Juego Sucio (Tercer Tiempo 1) Capítulo 2
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Capítulo 2

Yasnaia llegó a su hotel, el Heritage Auckland Hotel, ubicado en unos antiguos almacenes que databan de los años veinte y cuya fachada era la original.

Era un edificio precioso que le recordaba a la época en la que beber alcohol era algo que subía la adrenalina tanto como saltar desde el Sky Tower.

Algo que tenía pendiente y que pensaba practicar en cuanto tuviera ocasión.

Subió directa a la habitación. Su llegada a Auckland había sido más movida de lo que esperaba.

Lo único que había querido había sido ir a uno de esos famosos partidos y ver en directo el espectáculo que parecía hipnotizar a todo el mundo.

Incluso les habían otorgado un Príncipe de Asturias.

Cerró la puerta y se fue directa a la ducha. Estaba cansada y confusa. No conocía a ese hombre de nada más que un mal encontronazo en el pasillo del estadio. ¿Qué quería de ella? Si era un polvo de una noche, no creía difícil que encontrase a cientos de candidatas en unos minutos, ¿por qué ella?

Había sido brusca, no le había reconocido y tampoco había coqueteado con él.

No entendía por qué se empeñaba en seguir viéndola.

No tenían nada en común. Bueno, tal vez una cosa, ni él ni ella tenían la intención de mantener una relación.

No era el momento, tal vez eso había pasado. Quizá él lo sabía.

Lo primero que hizo ya en su habitación, fue ponerse a buscar en sus escasas prendas de vestir algo que cuadrara con la idea de «etiqueta» que tendrían allí.

Por lo poco que había visto de ese país, tenía claro que había muchas personalidades fuertes entre sus habitantes.

Supuso que al vivir tan alejados de todo era normal que cada uno se sintiera libre y cómodo con su forma de ser y pensar, y no estuviesen bajo el pesado yugo que la moda imponía al resto de continentes.

Al menos, del que ella venía. Vio un vestido negro justo por debajo de la rodilla.

Tenía el cuello redondeado y una pequeña abertura atrás para hacer más cómodo el caminar.

Con eso tendría que bastar porque no tenía nada más.

Lo usaría acompañado de unos zapatos color nude, los únicos que tenía en realidad, que combinaban con todos los colores.

Por eso los compró. Suspiró fastidiada. Lo último que le apetecía era ir a una maldita fiesta.

Pero era cierto lo que le había comentado la jefa de prensa, en cuanto había llegado y revisado sus correos, tenía uno de su jefe dándole la enhorabuena por poder hacer fotos de una fiesta tan exclusiva.

Iba a ser una de las pocas personas que habían tenido el privilegio de asistir. Y más siendo de un país extranjero.

Así que no le había quedado más remedio que darse una ducha y arreglarse, aunque lo que de verdad le apeteciera fuese tirarse en la cama y dormir. El agua estaba a la temperatura justa. No se demoró, aunque le habría gustado, porque el coche que iban a enviarle para recogerla no tardaría en llegar.

Se vistió y se miró en el espejo. No estaba muy mal del todo, aunque no tenía claro qué hacer con esa larga melena rebelde.

De todas maneras, tenía que ir cómoda, ya que no era una invitada como los demás, su función sería la de hacer fotografías y tratar de entrevistar a los que se dejaran.

Tenía mucha curiosidad por saber más… de rugby .

El teléfono de la habitación sonó y al descolgarlo la joven de la recepción le comunicó que tenía un coche en la puerta, esperándola.

Sin pensar más, se hizo una cola alta y se dio un toque de labios en un color parecido al suyo propio.

Se colgó su Nikon al cuello, guardó una libreta y un bolígrafo para tomar apuntes en la bolsa de la cámara y cogió la llave de la habitación para dejarla en recepción hasta su llegada. Quería ir ligera.

Tras una última y rápida mirada, cerró la puerta de la habitación y tomó el ascensor hasta la planta baja. En cuanto las puertas se abrieron se dirigió con un taconeo al que no estaba acostumbrada hacia el mostrador y pidió a la joven que le guardara la llave.

Al salir por la puerta de cristal, encontró una limusina negra aparcada en mitad de la vía. Nada más verla, un joven la abordó.

—¿ Senorita Lira? —preguntó con una amable sonrisa.

Yasnaia sonrió y pensó en lo complicada que era de pronunciar la eñe fuera de España.

—Sí, soy yo —contestó en inglés. Algo que alivió sobremanera al joven conductor que sonrió más relajado.

La acompañó hasta la puerta del automóvil y se la abrió.

Era maorí. Era fácil reconocerlos porque tenían un aspecto diferente a los demás.

Todos exudaban una masculinidad que podía tocarse.

Eran una estirpe de guerreros que no habían perdido esa fuerza interior y allí adonde iban, dejaban huella.

