Capítulo 35 #3
—¿Te gusta? —Me observó a través de sus pestañas claras. En sus ojos vi la misma excitación que sentía yo. Teniendo en cuenta el evidente bulto que presionaba contra mi intimidad a través de sus vaqueros, solo fui capaz de añadir—: A ti seguro que te gusta.
Se echó a reír y negó con la cabeza.
—No me lo recuerdes, mujer. Estoy sufriendo.
Me moví bajo su cuerpo con intención provocadora y susurré:
—Puedo ayudarte a aliviar ese dolor.
Sentí que contenía el aliento y apretaba los dientes mientras se sostenía sobre los antebrazos.
—Oh, lo harás. —Volvió a inclinar la cabeza para prestar al otro pecho la misma atención. Se me escapó un gemido y arqueé la espalda sobre el colchón—. Pero no antes de que te haya demostrado que no hay nada «anatómicamente» mal en ti.
El corazón empezó a latirme desbocado.
Era lo más romántico y dulce que un hombre me había dicho jamás.
—Puede que no sea tan fácil —admití.
—Soy jugador de hockey, pequeña. Puedo ser muy persistente.
Se desplazó un poco más abajo y con la lengua acarició cada centímetro de mi cuerpo hasta llegar al borde de mis braguitas. Me puso las manos en las caderas y, en un gesto automático, doblé las rodillas para acoger su contacto sin siquiera darme cuenta.
Me besó la cara interna del muslo, con los ojos clavados en mí, y el estómago se me encogió.
—¿Recuerdas lo que dijiste en tu casa? —Eché la cabeza hacia atrás mientras hundía los dedos en su pelo.
—No, ¿qué? —susurró mientras seguía besándome.
—Dijiste… —Jadeé—. Dijiste que no volverías a besarme.
Vince levantó la cabeza con una sonrisa descarada en los labios.
—Dije que no volvería a besarte. —Me rozó la piel de la otra pierna y mi cuerpo se estremeció ante ese nuevo contacto—. Pero no especifiqué dónde.
Satisfecho con mi falta de reacción, volvió a besarme y a mordisquearme.
Esta vez un poco más cerca de la ingle, pero nunca lo bastante cerca.
Otro beso y otro mordisco. Beso. Mordisco.
Una y otra vez. Se divertía rodeando la zona mientras yo me retorcía bajo su cuerpo, incapaz de ocultar lo mucho que lo deseaba.
Entonces se detuvo sobre el muslo, justo donde se enroscaba la serpiente tatuada. Permaneció inmóvil un instante, con la mirada fija en el dibujo. Parecía hechizado.
—Ley… —murmuró en voz baja antes de inclinarse y besarme allí donde la tinta que dibujaba la lengua bífida de la serpiente se fundía con la piel más sensible, haciéndome temblar—. ¿Quieres que pare? —preguntó de nuevo, esta vez como si fuera una advertencia velada.
Solo de pensar en que pudiera detenerse de verdad, abrí los ojos de par en par y levanté la cabeza para mirarlo.
—No te atrevas.
Dejó de besarme y se echó a reír, con la frente apoyada sobre mi rodilla doblada. Se incorporó y volvió a colocarse sobre mí, con los ojos atrapados en los míos.
Había parado.
Lo fulminé con la mirada, preparada para echárselo en cara, pero entonces Vince llevó una mano al punto donde se unían mis piernas. Me acarició por encima de las braguitas húmedas y me dejó sin aire en los pulmones.
—Si hubiera empezado por aquí, me habría corrido antes siquiera de quitarme los pantalones.
Estaba segura de que aquella frase no debería resultar tan erótica. Sin embargo, todo mi cuerpo ardía. Le agarré la nuca y le mordí los labios con suavidad.
—Bésame.
Vince apartó la mano de entre mis piernas y la hundió en mi cabello.
Empujó la lengua contra la mía con tanta intensidad que el estómago se me encogió y gemí contra su boca.
Su erección se endureció todavía más bajo los vaqueros y yo temblaba con cada roce.
Movió las caderas con más fuerza y observó cómo yo cerraba los ojos de golpe.
—¿Y esto? —Repitió el movimiento una vez más—. ¿Te gusta?
—Sí, es… es perfecto… —Deslicé las manos por su pecho y llegué hasta la cintura de sus pantalones. Se los bajé con su ayuda, hasta que conseguimos librarnos de ellos por completo y los dejamos caer al suelo junto al albornoz.
Ya solo nos separaban la fina capa de mis braguitas y sus bóxers ajustados. Apreté las rodillas alrededor de sus caderas para aumentar la fricción. A ambos se nos escaparon gemidos bajos, casi suspiros. Él empezó a moverse más fuerte y más rápido; un escalofrío me recorrió el cuerpo.
—Joder, esto es demasiado bonito —dijo contra mi boca. Me besaba, me lamía y me mordía como si le fuera la vida en ello.
Me aferré a sus hombros perlados de sudor y acompañé sus movimientos.
Sentía cómo su erección latía contra mi intimidad.
Ser consciente de lo mucho que estaba disfrutando de lo que estábamos haciendo me provocó una sensación de poder que nunca antes había experimentado, y eso me impulsó a atreverme a ir un poco más allá.
—¿Tienes un preservativo? —le susurré al oído.
Vince se paró de repente, con las manos a ambos lados de mi cabeza y los labios entreabiertos. Se incorporó y vi cómo se le tensaban los músculos de los brazos. Incluso aquel movimiento me pareció sexy.
