Juego Sucio (Tercer Tiempo 1)
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Prólogo
Respiraba con dificultad, siempre le sucedía cuando iba a entrar en directo.
Le había costado mucho llegar a ser una de las periodistas mejor consideradas en su especialidad.
Su programa, «Entrevista a…», se había posicionado como el mejor de los de su categoría y tenía un ranking de audiencia que superaba incluso al reality más aclamado.
El éxito radicaba en que su entrevistado era siempre una sorpresa para ella. No sabía quién era hasta que se encontraban frente a frente. Podía ser cualquiera siempre que fuera deportista: futbolista, jugador de baloncesto, golfista, boxeador…
En cada programa la sorprendían con su ingenio, el mismo que debía mostrar para improvisar las preguntas adecuadas, o no tan adecuadas, para llenar los sesenta minutos que duraba la transmisión.
Se miró al espejo una vez más, se retocó un mechón de su cabello oscuro que no necesitaba arreglo y se quitó varias arrugas inexistentes de la falda negra que le llegaba justo por encima de las rodillas.
—En el aire en tres minutos.
Escuchó la voz de uno de los operarios de plató que la avisaba, a la vez que daba unos pequeños golpes a la puerta, del tiempo que quedaba para estar en el aire.
Trató de calmar la respiración, había pasado por cosas peores, mucho peores, y esto no iba a achantarla.
Dejó escapar toda la presión que guardaba dentro como si fuera una olla exprés y caminó con paso seguro, saludando a los demás componentes del equipo, hasta su sillón blanco situado justo en el centro del espacio que ocupaba su programa.
Todo a su alrededor estaba conformado de forma que diera la sensación de relajación, de paz; lo contrario a la frenética electricidad que recorría a todos los integrantes de su equipo.
Los cámaras, el realizador, los chicos de sonido…
todos se trasladaban de un lado a otro dibujando un perfecto movimiento suave y engrasado, que lograba que los engranajes no se atascaran y todo marchara sobre ruedas.
Las luces se acomodaron para conseguir la iluminación exacta, la chica de maquillaje le dio un último retoque en la nariz, la frente y los pómulos, para evitar los brillos, y escuchó la voz de fondo que le indicaba:
—En tres, dos, uno… ¡En el aire!
—Buenas noches y bienvenidos a «Entrevista a…
» —comenzó la voz en off con la apertura del programa—.
De nuevo, una semana más, estamos aquí para conocer más a fondo al invitado de hoy.
¿Qué sorpresa le tendremos reservada a nuestra querida presentadora?
¿A quién tendrá el placer de poner contra las cuerdas esta noche?
En breve, tras treinta segundos de publicidad, lo averiguaremos. ¿Listos?
La publicidad de treinta segundos entró. De nuevo, la chica de maquillaje apareció para darle unos golpecitos suaves con una esponja para secar la leve capa de sudor que perlaba su frente. No tenía claro por qué estaba más ansiosa de lo normal.
—Gracias, Norma.
—De nada. Estás preciosa hoy, así que relájate.
Tras dedicarle una sonrisa de agradecimiento y conseguir respirar con profundidad dos veces, volvió a estar en el aire.
—Después de esta pequeña pausa publicitaria, está todo listo para que nuestra presentadora conozca a nuestro invitado sorpresa de esta noche —continuó la voz en off a la vez que el sonido acompasado de unos pasos llegaba hasta ella, seguidos del crujido del sillón al ser ocupado por su invitado y el leve roce del calzado de este contra el suelo de madera.
Las luces estaban casi apagadas, para impedirle descubrir o hacerse una idea de quién podría ser según la reacción del público asistente, así que estaba a ciegas, con los nervios fluyendo a toda máquina por la superficie de su piel, ansiosa por descubrir a quién tendría el honor de entrevistar en escasos momentos—.
Así que, en tres, dos, uno, comienza la entrevista a…
Tras esas palabras, como en cada programa, llegaba la magia.
Las luces iban cobrando fuerza mientras todos permanecían en silencio.