Yasnaia vio que era joven, incluso más que ella. Alto, fuerte y musculoso, lo que la llevó a preguntarse si no practicaría también el deporte nacional.

El joven condujo en silencio, pero pudo notar cómo la miraba sin parar a través del espejo retrovisor. Intuyó que igual que ella los admiraba por lo diferentes que eran a lo que ella conocía, a ellos les sucedería lo mismo.

Al cabo de unos segundos, el coche se detuvo dentro de un aparcamiento. Al bajar la acompañó andando, en silencio.

—¿Vamos al Sky Tower?

El joven, sorprendido quizá porque ella conociera el edificio, asintió sonriendo.

—Mi hotel está a cuatro minutos a pie. No era necesario un servicio de recogida, a no ser que pensaran que no me iba a presentar…

—Al parecer el jefe pensaba que no iba a ir.

—Y eso no lo podía consentir, ¿verdad? Creo que tu jefe está muy acostumbrado a salirse con la suya.

—Es el capitán de los All Blacks, nadie le dice que no. Además… las mujeres lo adoran. Cualquiera mataría por haber recibido una invitación directa de él.

Yasnaia sopesó la información que el joven le daba sobre su jefe.

La verdad era que hablaba de él con adoración, casi podía ver corazoncitos salir de sus ojos al mencionarlo.

Suspiró. Tal vez lo mejor para quitárselo de encima sería ser como las demás y derretirse con cualquier tontería que dijera.

Pero no estaba en su naturaleza, él era un jugador y a ella le gustaba jugar.

De esa manera había conseguido todo lo que se había propuesto, con esfuerzo y moviendo las fichas siempre a su favor.

Así que, aunque se lo propusiera, no iba a poder caer fulminada ante la presencia de ese Dios del rugby .

—Bueno. —Sonrió—. Para ser honesta tendría que decir que no ha sido una invitación, ha sido una imposición. Así que he venido a trabajar y, aunque no esté acostumbrado a recibir negativas, mías va a obtener unas cuantas.

El joven se bajó la visera de la gorra que llevaba como parte de su uniforme y sonrió. Aunque debería permanecer impasible, no había podido evitar que la sonrisa se abriese paso en su rostro moreno.

El teléfono sonó y contestó en su lengua materna.

No tenía apenas conocimientos del maorí, tan solo conocía el nombre maorí de Auckland, Tamaki Makaurau, y poco más.

También le habían explicado cómo era el saludo maorí, por si alguna vez la recibían así, para que estuviera preparada.

Si la tradición española de saludar con dos besos en las mejillas era rechazada por otras culturas que la sentían demasiado intimista para alguien a quien no se conocía, el ponerse frente a frente y nariz con nariz con alguien a quien se veía por primera vez, tampoco resultaba muy cómodo para ella, más teniendo en cuenta que no tenía lazos familiares fuertes ni había tenido una familia, ni grande ni pequeña, que le mostrara cariño físico.

Desde que recordaba, siempre había estado sola.

Su madre la dejó a las puertas de un internado, sí, algo que solo debería pasar en películas, pero que ella había vivido.

No le importaba, no ahora. De pequeña soñaba con que su madre regresara arrepentida con una gran excusa bajo la manga que justificara el porqué de haberla dejado nada más darla a luz, pero cuando fue creciendo se dio cuenta de que eso nunca sucedería y que estaba sola para todo.

Y le gustaba. No quería depender de nadie.

Así que desde joven trabajó en fotografía y estudió para pagarse los estudios y una vivienda en cuanto tuvo la edad para solicitar la emancipación, en este caso del estado que era el que tenía su guardia y custodia.

El joven hablaba muy deprisa, o eso le parecía a ella, y en su lengua materna por lo que no entendió nada de lo que dijo, sin embargo lo vio reírse un par de veces y ella, en un acto reflejo, sonrió también.

Al llegar a la puerta del ascensor, el joven le dejó paso y se quedó fuera. Ella lo miró extrañada y entonces le dio la explicación.

—La esperan arriba. Tiene que marcar la planta cincuenta y uno.

—¿La planta cincuenta y uno? ¿En serio?

—Sí, tenga cuidado. La primera vez, la velocidad tapona los oídos y asusta un poco, pero en pocos segundos estará arriba.

—No es cierto, es una broma, ¿verdad?

—Un placer, senorita —soltó con mirada pícara y una sonrisa maliciosa en el rostro.

Y, sin más, se alejó de la puerta para que esta se cerrara.

Al hacerlo, se vio atrapada en el gran ascensor tan sola que daba la impresión de tener el espacio suficiente como para perderse dentro.

Pulsó la planta indicada y, efectivamente, los oídos se le taponaron y se mareó un poco al ver cómo de rápido se sucedían los números en el lector.

—¡Joder! ¡Menudo viajecito! —murmuraba para sí a la vez que se abrían las puertas y se encontró con el que la esperaba.

—¿Está bien, senorita ? —preguntó sonriendo.

—Creo que sí.

