Juego Sucio (Tercer Tiempo 1) Capítulo 1
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Capítulo 1

Catorce meses antes…

Caminaba a toda prisa por el atestado pasillo hacia el lugar que le habían asignado como parte de la prensa que asistía a la competición.

Agachó un segundo la cabeza, para colocarse bien la identificación y no tener problemas con la seguridad, cuando se golpeó contra un muro de piedra que la hizo perder el equilibrio y caer hacia atrás.

—¡Joder! —gritó en español sin ser consciente.

—Lo siento mucho —se disculpó una voz ronca en un español bastante malo—. ¿Está usted bien, senorita ?

—Sí, no te preocupes, señorito —comentó burlándose de él.

Le había dado fuerte. Le dolía el culo por el golpe contra el suelo y la cabeza por haber chocado contra él, ¿estaba hecho de acero?

—. No pasa nada, estoy bien, gracias —refunfuñó mientras aceptaba la mano que le tendía y, en ese instante, alzó la mirada y se quedó sin habla.

El hombre era como un gran árbol. Tenía que medir por lo menos un metro noventa y era puro músculo, no le extrañaba haberse hecho tanto daño, pero lo más impactante de él eran sus ojos.

De un azul profundo y limpio. Como si fuera un lago en calma.

Llevaba el cabello dorado revuelto y su atractivo rostro cubierto por una leve capa de vello que lo hacía muy varonil.

—¿Periodista? ¿Viene por el partido? —preguntó señalando la identificación que colgaba de su cuerpo.

—Es evidente —contestó con brusquedad, más que nada para evitar que el hombre se diera cuenta de que estaba nerviosa.

—Nos vemos. Más tarde. La invito a cenar, ¿sí?

¿La estaba invitando a cenar? ¿Por qué? No se conocían… ¿Quería conocerlo? Era evidente, ¿qué mujer en su sano juicio rechazaría una invitación de un hombre como él? Ella, porque estar en su sano juicio no era una de sus cualidades.

—Gracias, pero no. Lo siento, llego tarde. Por su culpa —recalcó—. Adiós.

— See you… later —murmuró.

Yasnaia caminó con paso rápido por el largo pasillo hasta llegar a la puerta en la que se leía Press Room.

Llamó y, sin esperar respuesta, entró. Nada más poner un pie dentro se dio cuenta de que todo estaba hasta arriba.

Desde luego era el deporte nacional. Se había dado cuenta cuando, al llegar, todo lo que se veía o vendía era merchandising de los All Blacks.

Allí, los Ronaldos o los Messis eran unos completos desconocidos.

Incluso la prensa iba equipada con sudaderas o camisetas de los All Blacks.

Estaba ansiosa por verlos en directo. No podía esperar más.

Sus manos picaban por la excitación y estaba deseosa de disparar su cámara y captar en una imagen eterna todo lo que sucedería a continuación.

Jugaban contra la selección escocesa y el campo se veía salpicado por los que iban de negro por completo y los que vestían de azul marino. Estos, por cortesía de los locales, entonaron el himno no oficial, Flower of Scotland , seguido por el himno de Nueva Zelanda.

Yasnaia se sentó en el lugar asignado, había tenido suerte. Al ser parte de un programa especial sobre toda la isla, le habían dado primera fila. Desde allí podía ver y fotografiar todo a su alrededor. Estaba disfrutando como nunca de su gran pasión. Y era feliz.

De repente, justo en el momento en el que los jugadores se dirigían a colocarse en su lado del campo, los All Blacks se colocaron en mitad del terreno de juego y empezaron su famosa danza maorí.

Miraba sin palabras el espectáculo. No tenía ni la más remota idea de si los demás estaban tan impresionados como ella o si, tal vez, al no estar acostumbrada, lo que veía y sentía la removía más por dentro que al resto.

Por más que intentaba desviar la mirada del show , porque eso precisamente era, no podía.

Tenerlos frente a ella, vestidos completamente de negro, verlos interpretar esa danza que acompañaban de gestos, bramidos y gruñidos, era hipnotizador.

Nunca había visto a hombres tan… salvajes y a la vez tan sensuales.

Los gritos eran de guerra, estaba segura.

De lo que no lo estaba tanto era del motivo: ¿sería una forma de honrar a los dioses?

¿A sus ancestros? ¿De intimidar a sus enemigos?

Debía de ser una mezcla de todo, lo que le quedaba claro a Yas era que esos hombres que tenía frente a ella, a punto de disputar un partido de rugby , eran parte de una estirpe divina.

Era lo único que se le ocurría para justificar lo que presenciaba.

Los cincuenta mil espectadores que llenaban el gran estadio de Eden Park, en Auckland, permanecían en silencio.

Era como si la magia negra que destilaban llegase a todos y los sumiera en una especie de trance que los dejaba clavados en el sitio, igual que a ella, a la que solo le funcionaba una parte de su cerebro.

Ahora entendía un poco mejor por qué todo el mundo en ese país hablaba de rugby .

