Juego sucio: Empieza el partido Capítulo 35 #2
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Capítulo 35 #2

Empezó a acariciarme el muslo con el pulgar y yo me permití disfrutar de aquella sensación de alivio que solo sentía con él. No se lo había dicho nunca; tal vez debería seguir guardando aquel secreto: siempre me sentía así cuando estaba con él. Reconfortada.

—¿Quieres saber el verdadero motivo por el que he venido? —me preguntó, interrumpiendo el flujo de mis pensamientos.

Asentí, incapaz de apartar la vista de él.

—No puedo dejar de pensar en ti. —Lo dijo tan bajito que temí haberlo entendido mal.

Mi corazón, sin embargo, empezó a latir con más fuerza.

Tras un instante de vacilación, encontré el valor para responder.

—¿De verdad?

Asintió. Me examinó el rostro y se detuvo en mis labios.

—Anoche me encontré con Madison —confesó de repente; me tensé aunque Sam ya me lo había comentado. Vince debió de darse cuenta, porque siguió acariciándome con más delicadeza—. Pasó todo de repente; me besó antes de que pudiera darme cuenta.

Tuve la sensación de que un incendio se propagaba en mi pecho. Quería levantarme de sus piernas y alejarme, pero me obligué a permanecer inmóvil. Desde un punto de vista racional sabía que no estaba en posición de enfadarme, aunque no entendía por qué me decía aquello.

—¿Te gustó? —lo desafié con aquella arrogancia que utilizaba para enmascarar mi vulnerabilidad. Baj é la mirada hacia el cuello de su sudadera.

—Para nada —respondió muy serio. Mis ojos volvieron a los suyos—. Después vino a mi residencia. Quería pasar la noche conmigo, pero la eché. Me apetecía estar solo. Me metí en la cama y desde entonces… —Hizo una pausa— no he hecho más que pensar que te quería a ti en mi cama.

Mi cerebro colapsó.

No sabía qué decir.

Qué pensar.

Qué hacer.

Me quería en su cama y había trepado hasta mi ventana para decírmelo.

El hecho de que ahora él estuviera en mi cama convertía aquella confesión en algo tan inesperado como peligroso.

—¿Qué… qué harías si me tuvieras en tu cama?

Me di cuenta un segundo demasiado tarde de lo incauta que había sido aquella pregunta. Ojalá hubiera podido volver atrás en el tiempo y callarme.

Él se rio por lo bajo, un sonido grave y cálido que me hizo vibrar hasta la punta de los dedos. Acercó el rostro al mío y, cuando sus labios rozaron la comisura de mi boca, se me cortó la respiración.

—¿De verdad necesitas que te lo explique?

Me quedé sin saliva mientras negaba despacio con la cabeza.

Con la punta de la nariz, Vince me rozó la mejilla y luego descendió por mi cuello, donde me dio un mordisquito que me llevó a cerrar los ojos instintivamente.

— Vince …

—Dime, Ley. —Con las manos empezó a trazar un recorrido lento y sinuoso por mis piernas, arriba y abajo. Los dedos se deslizaban bajo la tela mullida del albornoz. Cada vez se aventuraban un poco más arriba, hasta que me rozaron la cara interna de los muslos.

Abrí los ojos de golpe y puse una mano sobre la suya para detenerlo.

Fue un gesto involuntario que nos desconcertó a los dos.

—¿No quieres? —preguntó con la voz tensa y los ojos llenos de deseo.

Claro que quería.

Pero en mi vida solo había ido más allá de los besos, las provocaciones o las simples caricias en dos ocasiones.

La primera había sido con Travis . Luego, unos meses más tarde, cuando ligué con un desconocido en un local.

No lo hice porque me gustara de verdad, sino porque quería demostrarme a mí misma que lo ocurrido con Travis no me había marcado, pero al final me sentí incluso más vacía.

Lo que Vince ignoraba era que, desde entonces, no había sido capaz de acostarme con nadie más.

Bastaba pensar en ello para bloquearme. Justo como me estaba ocurriendo en aquel momento.

La psicóloga que me había tratado en el pasado opinaba que estaba relacionado con la absoluta falta de confianza que sentía hacia los hombres.

Con Vince , sin embargo, no quería permitir que aquellos pensamientos intrusivos tomaran el control.

Quería disfrutar del momento. Pero temía su reacción cuando descubriera que, en realidad, tenía muy poca experiencia.

—Sí que quiero —dije, exhalando un suspiro tembloroso—. Es solo que… ha pasado mucho tiempo desde la última vez que estuve con un chico. —Me detuve para que asimiláramos aquella confesión.

Vince frunció el ceño de forma casi imperceptible y el silencio que se produjo entonces resultó tan incómodo que bajé la mirada. Si pensaba que era patética, no quería saberlo.

—¿De verdad? —preguntó, inseguro.

Asentí sin levantar la cabeza.

—¿Cuánto tiempo?

Dios mío.

No quería que la conversación tomara ese rumbo.

—Eh… —Me rasqué la nuca—. ¿Es relevante?

Llevó dos dedos bajo mi barbilla y me levantó el rostro con delicadeza.

—No lo sé, ¿para ti lo es?

Lo pensé. No estaba segura. Habría podido ignorar la pregunta y dar por zanjada la conversación. Pero, si hablaba con sinceridad, tal vez comprendería del todo por qué me sentía tan cohibida.