—Gracias por venir, senorita Lira. Soy Evans, Daniel Evans. Capitán de los All Blacks. Bienvenida —se presentó en inglés, acercándola hasta él.

No tuvo que adivinar qué pasaría. Lo sabía, iba a darle una bienvenida al estilo maorí.

Así que se vio soportando sobre su frente la del hombre y con las narices rozándose.

La mano derecha de Daniel agarró la suya y la izquierda la posó sobre su hombro, Yasnaia hizo lo propio y lo imitó.

Aunque era intimidante. Podía notar el aire que exhalaba y que se introducía en su cuerpo.

Con los ojos cerrados y a esa distancia era difícil controlar su cuerpo.

Todo parecía tener vida propia. El calor empezó a inundar su cara y supo que él iba a notarlo.

Temblaba. Así que se alejó y volvió la mirada hacia el elevador para romper lo que fuera que se había creado entre ellos.

—¿Qué velocidad alcanza ese trasto?

—No lo tengo claro, pero si quieres puedo preguntarlo. Enseguida me informarán.

—Claro, es normal, ¿quién puede decir que no al capitán de los All Blacks?

Él la miró con seriedad, después esbozó una sonrisa que, a su pesar, le detuvo el corazón, lo que no había conseguido el puto ascensor lo había conseguido él en menos tiempo.

Le gustaría que no tuviese ese efecto en su cuerpo, pero no podía hacer nada para evitarlo.

Era muy atractivo, era cierto, pero lo más atrayente de él para ella era su seguridad.

Tenía tanta que resbalaba por cada poro de su cuerpo impregnando su voz y sus movimientos y no había para ella nada más atractivo en un hombre que eso.

—Una periodista espaniola. Al parecer le gusta esa palabra en lo que se refiere a mí.

—Quizá, si en vez de imponer a la fuerza hubiese tenido la cortesía de preguntar, la respuesta hubiera sido muy diferente, capitán.

—Pensé que la ayudaría en su trabajo tener una entrevista en exclusiva conmigo. Aunque puede que me equivoque. De todas formas, ya que está aquí, la invito a cenar.

—¿A cenar? ¿No era una fiesta?

—Una fiesta exclusiva.

—Entiendo…

—¿Qué entiende?

—Su idea de fiesta exclusiva es traerse a la mujer que sea el capricho del día aquí, invitarla a cenar y, después, llevarla a la cama, ¿no?

—Es una forma de verlo. —Sonrió acompañándola a una mesa—. Aunque no con todas intercambio el Ha.

No dijo nada y, no podía estar segura, pero le pareció recordar que el Ha era el aliento vital y una forma de hacer un nexo de unión entre ambos. Una creencia maorí. Él no lo parecía y la verdad era que tenía muchas preguntas que deseaba hacerle, aunque le fastidiara.

El sitio estaba desierto, ¿cómo podía eso ser un restaurante? Había mesas, cierto… pero nada más.

Se sentó, más que nada porque la curiosidad le podía, y si de paso podía llevarse algún que otro dato jugoso para su reportaje, mejor.

—Es el primer restaurante giratorio del mundo.

—Puede que el primero, pero no el único. En Andalucía, concretamente en Granada, existe otro. Así que siento chafarle la sorpresa, pero ya he cenado en uno de estos.

De nuevo su mirada era curiosa, con un brillo que hacía que el azul de sus ojos fuera más… más de todo. ¿Cómo se podía tener un color de ojos como ese?

—Parece que el hecho de impresionarla va a ser complicado. Espero, al menos, que le guste lo que he ordenado.

—¿Puedo decir que no me gusta algo o estoy condenada a decir a todo que sí? —interrogó. Lo del restaurante no se lo esperaba, y al parecer era la primera vez que no le funcionaba la maniobra. Pero había dado con ella. No iba a ponérselo fácil.

Un camarero apareció de la nada y sirvió en las copas un poco de vino tinto. Había pensado en todos los detalles, eso no podía negárselo. Y tomar vino allí, justo en las antípodas de su país, parecía algo… milagroso. Aunque claro, no había nada imposible para él.

—Por supuesto, tu opinión es bienvenida, eso no significa que tengas razón o que yo la acepte.

—La aceptación es el primer paso para amarse a uno mismo —se mofó a la vez que alzaba la copa de vino y brindaba al aire.

Él la miró y sonrió. Sin previo aviso, se levantó, se acercó a ella con paso seguro y se posicionó tan cerca que sus fuertes piernas rozaban su cuerpo.

No se movió. No habría podido aunque hubiese querido.

Todo temblaba. No; era ella. Él la hacía vibrar.

La ponía tan nerviosa que perdía el control de su cuerpo y eso era peligroso.

Giraba despacio, pero sin pausa, al igual que la plataforma sobre la que se situaba la mesa del restaurante que, centímetro a centímetro, le mostraba lo hermosas que eran las vistas desde allí arriba.