Juego Sucio (Tercer Tiempo 1) Capítulo 3
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Capítulo 3

El camarero reapareció justo a tiempo. Dejó sobre la mesa una bandeja con quesos variados y diferentes tipos de pan para untarlos.

Había desde queso azul hasta queso cremoso o curado.

Todo un espectáculo de colores y olores.

También dejó una gran fuente de marisco y más tarde apareció acarreando otra en la que había carne y verduras.

—Nuestros quesos, al igual que nuestros vinos, gozan de una gran y reconocida fama mundial. Este plato es marisco de la isla. Hay cangrejo de río, mejillones verdes y oreja de mar.

—Gracias por la información, la verdad es que todo se ve delicioso.

—¿Todo? —Sonrió burlón.

Así que esas tenían… pues ella también podía jugar. No era el único que disfrutaba de los juegos. Aunque no podía dejar de preguntarse si sería un juego limpio o, por el contrario, prefería jugar sucio.

—¿Y eso qué es? —dejó sin respuesta la pregunta pues sabía que eso lo dejaría pensando durante el resto de la velada.

—Es Hāngi . Nadie que visite Nueva Zelanda puede irse sin probar hāngi ni un buen kiwi.

Y ahí estaba otra vez, tal vez pensaba que era una completa ignorante, pero no era así.

Sabía que los neozelandeses se llamaban a sí mismos kiwis, de hecho, le habían explicado si se refería a la fruta debía añadir «fruta» al final porque si solo utilizaba la palabra kiwi se estaría refiriendo a los locales.

Y él estaba, otra vez, con ese acoso y derribo que no tenía claro.

¿Por qué a ella? ¿Qué tenía de especial?

¿Por qué no elegir a otra más dispuesta?

—Y el hāngi , ¿qué es? Parece pollo.

— Hāngi en maorí significa horno en la tierra. Es un método tradicional maorí que consiste en cocinar alimentos con rocas calientes enterradas en un horno que se cava en el suelo.

—Tiene sentido, ¿por qué no usar el calor natural que desprende la tierra a causa de los volcanes? Me parece una gran forma de ahorrar en recursos y de respetar el medio ambiente.

—Exacto.

Sin más, le dio una pinchada a un trozo de carne del hāngi y se lo llevó a la boca. El sabor fue tan explosivo que se vio obligada a cerrar los ojos. Hacía mucho que no probaba algo tan delicioso.

—Está delicioso. Pero no solo estoy aquí para cenar, ¿verdad? ¿Qué secretos oscuros guarda el capitán de los All Blacks?

—La verdad es que secretos pocos. A pesar de lo que pueda parecer, soy un hombre normal.

—Sí, de lo más normal… —musitó llevándose a la boca un mejillón.

—Bueno, además de jugador de rugby , soy fisioterapeuta.

—Vaya.

—Estudié con la beca que me dieron en la universidad gracias al rugby y pensé que me iría bien conocer las lesiones. En el deporte profesional se está poco tiempo, así que tenía que asegurarme el futuro.

Yasnaia estaba impresionada, no podía negarlo. No solo era una cara bonita con un cuerpo musculoso, también, al parecer y para su sorpresa, tenía cerebro.

—No es para tanto, Yasnaia. ¿Puedo tutearte? —Asintió porque no veía ningún motivo para que no lo hiciera—. Quiero pensar que soy algo más que músculos entrenados a tope.

—Supongo que lo que más me ha sorprendido es lo que estudiaste en sí. Aunque, teniendo en cuenta el deporte que practicas…

—La verdad es que por lo general las personas que creen que el rugby es un deporte brutal es porque no tienen ni idea del juego en sí.

Pocos deportes hay en los que los jugadores respeten más al árbitro: tenemos claro que él en el campo de juego es la ley.

Además, somos respetuosos también con los compañeros, pocas veces hay altercados entre nosotros y, por supuesto, no nos gusta usar el juego sucio.

Ante el comentario Yasnaia no pudo evitar levantar una ceja para que le quedara claro que no lo creía.

