿Estás cansada? ¿O puedo llevarte a una fiesta?

Yas sonrió y lo miró con burla.

—¿Pero es a una fiesta de verdad? ¿Con más gente?

—Sí —respondió divertido.

—¿Y habrá música?

—Espero.

—En ese caso, vale. Todavía es pronto, de todas formas, para irse a la cama.

La verdad era que no lo había dicho con doble intención, pero la mirada del hombre se oscureció y una sonrisa que le recordó a un lobo hambriento apareció en su rostro. Yasnaia no pudo evitar sonreír al darse cuenta de cómo podían interpretarse sus palabras.

—Nunca es pronto para irse a la cama —afirmó.

Sin esperarlo, se acercó a ella que retrocedió unos pasos, no le gustaba perder terreno, nunca lo hacía.

Pero había algo en ese hombre que la obligaba a estar alerta.

Era un peligro inminente y, cualquier pieza que moviera sin pensarlo, le costaría la jugada.

Y, aunque no soliera expresarlo, no le gustaba perder.

—Entonces ¿vamos a bailar? ¿Adónde?

Cambió el tema con rapidez y, al salir, se dio cuenta de que los jóvenes que la habían ayudado a liberarse de la seguridad de los arneses, no estaban.

Parecía que allí era adorado como un Dios, algo incómodo cuando una era una simple mortal.

¿Sería inmortal? Lo era, su nombre y la leyenda que había creado en torno a él, nunca moriría.

Dejó escapar un suspiro que no tenía claro a qué se debía y caminó en silencio junto a ese hombre que el destino había querido poner en mitad de su camino.

Un obstáculo que empezaba a dudar de ser capaz de saltar.