Para ellos no existía otro deporte, pero era lógico.

Eran impresionantes, intimidantes, atractivos a pesar de las poses casi monstruosas que deformaban sus rostros al hacer la exhibición de la haka.

Una voz resonaba entre todas, destacando.

Podía asegurar que el que llevaba la voz cantante era el capitán del equipo.

Había leído en algún lugar su nombre… Daniel… ¿Daniel Evans? Estaba casi segura.

Observó al equipo contrario, tal vez no era la primera vez que se enfrentaban o eran capaces de disimular muy bien lo que sentían al ver a hombres así de amenazantes frente a ellos, pero se les veía tranquilos, tal vez porque los rivales eran guerreros de las tierras altas.

El partido prometía y ella se sentía nerviosa, pero ¿quién no lo estaría?

Cuando acabaron la danza, todo el estadio se mantuvo en silencio.

Podía ver caras emocionadas, lágrimas bañando el rostro de algunos de los asistentes, incluso ella estaba turbada.

Habían despertado algo en su interior que le había hecho darse cuenta de lo sola que estaba en ese mundo.

Pero no le importaba. Cuando decidió aceptar el trabajo de pasar un año en Nueva Zelanda para hacer un reportaje a fondo de su gente, sus tradiciones, de los paisajes, de las playas, la vegetación…

le pareció la mejor oportunidad del mundo.

Podía perfeccionar su inglés y además engordaría su currículum.

Suerte que además de ser buena como periodista, se le daba de escándalo la fotografía. Su pasión.

Además, ese año la empresa le pagaba la estancia y las dietas, además del sueldo, así que había sido un trato redondo.

Parecía que todo se hubiese confabulado a su favor: el día que recibió la llamada llevaba más de media hora en un atasco, lo normal en su día a día, y pensó que debía de haber algo más en la vida que perder tanto tiempo parada entre coches y motos para llegar a trabajar.

Sin dudarlo, aceptó el trabajo. Una semana después había dejado su Sevilla natal y todo lo que la ataba a ella y estaba aterrizando, tras casi treinta horas de vuelo y dos escalas, una en Barcelona y otra en Qatar, en el aeropuerto de Auckland.

Cuando el equipo de los All Blacks se dispersó para tomar posiciones, lo vio.

—No puedo creerlo, es el tipo con el que choqué. ¡Madre mía! —siguió murmurando en su lengua materna a la vez que se llevaba las manos a la cara—. No me lo puedo creer, y no lo he reconocido.

Yasnaia escuchó que alguien le pedía silencio y se concentró en el partido y en sacar buenas imágenes.

Por más que quiso ignorarlo, no pudo. El atractivo capitán del equipo local era irresistible para su cámara.

Y no dejó de tomarle fotos. Tenía algo en su mirada…

en su mirada y en ese cuerpo tan formado, contra el que había tenido el accidente, que no podía ignorar.

Era un deporte duro. No entendía cómo los hombres eran capaces de salir ilesos de una de esas arremetidas, ahí, sin duda, residía el encanto de ese juego.

Al terminar, tenía las piernas temblorosas, como si hubiese sido ella la que había estado en el campo de juego.

Todos celebraron la victoria de los All Blacks, incluso hubo momentos de tensión cuando, a falta de unos minutos, la victoria parecía estar en manos de los escoceses.

Pero el capitán hizo que su equipo llegara a la victoria.

Era impresionante. No tenía otra palabra para describir todo lo que había sentido allí.

Para una mujer cuyo sueño era llegar a ser periodista deportiva, era una experiencia única.

Flotaba en el ambiente un aroma especial que no tenía claro a qué pertenecía.

Supuso que a una mezcla de todo lo que la rodeaba.

Todos se felicitaban por el gran partido y tras unos minutos llevaron a unos pocos seleccionados a otra sala en la que entrevistarían a los jugadores. Pensar en volver a verlo la puso nerviosa. Había sido una maleducada con él y, tal vez, eso la perjudicara para seguir adelante con su proyecto.

Cruzó los dedos y deseó que Evans no se lo tuviera en cuenta.

La sala donde se harían las entrevistas estaba situada cerca de los vestuarios de los jugadores locales.

Era la única mujer entre tanto hombre, pero no se sintió intimidada en ningún momento, los siguió y tomó asiento donde la azafata le indicó, a la espera de que apareciera ese hombre con genes divinos a decir unas palabras a la prensa.

Estaba casi en la última fila, lo prefería.

No tenía claro si quería o no preguntar algo o tan solo escuchar y tomar más fotografías.

El murmullo de los asistentes iba en aumento a cada minuto que pasaba.

Todos esperaban la llegada del capitán y del entrenador que, con seguridad, estarían celebrando la victoria en los vestuarios junto al resto del equipo.

Sin saber muy bien por qué, la imagen de ese hombre en los vestuarios disparó su imaginación y pudo ver cómo las gotas de agua resbalaban por ese musculoso abdomen…