—Es cierto, solo uso el juego sucio cuando no me queda más remedio.

—Así que obligarme a venir engañada diciendo que era una fiesta exclusiva, no es juego sucio.

La risa que escapó del pecho de Daniel fue contagiosa. Tenía una risa ronca y atractiva como todo en ese maldito hombre que parecía hecho de todo lo que más le gustaba y deseaba. Aun así, era consciente de que su paso por la isla era temporal y lo último que necesitaba era un lío con ese hombre.

—Bueno, era porque quería volver a verte.

—¿Por qué? No lo entiendo. Menos todavía cuando podrías haber traído a la chica que quisieras sin tener que tomarte ninguna molestia.

Estoy segura de que se desmayan al verte —confesó llevándose la copa de vino a la boca.

No es que tuviera sed, es que necesitaba distraer a su mente del influjo de ese hombre.

—Por eso mismo. Porque rechazaste el venir, porque parece que no te afecto, que no estás interesada en mí… y eso ha despertado mi curiosidad y herido mi ego a partes iguales, Yasnaia de Sevilla, Espania.

—Siento decirle, capitán, que mi opinión sigue siendo la misma. No he venido a enamorarme ni a tener una relación con nadie. Solo quiero hacer un gran trabajo y ganarme el respeto de los arriba para, con suerte, poder hacer realidad mi sueño.

—¿Cuál es?

—¿Mi sueño?

Daniel asintió y ella se sintió algo mareada, no estaba acostumbrada a que nadie mostrara interés en ella, aunque para ser sincera consigo misma, nunca dejaba a nadie acercarse lo suficiente como para tener una conversación sobre algo más que el tiempo.

—Me gustaría tener mi propio programa de televisión. Uno interesante, que atraiga a la gente.

— Wow, dream high.

—Solo se destaca si se vuela alto, a ras de suelo lo hace todo el mundo. En eso no hay nada especial.

Daniel se llevó la copa a la boca y dio un delicado sorbo. Era increíble cómo una mano como la suya podía mostrar tal delicadeza a pesar de lo rudas que se veían.

—Me gustaría, después de cenar, llevarte a un sitio. ¿Me dejarás?

—¿Adónde?

—Si te lo dijera, no te impresionaría.

—Bueno, para ser honesta, las vistas que tenemos me han impresionado bastante.

—Es la segunda vez que hablas de las vistas y no puedo evitar pensar que te refieres a mí.

Yasnaia soltó una risa de verdad. Una de esas que suben por el pecho y hacen cosquillas en la garganta, de las que te arrancan humedad a los ojos y te dejan buen cuerpo durante un rato.

Era incorregible; sin embargo, era parte de su encanto.

Estaba claro que no estaba dispuesto a tirar la toalla con facilidad y eso tenía que contar.

—Está bien, voy a dejar que intentes impresionarme, aunque te lo advierto: no te lo voy a poner fácil.

—No me cabe la menor duda y eso, Yasnaia, es lo que más me gusta de este juego.

—Así que ¿estamos jugando? —preguntó golpeando la copa con la yema de los dedos.

—Eso parece —sonrió de esa manera única que poseen los jugadores experimentados.

—Interesante. ¿Y cuál es el premio? —inquirió acercándose a él.

—El que venza, decide.

Yasnaia se alejó de nuevo y pudo ver en la mirada del hombre un gesto de recelo. No le gustaba pensar que había ganado una yarda para luego perder dos, y eso le sucedía con ella. A cada instante.

—¿Cualquier cosa? Es muy arriesgado.

—Nada me sabe mejor que el riesgo.

—Acepto. Tenemos una apuesta.

Daniel cogió con suavidad la mano de Yasnaia y sellaron la promesa con ese gesto.

Se relamía pensando en todo lo que iba a hacer para conseguir impresionarla y, si lo conseguía, iba a pedir como premio pasar veinticuatro horas con ella.

Seguidas. Iba a dejarla exhausta más de una vez y, cuando terminara con ella, iba a necesitar más de una semana para reponerse de la intensa actividad física a la que tenía pensado someterla.