Su sillón empezaba a girarse en perfecta sincronía con el de su invitado y, cuando estuvieran uno frente al otro, las luces habrían alcanzado la intensidad adecuada y ella y sus invitados descubrirían, entre aplausos y sonrisas, al invitado de la noche.
Con disimulo se secó la palma de las manos en la tela de la falda.
Estaba a punto de conocer a su invitado, casi estaba en la posición adecuada para descubrir quién era cuando los gritos de los espectadores y el estallido de los aplausos llegaron como una gran ola que la mareó.
Tenía que ser alguien muy importante y conocido para que el público tuviese esa exagerada reacción.
Era la primera vez, desde que comenzó el programa, que obtenía una respuesta tan escandalosa del público asistente.
Eso no la tranquilizó, al contrario, hizo que su corazón bombeara a mil, que sus manos se llenaran de una nueva capa de sudor, esta vez más espesa, y que su respiración se acelerara; expectante.
Sentía una necesidad tan grande de saber quién era el invitado que el nudo que se había formado en su estómago la apretaba sin piedad.
El asiento continuaba moviéndose, a una velocidad que se le antojaba demasiado lenta, los aplausos y los silbidos seguían in crescendo , lo que la hizo volver a tener esa sensación de mareo que la obligaba a aferrarse con fuerza a los brazos del asiento, como para seguir conectada a la realidad.
¿Quién sería? En su mente pasaban a toda velocidad los nombres de todos los candidatos que en ese corto espacio de tiempo le dio tiempo a barajar: tal vez el último ganador del Roland Garros, o quizá el del Open de Australia.
¿Un jugador de baloncesto norteamericano llegado desde la NBA ?
¿Tal vez alguna joven estrella de fútbol de las que habían destacado en la última Champions?
Las opciones eran barajadas por su mente a la velocidad de la luz, tratando de estar preparada según a quién encontrara con alguna pregunta interesante, otra mordaz, alguna que otra comprometida…
Ojalá fuera ese entrenador al que tenía tantas ganas de preguntar cómo sanar algo que estaba podrido desde los cimientos…
Ya casi estaba, nunca se le había hecho tan larga la espera. El griterío del público subió varios decibelios y, cuando pensó que sus oídos iban a estallar, se encontró frente a frente con el que causaba tanto alboroto en plató.
Y, en ese preciso instante, quiso que el dicho «tierra, trágame» se hiciera real y que se la tragara… para siempre. Que no la escupiera… jamás.
—¿Qué coño…?
El invitado la miró con sorpresa. Estaba claro que lo había dicho en voz alta. El público dejó de aplaudir y de silbar… todo quedó sumido en el más profundo de los silencios como si, de repente, todo hubiese perdido la frecuencia y no se pudiera escuchar nada.
Su corazón iba a mil y empezaba a creer que lo iba a perder por la boca. Lo había soltado en voz alta. ¡Mierda! Tenía que arreglarlo. ¿Pero cómo?
—Lo siento, señores, sé que me perdonarán, pero soy humana y no he podido evitarlo. Es realmente toda una sorpresa. No me imaginaba encontrarlo a él , sentado en mi sillón. Nunca , a decir verdad. Bienvenido.
—Gracias, es un placer…
—Sí, no hubiese encontrado una palabra mejor para describirlo: placer . En unos segundos, tras una pequeña pausa publicitaria, necesaria para reponernos de la grata sorpresa, regresaremos con nuestro invitado.
Ante la inesperada interrupción, que nadie esperaba, el equipo metió una cuña de publicidad y, preocupados, pues no era una reacción normal en ella, se acercaron a ver qué estaba sucediendo.
No soportaba verlo, se levantó y se alejó. Necesitaba irse. Fuera del plató. Fuera del alcance de las cámaras ante las que se veía obligada a mantener la máscara que se resquebrajaba a la misma velocidad que su corazón latía.
Salió por el estrecho pasillo hasta llegar a la puerta que daba a un callejón, tan solo transitado por los camiones que llegaban con mobiliario y otras cosas necesarias para el programa, y, una vez fuera, levantó el rostro hacia el cielo oscuro y apretó varias veces el puente de su nariz respingona para evitar que las lágrimas, que se acumulaban en sus ojos dotándolos de ese brillo tan característico de la humedad salina, se derramasen con la velocidad vertiginosa a la que necesitaban hacerlo.