—Casi tres años. —Cuando pronuncié aquellas palabras, sentí que las mejillas me ardían.

Vince no dijo nada, pero vi cómo cambiaba su expresión. Una especie de asimilación brilló en sus ojos, como si acabara de darse cuenta de algo que hasta entonces se le había escapado.

—Desde que Travis … —Dejó la frase en el aire y yo lo confirmé con un gesto de la cabeza.

—Después de él hubo otro chico, pero no fue nada memorable.

Travis tampoco lo fue, la verdad. Eso probablemente solo significa que «yo» no soy memorable.

Aunque no tengo ninguna queja sobre los preliminares, me gustan mucho.

Puede que esté mal hecha anatómicamente.

Un defecto de fábrica. Bueno, eso explicaría por qué no conseguí hacerlo bien ninguna de las dos veces…

—Ley —me interrumpió y me dedicó una leve sonrisa—. Estás delirando.

Lo miré entre parpadeos, suspiré y encorvé los hombros.

—Lo sé. Perdona, es que hablar de ello me pone nerviosa.

—Pues no hablemos de ello, no hace falta. —Me acarició la mejilla con un gesto ligero y reconfortante—. Tengo ganas de estar contigo, pero si no te apetece, no pasa nada.

—Sí que me apetece —respondí con más energía de la que pretendía; arqueó una comisura de los labios, divertido.

—¿Estás segura?

—Sí.

Lo estaba. Con toda mi alma.

Solo tenía miedo de no estar a la altura de sus expectativas. Pero preferí no decirlo porque eso me habría hecho parecer todavía más miserable.

—Vale. —Me rozó el cuello con el pulgar antes de sustituir aquel contacto por sus labios, cálidos y suaves contra mi piel—.

Porque, para que lo sepas… —La otra mano se movió hasta el nudo de mi albornoz.

Lo deshizo con calma y las dos solapas se abrieron para dejarme expuesta y sin aliento—.

Habría sido una auténtica tortura privarme de todo esto.

—Los ojos de Vince se posaron sobre mi pecho, que ahora estaba parcialmente descubierto.

Su mirada se volvió más intensa y vi cómo la nuez de su garganta subía y bajaba.

Debajo de las piernas sentí que algo se endurecía y presionaba contra una de mis nalgas. Cuando comprendí qué era, una oleada de calor me incendió la parte baja del vientre y se extendió entre los muslos.

El aire a nuestro alrededor se cargó de electricidad. Mi cuerpo lo percibió. Le quité la camiseta a Vince con impaciencia y no pude evitar contemplarlo, imaginando cómo sería besarlo, arañarlo y saborear cada centímetro de él.

Me encantaba que no estuviera musculado en exceso. Su físico masculino era armonioso y su piel estaba libre de cualquier rastro de tinta. Con aquellos hombros anchos y la cintura estrecha que acentuaba la maravillosa V de sus caderas, con la que tantas chicas fantaseaban.

Yo incluida.

—Nada mal —lo felicité, y le di una palmadita en el pecho que le arrancó una carcajada.

No era la primera vez que lo veía sin camiseta, pero sí era la primera vez que podía recorrer sus pectorales con los dedos, descender por los abdominales y deslizarlos hasta la cinturilla de los vaqueros.

Intenté desabrochar el botón, pero Vince me sujetó la muñeca y me tumbó sobre la cama. Se colocó encima de mí y me levantó un brazo por encima de la cabeza. El albornoz se abrió todavía más, dejando mi cuerpo expuesto ante él, salvo por la parte que me cubrían las braguitas.

—Jesús… —dijo, y recorrió todo mi cuerpo con los ojos—. Eres increíble. —Aquellas palabras salieron de sus labios en un susurro ronco.

Cuando dejé atrás la adolescencia, por fin aprendí a no sentirme culpable por mi cuerpo.

Durante años, mi padre me había hecho sentir mal por mi aspecto físico.

Me había hecho creer que mis curvas eran algo de lo que avergonzarme, que mi belleza era una condena.

De esta forma, cada uno de sus insultos me había enseñado a odiar mi propia imagen.

Con el tiempo había aprendido a aceptar mi sensualidad, igual que había aprendido a manejar la atención de los chicos sin ningún tipo de pudor o vacilación.

Pero el modo en que Vince me miraba era distinto de cómo me miraba cualquier otra persona. Tenía el poder de hacerme sentir como una quinceañera delante de su primer amor.

Una sensación de expectación me invadió cuando me quitó el albornoz, lo dejó caer al suelo y se colocó entre mis piernas. Tenía la garganta seca y la mente nublada por el deseo. Le rodeé el cuello con un brazo y tiré de él para besarlo, pero se resistió.

—Has dicho que prefieres los preliminares, ¿verdad? —preguntó, rozando mis labios con los suyos.

En aquel momento aceptaría cualquier cosa que me pidiera.

—Bien… —Descendió poco a poco trazando un reguero de besos lentos y húmedos por mi cuello, luego hasta la clavícula y después hasta el pecho.

Se detuvo allí el tiempo suficiente para que me estremeciera—.

Nos lo podemos tomar con calma. —Su voz era sensual e hipnótica, nada en comparación con el violento estremecimiento que me recorrió cuando atrapó un pezón con la boca y lo retorció suavemente mientras se endurecía.