Me observó con la mirada nublada y las mejillas ligeramente enrojecidas por la excitación. Luego cerró los ojos y negó con la cabeza.
—No pensé que la noche pudiera acabar así.
Abrí los ojos como platos.
No podía creerlo.
Llevaba muchísimo tiempo esperando aquel momento.
Justo ahora que estaba ocurriendo de verdad y que por fin me sentía preparada, él no llevaba consigo ni un maldito preservativo.
¿Desde cuándo iba por ahí sin ellos?
—Hoy tendrás que conformarte con esto. —Metió una mano dentro de mis braguitas y rompió el hilo de mis pensamientos.
Siguió masajeándome hasta que me arrancó un gemido—.
Pero te prometo que no volveré a cometer el mismo error.
—Me sonrió a un soplo de mi boca. A continuación, trazó círculos con el pulgar sobre mi clítoris y, en cuanto deslizó un dedo dentro de mí, le clavé las uñas en los hombros.
—Oh, Dios… —jadeé—. Esto es… —Las palabras se me quedaron atascadas en la garganta cuando Vince añadió un segundo dedo y empezó a moverlos con embestidas lentas y profundas.
Fue una sensación abrumadora—. Vince … —La voz se me quebró mientras densas oleadas de placer comenzaban a arrastrarme—. Más —susurré—. Quiero más.
Aumentó la velocidad y, cuando empecé a temblar, se inclinó sobre mí y me atrapó el pezón con los labios antes de morderlo. Su lengua cálida sobre mi pecho. Sus movimientos cada vez más rápidos. La presión sobre el clítoris. Las descargas eléctricas que recorrieron todo mi cuerpo.
Fue demasiado.
Rodeé sus bíceps con las manos y hundí el rostro en el hueco de su hombro.
Dejé ir un resuello que se convirtió en un gemido cuando me contraje alrededor de sus dedos.
Vince aflojó el ritmo y acompañó las oleadas de mi orgasmo.
Se retiró de mi intimidad con delicadeza una vez que las descargas de placer se aplacaron por completo y presionó la boca contra la mía.
Su lengua me abrió dulcemente los labios y se coló en el interior.
Fue un beso lento y profundo que reactivó hasta la última terminación nerviosa de mi cuerpo.
—Feliz San Valentín, Ley —me dijo flojito, sobre los labios, cuando se retiró.
Por un momento, me quedé estupefacta. Pero cuando mis ojos se desplazaron hasta la mesita de noche, comprobé que pasaban unos minutos de la medianoche. Sonreí.
Era el día de San Valentín.
Y él acababa de regalarme un orgasmo.
Solo con los dedos.
No podía ni imaginar qué habría conseguido si…
—¿Estás bien? —me preguntó con voz grave, lo que me obligó a dejar de pensar en ciertas cosas.
Aflojé el agarre de sus hombros y me limité a asentir: no tenía fuerzas para hacer nada más. Sin embargo, sabía que él no se había corrido, así que solo podía intentar imaginar lo tenso que estaría. Y me habría encantado devolverle el favor.
Vince se separó ligeramente, apoyó la frente en la mía y cerró los ojos.
—Estoy jodido, ¿sabes?
Era consciente de que ese comentario ocultaba infinitas alusiones.
Estaba dispuesta a interpretarlas de una en una de no ser porque, de repente, noté que un extraño peso se asentaba en mi pecho. No sabía qué lo había provocado, pero ahí estaba, duro y oprimente. Era como un mordisco tan fuerte que me entraron náuseas.
No quería estropear aquel momento. Hice un esfuerzo por disimular el malestar, pero la necesidad de apartarme de Vince era demasiado fuerte como para ignorarla.
—Tengo que ir al baño —dije, e intenté no sonar demasiado brusca.
Hice ademán de apartarlo a un lado y me senté en la cama.
Sentí que el colchón se movía debajo de mi cuerpo, señal de que Vince también había cambiado de postura.
Notaba su mirada clavada en mí mientras recogía el albornoz del suelo.
Me levanté, me lo puse y lo anudé con fuerza alrededor de la cintura.
—Puedes salir por la puerta. —Mantuve un tono distendido mientras trataba de arreglarme el pelo alborotado con los dedos.
Cuando lo miré, Vince parecía confundido: tenía el ceño fruncido.
—Espera… ¿quieres que me vaya?
Su pregunta me hizo vacilar un instante, pero enseguida recuperé la compostura.
—No tienes ningún motivo para quedarte —respondí serena pero hablando con honestidad. No era estúpida. Sabía cómo funcionaban determinadas cosas.
Le ofrecí una sonrisa amable, al menos eso intenté, y me dirigí hacia el baño mientras intentaba desprenderme de esa tensión sofocante.
Él me siguió y, antes de que pudiera encerrarme dentro, me rodeó la muñeca con una mano y me detuvo.
—Eh, ¿qué pasa?
Me volví para mirarlo.
Tenía el rostro enrojecido. El pelo rubio despeinado. Una erección imposible de esconder en los bóxers. Y los labios hinchados por todos los besos que nos habíamos dado.
Estaba guapísimo.
Una parte de mí quería volver a la cama con él para un segundo asalto. Pero la otra parte, la que de repente había tomado las riendas, seguía gritándome que me metiera en el baño y me despidiera de Vince .
—Nada, todo va bien.
Mi respuesta no lo convenció, porque entornó los ojos y me estudió.