¿Cómo era posible que todo se hubiese puesto del revés en tan poco tiempo?
No podía entender nada, desde aquella maldita noche en la que le partió en mil pedazos el corazón, no había querido saber nada de él.
¿Cuánto hacía? ¿Diez meses? No era suficiente tiempo, todavía le dolía.
Acababa de comprobarlo. No estaba preparada para esto.
Por otro lado, no hacer el programa no era una opción. Eso estaba descartado.
Un carraspeo sacudió su cuerpo como si de una descarga se tratara y sus manos se apoyaron en las generosas caderas.
No se giró. No estaba preparada para enfrentarse a eso.
Todo era una locura. Una locura que le había hecho perder el control, que había logrado volver a romperla en pedazos y tenía que recomponerse en segundos, no tenía tiempo para más.
—No pensé que fueras a reaccionar así. Me alegro de verte.
Su voz, suave y ronca, seductora como lo fue, como lo seguía siendo, la hizo temblar. Notó cómo cada vello de su cuerpo se erizaba lleno de la electricidad que solo él le provocaba.
—¿Querías fuegos artificiales? Bueno, los has tenido, solo que no como habrías imaginado. ¿Qué coño haces aquí? —inquirió tratando de que su voz no sonara rota.
—He venido para que la periodista de moda me haga una entrevista. —La voz del hombre sonaba tranquila y eso la molestaba más. Tal vez él la había olvidado, pero ella a él, no, aunque lo que quedara en su interior fuese más odio que otra cosa.
—¿Sabías que era yo? —preguntó con la voz dura, fría, rezando porque su aspecto también diera esa impresión en vez de reflejar la verdad, que no era otra que se estaba desmoronando como la arena bajo las olas.
—Por supuesto.
—Pues debiste haber declinado la oferta…
—Siento la interrupción —se disculpó Norma, la chica de maquillaje—, pero ¿estás bien?
Asintió con la cabeza y en ese momento echó de menos, como nunca antes, tener un cigarro a mano. Le iba a tocar fumárselo en su mente.
—Estoy bien, lo siento, ha sido la sorpresa, no me esperaba para nada que él fuese a ser el invitado.
—¿Seguro que estás bien, Yas? —insistió, preocupada.
—Seguro. Ha sido la emoción —recalcó sin disimular su desagrado.
—¿Y usted, señor Evans, preparado?
—Listo para capear el temporal —afirmó con una sonrisa que no era tan auténtica como le habría gustado.
Si la joven maquilladora entendió sus palabras no lo dejó ver, se limitó a sostener la puerta abierta hasta que pasaron y los siguió con discreción por el estrecho pasillo de regreso a plató.
Yas podía sentirlo tras ella y, ¡maldita fuera!, seguía logrando que temblara como… como aquella maldita primera vez.
—Me alegra verte, echaba de menos la furia que desprenden tus ojos —susurró más cerca de lo que podía soportar.
—Pues yo… no me alegro en absoluto. Y, esa furia que desprenden mis ojos, he aprendido a canalizarla a través de las palabras. ¿Que estás listo para capear el temporal? No tienes ni idea de lo que te espera, capitán —amenazó en un susurro.
Llegaron a un plató revolucionado. Todos los presentes hacían conjeturas sobre qué era lo que le había podido pasar a su presentadora estrella.
Norma, en cuanto se sentaron de nuevo, retocó su maquillaje y en ese momento pensó con tristeza que era una auténtica lástima que no pudiera retocar con la misma facilidad su interior.
Maquillarlo para que el vendaval que rugía en sus tripas y llenaba sus oídos se transformara en una playa en calma.
Temblando, tomó asiento, sonrió a todos como si no pasara nada y respiró profundamente.
—Todo bien, chicos, lo siento. Ha sido la emoción y la sorpresa por tenerlo delante. Lista.
El realizador la miró, asintió e hizo un gesto con la mano. En tres, dos, uno… estarían en el aire.